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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Mamá, quiero ser poeta (2)

(Viene de capítulo 1)

BREVÍSIMO APUNTE SOBRE CONTEMPORANEIDAD

Resulta ciertamente difícil hablar de lo contemporáneo y establecer unos límites de lo que es y lo que no es, aunque a simple vista parece algo obvio. El DRAE define 'contemporáneo' como "existente en el mismo tiempo que otra persona o cosa' o 'perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive". Lo cierto es que podríamos incurrir en un error si tomamos al pie de la letra esta definición y catalogar lo que es contemporáneo de lo que no lo es (en el sentido estrictamente etimológico de la palabra me refiero, claro está; y aplicado a cualquiera de las artes, especialmente a la poesía). Aunque si hemos de ceñirnos rígidamente a la definición de la palabreja, un altísimo porcentaje de la poesía que haya oído y leído por ahí resulta ser de otro tiempo que no es este, a pesar de que la mano que la ha escrito aún vive, come y respira por estos lares temporales del siglo XXI. Me hubiera gustado traer aquí algún que otro ensayo o tal vez alguna tesis doctoral que serían idóneos citarlos respecto a este hecho concreto. Pero se le haría tedioso de leer, créame. Así que trataré de ir al grano para no incurrir en pedanterías, que de esto andamos sobrados una eternidad empapelada de titulitis.

Una disyuntiva simple quizá dinamite un poco todo o al menos pone en diatriba el concepto del lugar en el que reside: si un poeta contemporáneo (usted, por ejemplo, que está leyendo estas líneas), escribe un soneto, ¿es o no es un poema contemporáneo? Ésta cuestión derivaría en otras muchas que volverían loco a más de uno y bien valdría algún que otro estudio en profundidad, porque el concepto en sí es más bien abstracto; y quizá hasta sea esta la razón por la cual las diversas expresiones artísticas van a la deriva hacia la abstracción. Me conformaré tan solo con resumir varios aspectos para plantear la situación a la que deseo llegar como conclusión y no dimanar esta disyuntiva hacia derroteros que en nada tiene que ver con el propósito de esta reflexión. Intentaré simplificar, pues, y limitarme a la lírica.

La poesía contemporánea debiera ocuparse principalmente del tiempo en el que se ubica: rotundamente irrefutable. Esto, aunque parezca una obviedad, parece que pocos lo comprenden y aún menos lo aplican. Pero a lo que vamos. Con aquello quiero decir que ha de vivir, ha de expresarse, con el momento en el que se encuentra y no es más importante la forma que el contenido, y viceversa. Si el poeta en cuestión escribe ese soneto y nos ceñimos exclusivamente a la forma, sin importar el grueso del contenido o la reflexión que se le presupone implícita, tal vez pueda considerarse poesía técnicamente, pero en modo alguno llegaría a la categoría de contemporánea porque lo único que consigue es recordarnos otro tiempo (recuerden el DRAE: perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive), a pesar de que la mano que lo ejecuta pertenece al tiempo que compartimos. Pero, ¿y si a ese soneto le da una importancia vital y procura reflexionar sobre el tiempo en el que se ocupa? Tal vez sí, depende de un detonante vital que vemos al final. Esto no quiere decir que el aspecto formal de un poema ha de cumplimentar siempre unos cánones harto conocidos por todos, pero sí viene como 'consecuencia de'. Hemos de ser conscientes de donde viene la tradición lírica, por donde ha transitado y en qué lugar se encuentra. La forma necesita del contenido y viceversa. Es decir, si descuidamos la forma para centrarnos en el contenido, tan solo exponemos unos hechos que necesitan el armazón que sustenta la vertiente lírica de ese esqueleto formal. Del mismo modo necesitamos la deriva de una sustancia que de peso muscular a ese esqueleto que hemos conseguido armar. No obstante, todo ello es dependiente de un detonante para poder ver un poema completo y se ubica en un lugar que no vemos a simple vista, que depende de nosotros.

Vamos a desarrollar esta pequeña síntesis de un modo más gráfico: el recorrido de un río. En sus inicios apenas es un arroyuelo que va confluyendo con otros recorriendo vericuetos y  serpenteando casi milimétricamente el lugar por donde ha de transitar. Dejando atrás la velocidad inicial en el curso alto y sus saltos agua, recorre un terreno menos virulento, agreste y salvaje y más serpenteante y paciente, donde toma grosor a través de otros afluentes que van a desembocar en su curso para darle forma. Por último, su tramo más manso, la desembocadura, donde casi al llegar a la mar la mineralización de todo su recorrido, convirtiendo el agua de dulce a salada. Un proceso de reconversión que tiene lugar gracias a los distintos tramos por donde ha de transitar hasta llegar a su estuario.

A lo largo de la historia la poesía ha discurrido por una serie de vericuetos, recorrido que ha evolucionado según su contemporaneidad. Cada época, cada poeta, cada momento histórico, influye o ha influido en su curso (y viceversa), e incluso cada generación o manifiesto que le ha precedido ha tomado como referencia un bastión que representó un modo de concebir la poesía en el momento histórico en el que se ubicaban. Ha 'mineralizado' sus aguas y se ha transformado según su curso, pero siempre ha vivido de su contemporaneidad, ha ocupado el tiempo en el que se ubica. Es decir, pongamos por caso, escribir poesía contemporánea no es remitirse al romanticismo y 'copiar' versos como lo haría Becquer o Rosalía de Castro, pero tomar una referencia de esa época y visualizarla desde la que nos ha tocado vivir, desde el respeto a la tradición lírica y confluyendo todo ese conocimiento hacia el matrimonio de la ética, la estética y el detonante que los desposa, así quizá pueda considerarse contemporáneo... siempre que se ocupe del tiempo en el que vive. Todo el resultado del curso del río viene a desarrollar un nuevo inicio: lo contemporáneo hoy viene a ser un arroyuelo para dentro de un par de generaciones. Es un recorrido cíclico, donde las aguas que van a parar a la mar se evaporan y, pasado el tiempo, acaba condensándose y precipitándose en forma de lluvia para volver al inicio del curso del río. Todo tiene su forma, su contenido... y su tiempo.

No obstante, este siglo XXI en el que estamos inmersos ya de manera abrupta y sin sentido, parece que nos está dejando una poesía ubicada en un limbo indescifrable (esto último, como casi todo lo aquí expresado, es el resultado de reflexiones que quizá poco tienen que ver con un punto de vista objetivo. Aunque remitiéndome a las palabras de aliento del gran Machado: "Nadie debe asustarse de lo que piensa: porque todo ha de ser pensado por alguien y el mayor desatino puede ser un punto de vista de lo real"). Todo parece derivar en un exceso de individualidad, donde el criterio de cada cabeza pensante, de cada poeta, se convierte en una corriente única; a veces incluso da la impresión de que la poesía se ha vestido con los ropajes de un número ingente de anacoretas que predican con sus creaciones que son 'corrientes únicas e indivisibles', excepcionales. Encuentro más que habitualmente ese punto se soberbia que puede resumirse en: "Que se habrán creído estos, yo siguiendo los designios de fulanos y menganos. Que me sigan a mí" (apunte personal: la soberbia nunca admitirá a nadie, se basta por sí sola para exigir lealtad). Los afluentes del río son tantos, que en su inmensa mayoría no llegan a parar a la corriente y se secan antes de alcanzar el verdadero curso del río lírico. Y ya se sabe que cuando cada cual hace la guerra por su cuenta, el terreno se torna agreste, crece salvajemente por doquier todo tipo de vegetación que acaba por ahogar todos los afluentes, dejando en la más impura de las ciénagas estancadas el cauce del río.

Después de dejar atrás en el siglo XX y primera década del XXI una serie de corrientes que consolidaron épocas memorables (generación del 27, del 50, del 60, la nueva sentimentalidad...), en la actualidad la lírica parece convivir en una especie de babelia que deja a la poesía contemporánea en el limbo del 'todo vale'. Se halla en un desamparo abrupto que cada vez tiene menos sentido y, a poco que crezca un lecho de sombra en forma de atril, allí crece un poeta cual champiñón feliz y contento de sentirse único. Y quizá sea esto precisamente lo que ha encendido la mecha de esa explosión sin precedentes de (pseudo)poesía y poetas y poetisas por cada esquina, cada pueblo, cada ágora, cada templo, cada verbena. La contemporaneidad también necesita referentes que determinen qué época es la que vivimos y cómo se ha de afrontar. Así ha sucedido en todas esas épocas memorables de la poesía: todas han iniciado un ciclo teniendo como referencia a una gran 'estrella' de la historia y ha tenido un adalid o adalides que encabezó, o encabezaron, su generación, tiempo, forma y estructura. Está claro (al menos para el que escribe) que esta contemporaneidad que vivimos a día de hoy carece de estos referentes, al menos los indicios, tan poco halagüeños, dejan en evidencia cierta falta de rigor y un exceso de ese 'todo vale'. Falta uno o varios grandes poetas, grandes referentes, que dinamiten toda esta exacerbación lírica que crece por doquier sin control alguno. Quizá no ha nacido aún ese gran poeta que determine o, si se me permite la expresión, pastoree todo el rebaño y deje por el camino a todos los que no pertenecen a él o han de ser partícipes de otros lares.

Por lo tanto, y con el ansia de aportar ese detonante para que podamos calificar 'contemporánea' la creación lírica, podríamos tomar como referencia lo que nos cuenta Félix Ovejero en su ensayo sobre cómo comprender y dónde situar el verdadero arte contemporáneo: hay que tomar como punto de partida la seriedad del creador a la hora de afrontar su trabajo, su relación con el medio y su contemporaneidad, su razón de ser. Había algo que Gombrovicz echaba en falta en la lírica. Al dirigir la mirada hacia la ciencia, el dramaturgo y novelista polaco la elogiaba con cierta envidia por el simple hecho de saber y comprender con concreción dónde tomar determinación de avanzar o innovar. En ella encontraba progreso; si había por aquí un cabo para tirar, se toma y se tira de él; si había otro que no cabía lugar a dudas y era más que imposible sacarse nada en claro, pues se deja donde está. Y eso era lo que no sucedía con la lírica, porque veía que se deslizaba hacia un abismo que no tenía fin, por defectos de forma. Y es que, aunque el espejismo de esa floración anormalmente prolija y medrada en un invierno anormalmente cálido, casi desaparecida la tradición y sus reglas, casi en barbecho las reflexiones éticas y estéticas, la lírica necesita con urgencia una brújula porque la obviedad que queda al alcance de cualquiera que tenga dos dedos de raciocinio es flagrante, la vanidad que se respira entre bambalinas parece a todas luces determinante. Incluso en ocasiones parece regirse por un régimen endogámico cuyos preceptos datan del oscurantismo, con premisas como la lealtad y la traición como determinantes fatídicos para cercenar las cabezas de tantos o cuantos.

En "El compromiso del creador. Ética de la estética" (Galaxia Gutemberg, 2014) Ovejero propone "que en vez de insistir una y otra vez en el modelo 'ciencia para el arte', en la ejemplificación con los más escandalosos y disparatados fenómenos o en la atención muy parcial a algunas reflexiones estéticas (y la no menos parcial lectura de algunos románticos), nos centremos en aquellos textos que tratan de explicar el significado de las obras en el curso de la historia y no al margen de ella", explica el autor en una entrevista a el diario El País a colación de la presentación de su trabajo en sociedad. Y aunque todo su ensayo o reflexión al respecto va dirigido específicamente al arte, bien que puede tomarse como un referente para todas las artes en su conjunto (espeialmente para la poesía, que es el arte total). Porque es el contexto histórico donde se ubica el que debiera primordialmente establecer una lectura, y, lo más importante, la seriedad del creador al sentar su 'cathedra' sobre el banquillo creativo. La ética de la estética. Por si no lo han captado aún, se habla, en definitiva, de la libertad de creación, algo que para el arte en general, y la literatura en particular, ha sido y es fundamental. Aunque la libertad creativa tampoco viene dada por hacer lo que a uno le venga a en gana, o en sacar 'lo que le sale a uno de dentro'. Es necesario trabajar, trabajar y trabajar, además de estudiar y aprender de los que antes vivieron su contemporaneidad para poder aplicar la nuestra en esta.

Ahora lo que nos queda es analizar a ojo de halcón las razones de ese desarrollo para vislumbrar cuál podría ser el lugar que ocupa la contemporaneidad, su alcance, las barreras que puede encontrar... Un Félix Ovejero que concluye en la página 424 con una frase lapidaria que resulta ser el detonante de la contemporaneidad en la que nos encontramos en nuestros días: "No podemos esperar nada bueno de quien NO SE EMPLEA CON BONDAD". Sí, amigos: no se puede hacer prédicas de amor si se practica el odio, ni es poesía venerar a la madre naturaleza si la contaminas salvajemente. Pero, sobre todo, la bondad aplicada al trabajo en liza, la manera condescendiente de vernos a nosotros mismos plasmados en el papel. El individuo, como poeta, deja de serlo en el momento en que falta a su palabra escrita y deshonra su trabajo si no es condescendiente hacia sí mismo, hacia lo que conoce y sabe, hacia lo que desconoce e ignora. Ése es el detonante: la mansedumbre, la generosidad... la bondad de ese río que va hacia la mar es su sustancia. Dicho de un modo vulgar: no se puede ser poeta y ser mala persona... para con nadie, aún menos para sí mismo.

(Continúa el 02/10...)






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Mamá, quiero ser poeta (1)

A MODO DE PREÁMBULO

Hacía ya algún tiempo que me apetecía escribir 'algo' sobre poesía de un modo teórico, ético y por supuesto (auto)crítico. Aun a riesgo de que me tilden de iluminado, loco, ignorante, imbécil y calificativos de similar enjundia (especialmente vendrán dados por los acomplejados de la titulitis endémica que padece esta sociedad, titulitis que en gran medida parece servir más bien para poco, la verdad). Y Tal vez es eso mismo lo que ilustrará el porqué de esta larga parrafada que he decidido segmentar en varios episodios para no cansar al personal. El caso es que aquí me hallo, dándole a la tecla mientras ordeno las ideas.

Por lo pronto, y para ir un poco al grano, me gustaría prologar todo lo que voy a dejar escrito aquí, y que valdrá también para las próximas semanas, con un pequeño ejercicio mental que quisiera retuviera en la memoria para ilustrar parte de la conclusión de este brevísimo ensayo. Rememoremos por un momento cuando éramos niños (aún algunos seguimos rememorando de mayores), cuando soñábamos impetuosamente en lo efímero de emular a las estrellas de la música o del deporte. Pongamos por caso el fútbol: cuando jugábamos a la pelota dábamos (y damos) patadas al balón imaginando que éramos los Miguel Ángel, Iribar, Zubizarreta, Van Breukelen, Pfaff, Ablanedo o Arconada en la portería; quizá esos Camacho, Migueli, Beckenbauer, Pereira, Pichi, Puyol o Hierro; y cómo no, los preferidos por la mayoría, meter goles como Maradona, Kempes, Van Basten, Cruiff, Pelé, Muller... Sueños que podría, y de hecho puede, extrapolarse a cualquier otro deporte, a cualquier otra profesión, a cualquier otro lugar del mundo, porque pareciese que estuviere hablando exclusivamente para el sector masculino, y ni más lejos de ello: sucede y sigue sucediendo tal cual ahora más que nunca, tal como éramos. ¿Acaso nadie ha visto la emisión de un programa de Karlos Arguiñano, ha puesto en práctica alguna de sus recetas y ha tratado, al menos, de emularlas? ¿Quién no ha soñado con aprender a tocar la guitarra y subirse en el escenario a lo Bruce Springsteen? ¿O cantar como cantan las estrellas del tamaño de Madonna o Beyoncé, aunque sea bajo la lluvia de la ducha o en el escenario de un karaoke? Y las pertinentes preguntas retóricas: ¿significa eso que ya somos chef de renombre, ídolos del rock o de la canción ligera, o siquiera que ya nos hemos convertido en cocineros, cantantes o rockeros? Los niños y las niñas, los adultos y las adultas, en mayor o menor medida, sueñan, soñamos, con la emulación efímera de estar en el lugar, en el escenario de todos esos ases y asas, maestros y maestras, números y númeras uno en su materia que ejemplifican una forma de vida, y expresar así lo que somos frente a la sociedad. Que practiquemos no nos convierte en aquello que practicamos. El hábito no hace al monje.

Al igual que en lo cotidiano de nuestra vivencia, al igual que en cualquiera de las profesiones, hay estrellas y estrellos; los hay muy buenos, buenos y menos buenos y buenas; malos y muy malos y malas: todo depende siempre del empeño y la constancia que se le ponga al asunto, sumado a un componente importante como catalizador de todo: el talento creativo; o eso que solemos reconocer en este tipo de personas: 'tiene ángel', 'tiene algo'. Todo emprendimiento requiere de fuerza de voluntad, paciencia, constancia, pasión y vocación, pero sobre todo requiere esfuerzo y trabajo, además de trabajo y de más trabajo. No obstante, sin un ápice de talento creativo o con escaso acopio del mismo, nada de lo anterior sirve para nada, o tan solo para reproducir todo aquello que conoce y ha aprendido. Muy probablemente, el secreto reside en mirar en el fondo de nuestro corazón y reconocer lo que realmente somos (y si es que lo somos), porque es el único modo de conseguir aquello que se quiere o desea, no basta con querer serlo y practicar. Tal que así, con humildad y honestidad hacia uno mismo, cualquiera puede ser capaz de llegar a aquello de lo que sabe que puede ser capaz. Simplemente, aceptar la realidad:  no todo se consigue con esfuerzo, trabajo, etc., etc., Es necesario, además, el catalizador: la creatividad

Quizá uno sepa transmitir un cierto nivel de trabajo y esfuerzo, que depende en su mayoría de todo aquello que aprende y aspire a poder encaminar su labor a alcanzar unos objetivos marcados. Pero cierto es que cada ser humano ha de reconocer sus limitaciones, qué es capaz de hacer y qué no, hasta qué niveles es capaz de llegar y a cuales resultará más que imposible. El panadero o la panadera que se empeña en mejorar sus productivas masas de pan, el albañil o la albañila que procura empeñarse en mejorar sus resultados ladrillo a ladrillo, el abogado o la abogada que continua en formación a pesar de ejercer como tal para poder perfeccionar y optimizar sus resultados en defensa de sus clientes, el futbolisto o la futbolista que entrena, corrige sus errores, perfecciona su técnica y resistencia física, además de procurarse una dieta que favorezca sus resultados en el terreno de juego, más allá de su obligado entrenamiento diario con el que cumplen los demás. Todos pueden mejorar en sus respectivos campos, pero no todo el mundo puede ser Jesús Machi (de los mejores panaderos de este país), ni María Guinot (abogada del estado), ni Messi (de los mejores futbolistas del mundo, por no decir el mejor para no herir sensibilidades). No todos podemos llegar a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado ni a Gil de Biedma (pongamos por caso). A todos ellos, y a otros muchos más, les diferencia el talento creativo del resto, entre otras cosas. Y así podríamos estar hasta mañana para ejemplificar que existen maestros y maestras en la panadería, abogados y abogadas de fama notoria que son requeridos o recomendados por todos los que le necesitaron en alguna ocasión, futbolistos y futbolistas que marcan épocas y rompen records... Poetas y poetisas que tildan y encabezan una generación o una corriente, una tendencia o simplemente cierto talento creativo que suma y aporta clarividencia y lustre a la lírica. Todos practican ese sacrificio de dedicación exclusiva, se deben a sus pasiones, viven para y por ello y su formación es continua, llena de esfuerzo y trabajo.

Espero hayan hilado bien la fina ironía al secundar en cierto modo deformado los géneros en algunas de las profesiones mencionadas en todo lo susodicho, puesto que en lo tocante a la poesía el femenino ha sido siempre un género denostado. Bien valdría seguir en la lucha por que ocupe el lugar que le corresponde. Y de camino, además, dejo caer un pequeño escudo contra la estupidez de tanto empeño por maquillar el verdadero abolengo etimológico de nuestro vocabulario, que a veces uno se 'jarta' ya de tanta estulticia y tanto género impuesto que sólo consigue separar aún más en vez de integrar. Dicho lo cual, y retomando el hilo, con lo sugerido en el párrafo anterior no quiero decir que solo quienes son capaces de llegar a la élite son los únicos que pueden ser considerados como tales. Todos podemos y tenemos derecho a expresarnos artisticamente y con cualesquiera sean las pretensiones que fueren. Pero, en cambio, no basta con querer y soñar con serlo, ni siquiera con tener mucha voluntad o deseo, y es por eso que me hallo aquí tecleando.

Han intuido bien. En la poesía, como en cualquier otra ocupación, ocurre exactamente igual. Me viene a la memoria a estas alturas aquello de García Lorca: "la poesía no quiere adeptos, quiere amantes". No hace falta mucha explicación para aclararlo, basta releer los párrafos iniciales para comprender a qué pretendía referirse Federico. Y ya puedo percibir alguna que otra pataleta. Me encamino pues a dar los primeros pasos para aclarar algunas cosas al respecto y sobre todo las sucesivas semanas. Y no sólo en el plano de la escritura, también en el de la lectura. Bastaría con decir que el verdadero amante de la poesía no sólo se conforma con leer todo aquello que cae en sus manos, también lo estudia, reflexiona y saca conclusiones que ayuden a una mejor comprensión y su labor creativa, si es que además decide emprender ese camino. Lo más probable es que, como consecuencia, uno se atreve a escribir unos versos para ponerse a prueba y 'emular' a esos astros de los versos. Aun así, uno siempre tiene miedo al ridículo, y el orbe de bochorno que me embarga reprime en sumo grado mis impulsos creativos, por lo que, en consecuencia, gran parte de lo que uno pone en el papel acaba en la papelera.

Este breve ensayo que se inicia en este capítulo, como digo, viene dado para marcar distancia respecto de toda una vorágine indecente y casposa del concepto lírico actual, y como (auto)crítica constructiva. Han vuelto a resucitar ciertos clichés sobre cómo ha de ser la poesía que perturban, y me atrevería a decir que hasta pervierten, el concepto de lo que debiera y de donde debiera respirar la poesía contemporánea. Basta con escribir la palabra 'poesía' en el buscador de su navegador para percatarse de este hecho anómalo. Vuelve con ello la fuerte creencia de la ligazón poesía-romanticismo. Quizá sea lo más popular, lo más fácil, lo más 'bonito', pero ni de lejos es siquiera contractual. Y veremos por qué en los próximos post.

Un síntoma claro de inconsciencia lírica es creer perpetuamente que cualquier incauto o incauta ha plagiado unos versos que creemos únicos, cuando lo único que podemos hacer en estos tiempos que corren, después de los trillones de toneladas de escritura que se ha imprimido hasta el día de hoy, únicamente es aprovechar ese margen que tenemos para triturar lo ya conocido e intentar adornar la papilla, ya harto deglutida de manera sólida a lo largo de la historia, con nuestro timbre, nuestra voz, nuestra mano,... nuestra capacidad creativa. Por otro lado, algunos supuestamente autoproclamados 'Cristianos Ronaldos' de la lírica, en el oscuro declive y decrepitud de su proceder poético, también en otros lo decrépito sucede en lo personal, deciden tirarse al fango de la tercera división y despotricar sobre lo mal que juegan esos desgraciados (¿se imaginan a Cristiano Ronaldo, a Messi o a Neymar hablando mal de los jugadores de categorías inferiores y comentando lo indignos que son de dar patadas a un balón?); mirando por encima del hombro y escupiendo palabras llenas de peces, creyendo que nadie les recordará los insultos proferidos, y todo sea por defender a sus protegidos como los únicos adalides y herederos de la auténtica y única poesía posible. O incluso los que deciden banalizar a cualquiera que se atreve a practicar la poesía en público, amparados en su empapelado currículum de titulitis: uno casi ha de concederles el beneplácito de la razón y el aplauso cuando contempla por cada esquina a los mismos individuos e individuas arrastrándose de lectura en lectura, sin apenas tiempo de dar margen a la creación literaria de nuevos versos, al amparo de los mismos 'gestores culturales'(sic) y bajo el auspicio de veladas insoportablemente largas, tediosas, sin sentido y abusando de la paciencia infinita de un personal repetitivo y cáustico que, a su vez, aspira a subirse a un atril para expresar lo excelso de su lírica excepcional. Y sin olvidarme, claro está, de quienes lo único que ambicionan es medrar a base de acopiar falsa amistad y empatía con los pobres inocentes que han representado o representan algo serio y de peso dentro del mundillo poético, porque su empeño va en relativizar el verdadero sentido de la poética y lo transforma en falsa modestia para disculpar una no menos falsa humildad que transforma en veneno para ratas y escorias varias como síntoma de defensión hacia la poesía contemporánea. Para todos éstos, para otros muchos como éstos y especialmente para el que suscribe, van dirigidas estas reflexiones que continuarán las próximas 4 o 5 semanas.







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La guerra del planeta de los simios


Sorprende ver cómo de la novela de Pierre Bouelle, El planeta de lossimios, (1963) se ha filmado toda una saga que consta de dos trilogías, un par de secuelas y un ramake: El planeta de los simios (1968), Regreso al planeta de los simios (1970), y Huida del planeta de los simios (1971). Tras esto se filma un par de secuelas: La rebelión de los simios (1972) y Batalla por el planeta de los simios (1973)Tim Burton se encargó de realizar un remake de la película original (2001). Tras esto surgió la idea de realizar una serie de precuelas para plasmar cómo sería el origen: El origendel planeta de los simios, (2011), Elamanecer del planeta de los simios, (2014) y La guerra del planeta de los simios (2017). Esto supone una prueba más de que en Hollywood se aficionan a succionar los cuentos que funcionan una y otra vez, inventando ancestros y descendencias. No obstante, esta película es quizá la que contiene mayor carga dramática, con un escenario hostil y un enemigo peculiar.

Esta película tiene mucho de clásico bélico de los 70, diría que inspirada en la mítica Apocalipse Now (Francis Ford Copola, 1979): un ambiente hostil, un tránsito para eliminar a un teniente loco que capitanea un grupo de soldados rebeldes quienes lo adoran como a un dios, un grupo que ha de completar una travesía por un eterno invierno norteño  frío e inhóspito...

Ceasar, líder de los simios, decide marchar en busca del coronel (Woody Harrelson) para vengar la muerte de su hijo y esposa, caídos en una emboscada protagonizada por el un comando liderado por el coronel, quienes llegan al escondite gracias a la traición de uno de los simios de confianza de Ceasar. Tras dejar a su suerte a su pueblo, en la travesía se topan con una niña afectada por una extraña enfermedad y por otro simio que llevaba años subsistiendo en soledad. Al final logra dar con el paradero del coronel y todo su ejército pero resultan capturados... al igual que su pueblo, a quienes utilizan como esclavos para construir un muro defensivo, que será el detonante definitivo de un final apasionante.

La gravedad con la que está rodada esta película muestra claramente que la vocación de blockbuster no está reñida con la calidad narrativa. El director Matt Reeves (a quien se le ha encomendado la nueva entrega de Batman, con ben Affleck a la cabeza, y que ya firmó la anterior, El amanecer del planeta de los simios) logra conjugar una narración profunda, llena de crítica y paralelismos sobre nuestra sociedad (comparativamente hablando, Woody Harrelson hace el papel de todopoderoso dios para sus súbditos al más puro estilo Donald Trump) haciendo guiños constantes sobre las consecuencias de cómo y hacia donde se encamina nuestra sociedad.

Si en El amanecer del planeta de los simios, Reeves casi firmó un western con todos sus tópicos y su referencia podría ser John Ford, poniendo un contrapunto entre lo primitivo y lo sofisticado, encarnados en la sociedad simiesca y la humana, en esta película el realizador utiliza el género bélico con la más que evidente referencia a Apocalypse Now (en un momento de la película, Ceasar y los suyos se encaminan por una serie de túneles de desagües y se topan con un grafiti con el juego de palabras en inglés "ape"calypse) y con profundos tintes psicológicos haciendo reflexiones sobre el caos, la violencia inútil, el horror de la guerra, la falta de principios y la supervivencia en tiempos bélicos...

Quizá hay un poco de empacho emocional en toda la narrativa, se esgrime en demasía la emotividad y la melancolía como motor principal de todo cuanto sucede. Pero queda contrarrestado con el poder narrativo de un guión que Reeves ha sabido adaptar a la perfección para mostrarnos una gran película que, a pesar de que en ciertos tramos se hace un poco lenta, merece la pena el resultado final.








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Despido procedente


Uno de los principales problemas a los que se enfrenta el género cómico es la idiosincrasia del país que refleja el tipo de humor que transmite. El humor británico, francés, italiano, español, argentino, estadounidense, danés, ruso... están basados en el carácter que transmite cada país y cómo entienden el humor de distinta manera a cualquier otro país culturalmente distinto. Con la infinitud de títulos de cada casa podríamos ejemplificar el reflejo de cada sociedad en el cine. Lo mejor que tiene 'Despido procedente' es que rompe un poco con la estética clásica del humor español y argentino. Lo importante es que logra atrapar al espectador en esa amalgama de piedras y tropiezos en el camino, dando variedad al humor en todas sus facetas (ácido, negro, cómico, irónico...), y como resultado el espectador cree en la verosimilitud de lo que sucede en todo el desarrollo de la historia. La película no solo funciona por esa amalgama de actores secundarios de altura (Hugo Silva, Luis Luque, Miguel Ángel Solá), también por un gran Imanol Arias que solventa su papel con creces y un Darío Grandinetti magnífico.

Javier (Imanol Arias) alto ejecutivo venido a menos que acaba como expatriado en Argentina, convencido de que la eficacia no está reñida con la cuestión humana. Cae en desgracia por el acoso inmisericorde de un pesado, Rubén (Darío Grandinetti), a quien da mal una dirección, lo que termina convirtiendo su vida en un infierno. Casi como enemigos mortales, poco a poco acercan posturas hasta encontrarse juntos en el mismo bando.

Lucas Figueroa, hispano-argentino, conoce bien la idiosincrasia de los defectos y virtudes del español y el argentino. De ahí que se defienda bien dando forma a un Imanol Arias que, como español, no comprende bien lo que le rodea en un país extranjero, cosa con la que se defiende como pez en el agua. Como complemento, a la pareja formada por esos dos grandes, Hugo Silva ejecuta su buen hacer como catalizador de esta disparatada historia.

Poco más se puede decir de una comedia, entretenida, divertida, disparatada, pero que el director consigue hacer verosímil de manera elocuente, combinando en toda la cinta distintos calibres de humor que bien puede ser entendido (quizá no en su totalidad) en cualquier país del mundo. Quizá sea esa una de sus mayores virtudes, así como también que lo disparatado y cómico de una historia así acabe resultándole al espectador creíble y ameno: para lo que se creó este invento del demonio del séptimo arte, el entretenimiento.

A fuer de ser sincero, es una de esas películas de las que desearía ver un extenso making off con todo lujo de detalles, porque ha de ser desternillante poder ver a toda esa colección de monstruos dando cera cómica por doquier, con todo el equipo de producción dando cobijo a cada errata. Tan solo reseñar un punto en contra: quizá pudiera haber escrito un guión más crítico Lucas Figueroa respecto al mundo ejecutivo y su idiosincrasia, donde podría haber aprovechado el humor para haber realizado un aporte ironizando en tono jocoso sobre los sinsabores del alto ejecutivo.







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Las ramas del silencio









Entre madera y descanso
ocupa un lugar el murciélago,
que se abriga con el manto de sus alas
y duerme olvidado en una rama.
No despierta porque amanezca,
sólo cuando la conciencia
agita el recuerdo del reposo.

Si la mandrágora del silencio
se oculta en la pedanía del descanso,
entonces la muerte
aguarda tras la esquina,
en la rama de algún recuerdo:
el manso es capaz de morder
cuando despierta de su letargo
y beber la sangre de las alegrías
mientras viva la noche en la conciencia...

Las almas de los muertos
no vuelan a ninguna parte,
entre madera y descanso
se abrigan con el manto de sus alas
y duermen olvidados en alguna rama.

                   

                               

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La momia



Para hablar de esta Momia es imposible eludir las comparaciones. Cuando el ojo fotográfico del gran Murnau, Karl Freund, dirigió al mítico y enorme Boris Karloff en 'La Momia' (1932), se llevó consigo el expresionismo alemán a Hollywood y convirtió en parte de esa mítica visual expresionista en toda una leyenda. Inimaginable pensar que desde aquella momia hasta el inicio de la franquicia dirigida por Stephen Sommers en 1999 ha llovido mucho y la diferencia igualmente fue ingente. La llegada de esta, digámoslo así, 'remasteriación' de la franquicia tiene visos de convertirse en una megafranquicia de proporciones bárbaras.

Pues sí, lamentablemente las comparaciones son odiosas y esta 'Momia' sale mal parada respecto incluso a la de 1999 de Sommers. Esta película congrega una serie de géneros cinematográficos que se tornan incongruentes entre sí: comedia, drama, amor, fantasía, terror, suspense... se mezclan en la coctelera de manera abrupta, y bien batido, consiguiendo quizá que el espectador no sepa en qué está bebiendo; aunque quizá sí note las altas dosis de alcohol puesto que la espiral hipnotizante de flashes sin sentido acaba por relajarnos hasta tal punto de querer echarnos una siesta. Quizá su director, Alex Kurtzman, más acostumbrado a lidiar con episodios seriales de Fringe o Sleepy Hollow, y más conocido por el guión de 'Transformers' (2007) o responsable de la producción de 'Star Trek: en la oscuridad' (2013), no ha sabido darle la medida justa a cada género, si lo que quería de verdad era conjugarlos todos. El humor es desmedido en ocasiones y queda fuera de lugar, los toques de terror se prolongan hasta la incomodidad, el drama resulta fuera de lugar, lo fantástico remoza cada secuencia bordando lo excesivo (sobre todo en lo que respecta a los no muertos), y así hasta cierto hartazgo... porque de lo que se trata es de volver a traer a la memoria del espectador una película de aventuras con más o menos acierto y precisamente es lo que no terminamos de ver en la película, aventuras; acción, sí; efectos visuales, también; pero poca aventura. 

Es obvio el argumento, aunque difiere sustancialmente respecto a 'La Momia' (1999) de Brendan Fraser y Rachel Weisz. Ahmanet (Sofia Boutella), princesa egipcia a la que su padre prometió el trono, vio como éste tuvo un hijo con una de sus concubinas y decidió ofrecer el trono a éste. Ahmanet se revela furiosa contra su progenitor y decide entregarse a Seth, el dios egipcio de la muerte, asesinando a toda su familia para hacerse con el poder, pero es enterrada en una tumba que es descubierta al cabo de los siglos por Nick Morton (Tom Cruise). El odio y, sobre todo, la culminación de un ritual ancestral para encarnar a Seth y darle vida, traerá al mundo grandes males. Nick y su compañera de aventura Jenny Halsey (Anabelle Wallis) se enfrentarán a este desafío de laberintos, arenas movedizas y, sobre todo, periplos submarinos. 

Dicho todo esto, quizá merezca la pena ver esta película al menos por los efectos visuales. Acostumbrado a la versatilidad como realizador en las series, Alex Kurtzman se atreve a encarnar incluso al mismísimo Dr. Jekyll y a un ladrador Mr. Hyde. Que, por otro lado, encarna a la perfección y con cierta robustez y maestría un gran Russell Crowe. Pero aparte de esto y de que dispone, como ya he comentado, de unos magníficos efectos visuales, la película adolece de continuidad: entra en una espiral de acción para desembocar hacia grandes dosis de humor, que dan paso a buenas secuencias de acción abigarradas a ciertos tintes de zombis o muertos vivientes que resultan en cierta manera cómicos, y tras unos buenos planos de suspense, que se rompen con ciertos quiebros de terror, acaba con unos momentos de acción que supone en su conjunto una película de aventuras,... que no se aprecia por el exceso de géneros mezclados en una coctelera, batidos, que no agitados, porque lo único que se agita de verdad es el amor con el que acaba sellándose todos los géneros. Y nos lo sirven templado, le falta frescor a ese cocktail.

Una mención especial merece Sofia Boutella, que encarna a una Ahmanet grande y estupenda, que va in crescendo a medida que avanza la película y que se embarra por ciertos vacíos de guión que restan credibilidad a la trama en su conjunto. Aunque detesto sumarme al linchamiento generalizado que hay habitualmente en torno a la figura de Tom Cruise cada vez que aparece por la gran pantalla, lo cierto es que se le ve falto de ambición, de ganas, le falta sangre y en ocasiones incluso se le ve como si la cosa no fuese con él. 

Por último, no quisiera dejar de reseñar que cuando hace ya tres años la Universal, casa que ampara todo este desaguisado, anunció un plan ambicioso en el que pretendía resucitar todo su mausoleo de "clásicos" que jalonaron la fama que engrandeció a unos estudios por entonces pequeños: Drácula, El Hombre Lobo, Frankenstein, El hombre invisible,... y cómo no, La Momia, no imaginaba que empezarían con tan mal pie. Esperemos, por el bien de la memoria de aquellos grandes clásicos de la historia del cine, que todos esos 're-boots' sean un poco más congruentes, dispongan de mejores guiones y, por qué no decirlo, mantengan la línea respecto a los efectos visuales tal y como se exhibe en esta producción. No siempre una cara conocida te garantiza un éxito. La Universal debiera tomar nota...







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