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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (5)

(Viene de Capítulo 4)

Como a Gombrowicz, mi, digamos de una modo apaisado, indignación surge de la irritación. Por eso he abrazado una distancia que tomo especialmente ahora para visualizar ojo avizor todo el panorama local, provincial, regional y nacional, y especialmente como (auto)crítica (lo dije en el primer capítulo y lo remarco en negrita ahora para que nadie me señale -por cierto, maleducadamente- con el dedo). Porque este vistazo no lo considero focalizado en una misma ciudad o provincia (a la que pertenezco), dado que en todos los rincones del planeta cuecen habas, y especialmente la reflexión va dirigida hacia mí. Pero es innegable que más de uno y una, se verá identificado e identificada en alguna terminología aplicada. Quizá debiera haber hecho referencia a estos hechos desde otras perspectivas (Filosofía y Poesía. María Zambrano, 1996; Función de la Poesía y Función de la Crítica. T.S. Elliot, 1999... y tantas otras que me reservo para no cansar al personal) sobre el panorama actual. No obstante, casi tiene mucha más vigencia a nivel práctico y premonitorio lo que el novelista y dramaturgo polaco dejó para la posteridad que continuar indagando sobre teórica práctica al azar. Quizá me sirva algún día para elaborar algún ensayo más contundente... 

Pues, como decía, para Gombrowicz, refiriéndome a su ensayo 'Contra los poetas', no era la poesía donde radicaba el problema, SINO EN LA ACTITUD DE LOS POETAS. La poesía no está en el verso, en la métrica, en lo contable, en lo bonito, en las estructuras..., puesto que lo poético sólo existe si la escritura es capaz de mezclar elementos diferentes E INTEGRAR al ser humano en su ecuación, más allá de eso que él llamaba 'la versificación'. Y aunque hacer una síntesis de todo el ensayo es harto complicado, quizá valga para tal efecto indagar en algunos mensajes que ahora más que nunca están de actualidad. Apostillaré que se me antoja lectura más que necesaria, imprescindible (además de las susodichas), para aquellos que quieran o pretendan ser poetas o sientan vocación de ello. Y dado que se haría harto pesado repasar todo el ensayo y más de uno es muy probable que se eche a llorar, traigo aquí, como digo, algunos aspectos que definen a la perfección la situación actual, no de la poesía, sino de aquellos que pretenden copar el interés popular de representar la poesía en forma de figuras poéticas impostadas (ojo, que poeta no es el que gana premios o publica muchos libros, ni el que se infla a leer sobre el atril; creo que lo he dejado intrínseca y sintetizadamente claro en los capítulos anteriores, hay otras muchas cosas implícitas en ello y tampoco ha de ser necesariamente pasar por el academicismo). Difiere sustancialmente su significante del significado:

“Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder.”  Para localizar este axioma fundamental, vemos dos vertientes claramente identificativas sobre estos grupúsculos que se alimentan de manera similar a los parásitos. Suele sucederle, como primer ejemplo, a ciertos individuos con ínfulas de grandeza y que en algún tiempo tuvieron oportunidad, bien de ejercer la cátedra, bien de recibir premios (por supuesto pactados, es un secreto a voces), bien de trepar hasta conseguir algún reconocimiento, y que en gran medida son conocidos en su casa a la hora de comer y poco más (dado que apenas sale uno fuera de la provincia en la que reside y acaso nadie les conoce, y quien sí pues deprava de su persona y sus delirios de grandeza). Siempre van con pretensiones de copar cargos en aqueste o aquel lugar, (y lo consiguen, ya lo creo) alargando su mano influenciable para otorgar sus favores, premios o influencias a todo aquel que le otorga un mínimo de lealtad, como si el resultado de escribir unos versos dependieran de sopesar la espada sobre los hombros del nuevo caballero medieval para beneplácito de la plebe que ha de rendirse a sus pies (y no se si son peores los vates o sus lacayos). Esa ilusión del poder se transmite de 'padres a hijos', de 'maestros a alumnos', cuya tradición pretende emular el caciquismo y la barbarie oscurantista del medievo. Lo peor es que, además, no conformes con sus prácticas mafioso-emocionales, procuran dispensar una serie de baldones sobre el resto de los mortales, especialmente aquellos que comienzan a plasmar unos versos y tienen el atrevimiento de recitarlos en público con el beneplácito y amparo de los poetas macizos que realmente lo son, y de ese modo aportar muescas en sus bastones de apoyo para acabar estigmatizando sus vidas. Para coronar la guinda del pastel (que va más allá del adorno, pues también es comestible) envidian y despotrican con desdén cualquier éxito que encumbre a compañeros fuera del régimen endogámico del que se retroalimentan. Desde el cetro ilusorio de poder se embriagan tanto de sí mismo que olvidan que la autoridad a la que se aferran febrilmente en algún momento firma su propio declive y decrepitud. Quien a hierro mata, a hierro muere... No obstante, peor aún les sucede a todos esos, y sírvase como segundo ejemplo, que sus delirios de grandeza pasan por subirse a un atril para sentir el poder de convocatoria y expresar unos versos en público para beneplácito momentáneo de su ego, con el culmen de unos aplausos que en gran medida salen de las manos de quienes nunca han leído un solo verso o, peor aún, de quienes aspiran a estar en su lugar. Esa retroalimentación colectiva les delata, y esos autodenominados poetas o rapsodas acaban siendo víctimas de su propio psique, creyéndose una autoridad en la materia, y les ciegan los aplausos cada vez más, como al drogadicto que necesita su dosis para continuar su vida de indigencia temeraria, con la muerte a la vuelta de la esquina, lanzando improperios contra todos porque les han abandonado a su suerte... es decir, porque cada vez menos les tienen en cuenta para subir a un atril que merecen más que nadie en este mundo. Es la sensación de poder que ejerce el púlpito, el verse por encima del populacho, la ilusión del poder de ejercer influencia con sus declamaciones imposibles, donde se agarran a una autoridad ficticia que no tienen pero suponen les pertenecen gracias a los aplausos incondicionales a diestro y siniestro de quienes quieren emularles porque, a su vez, merecen una oportunidad para sus versos.

“Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico”
Llegados aquí, más vale hablar de los autodenominados 'gestores culturales'. Esos que por elucubrar una motivación para agrupar a ocho, diez o catorce individuos con capacidad de lectura, y no quedar mal, y lo ponen en práctica en cualquier lugar que se preste (se aseguran así un 'éxito de público'(?), por el hecho de contar con la presencia de tantos participantes, más amistades cercanas, familiares y parejas, obviando así que en realidad de lo que se trata es de acercar la poesía al resto de los mortales), simplemente para mostrar esos versos universales que necesitan un lugar en la historia de la literatura. Al final todo acaba en esa carrera bien conocida por muchas regiones de 'a ver quien coordina y gestiona más lecturas poéticas' (lo que viene a significar ¿'gestionar cultura'?), provocando una hinchazón en la deformación conceptual de 'poesía' y excesos de lecturas sin sentido, o como referí en el capítulo tres que decía el maestro Sarria, que crezcan como champiñones en la sombra "el ratio de poetas (o autodenominados poetas) por metro cuadrado en la última década. La eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente". Y es que la sombra del atril es alargada, y la capacidad de propagar frescor de tanto pseudogestor cultural es infinito.Toda esa condensación que va mordiéndose la cola cual pescadilla enharinada a punto de entrar en contacto con el aceite hirviendo, acaba por repeler el agua del aceite: o lo que es igual, tirones de los pelos figurativos (y casi literales) entre unos y otros viendo quien puede copar los mayores galardones de calidad(?) entre sus compañeros congéneres. Todo ese exceso, sumado al hecho innegable y comparable que existe entre bambalinas, sobre todo en los tropecientos talleres de poesía que lo fomentan, esa creencia de que los poemas, cuanto más metáforas y rimbombantes ringorrangos de giros cuasi ecuménicos, o cuanto más perfecta y cuadrada la métrica y más depurado sea el estilo, mayor será la consideración de las altas esferas que copan los sillones de la ilusión del poder (véase el punto anterior). Da igual lo que se diga, se entienda bien o no. Lo que importa es lo ecuménico del asunto, la rimbombancia, lo henchido del orgullo versal. Y así, unos por un lado, otros por el otro, vamos inflando el globo del gas de la nada, hasta que revienta en el rostro de todos y cada uno de sus componentes, confundiendo perpetuamente lo básico: el símil con la metáfora. Como resultado, acaba uno bombardeado a diario con poemas fabricados como churros desde todas las perspectivas de francotirador que otorgan las redes sociales. Los excesos y sus consecuencias...

“En el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. (...) Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.” 
Parafraseando lo que ya comenté al final del capítulo tres, es precisamente la soberbia, sumado al henchido orgullo, los que hacen poner vendas en los ojos a tantos y tantos incautos. Ese material 'excepcional', esos textos súper 'originales', esos modos únicos e inigualables de plantearnos los versos... Todo el mundo denunciando plagios por aquí y por acullá. El mundo está lleno de copistas de aqueste poema o aquel otro verso suyo, maestros de lo inimitable creyéndose o sugiriendo siquiera con eso la dimensión apocalíptica que poseen. No es baladí la cosa: no existen mejores poetas ni siquiera de calidad equitativa a quien copiar. Sólo son ellos los merecedores de tal honor. Pero ahí no queda la cosa. Existe una inefable caterva detrás aplaudiendo públicamente la denuncia y rogando por Dios que haga público el nombre del incauto o incauta para hacer escarnio de su persona. Como ya dije, airearlo desairadamente (y permítame de nuevo la redundancia cacofónica) lleva implícito el reconocimiento de uno mismo sobre su genialidad, sobre su absoluta e implacable creatividad, inigualable allende los mares; el reconocimiento subjetivo de ser diferente a todos los demás, digno de ser pisoteado y copiado por la escasa profusión de creatividad del resto de los mortales que lamentablemente se encuentran en inferioridad intelectual... Estando así la cosa, estos problemas y otros de similar enjundia parecen cobrar dimensiones estratosféricas, universales. Y, sin depurar siquiera responsabilidades sobre sí mismos, animan a otros a que realicen el mismo ejercicio. Y de un plumazo viene el maestro Borges y dilapida ese castillo de naipes construido en el aire sobre la supuesta la originalidad en los escritos de estos tiempos contemporáneos: "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Todo aquel que crea en el plagio, debiera ser honesto consigo mismo e ir a denunciar los hechos al juzgado correspondiente. Sí, amigos. En el mundo poético todo tiene tendencia siempre a hincharse, a ocupar un lugar en el vacío incuestionable que al final acaba reventando, del mismo modo que aparecen se diluyen como el azucarillo y la inflamación gaseosa acaba reventando su recipiente puesto que la tendencia que tiene el gas es ocupar un espacio que la compresión de un recipiente tan blando y fino como la mediocridad no puede retener demasiado tiempo. La pomposidad, el absurdo de creer, como hablamos en el tramo anterior, de que los poemas, cuanto más metáforas y rimbombantes ringorrangos de giros cuasi ecuménicos, cuanto más perfecta y cuadrada la métrica y más depurado sea el estilo, mayor será la consideración de las altas esferas que copan los sillones de la ilusión del poder. Ni más lejos de ello...

“el poeta… considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde arriba, pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate”
¿Saben? Desde varias vertientes y desde la complicidad de algunos compañeros que me han ofrecido ciertas confesiones verdaderamente vergonzantes, he llegado a oír cosas que pondrían los pelos de punta al mismísimo Elliot. Ciertos aprendices de no sé realmente qué, henchidos oyentes que 'no reconocen el derecho a la superioridad' del sacerdocio poético de los 'grandes' que despliegan su plumaje cada semana desde el atril, porque apenas han escrito algunos versos desde la ignorancia que le otorga el no haber leído un solo verso (tan sólo lo han oído en esos recitales), se atreven a relativizar, no sólo a los que consideran a su altura o poco menos que gnomos a su lado, sino a los que de verdad tienen un recorrido sólido, serio y de peso dentro de la literatura. Lo han oído bien, sin leer un sólo verso, oyendo recitales de catorce o quince participantes. Sin un trabajo detrás que los respalde, sin estudiar a un sólo autor que los alumbre, sin leer un sólo verso (y si los lee, quizá desde un púlpito que le obliga a mirar de soslayo porque lo hará mucho mejor), sin indagar en los insondables caminos por donde los afluentes líricos desembocan al río de la poesía. Todos ellos se suman a los que aspiran a subirse a un atril porque, por el simple hecho de haber llegado con cuatro poemas gestados en talleres que enseñan métrica y símiles que quieren hacernos creer metáforas, ya son más dignos que aquellos, que son presente a base de esfuerzo y trabajo, a expresar su poesía en público. La inconsciencia determina sus valores y su respeto a la lírica, son fácilmente identificables y muy probablemente son detectables en su siguiente paso, que no es otro que el que refiero en el párrafo anterior.

“Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota –¿Acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?… mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin no definidos por lo que ya han hecho, y por lo tanto, libres para elegir.”
Bienvenidas sean las nuevas generaciones que, sabiendo lo sabido y evitando en lo posible lo ya conocido de la historia de ese torrente lírico de la poesía, procura tomar nota desde la humildad y aprender día a día. Y sobre todo evita alzar la voz para despotricar contra quienes muestran el camino del error, quienes se ofrecen a enseñar por donde caminar... Y si alguien ha creído que el que suscribe es uno de ellos, es que todo cuanto ha leído en esta serie no le ha servido para nada.

“Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama “poesía pura” y, sobre todo, cuando aparece versificada”. Esto es, simplemente, en resumen, un extracto de lo que pasa por mi cabeza cuando suelo leer poesía, especialmente de los 'académicos', los 'catedráticos', aquellos que ganaron hace numerosos lustros algunos premios importantes (pactados, por supuesto) y de quienes toman la poesía como alguna especie de materia depauperada de sí misma, que se retroalimenta, que se embravece contra todo aquello que salga por la tangente de lo verdaderamente tangencial, especialmente de todo aquello que esté ausente de la forma, de sus recetas químicas y de las reglas cuadrangulares. Salvo raras y, por supuesto, muy honrosas excepciones, solo veo el formalismo de algo sintético que pretende ser entendido por todos, pero que ese 'todos' solo está programado para ser compartido entre esos miembros endogámicos que entre ellos mismos, y sólo ellos, se entienden y se aceptan, pero para quien ha de ser creado el arte, para todos, para comprensión y aceptación de todos, les está negado su alcance. Les falta, en definitiva, el alma que entraña en la vida de la poesía: la emoción. Y de ahí que ante la pregunta que el mismo Gombrowicz se hacía: “¿Por qué no me gusta la Poesía pura? Sí, ¿por qué?" Él mismo responde por mis labios: "¡Pues por la misma razón por la que no me gusta el azúcar en estado puro! El azúcar sirve para endulzar el café y no conviene comerlo a cucharadas como si de una sopa se tratara. (...) Lo que cansa de la Poesía pura es el exceso de poesía, la ristra de palabras poéticas, de metáforas, de sublimaciones, en suma, ese exceso de condensación que limpia esos textos de cualquier elemento apoético y acaba asemejándose a productos químicos”.

“Dedicados a perfeccionar con ahínco el Arte, dejamos de preguntarnos sobre el vínculo, el contacto, que tiene con nosotros. Cultivamos la Poesía, olvidando que lo Bello no siempre ha de gustarnos. Si no queremos que la cultura pierda toda su relación con el ser humano, deberíamos de vez en cuando interrumpir nuestros laboriosos ejercicios para averiguar si lo que producimos nos expresa o no”.
¿Recuerdan lo que hablé en el capítulo sobre la deshumanización del arte? Hago síntesis para no prolongar esto en demasía: "El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe." Es el culmen de lo que debiera ser el poeta según Ortega y Gasset escribió en 'La deshumanización del arte'. O lo que es igual, no se trata de contar la verdad, de narrarla, de describir, sino de transfigurar todo un cúmulo de sensaciones que pudieran simplificarse con la deshumanización del arte lírico. Uno ha de jugar a ser profeta, uno ha de ser un vidente de todo aquello que existe y nadie ve: El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente...". La relación del arte con el ser humano es directa, implícita y explícitamente. Hay reductos retrógrados que tratan de minimizar el impacto lírico que dejan poetas que carecen del academicismo formal derivado de la universidad pero acopian credibilidad de autor macizo y asentado en las aguas de ese río. Y de lo que no se percata ese academicismo (ay, si pudiera oír lo que diría Miguel Hernández...) es que su propia idiosincrasia les impide poner de manifiesto un elemento poético importantísimo: la emoción. Por eso la creación poética de una gran parte de los defensores del academicismo como materia imprescindible carece absolutamente de emoción, de sensibilidad; más pendientes del formalismo técnico, prefieren que su perorata sea accesible para quienes puedan entenderles que para quien fue ideada desde el principio de los tiempos, y creo que esto se olvida con suma facilidad. Hágase, por tanto, esta pregunta cuando acabe de escribir unos versos (pero sea verdadero y honesto en su respuesta): ¿esto me representa?, ¿lo que he escrito me expresa o no?

Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre.”
En conclusión, ESTO ES lo que debiera tener en cuenta siempre quien se atreve con la poesía, el significante de lo que es ser poeta para Gombrowicz, para mí también: la humildad.

Y, en definitiva, ¿por qué me he detenido especialmente en estas reflexiones en torno al ensayo del novelista y dramaturgo polaco? Pues porque es el que está más en el candelero que ninguno de cuantos haya leído, el más actual, el más crucial y por consiguiente el más certero. Para muestra, varios botones (y me dejo en el tintero algunos aún mucho más cruentos). Y continuará siendo así mientras la poesía siga estando huérfana de capitanes que comanden ese navío. Hace no mucho tiempo me comentaron, en una conversación entre poetas de verdad (permítanme que deje en el anonimato quien participaba de esa reunión y en modo alguno me considero uno de ellos, sino más bien privilegiado espectador) que Antonio Henrique comentó en una sola frase qué era la poesía: '"es introducir una emoción en una estructura". Catacrac! No se puede resumir con tan pocas palabras tanto significado. Y yo me atrevería a decir más: sin bondad (hacia los demás y hacia el respeto que merece el trabajo de uno mismo) no se puede solidificar semejante argamasa. Voy a atreverme a resumir el ensayo de Gobrowicz en una sola oración gramatical. Poeta es, ni más ni menos, que AQUEL QUE HACE DE SU PROPIA VIDA UN VERDADERO ACTO POÉTICO EN SÍ MISMO. El que no esté dispuesto a asumir esa vocación, no exento de trabajo, esfuerzo y estudio, más le vale invertir su tiempo en cualquier otra ocupación antes de que la vida le escupa de cuajo de ese camino. La experiencia es un grado...

(Continúa 23/10)





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Mamá, quiero ser poeta (4)


Tras el inciso en última instancia de la semana pasada (a mi juicio necesario, muy característico y peculiar de las hordas poéticas que siguen creciendo como el moho), la reflexión desemboca en la catarsis en la que se haya la poesía en estos momentos (que de un modo ficticio parecía resurgir de un período de aparente ostracismo en el que sólo estaba al alcance de minorías elitistas -y sigue estándolo, por aquello de que todavía hay retrógrados que andan convencidos que es necesaria una formación academico-universitaria para poder poner siquiera un verso decente-, y que además ha sido alentada por ciertos medios de comunicación sumados al interés editorial que se percató en su momento de cómo hacer caja con ello), como dije en un capítulo anterior, por la orfandad de iniciativas, por la disparidad de criterios, por la carencia de referentes que se aúnen en un mismo objetivo y apuesten por la diversidad creativa, en especial por los que he comentado entre los paréntesis precedentes. Todo pasa indefectiblemente por la unificación de criterios, acorde con los tiempos que nos ha tocado vivir. Es verdad que el academicismo universitario debiera ser un báculo importante que aporta formalismo técnico y el conocimiento que ahonda en el universo poético, pero la poesía se nutre además de la vida, de las emociones, el tiempo en el que se ubica.

Y a colación de esto último, la poesía ha de ocuparse principalmente del tiempo en el que se ubica. El propio Luis García Montero, respondiendo a la pregunta de cómo empieza a formarse un poema en su cabeza, confiesa abiertamente: "A veces veo algo que me parece significativo y escribo el poema para darle sentido iluminador de la realidad de nuestro tiempo. La ciudad está llena de imágenes que esperan al poeta que quiere mirar el tiempo, su tiempo". Y tal vez fue aquella idea de mirar el tiempo en el que reside el poeta lo que le impulsó, junto a otros dos compañeros poetas granadinos, en hacer público un manifiesto que a la postre pasó a ser todo un fenómeno que pareció en primera instancia efímero, pero que aún hoy muchos poetas continúan en la brecha de hacer suya aquella corriente de "la nueva sentimentalidad". Tanto Luis García Montero, a la cabeza, como Álvaro Salvador y Javier Egea defendían que para llegar a una nueva poesía de acuerdo con los tiempos que les tocaron vivir, era necesaria una 'nueva sentimentalidad', lo que vino a llamarse como poesía de la experiencia que ya, sin saberlo, había puesto en marcha Gil de Biedma y que a la postre fue referencia de aquella corriente poética que marcaría una época en la historia de la literatura reciente. Una concepción poética que supo integrar esa referencia de la 'experiencia' y aunar el magisterio de Rafael Alberti como bandera. Un ejemplo necesario que debiéramos tener muy en cuenta hoy.

Desde aquellos maravillosos años ochenta hasta nuestros días ha llovido tela y ahora tan sólo un movimiento parece abrirse paso, a mi juicio, con el objetivo de aunar conciencia, reflexión y responsabilidad de vivir acorde con los tiempos que corren: el humanismo solidario. Un manifiesto, también apoyado por Luis García Montero y por otros no menos grandes poetas e intelectuales de acreditado prestigio, aboga por aunar un criterio de responsabilidad y solidaridad ante el tiempo que nos ha tocado vivir. Resulta esperanzador que continúe escalando posiciones a pesar de que sus inicios fueron poco menos que tibios y con escasa repercusión. Hoy ya es una realidad que corroboran personalidades como Antonio Gala, Antonio Hernández, Luis Landero, Mohamed Doggui o Federico Mayor Zaragoza, copando portadas en los diarios nacionales, y que poco a poco van sumándose adalides de la poesía contemporánea como la jerezana Raquel Lanseros o el jienense José Cabrera Martos. Ante la necesidad de un tiempo convulso, Humanismo Solidario aporta un escenario integrador tanto multidisciplinar como intelectual de diversidad creativa en la que los autores ponen al servicio de la defensa del ser humano y sus derechos. Defiende esta causa desde la reflexión, la creación, el eclecticismo y la libertad; además de otros muchos matices que pueden leerse desde aquí. Quizá sea ésta la base para una unificación de criterios y que responda a la orfandad en la que se ha ubicado y estancado la poesía. Quizá sea el origen de una nueva corriente que dignifique al ser humano y, sobre todo, un báculo donde puedan apoyarse los que sí sientan vocación creativa. Y quizá sea todo agua de borrajas.

¿Y qué hay de la educación en relación a lo expuesto hasta ahora, como apunté en el capítulo anterior? ¿Qué tiene que ver la educación de la Grecia Clásica con todo esto (para refrescar la menoria, lea desde aquí)?. Toda vicisitud tiene como origen un olvido de las costumbres o una degeneración de la educación. Como ya vimos, las primeras academias impartían experimentación y debate. Eran espacios para la reflexión, la conversación. Era fundamental debatir sobre la realidad del tiempo que les tocaba vivir y su relación tanto con el medio como con el ser humano, tanto en su presente como la vislumbre prevista para un futuro. La pregunta clave con la que desarrollaban temáticas de cualquier índole era 'por qué', 'el porqué' de las cosas. La carencia que pervive entre los 'versos mediáticos' de tantísimos 'poetas' es la del espacio de reflexión  (que no significa subirse a un atril para la lectura de unos versos), de la experimentación, del debate. El hecho es que se incurre habitualmente en el error educacional que deriva de esa estirpe prusiana que copa todas las facetas educacionales habidas y por haber: la obtención de un séquito obediente, dócil y preparado para la guerra. '¿Para la guerra?, menuda estupidez', podrá pensar. Es lo que parece. Pero, como apostillé al principio, la educación que recibimos hoy desde TODOS los ámbitos nos enseña a competir, la competencia es el inicio de cualquier conflicto, y los conflictos suelen derivar en cualquier clase de guerra. "La 'proliferación juglar', "el tsunami lírico, ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente", cosa que ha provocado no menos desencuentros y guerras cuasi mediáticas en redes sociales y disputas entre (¿)poetas(?), algunos de dudoso prestigio con otros de notable intelecto y que han caído en esta falla educacional, impropia de intelectuales de cierta talla; impropio que éstos caigan en esa bajeza del improperio bárbaro y continuado a través de las redes sociales, cual patio de porteras (¿se imagina a Messi o a Fernando Alonso riéndose y despotricando de los jugadores de 2ª División B, en el caso del futbolista, o de los corredores de la Fórmula 3000, en el caso del piloto?). Cualquiera que se preste a tales menesteres, deja de ser poeta en el acto por pura aplicación ética, deja de tener la más mínima credibilidad lírica. Es de un grado supino de hipocresía escribir unos versos que hablen sobre la fraternidad, la indigencia o sobre la sensibilidad del amor e incurrir con frecuencia en escarnios públicos a través de las redes sociales o incluso en el trato personal, profiriendo amenazas e insultos de tipo variado, cuyos esputos parecen caer del cielo como un sirimiri que aparentemente no moja a nadie pero acaba calando hasta los huesos de todo bicho viviente que se asoma a mirar lo que ocurre. Y es que la crítica destructiva, los improperios y las descalificaciones, dicen mucho más de quien las vierte que de quien las recibe. La realidad del tiempo que nos ha tocado vivir dictamina que un pequeño y minúsculo ser sólo levanta polvareda al verse retratado ante la realidad. Y de eso sabe un poco más que yo el novelista y dramaturgo polaco que aludí antes, Witold Gombrowicz. Lo veremos la próxima semana.

Es necesario, para que la poesía ejerza como 'arte total', como punto de encuentro entre la patrulla perdida del ser humano, que se imparta en academias y tertulias que apuesten por la reflexión, la conversación, la experimentación. Que fomente debates y conmiseración entre 'los usuarios', los futuros poetas. Evitar los talleres que fomentan los motivos de conflictos entre unos y otros, y la parafernalia academicista universitaria, porque la educación está diseñada para competir, los talleres están diseñados para competir, la universidad está diseñada para competir. Toda competencia genera conflictos, y todo conflicto genera guerras... Que lo cortés no quita lo valiente y adquirir conocimiento nunca está de más, pero es un método erróneo y palpablemente fallido por activa y por pasiva en este sistema económico mundial. Es costoso, ya lo sugerí antes, reconocer dónde se ha quedado el pasado porque sólo lo vemos o asentimos que fue así sobre el papel y es imposible recordar lo que no se ha vivido. Por eso el ser humano tiene tendencia a creer que aquello que no es actual, lo que no es contemporáneo sólo existe como dogma de fe y así nos lo enseñan a creerlo a pies juntillas. Quizá por ello parece, más que necesario, imprescindible, volver al modelo de las academias de Sócrates, Platón o Aristóteles. Quizá ese modelo sea el que genere una mayor confraternización entre los que creemos de verdad en que la poesía tiene el poder de cambiarlo todo como grupo homogéneo y como fuerza heterogénea, porque librar batallas por cuenta de cada cual tiene asegurado el fracaso.

La simplicidad esta en lo esencial. Ya hemos visto, en síntesis, que ética y estética han de ir unidas de la mano indefectiblemente, con ese detonante con el que es impensable no matrimoniarles: la bondad. Además, observamos la semana pasada que la poesía no debe sostenerse sobre valoraciones íntegras autobiográficas; que no quiere decirse con ello que esté prohibido que 'aparezcan' argumentos, símbolos, que convoquen una síntesis, además de volcar reflexión, y todo ello transfigurado a través del elemento primordial que radica en el individuo: la creatividad, imbricada sobre ética y estética junto a su detonante imprescindible. 

En realidad, en estos tiempos modernos, tras el conocimiento de una historia con muchísimas lecciones aprendidas, es imposible, como añadido ya todo lo vertido hasta ahora, ser mala persona, tener mala sangre, como quien dice, y además tener vocación de poeta; fíjese que no dije ser poeta, porque uno puede serlo o querer serlo pero la vocación es el matiz que define con escrúpulo el que verdaderamente lo es y el que quiere serlo. "El poeta empieza donde el hombre acaba. El destino de éste es vivir su itinerario humano; la misión de aquél es inventar lo que no existe." Y es así cómo funciona todo en realidad, el culmen de lo que debiera ser el poeta según Ortega y Gasset escribió en 'La deshumanización del arte'. O lo que es igual, recuerden los versos de Pessoa, que aunque pudiera parecer una contradicción respecto de todo lo que se está viendo en este párrafo, en modo alguno lo es. No se trata de contar la verdad, de narrarla, de describir, sino de transfigurar todo un cúmulo de sensaciones que pudieran simplificarse con la deshumanización del arte lírico. Uno ha de jugar a ser profeta, uno ha de ser un vidente de todo aquello que existe y nadie ve: El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente...". Pero todavía existen reductos irreductibles que, más que opinar, vomitan ferozmente contra todo aquello que puede ser legible con facilidad. Hay reductos retrógrados que tratan de minimizar el impacto lírico que dejan poetas que carecen del academicismo formal derivado de la universidad pero acopian credibilidad de autor macizo y asentado en las aguas de ese río. Y de lo que no se percata ese academicismo (ay, si pudiera oír lo que diría Miguel Hernández...) es que su propia idiosincrasia les impide poner de manifiesto un elemento poético importantísimo: la emoción. Por eso la creación poética de una gran parte de los defensores del academicismo como materia imprescindible carece absolutamente de emoción, de sensibilidad; más pendientes del formalismo técnico, prefieren que su perorata sea accesible para quienes puedan entenderles que para quien fue ideada desde el principio de los tiempos, y creo que esto se olvida con suma facilidad.

Aún quisiera hacer varios incisos respecto a esto último. Hay quienes piensan que el destino del arte está o debería estar únicamente para los que lo entienden, para cuatro privilegiados intelectuales (?) con capacidad de entender intrínsecamente la maraña enrevesada que probablemente sólo conoce el creador y a quien le confiesa el porqué de su creación. Es el problema de tomar 'demasiado' al pie de la letra aquello de "el poeta empieza donde el hombre acaba", como si esa expresión diera a entender que se debe ser poeta antes que ser humano y que el arte debe ser entendido sólo por los artistas. Y es que la poesía "pura" pasó ya hace unos cuantos años a un estado de estudio permanente y de referencia, que no de contemporaneidad. Atrás quedaron (por poner un ejemplo de muchos otros) los adalides del simbolismo (Juan Ramón Jiménez, Mallarmé, Valèry, Baudelaire...). Es importante segregar el arte de la existencia misma, pero en modo alguno el arte debe estar por encima de la propia vida, porque aquél se alimenta de ésta y NUNCA inversamente. Sucede, pues, que si lo único que busca el poeta es un escenario meramente estético, puesto que se ausenta lo primordial, que es el contenido, la razón de inventar lo que no existe no va más allá de su exhibición esteticista y se diluye simplemente como un gesto bonito, pero vacío de contenido. Igualmente ocurriría de un modo contrario. Si la razón de todo es volcar el leit motiv creativo en el contenido sin apuntalarlo con esteticismo (lírica, ritmo, musicalidad, cadencia...) quedaría a merced de una sensación de orfandad y se ubicaría más bien en la descripción, en la prosa. Luego ética y estética han de ir cogiditas de la mano indefectiblemente. No digamos ya si no van ahondadas en esa plétora luz de humanidad que es la bondad que la acompaña, tanto hacia el propio ejercicio de escribir como hacia los demás (implícitamente queda incluido uno mismo, porque quien no se quiere a uno mismo difícilmente podrá querer a los demás). Y si se ausenta, pues, la emoción, quedaría desamparada de alas para volar.

Me va ayudar, en esta tarea de identificación y focalización de especímenes y grupúsculos endogámicos, el dramaturgo y novelista Witold Gobrowicz. Su belicoso ensayo "contra los poetas", como él mismo aclara, "surgió de la irritación, porque durante los largos años que pasé en Varsovia y luego fuera de Varsovia, me enervaban esos poetas con su poeticidad insistente y convencional;  estaba ya de esto hasta la coronilla. En primer lugar fue una reacción contra el ambiente y su desgraciado género. Pero esa rabia me obligó a ventilar todo el problema de escribir versos. Si abordé esta cuestión de la poesía fue para tomar una distancia personal frente a este terreno escabroso, del que nos llega un desagradable tufo a mistificación. Además, la revisión de la poesía en verso sólo podrá producirse en el marco de una revisión incomparablemente más amplia, que abarque nuestra actitud ante toda forma del arte y ante la forma en general en su sentido más amplio (...)". Una distancia personal que suscribo por mi parte cada palabra, cada coma y cada punto...

(Continúa...)




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Mamá, quiero ser poeta (3)

(Viene de capítulo 2)

REFLEXIÓNES SOBRE POESÍA CONTEMPORÁNEA

Ni que decir tiene, a colación de lo que es poesía y de qué ha de ocuparse, que no podríamos seguir hablando de ella si no la entendemos como lo que es: lírica. El axioma es meridiano: si no hay música, no hay poesía, ese es el postulado que podría sintetizar todas las diatribas que pudieran esgrimirse al respecto. A veces aparece que una concatenación de palabras escogidas al azar, cuya rimbombancia sonora truena sobre los tímpanos de todo el que la oye declamar, o explosiona en la retina de quien lee, resuena cual címbalo aporreado sin ton ni son como pompas de jabón resopladas por los labios de un crío; dan impresión falsa de musicalidad por su rimbombancia florida, aunque en la mayoría de ocasiones ni siquiera comprenden sus propios autores qué demonios han escrito o qué quieren decir con ello: no hay musicalidad en la grandilocuencia hueca de la susodicha rimbombancia. Incluso hay ocasiones en que una redondilla cuadrada a la perfección, por ejemplo, llevaba marchamo de gol, pero se quedó en fuera de juego a pesar de esa rima cadenciosa, tan sólo porque carece de musicalidad el desarrollo entorpecido de los versos: musicalidad no es sinónimo de 'rima' (asonante o consonante); y con eso y un bizcocho desayunamos todos los días. Sin embargo he oído poemas de boca de sus propios autores que, amparados en un verso libre, dan la impresión de transmitir de fondo un sonido similar al del laúd, el violín, el chelo y el clarinete apoyando la sinfonía de las cuerdas, como si las notas musicales se desplazaran por la sala cual dientes de león empujados por el soplo de cada verso. Eso es poesía: musicalidad de fondo (no sólo de forma). En los inicios de lo que se dio a llamarse 'literatura cantada', su destino no estribaba en una lectura sin más, ya que era necesaria la representación musical en un auditorio ante espectadores; esto, en síntesis, grosso modo, era el objeto principal de lo que representaba en la antigua Grecia una especie de literatura "interpretada" y que a posteriori se le dio a conocer como "ποιέω / ποίησις": 'hacer' o 'fabricar' una 'composición', 'creación' o 'poema': poesía(*). Sobre ello cabría todo un ensayo, como ven, y yo, la verdad, no ando por aquí para peroratas. Dejemos que los que indagan, investigan y sientan cátedra sobre el tema sigan iluminándonos, que yo iré transmitiendo en pequeñas paráfrasis.

Y ya que hemos sacado a relucir de puntillas la Grecia clásica, traigo a colación un punto de inflexión sobre el que meditar. Durante ese período heleno, la enseñanza se impartía en especies de academias. Las primeras fueron las de Platón. Eran espacios para la reflexión, la conversación, la experimentación. El debate era fundamental y para debatir era necesario argumentar. La educación que tenemos hoy deriva de la Prusia del XVIII, cuyo objetivo era obtener un pueblo obediente, dócil y preparado para la guerra. Como decía aquel ministro prusiano, Friedrich von Schrötter, "no somos un país con un ejército, sino un ejército con un país". La educación hoy día difiere poco de aquella implantación prusiana a todos los ámbitos y a nivel mundial.  Dicho en pocas palabras: se nos enseña a competir, la competencia es el inicio de cualquier conflicto, y los conflictos suelen derivar en cualquier clase de guerra. Pero, ¿qué demonios tiene que ver la educación con la poesía? ¿No acabas de decir que la poesía es música? ¿Acaso la música está hecha para generar guerras? Tal vez no tenga demasiado que ver en todo esto a vuelapluma, y sin embargo mucho más de lo que parece. A veces tenemos la creencia de que vivir en una época donde cuesta imaginar siquiera el horizonte del futuro, aún es más costoso reconocer dónde se ha quedado el pasado, porque sólo lo vemos o asentimos que fue así sobre el papel y es imposible recordar lo que no se ha vivido. Por lo que el ser humano tiene tendencia a creer que aquello que no es actual, lo que no es contemporáneo, sólo existe como dogma de fe. A partir de aquí llegan los conflictos.

El pasado mes de Febrero tuve la oportunidad, el privilegio, de coordinar y presentar, bajo la batuta de la poeta y gestora cultural, Isabel Romero, una conferencia que se desarrolló en dos partes y creí más que necesario, dado el impacto y la explosión de poetas y rapsodas por doquier. La ponencia llevaba como título "Tendencias y estéticas en la poesía española contemporánea" y la impartieron el poeta, ensayista, crítico literario, conferenciante... José Sarria,  quien se encargó de la "Creación  poética y recorrido histórico desde inicios del s. XX hasta hoy"; y el también poeta, escritor, ensayista, crítico literario, conferenciante... Francisco Morales Lomas., que nos habló de la "Situación actual de la poesía contemporánea. El Humanismo Solidario como propuesta estética". Podría decirse que fueron los detonantes que me impulsaron por entonces a pensar en soltar esta parrafada que ya corre por este tercer capitulo. Sarria apuntó con valentía y no menos acierto sobre el sorprendente crecimiento del "ratio de poetas (o autodenominados poetas) por metro cuadrado en la última década. La eclosión, en los últimos años, de un tsunami lírico ha hecho aflorar, aquí y allá, lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y en algunas (quizá demasiadas) ocasiones, del ripio intrascendente". No podría estar más de acuerdo, atendiendo simplemente a lo ya desarrollado por aquí y que ahora está uno por soltar varios platos fuertes para comprender el porqué; aunque ya dejé caer una de las razones por las cuales sucede esto: la dislocación de la contemporaneidad y los numerosos adeptos que brotan por doquier ante la ausencia de referencias grupales que aúnen criterios tanto de conducta como de dedicación. Cuando cada soldado hace la guerra por su cuenta, al final acaba perdiéndose la batalla y el caos termina imperando en el reino del desastre. Quizá pudiera traducirse en falta de liderazgo, aunque esto sí parece trascender debido a la existencia de corrientes independientes que funcionan en algunos casos, como mencioné en el capitulo anterior, como un régimen endogámico ('los nuestros son los mejores y el resto es basura', ha llegado a confesar, en síntesis, quien el tiempo va poniendo en el lugar de la mediocridad que le corresponde).

Quizá hiciera falta aclarar algunos conceptos sobre lo que significa la poesía, no lo que es, porque creo que ha quedado meridianamente claro al principio. De hecho, el DRAE define 'poesía' como "manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa". Y ese sentimiento estético tiene su origen de manera y forma ya sugerida. Pero no seré yo el que transmita lo que significa, lo haré a través de algunos de los grandes maestros de ayer y hoy, cual altavoz contemporáneo de aquéllos. Porque parece que todo el mundo tiene conciencia del significado lírico, pero sólo en la teoría. En la práctica observo que se deja mucho que desear. Silvia Adela Kohan (filóloga, autora de varios libros sobre técnica de escritura, así como creadora en 1975 de los talleres de escritura Grafein y fundadora de la revista 'Escribir y Publicar', de la que es directora) comenta con un acierto propio de maestra asaetadora del bosque de Sherwood, que "el poema no es un fragmento de la vida del poeta, sino una realidad transfigurada", que traducido viene a ser algo así como 'la vida personal del poeta no le interesa a la propia poesía, así que mucho menos a nadie, porque resulta intrascendente': un dardo en el centro de la manzana. Pero quizá pudiera estar en contradicción con lo expresado por el maestro Benedetti, en una entrevista de las muchas entrevistas concedidas, esta vez para la revista cultural del diario El País, Babelia, en la que respondía a las preguntas de rigor respecto de la salida de su libro de relatos 'Vivir adrede'. "En estos libros, en los poemas, en Vivir adrede, hay como una tachadura de lo que ve...". El bueno de Benedetti confiesa a la sugerencia del entrevistador: "Es como si descubriera el dolor que ha pasado, y el que me ha pasado, y empezara a tachar, sí; hubo cosas en el pasado que dolieron mucho, y que me dolieron mucho. También aparece eso en lo que uno escribe...". He querido resaltar en negrita y cursiva la palabra 'aparece', porque no es baladí que el maestro se haya expresado así. Veamos entonces por qué no es una contradicción.

En efecto, esa es una clave. Uno puede hacer aflorar aquello que le duele, aquello que vive, aquello que siente, a través de las palabras. Pero la diferencia entre la narración y la poesía es la descripción. Lo era en la Grecia Clásica y sigue siendo así hoy. Como añadido, la diferencia está en la actitud del lector. Hacer una descripción embellecida por hermosas palabras sobre una puesta de sol, o quizá una confesión lánguida del dolor sufrido por el abandono de un amor, o el beso apasionado y sensual de una pareja pudiera parecer poesía. Quizá lo describa mejor Pepe Sarria en la continuación de aquella conferencia abisal en la que tuvieron que estar presentes desde lo más granado del panorama poético hasta los principiantes que así creen estar en posesión de su verdad poética (pero, claro, son tantas las corrientes 'únicas' y excepcionales que cohabitan cual cipreses erguidos e imponentes que esos propios árboles les impiden ver el bosque): "La vida, en su conjunto, está llena de percepciones naturales, de ciertos hechos cargados de "sustancia poética". Es lo que llamamos el HECHO POÉTICO. Cualquier persona puede percibir y percibe la carga lírica que contiene un magnífico amanecer, una espléndida sinfonía o la contemplación de “Las tres gracias” de Rubens y estos actos pueden activar el sentido de lo lírico, reproduciendo la calidad de “lo poético” en el receptor. Aunque asequible a todos los seres y, además, sustancia imprescindible, material de trabajo, EL HECHO POÉTICO NO CONSTITUYE, EN SÍ MISMO, POESÍA, a la cual se llega a través del ARTE POÉTICO. No todo “hecho poético” se transforma en poema. Será precisa la concurrencia de una mujer o de un hombre, con la capacidad de interpretar y transformar ese hecho, transfigurarlo con su trabajo...". El sentimiento estético requiere de ciertos parámetros. El poner de manifiesto un hecho poético NO ES en sí mismo poesía. La transfiguración de la realidad, ese es uno de los báculos donde se sostiene, es un sentimiento estético. La literalidad corresponde a la prosa o la narración. Lo vivido es, a priori, necesario que aparezca en la poesía; que APAREZCA, como decía el propio Benedetti de su cosecha, no que se haga presente. Ciertamente, lo hermoso, lo bello, constituye en sí mismo un hecho poético, qué duda cabe, pero no lo es en sí mismo. En cierta manera uno tiene que aprender a fingir sobre la realidad para expresar lo bello y lo estético, conceptos altamente subjetivos: lo que para usted es bello para mí probablemente sea una banalidad sin sentido. Y es que, amigos, como escribió Pessoa la poesía es el arte del 'fingidor'. Por si alguno no leyó el poema, aquí lo dejo: "El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. / Y, en el dolor que han leído, / a leer sus lectores vienen, / no los dos que él ha tenido, / sino sólo el que no tienen. / Y así en la vida se mete, / distrayendo a la razón, /y gira, el tren de juguete / que se llama corazón". Ahí es nada... creo que se explica por sí solo.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Porque en apariencia he atribuido características de caos a todo lo expresado y en modo alguno: al final todo cobra sentido. He de decir, antes de nada, que en lo personal no me cae excesivamente bien el maestro Borges (apoyó las dictaduras de Videla y de Pinochet; un gran manchurrón en su presencia intelectual universal), aunque lo cierto es que el maestro coteja cuál es una de las diferencias sustanciales entre prosa y verso: "Ante una página en prosa, el lector espera noticias, información, razonamientos; en cambio, el que lee una página en verso sabe que tiene que emocionarse. En el texto no hay ninguna diferencia, pero en el lector sí, porque la actitud del lector es distinta". Si volvemos a retrotraernos a lo que hemos dejado atrás, en apoyo a lo que hablamos sobre la transfiguración de la realidad, precisamente la fase primaria que tiene el poeta de llegar al lector es la emoción, la capacidad de emocionar. Provocar una actitud distinta al lector, no sólo porque el libro en cuestión diga que su contenido son poemas. Aquí radica una (y creo que la más grave) de las confusiones por las que la ciclogénesis bucólica en forma de estallido mediático que está teniendo la poesía es no saber diferenciar entre capacidad de emocionar con escribir paráfrasis emocionantes. Y cito por tercera y última vez al poeta José Sarria: "Las nuevas hornadas (por no decir hordas) de supuestos poetas se limitan a poner sobre un papel en blanco lo que piensan, lo que “sienten” (“es lo que me sale de dentro”, dirán algunos), con la pretensión de dar a ese texto calidad de poema. La poesía no es, no puede ser, un relato personal, un diario sentimental, ni un espejo del poeta. Las realidades del poeta, sus experiencias, deben de servir como excusas, como elementos transformadores de la realidad personal para universalizarse a través de los versos".

Es posible que la soberbia haya hecho mella en algunos de los que hasta aquí hayan leído estas parrafadas de reflexiones en voz alta. Suele ser habitual, nos lo contará Gombrovicz más adelane. Y es precisamente aquélla, sumado al henchido orgullo, los que hacen poner vendas en los ojos a tantos y tantos incautos. Su material 'excepcional', sus textos 'originales', sus modos únicos de plantearnos los versos..., a veces a uno le da la sensación de vivir entre absolutos genios. A todos, algunos con mayor profusión que otros, denuncian plagios y copias de aqueste poema o aquel otro verso, con una inefable caterva detrás aplaudiendo públicamente la denuncia y rogando por Dios que haga público el nombre del incauto o incauta para hacer escarnio de su persona. Pero, continuando con las reflexiones de Borges, la originalidad en los escritos, en estos tiempos contemporáneos, "es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz, y basta con eso". Creo innecesario ahondar más porque el maestro es impecable, claro y conciso en el asunto. En la humildad de saber reconocerlo está la grandeza del autor, de los autores que así lo estiman y consideran. Todo aquel que crea en el plagio, debiera ser honesto consigo mismo e ir a denunciar los hechos al juzgado correspondiente. Airearlo desairadamente (permítame la redundancia cacofónica) lleva implícito el reconocimiento de uno mismo sobre su genialidad, sobre su absoluta e implacable creatividad, inigualable allende los mares; el reconocimiento subjetivo de ser diferente a todos los demás, digno de ser pisoteado y copiado por la escasa profusión de creatividad del resto de los mortales que lamentablemente se encuentran en inferioridad intelectual...





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Mamá, quiero ser poeta (2)

(Viene de capítulo 1)

BREVÍSIMO APUNTE SOBRE CONTEMPORANEIDAD

Resulta ciertamente difícil hablar de lo contemporáneo y establecer unos límites de lo que es y lo que no es, aunque a simple vista parece algo obvio. El DRAE define 'contemporáneo' como "existente en el mismo tiempo que otra persona o cosa' o 'perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive". Lo cierto es que podríamos incurrir en un error si tomamos al pie de la letra esta definición y catalogar lo que es contemporáneo de lo que no lo es (en el sentido estrictamente etimológico de la palabra me refiero, claro está; y aplicado a cualquiera de las artes, especialmente a la poesía). Aunque si hemos de ceñirnos rígidamente a la definición de la palabreja, un altísimo porcentaje de la poesía que haya oído y leído por ahí resulta ser de otro tiempo que no es este, a pesar de que la mano que la ha escrito aún vive, come y respira por estos lares temporales del siglo XXI. Me hubiera gustado traer aquí algún que otro ensayo o tal vez alguna tesis doctoral que serían idóneos citarlos respecto a este hecho concreto. Pero se le haría tedioso de leer, créame. Así que trataré de ir al grano para no incurrir en pedanterías, que de esto andamos sobrados una eternidad empapelada de titulitis.

Una disyuntiva simple quizá dinamite un poco todo o al menos pone en diatriba el concepto del lugar en el que reside: si un poeta contemporáneo (usted, por ejemplo, que está leyendo estas líneas), escribe un soneto, ¿es o no es un poema contemporáneo? Ésta cuestión derivaría en otras muchas que volverían loco a más de uno y bien valdría algún que otro estudio en profundidad, porque el concepto en sí es más bien abstracto; y quizá hasta sea esta la razón por la cual las diversas expresiones artísticas van a la deriva hacia la abstracción. Me conformaré tan solo con resumir varios aspectos para plantear la situación a la que deseo llegar como conclusión y no dimanar esta disyuntiva hacia derroteros que en nada tiene que ver con el propósito de esta reflexión. Intentaré simplificar, pues, y limitarme a la lírica.

La poesía contemporánea debiera ocuparse principalmente del tiempo en el que se ubica: rotundamente irrefutable. Esto, aunque parezca una obviedad, parece que pocos lo comprenden y aún menos lo aplican. Pero a lo que vamos. Con aquello quiero decir que ha de vivir, ha de expresarse, con el momento en el que se encuentra y no es más importante la forma que el contenido, y viceversa. Si el poeta en cuestión escribe ese soneto y nos ceñimos exclusivamente a la forma, sin importar el grueso del contenido o la reflexión que se le presupone implícita, tal vez pueda considerarse poesía técnicamente, pero en modo alguno llegaría a la categoría de contemporánea porque lo único que consigue es recordarnos otro tiempo (recuerden el DRAE: perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive), a pesar de que la mano que lo ejecuta pertenece al tiempo que compartimos. Pero, ¿y si a ese soneto le da una importancia vital y procura reflexionar sobre el tiempo en el que se ocupa? Tal vez sí, depende de un detonante vital que vemos al final. Esto no quiere decir que el aspecto formal de un poema ha de cumplimentar siempre unos cánones harto conocidos por todos, pero sí viene como 'consecuencia de'. Hemos de ser conscientes de donde viene la tradición lírica, por donde ha transitado y en qué lugar se encuentra. La forma necesita del contenido y viceversa. Es decir, si descuidamos la forma para centrarnos en el contenido, tan solo exponemos unos hechos que necesitan el armazón que sustenta la vertiente lírica de ese esqueleto formal. Del mismo modo necesitamos la deriva de una sustancia que de peso muscular a ese esqueleto que hemos conseguido armar. No obstante, todo ello es dependiente de un detonante para poder ver un poema completo y se ubica en un lugar que no vemos a simple vista, que depende de nosotros.

Vamos a desarrollar esta pequeña síntesis de un modo más gráfico: el recorrido de un río. En sus inicios apenas es un arroyuelo que va confluyendo con otros recorriendo vericuetos y  serpenteando casi milimétricamente el lugar por donde ha de transitar. Dejando atrás la velocidad inicial en el curso alto y sus saltos agua, recorre un terreno menos virulento, agreste y salvaje y más serpenteante y paciente, donde toma grosor a través de otros afluentes que van a desembocar en su curso para darle forma. Por último, su tramo más manso, la desembocadura, donde casi al llegar a la mar la mineralización de todo su recorrido, convirtiendo el agua de dulce a salada. Un proceso de reconversión que tiene lugar gracias a los distintos tramos por donde ha de transitar hasta llegar a su estuario.

A lo largo de la historia la poesía ha discurrido por una serie de vericuetos, recorrido que ha evolucionado según su contemporaneidad. Cada época, cada poeta, cada momento histórico, influye o ha influido en su curso (y viceversa), e incluso cada generación o manifiesto que le ha precedido ha tomado como referencia un bastión que representó un modo de concebir la poesía en el momento histórico en el que se ubicaban. Ha 'mineralizado' sus aguas y se ha transformado según su curso, pero siempre ha vivido de su contemporaneidad, ha ocupado el tiempo en el que se ubica. Es decir, pongamos por caso, escribir poesía contemporánea no es remitirse al romanticismo y 'copiar' versos como lo haría Becquer o Rosalía de Castro, pero tomar una referencia de esa época y visualizarla desde la que nos ha tocado vivir, desde el respeto a la tradición lírica y confluyendo todo ese conocimiento hacia el matrimonio de la ética, la estética y el detonante que los desposa, así quizá pueda considerarse contemporáneo... siempre que se ocupe del tiempo en el que vive. Todo el resultado del curso del río viene a desarrollar un nuevo inicio: lo contemporáneo hoy viene a ser un arroyuelo para dentro de un par de generaciones. Es un recorrido cíclico, donde las aguas que van a parar a la mar se evaporan y, pasado el tiempo, acaba condensándose y precipitándose en forma de lluvia para volver al inicio del curso del río. Todo tiene su forma, su contenido... y su tiempo.

No obstante, este siglo XXI en el que estamos inmersos ya de manera abrupta y sin sentido, parece que nos está dejando una poesía ubicada en un limbo indescifrable (esto último, como casi todo lo aquí expresado, es el resultado de reflexiones que quizá poco tienen que ver con un punto de vista objetivo. Aunque remitiéndome a las palabras de aliento del gran Machado: "Nadie debe asustarse de lo que piensa: porque todo ha de ser pensado por alguien y el mayor desatino puede ser un punto de vista de lo real"). Todo parece derivar en un exceso de individualidad, donde el criterio de cada cabeza pensante, de cada poeta, se convierte en una corriente única; a veces incluso da la impresión de que la poesía se ha vestido con los ropajes de un número ingente de anacoretas que predican con sus creaciones que son 'corrientes únicas e indivisibles', excepcionales. Encuentro más que habitualmente ese punto se soberbia que puede resumirse en: "Que se habrán creído estos, yo siguiendo los designios de fulanos y menganos. Que me sigan a mí" (apunte personal: la soberbia nunca admitirá a nadie, se basta por sí sola para exigir lealtad). Los afluentes del río son tantos, que en su inmensa mayoría no llegan a parar a la corriente y se secan antes de alcanzar el verdadero curso del río lírico. Y ya se sabe que cuando cada cual hace la guerra por su cuenta, el terreno se torna agreste, crece salvajemente por doquier todo tipo de vegetación que acaba por ahogar todos los afluentes, dejando en la más impura de las ciénagas estancadas el cauce del río.

Después de dejar atrás en el siglo XX y primera década del XXI una serie de corrientes que consolidaron épocas memorables (generación del 27, del 50, del 60, la nueva sentimentalidad...), en la actualidad la lírica parece convivir en una especie de babelia que deja a la poesía contemporánea en el limbo del 'todo vale'. Se halla en un desamparo abrupto que cada vez tiene menos sentido y, a poco que crezca un lecho de sombra en forma de atril, allí crece un poeta cual champiñón feliz y contento de sentirse único. Y quizá sea esto precisamente lo que ha encendido la mecha de esa explosión sin precedentes de (pseudo)poesía y poetas y poetisas por cada esquina, cada pueblo, cada ágora, cada templo, cada verbena. La contemporaneidad también necesita referentes que determinen qué época es la que vivimos y cómo se ha de afrontar. Así ha sucedido en todas esas épocas memorables de la poesía: todas han iniciado un ciclo teniendo como referencia a una gran 'estrella' de la historia y ha tenido un adalid o adalides que encabezó, o encabezaron, su generación, tiempo, forma y estructura. Está claro (al menos para el que escribe) que esta contemporaneidad que vivimos a día de hoy carece de estos referentes, al menos los indicios, tan poco halagüeños, dejan en evidencia cierta falta de rigor y un exceso de ese 'todo vale'. Falta uno o varios grandes poetas, grandes referentes, que dinamiten toda esta exacerbación lírica que crece por doquier sin control alguno. Quizá no ha nacido aún ese gran poeta que determine o, si se me permite la expresión, pastoree todo el rebaño y deje por el camino a todos los que no pertenecen a él o han de ser partícipes de otros lares.

Por lo tanto, y con el ansia de aportar ese detonante para que podamos calificar 'contemporánea' la creación lírica, podríamos tomar como referencia lo que nos cuenta Félix Ovejero en su ensayo sobre cómo comprender y dónde situar el verdadero arte contemporáneo: hay que tomar como punto de partida la seriedad del creador a la hora de afrontar su trabajo, su relación con el medio y su contemporaneidad, su razón de ser. Había algo que Gombrovicz echaba en falta en la lírica. Al dirigir la mirada hacia la ciencia, el dramaturgo y novelista polaco la elogiaba con cierta envidia por el simple hecho de saber y comprender con concreción dónde tomar determinación de avanzar o innovar. En ella encontraba progreso; si había por aquí un cabo para tirar, se toma y se tira de él; si había otro que no cabía lugar a dudas y era más que imposible sacarse nada en claro, pues se deja donde está. Y eso era lo que no sucedía con la lírica, porque veía que se deslizaba hacia un abismo que no tenía fin, por defectos de forma. Y es que, aunque el espejismo de esa floración anormalmente prolija y medrada en un invierno anormalmente cálido, casi desaparecida la tradición y sus reglas, casi en barbecho las reflexiones éticas y estéticas, la lírica necesita con urgencia una brújula porque la obviedad que queda al alcance de cualquiera que tenga dos dedos de raciocinio es flagrante, la vanidad que se respira entre bambalinas parece a todas luces determinante. Incluso en ocasiones parece regirse por un régimen endogámico cuyos preceptos datan del oscurantismo, con premisas como la lealtad y la traición como determinantes fatídicos para cercenar las cabezas de tantos o cuantos.

En "El compromiso del creador. Ética de la estética" (Galaxia Gutemberg, 2014) Ovejero propone "que en vez de insistir una y otra vez en el modelo 'ciencia para el arte', en la ejemplificación con los más escandalosos y disparatados fenómenos o en la atención muy parcial a algunas reflexiones estéticas (y la no menos parcial lectura de algunos románticos), nos centremos en aquellos textos que tratan de explicar el significado de las obras en el curso de la historia y no al margen de ella", explica el autor en una entrevista a el diario El País a colación de la presentación de su trabajo en sociedad. Y aunque todo su ensayo o reflexión al respecto va dirigido específicamente al arte, bien que puede tomarse como un referente para todas las artes en su conjunto (espeialmente para la poesía, que es el arte total). Porque es el contexto histórico donde se ubica el que debiera primordialmente establecer una lectura, y, lo más importante, la seriedad del creador al sentar su 'cathedra' sobre el banquillo creativo. La ética de la estética. Por si no lo han captado aún, se habla, en definitiva, de la libertad de creación, algo que para el arte en general, y la literatura en particular, ha sido y es fundamental. Aunque la libertad creativa tampoco viene dada por hacer lo que a uno le venga a en gana, o en sacar 'lo que le sale a uno de dentro'. Es necesario trabajar, trabajar y trabajar, además de estudiar y aprender de los que antes vivieron su contemporaneidad para poder aplicar la nuestra en esta.

Ahora lo que nos queda es analizar a ojo de halcón las razones de ese desarrollo para vislumbrar cuál podría ser el lugar que ocupa la contemporaneidad, su alcance, las barreras que puede encontrar... Un Félix Ovejero que concluye en la página 424 con una frase lapidaria que resulta ser el detonante de la contemporaneidad en la que nos encontramos en nuestros días: "No podemos esperar nada bueno de quien NO SE EMPLEA CON BONDAD". Sí, amigos: no se puede hacer prédicas de amor si se practica el odio, ni es poesía venerar a la madre naturaleza si la contaminas salvajemente. Pero, sobre todo, la bondad aplicada al trabajo en liza, la manera condescendiente de vernos a nosotros mismos plasmados en el papel. El individuo, como poeta, deja de serlo en el momento en que falta a su palabra escrita y deshonra su trabajo si no es condescendiente hacia sí mismo, hacia lo que conoce y sabe, hacia lo que desconoce e ignora. Ése es el detonante: la mansedumbre, la generosidad... la bondad de ese río que va hacia la mar es su sustancia. Dicho de un modo vulgar: no se puede ser poeta y ser mala persona... para con nadie, aún menos para sí mismo.







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Mamá, quiero ser poeta (1)

A MODO DE PREÁMBULO

Hacía ya algún tiempo que me apetecía escribir 'algo' sobre poesía de un modo teórico, ético y por supuesto (auto)crítico. Aun a riesgo de que me tilden de iluminado, loco, ignorante, imbécil y calificativos de similar enjundia (especialmente vendrán dados por los acomplejados de la titulitis endémica que padece esta sociedad, titulitis que en gran medida parece servir más bien para poco, la verdad). Y Tal vez es eso mismo lo que ilustrará el porqué de esta larga parrafada que he decidido segmentar en varios episodios para no cansar al personal. El caso es que aquí me hallo, dándole a la tecla mientras ordeno las ideas.

Por lo pronto, y para ir un poco al grano, me gustaría prologar todo lo que voy a dejar escrito aquí, y que valdrá también para las próximas semanas, con un pequeño ejercicio mental que quisiera retuviera en la memoria para ilustrar parte de la conclusión de este brevísimo ensayo. Rememoremos por un momento cuando éramos niños (aún algunos seguimos rememorando de mayores), cuando soñábamos impetuosamente en lo efímero de emular a las estrellas de la música o del deporte. Pongamos por caso el fútbol: cuando jugábamos a la pelota dábamos (y damos) patadas al balón imaginando que éramos los Miguel Ángel, Iribar, Zubizarreta, Van Breukelen, Pfaff, Ablanedo o Arconada en la portería; quizá esos Camacho, Migueli, Beckenbauer, Pereira, Pichi, Puyol o Hierro; y cómo no, los preferidos por la mayoría, meter goles como Maradona, Kempes, Van Basten, Cruiff, Pelé, Muller... Sueños que podría, y de hecho puede, extrapolarse a cualquier otro deporte, a cualquier otra profesión, a cualquier otro lugar del mundo, porque pareciese que estuviere hablando exclusivamente para el sector masculino, y ni más lejos de ello: sucede y sigue sucediendo tal cual ahora más que nunca, tal como éramos. ¿Acaso nadie ha visto la emisión de un programa de Karlos Arguiñano, ha puesto en práctica alguna de sus recetas y ha tratado, al menos, de emularlas? ¿Quién no ha soñado con aprender a tocar la guitarra y subirse en el escenario a lo Bruce Springsteen? ¿O cantar como cantan las estrellas del tamaño de Madonna o Beyoncé, aunque sea bajo la lluvia de la ducha o en el escenario de un karaoke? Y las pertinentes preguntas retóricas: ¿significa eso que ya somos chef de renombre, ídolos del rock o de la canción ligera, o siquiera que ya nos hemos convertido en cocineros, cantantes o rockeros? Los niños y las niñas, los adultos y las adultas, en mayor o menor medida, sueñan, soñamos, con la emulación efímera de estar en el lugar, en el escenario de todos esos ases y asas, maestros y maestras, números y númeras uno en su materia que ejemplifican una forma de vida, y expresar así lo que somos frente a la sociedad. Que practiquemos no nos convierte en aquello que practicamos. El hábito no hace al monje.

Al igual que en lo cotidiano de nuestra vivencia, al igual que en cualquiera de las profesiones, hay estrellas y estrellos; los hay muy buenos, buenos y menos buenos y buenas; malos y muy malos y malas: todo depende siempre del empeño y la constancia que se le ponga al asunto, sumado a un componente importante como catalizador de todo: el talento creativo; o eso que solemos reconocer en este tipo de personas: 'tiene ángel', 'tiene algo'. Todo emprendimiento requiere de fuerza de voluntad, paciencia, constancia, pasión y vocación, pero sobre todo requiere esfuerzo y trabajo, además de trabajo y de más trabajo. No obstante, sin un ápice de talento creativo o con escaso acopio del mismo, nada de lo anterior sirve para nada, o tan solo para reproducir todo aquello que conoce y ha aprendido. Muy probablemente, el secreto reside en mirar en el fondo de nuestro corazón y reconocer lo que realmente somos (y si es que lo somos), porque es el único modo de conseguir aquello que se quiere o desea, no basta con querer serlo y practicar. Tal que así, con humildad y honestidad hacia uno mismo, cualquiera puede ser capaz de llegar a aquello de lo que sabe que puede ser capaz. Simplemente, aceptar la realidad:  no todo se consigue con esfuerzo, trabajo, etc., etc., Es necesario, además, el catalizador: la creatividad

Quizá uno sepa transmitir un cierto nivel de trabajo y esfuerzo, que depende en su mayoría de todo aquello que aprende y aspire a poder encaminar su labor a alcanzar unos objetivos marcados. Pero cierto es que cada ser humano ha de reconocer sus limitaciones, qué es capaz de hacer y qué no, hasta qué niveles es capaz de llegar y a cuales resultará más que imposible. El panadero o la panadera que se empeña en mejorar sus productivas masas de pan, el albañil o la albañila que procura empeñarse en mejorar sus resultados ladrillo a ladrillo, el abogado o la abogada que continua en formación a pesar de ejercer como tal para poder perfeccionar y optimizar sus resultados en defensa de sus clientes, el futbolisto o la futbolista que entrena, corrige sus errores, perfecciona su técnica y resistencia física, además de procurarse una dieta que favorezca sus resultados en el terreno de juego, más allá de su obligado entrenamiento diario con el que cumplen los demás. Todos pueden mejorar en sus respectivos campos, pero no todo el mundo puede ser Jesús Machi (de los mejores panaderos de este país), ni María Guinot (abogada del estado), ni Messi (de los mejores futbolistas del mundo, por no decir el mejor para no herir sensibilidades). No todos podemos llegar a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado ni a Gil de Biedma (pongamos por caso). A todos ellos, y a otros muchos más, les diferencia el talento creativo del resto, entre otras cosas. Y así podríamos estar hasta mañana para ejemplificar que existen maestros y maestras en la panadería, abogados y abogadas de fama notoria que son requeridos o recomendados por todos los que le necesitaron en alguna ocasión, futbolistos y futbolistas que marcan épocas y rompen records... Poetas y poetisas que tildan y encabezan una generación o una corriente, una tendencia o simplemente cierto talento creativo que suma y aporta clarividencia y lustre a la lírica. Todos practican ese sacrificio de dedicación exclusiva, se deben a sus pasiones, viven para y por ello y su formación es continua, llena de esfuerzo y trabajo.

Espero hayan hilado bien la fina ironía al secundar en cierto modo deformado los géneros en algunas de las profesiones mencionadas en todo lo susodicho, puesto que en lo tocante a la poesía el femenino ha sido siempre un género denostado. Bien valdría seguir en la lucha por que ocupe el lugar que le corresponde. Y de camino, además, dejo caer un pequeño escudo contra la estupidez de tanto empeño por maquillar el verdadero abolengo etimológico de nuestro vocabulario, que a veces uno se 'jarta' ya de tanta estulticia y tanto género impuesto que sólo consigue separar aún más en vez de integrar. Dicho lo cual, y retomando el hilo, con lo sugerido en el párrafo anterior no quiero decir que solo quienes son capaces de llegar a la élite son los únicos que pueden ser considerados como tales. Todos podemos y tenemos derecho a expresarnos artisticamente y con cualesquiera sean las pretensiones que fueren. Pero, en cambio, no basta con querer y soñar con serlo, ni siquiera con tener mucha voluntad o deseo, y es por eso que me hallo aquí tecleando.

Han intuido bien. En la poesía, como en cualquier otra ocupación, ocurre exactamente igual. Me viene a la memoria a estas alturas aquello de García Lorca: "la poesía no quiere adeptos, quiere amantes". No hace falta mucha explicación para aclararlo, basta releer los párrafos iniciales para comprender a qué pretendía referirse Federico. Y ya puedo percibir alguna que otra pataleta. Me encamino pues a dar los primeros pasos para aclarar algunas cosas al respecto y sobre todo las sucesivas semanas. Y no sólo en el plano de la escritura, también en el de la lectura. Bastaría con decir que el verdadero amante de la poesía no sólo se conforma con leer todo aquello que cae en sus manos, también lo estudia, reflexiona y saca conclusiones que ayuden a una mejor comprensión y su labor creativa, si es que además decide emprender ese camino. Lo más probable es que, como consecuencia, uno se atreve a escribir unos versos para ponerse a prueba y 'emular' a esos astros de los versos. Aun así, uno siempre tiene miedo al ridículo, y el orbe de bochorno que me embarga reprime en sumo grado mis impulsos creativos, por lo que, en consecuencia, gran parte de lo que uno pone en el papel acaba en la papelera.

Este breve ensayo que se inicia en este capítulo, como digo, viene dado para marcar distancia respecto de toda una vorágine indecente y casposa del concepto lírico actual, y como (auto)crítica constructiva. Han vuelto a resucitar ciertos clichés sobre cómo ha de ser la poesía que perturban, y me atrevería a decir que hasta pervierten, el concepto de lo que debiera y de donde debiera respirar la poesía contemporánea. Basta con escribir la palabra 'poesía' en el buscador de su navegador para percatarse de este hecho anómalo. Vuelve con ello la fuerte creencia de la ligazón poesía-romanticismo. Quizá sea lo más popular, lo más fácil, lo más 'bonito', pero ni de lejos es siquiera contractual. Y veremos por qué en los próximos post.

Un síntoma claro de inconsciencia lírica es creer perpetuamente que cualquier incauto o incauta ha plagiado unos versos que creemos únicos, cuando lo único que podemos hacer en estos tiempos que corren, después de los trillones de toneladas de escritura que se ha imprimido hasta el día de hoy, únicamente es aprovechar ese margen que tenemos para triturar lo ya conocido e intentar adornar la papilla, ya harto deglutida de manera sólida a lo largo de la historia, con nuestro timbre, nuestra voz, nuestra mano,... nuestra capacidad creativa. Por otro lado, algunos supuestamente autoproclamados 'Cristianos Ronaldos' de la lírica, en el oscuro declive y decrepitud de su proceder poético, también en otros lo decrépito sucede en lo personal, deciden tirarse al fango de la tercera división y despotricar sobre lo mal que juegan esos desgraciados (¿se imaginan a Cristiano Ronaldo, a Messi o a Neymar hablando mal de los jugadores de categorías inferiores y comentando lo indignos que son de dar patadas a un balón?); mirando por encima del hombro y escupiendo palabras llenas de peces, creyendo que nadie les recordará los insultos proferidos, y todo sea por defender a sus protegidos como los únicos adalides y herederos de la auténtica y única poesía posible. O incluso los que deciden banalizar a cualquiera que se atreve a practicar la poesía en público, amparados en su empapelado currículum de titulitis: uno casi ha de concederles el beneplácito de la razón y el aplauso cuando contempla por cada esquina a los mismos individuos e individuas arrastrándose de lectura en lectura, sin apenas tiempo de dar margen a la creación literaria de nuevos versos, al amparo de los mismos 'gestores culturales'(sic) y bajo el auspicio de veladas insoportablemente largas, tediosas, sin sentido y abusando de la paciencia infinita de un personal repetitivo y cáustico que, a su vez, aspira a subirse a un atril para expresar lo excelso de su lírica excepcional. Y sin olvidarme, claro está, de quienes lo único que ambicionan es medrar a base de acopiar falsa amistad y empatía con los pobres inocentes que han representado o representan algo serio y de peso dentro del mundillo poético, porque su empeño va en relativizar el verdadero sentido de la poética y lo transforma en falsa modestia para disculpar una no menos falsa humildad que transforma en veneno para ratas y escorias varias como síntoma de defensión hacia la poesía contemporánea. Para todos éstos, para otros muchos como éstos y especialmente para el que suscribe, van dirigidas estas reflexiones que continuarán las próximas 4 o 5 semanas.







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La guerra del planeta de los simios


Sorprende ver cómo de la novela de Pierre Bouelle, El planeta de lossimios, (1963) se ha filmado toda una saga que consta de dos trilogías, un par de secuelas y un ramake: El planeta de los simios (1968), Regreso al planeta de los simios (1970), y Huida del planeta de los simios (1971). Tras esto se filma un par de secuelas: La rebelión de los simios (1972) y Batalla por el planeta de los simios (1973)Tim Burton se encargó de realizar un remake de la película original (2001). Tras esto surgió la idea de realizar una serie de precuelas para plasmar cómo sería el origen: El origendel planeta de los simios, (2011), Elamanecer del planeta de los simios, (2014) y La guerra del planeta de los simios (2017). Esto supone una prueba más de que en Hollywood se aficionan a succionar los cuentos que funcionan una y otra vez, inventando ancestros y descendencias. No obstante, esta película es quizá la que contiene mayor carga dramática, con un escenario hostil y un enemigo peculiar.

Esta película tiene mucho de clásico bélico de los 70, diría que inspirada en la mítica Apocalipse Now (Francis Ford Copola, 1979): un ambiente hostil, un tránsito para eliminar a un teniente loco que capitanea un grupo de soldados rebeldes quienes lo adoran como a un dios, un grupo que ha de completar una travesía por un eterno invierno norteño  frío e inhóspito...

Ceasar, líder de los simios, decide marchar en busca del coronel (Woody Harrelson) para vengar la muerte de su hijo y esposa, caídos en una emboscada protagonizada por el un comando liderado por el coronel, quienes llegan al escondite gracias a la traición de uno de los simios de confianza de Ceasar. Tras dejar a su suerte a su pueblo, en la travesía se topan con una niña afectada por una extraña enfermedad y por otro simio que llevaba años subsistiendo en soledad. Al final logra dar con el paradero del coronel y todo su ejército pero resultan capturados... al igual que su pueblo, a quienes utilizan como esclavos para construir un muro defensivo, que será el detonante definitivo de un final apasionante.

La gravedad con la que está rodada esta película muestra claramente que la vocación de blockbuster no está reñida con la calidad narrativa. El director Matt Reeves (a quien se le ha encomendado la nueva entrega de Batman, con ben Affleck a la cabeza, y que ya firmó la anterior, El amanecer del planeta de los simios) logra conjugar una narración profunda, llena de crítica y paralelismos sobre nuestra sociedad (comparativamente hablando, Woody Harrelson hace el papel de todopoderoso dios para sus súbditos al más puro estilo Donald Trump) haciendo guiños constantes sobre las consecuencias de cómo y hacia donde se encamina nuestra sociedad.

Si en El amanecer del planeta de los simios, Reeves casi firmó un western con todos sus tópicos y su referencia podría ser John Ford, poniendo un contrapunto entre lo primitivo y lo sofisticado, encarnados en la sociedad simiesca y la humana, en esta película el realizador utiliza el género bélico con la más que evidente referencia a Apocalypse Now (en un momento de la película, Ceasar y los suyos se encaminan por una serie de túneles de desagües y se topan con un grafiti con el juego de palabras en inglés "ape"calypse) y con profundos tintes psicológicos haciendo reflexiones sobre el caos, la violencia inútil, el horror de la guerra, la falta de principios y la supervivencia en tiempos bélicos...

Quizá hay un poco de empacho emocional en toda la narrativa, se esgrime en demasía la emotividad y la melancolía como motor principal de todo cuanto sucede. Pero queda contrarrestado con el poder narrativo de un guión que Reeves ha sabido adaptar a la perfección para mostrarnos una gran película que, a pesar de que en ciertos tramos se hace un poco lenta, merece la pena el resultado final.








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