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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Vergüenza y declive de Europa

Lo que son las cosas. En otro tiempo la prensa fue para mí un icónico adalid de la libertad de expresión. El cuarto poder. Esta efervescencia del minuto y resultado cada segundo, masticando información constantemente y de forma compulsiva, sin cocer, dando por hecho que todos estamos obligados a ser crudiveganos de la información, da como resultado muy malas digestiones y una falta de perspectiva real de las cosas acojonante, algo así como una carencia acusada de vitamina b12. Yo, más que información, lo llamo complacencia (con quien les paga, o con quién gobierna, según su ideario económico o político). Y es que uno echa de menos ese periodismo de pluma y papel, el periodismo del currarse la información y dudar de todo y de todos, el de cuestionarse todos los porqués disponibles y que escribe sin el yunque sobre la cabeza de una palabra mal dicha o escrita que cercene el cabo que lo sujeta, para terminar con los ideales esparcidos sobre la mesa de trabajo hasta perder la dignidad. El periodismo de cortar cabezas, caiga quien caiga. De no ser así, no hubiese sido considerado el cuarto poder. Es más que evidente que hoy ya no lo es.

Les pido disculpas de antemano porque esto va para largo...

Verán. No sé si conocen el prólogo que escribió George Orwel  en su libro Rebelión en la granja. Se me antoja de obligada lectura. Tituló 'Libertad de prensa' al manifiesto con el que arremetió contra aquellos que defendían una postura comunista y proteccionista. El quiz de la cuestión estaba en que aceptar la mentira afectaba, no solo a las novelas o ensayos que hablaban de política directa o indirectamente (porque querámoslo o no la política está presente en cada idea expresada) sino también a quienes cargan las plumas de reflexión y opinión independiente. La genuflexión reverencial hacia un determinado poder, anulando cualquier posibilidad de la razón, significa congraciarse con aquellos que solicitan ese sacrificio a cambio del ensalzamiento de una verdad enmascarada que nada tiene que ver con la realidad. Eso, queridos amigos, se llama totalitarismo. Y los que no se sumaron a los tentáculos del totalitarismo acabada la segunda guerra mundial, en esa bipolaridad archiconocida por todos, acababan mal mirados o sentenciados. Y esto, queridos amigos, es historia reciente. Tan reciente, que la volvemos a revivir en estos tiempos modernos, casi en papel de calco celestial. Palabrita del niño Jesús.

Llevo algo así como una semana leyendo y viendo titulares de la prensa de todo el mundo escandalizados por el muro que pretende construir el ínclito, despótico y (por qué no decirlo) subversivo Donald Trump. No solo por ese muro, sino por otras órdenes ejecutivas como la última rubricada. Un ejemplo de su ideario preñado de fascismo rancio. No solo suspende el Programa de Admisión de Refugiados durante 120 días, sino que suspende por tres meses la entrada de ciudadanos de Irak, Siria y los países del llamado “área de preocupación” (Sudán, Irán, Libia, Somalia y Yemen), apostillando que tendrán prioridad aquellos que profesen la religión cristiana. Estas y otras tantas órdenes ejecutivas que han escandalizado y escandalizan a la vieja Europa, en especial, obligando a sus dirigentes a tomar posiciones al respecto. Algunos, con el presidente del reino de España a la cabeza, esperaba algo así: "todavía no ha hecho nada contra nuestro país, así que hay que dejarle trabajar". Los más hipócritas, como el ejemplificador Hollande como cabecilla de la troupe, comenta que ‘Europa debe responder. Europa no es proteccionista, Europa no es cerrada, tiene valores y principios’. E incluso el alcalde de Berlín, en un ejercicio de cinismo, declara que ‘no podemos permitir que el señor Trump construya muros que separen. Nosotros los Berlineses sabemos de muros y lo que supone para los ciudadanos’. Y con esto y un bizcocho, a mí me dan ganas de vomitar e irme a dormir.

La ‘Europa no proteccionista, no cerrada, con sus valores y principios’, permitió (y sigue permitiendo) el cierre de las fronteras por el llamado corredor de los Balcanes. No fue un decreto de tres meses ni de 120 días de bloqueo: el tema lleva ya demorándose alrededor de dos años. El instigador: Austria y la permisividad de Alemania y del resto de países dominantes de la vetusta Europa, que incluso amenazaron a Grecia con suspender el espacio Schengen que, por otro lado, se pasan por el forro todos los países con el beneplácito de Merkel, Hollande, y la madre que los parió. Sumamos las devoluciones y bloqueos por parte de Macedonia, Serbia, Croacia, Eslovenia, Hungría, Bulgaria, Austria,... Y la guinda de las declaraciones del ministro de inmigración griego: “no vamos a permitir que nos conviertan en el Líbano europeo”. Así que en tierra de nadie (que es como decir Grecia) permanecen a día de hoy más de doscientas mil personas (la mayoría de ellos mujeres y niños) en campos de concentración modernos (los mal denominados campos de refugiados), muriendo de frío, hambre, sed, enfermedades... Seres humanos capaces de desafiar a la muerte porque huyen de ella en sus respectivos países de origen. Ambos muros, el de EEUU y el de Europa, también el de Berlín, también el que separa Israel de Palestina, también el que separa Ceuta y Melilla de Marruecos, son ilegales según La Corte Internacional de Justicia (CIJ), según los derechos humanos, según el sentido común. Ya quisiera yo que los dignísimos ciudadanos europeos, jaleados por la prensa, saliesen a la calle a protestar y a manifestarse como lo hacen los ciudadanos estadounidenses, apoyados y mimados por el periodismo de allí.

Europa parece haber olvidado este escándalo que rememora otros tantos del pasado. Mira hacia EEUU con beligerancia ante una muy deplorable actitud de su mandamás. Europa vuelve a traer al presente el espacio ideológico y moral que dividió Alemania en dos y que se indigna ante las barras y estrellas como de un muro que ni siquiera es comparable al muro de la vergüenza que ha separado el este de Europa del Oriente próximo. Europa, aquella que “no es proteccionista, que no es cerrada, con sus valores y principios”, la que sostiene una prensa inmediata que se acomoda al dictamen de las grandes corporaciones y casi inconscientemente da pábulo a todos esos totalitarismos  modernos que se abren paso, del mismo modo que se ha abierto camino nuestro amantísimo de las féminas del mundo Donald Trump. La misma prensa que olvida fácilmente cual debe ser su labor fundamental: informar sobre la verdad al desnudo, sin máscaras. Una verdad bien dicha. Informar sobre la realidad. Denunciarla. Una prensa que desvía la atención con complacencia hacia donde no debe y deja en el haber un déficit de refugiados de miles de millares. ¿Habrá peor muro que evitar decirle a la gente aquello que no quiere oír o leer y desviar la atención sin una miserable reflexión hacia lo que verdaderamente nos afecta?

Aprovechar el despotismo de un cani vestido a medida con sedas y flequillo blondo de diseño hortera, no es un parabién que represente a la vieja Europa. Por una vez Rajoy, el ínclito gobernante del reino de España, con su rígido cuello y problemas de logopedia, habla con sentido aunque nunca se le entienda bien del todo: “todavía no ha hecho nada contra nuestro país, así que dejémosle trabajar”. Con el sentido que debe hablar un cobarde y mirar para otro lado, como bien tiene aprendida la lección que imparte la vieja Europa sobre los refugiados a todos sus dignatarios, con los muros construidos con alambre de acero, con los muros de Israel aislando Palestina del resto del mundo. Una Europa que no aprendió cuando acabó teñida de sangre y sufrió la vejación de un demente que llegó al poder amparado bajo un discurso similar al del flequillo blondo, y que ni es capaz de enfrentar el nuevo despotismo iletrado de un bocazas sin fronteras, que despotrica contra el club de socios económicos que es la Unión Europea conjuntamente a su homóloga (también en lo despótico iletrado), la domadora del circo Brexit, fustigando a los hijos de la Gran Bretaña. Todos se esconden tras los titulares de la prensa, de una prensa que ondea al viento las breves palabras que más venden y más adeptos sean capaces de conseguir. Hablan a través de aquélla, de su escudo protector. Y todo quedará, como siempre, en agua de borrajas, porque la prensa se ha acomodado bajo el paraguas de la noticia exprés, el titular que vende, el escándalo que le pueda reportar más y mayores visitas a su página, red social o medio electrónico. Cuando la prensa se percate de que los trajes de seda y la verborrea falaz de Trump no den réditos, a otra cosa mariposa. Entonces los de la vieja Europa terminarán ciscándose encima, mojándose los pantalones de pipí y miraran para otro lado o escondiendo las cabezas bajo el suelo a la menor declaración altisonante que puedan turbarle en sus acomodados sillones de piel que presiden sus maravillosos escritorios de caoba, creyendo que nadie les ve y que no vieron nada. Porque en el fondo saben que no pueden enfrentarse a alguien que hablan del mismo modo aunque lo hagan en un idioma distinto.

Pero todo esto, y aquí meto a todos en el mismo saco (prensa, dignatarios, falderos, incautos, besamanos, abrazafarolas con aspiraciones borreguiles y buenísimos sin igual, si, todos) acabarán pidiendo clemencia por el panorama desolador que está por venir. Porque esto de mirar para otro lado nunca le sale gratis a nadie. Hay dos motivos fundamentales por las que unas civilizaciones invadieron a las de su entorno: el fanatismo de lo divino (la religión) y la escasez de recursos (el hambre). Tarde o temprano, esos países masacrados por las escaseces de recursos fundamentales como son el agua y el pan, acaben por organizarse e invadan todo aquello que les han negado o privado. Y lo peor es que son ejércitos de uno, individuales, sin miedo a perder nada porque ya lo han perdido todo. Y cuando a ese 'uno' se le priva de dignidad y hasta su miedo muere de hambre, ése no conoce fronteras que puedan separarle de lo que le corresponde ni espesos y altos muros capaces de pararle. Así ha sucedido en todas las épocas de la historia y así sucede en estos tiempos modernos, cuyo inicio de la debacle comenzó con el pistolero de Connecticut y su empeño por erigirse en una especie de nuevo Cristóbal Colón, llevando la democracia a base de bombas y metralletas camufladas bajo las cruces del buenismo cristiano como si descubriese tras el muro islámico un nuevo mundo para Occidente. Aunque el auténtico fin de la invasión fuese reponer con barriles de petróleo todo lo que perdió manejando las empresas de papá. El fin más que probable lo está construyendo el cani de la nueva política, ese que se proclama a bombo y platillo como el adalid de un nuevo tiempo para la política, llamado por Dios para crear más puestos de trabajo que nadie sobre la tierra... probablemente para cavar tumbas y construir cementerios (y no hablo sólo de manera metafórica), va a hacer falta mucha mano de obra para limpiar el polvorín que va a levantar el abanderado de otros muchos borregos que van de la mano junto a él hacia la autodestrucción y que ese maniqueísmo que profesan no les va a amparar ante la debacle, porque hablan el mismo idioma.

Podría decir, a modo de conclusión, que ‘quien se ríe del mal del vecino, el suyo viene de camino’. El refranero español es el más sabio de los refraneros universales. La prensa, por su parte, también ha de sentirse obligada a denunciar, a presionar sobre lo que no se hace bien y mucho menos dejarse amedrentar por el totalitarismo de pacotilla, casposo como las películas de Torrente. Hacerlo alejado de presiones empresariales. Han de hacerlo por respeto a la profesión, por puro amor a la verdad, para contar las cosas como son y no con el único y claro objetivo de vender titulares por segundo para captar adeptos. Nunca ha sido tan peligroso para el periodismo la autocensura como en los tiempos en que vivimos.


La cobardía y la hipocresía de Europa (‘todavía no ha hecho nada contra nuestro país, así que hay que dejarle trabajar’, ‘Europa debe responder. Europa no es proteccionista, Europa no es cerrada, tiene valores y principios’) pasarán factura antes o después. Y ni que decir tiene que aquello que inició el pistolero de Connecticut y acabará el cani de flequillo blondo de diseño hortera lo lamentará toda la civilización acomodada que ahora le critica y condena con sus buenas intenciones, con su insultante desmemoria histórica y su despotismo iletrado, con la incompetencia de la prensa y el buenismo de las ONGs disfrazadas de camuflaje... La libertad de prensa es la libertad de expresión. Pero ya lo dije antes. Esta efervescencia del minuto y resultado cada segundo, masticando información constantemente y de forma compulsiva, sin cocer, dando por hecho que todos estamos obligados a ser crudiveganos de la información, da como resultado muy malas digestiones y una falta de perspectiva real de las cosas acojonante. “Y si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.”, sentencia con razón Orwell. Esto es, principalmente, lo que echo en falta... Y también que el mundo comience a mirar hacia el humanismo, y la única bandera que nos represente sea la solidaridad.
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Figuras ocultas


Hay veces que nos encontramos con películas que aparentemente no tienen más importancia que la de entretener. Esta es una película pensada primordialmente para eso. Con vocación clara de ilustrar pero al fin y acabo para entretener. Se aprecia un alto interés en la pretensión de caer bien para entrar en la lucha por los Oscar y hacia allí va orientada. No obstante, el abanderado discurso contra el racismo y, además, el apoyo al feminismo son los argumentos fundamentales, que van pácticamente de la mano, y que básicamente detalla la particular dificultad de las vidas de tres brillantes mujeres afroamericanas que trabajaron en la NASA, en la incipiente carrera aeroespacial de los EEUU en disputa con la vieja URSS por copar el cetro. La narración transcurre en torno a las pesquisas por calcular con exactitud la trayectoria de regreso de John Glenn tras las vueltas orbitales previstas para su viaje. Las vidas de estas tres mujeres afroamericanas, doblemente entrecortadas por la segregación racial y el plano secundario del papel de la mujer en cualquier campo de liderazgo copado por los hombres, se pondrán en valor a medida que cobran protagonismo por el peso que adquieren en sus respectivos campos.

Toda la trama está tan milimetricamente medida como los cálculos matemáticos de la protagonista, Taraji Penda Henson (quizá más recordada por Queenie en “El curioso caso de BenjamínButton”, o en películas como “Cuatro hermanos” y “En qué piensan los hombres”; quizá lo que le ha otorgado más fama o visibilidad es su participación en la serie “Empire”). Las impecables interpretaciones del resto del elenco convierten cada trama y cada secuencia en una coreografía perfecta, de quien destacaría la de Janelle Monáe: incipiente carrera la suya, acapara la atención de la cámara en cada aparición. Un hilo argumental y un trasfondo de patriotismo estadounidense que gusta mucho en Hollywood y que prometía para los Óscar aunque al final se quedó casi en agua de borrajas (3 nominaciones: mejor película, mejor actriz de reparto -Octavia Spencer- y mejor guión adaptado –AlisonSchroeder, basado en el libro de Margot Lee Shetterly-). La película tiene cierto aire documental y una ambientación propia de la época y un gran trabajo de arte.

A título personal, creo que este tipo de películas son más que necesarias. No por el discurso en si, sino por dar muestra de un modo literal como eran la vida entorno a la mujer y el absurdo en el que se desenvuelve aún la sociedad. Quizá hoy los juegos de artificios son más sofisticados, pero la intencionalidad continua siendo la de segregar la capacidad de la mujer y toda raza que no sea la blanca. La visibilidad de la mujer y su valor en lo intelectual, laboral y genérico son imprescindibles y equitativamente similar a la del hombre en una sociedad que se denomina así misma avanzada o democrática. Necesitamos más denuncia y más visibilidad, que cuenten más historias como esta, que pone de manifiesto el valor intelectual de tres brillantes científicas ninguneadas, principalmente por el color de su piel y, para más inri, por el género que representan. No obstante, he percibido bastante superficialidad y demasiado maquillaje que suavizan muy mucho el arduo sufrimiento padecido para que la mujer ocupe el lugar que ahora tiene, que aún sigue siendo insuficiente. Tal vez sea lo único que echo en falta en esta película, un poco menos de maquillaje y más piel, más olor a sudor, más crudeza y un poco mas de dramatismo.

Por lo demás uno sale de la sala satisfecho por haber contemplado una película sin pretensiones manifiestas, aunque si va con la intencionalidad clara de haber intentado al menos colocarse en posiciones privilegiadas para la carrera de los Oscar, ya vemos que ha quedado atrás. Con vocación integradora y una muy buena intención de alzar la bandera feminista con el agravante segregacionista añadido que hace apenas 50 años estaba muy presente. Me quedo con la grata impresión que me causó Janelle Monáe y que, tras esta, su tercer película, le auguro gran futuro o una ya gran realidad en el panorama cinematográfico. Para mi modesto entender, aquellas extraordinarias mujeres merecieron más y mejor protagonismo y galardones que los que sugiere la cinta... o la vida real: amas de casa, trabajadoras, afroamericanas, científicas... mujeres.






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Somos como el ciervo

Traigo aquí algunos detalles del discurso del Jefe Indio Joseph ante toda la plebe de estirados usurpadores de territorio que gobernaban los incipientes EEUU en Washington. Corría el año 1789. A lo largo de su exposición, con su vocabulario sencillo, honesto y directo, el jefe Joseph, alias al que responde el gran jefe indio Inmatuyalatket (Trueno que retumba en las montañas), de la banda Wallamwatkin de los Chutepalu (más conocidos entre los blancos como ‘Nez Perces’), expuso el desvarío sanguinario y embustero que aplicaron a su pueblo para expulsarlos de su territorio, a base de mentiras y palabrería banal edulcorada por el vocabulario legislativo inventado a su conveniencia por el hombre blanco y la necedad que les ciega a quienes ponen de su parte la razón y martirizan todo aquello que les incomoda. Tal que así, el gran jefe Joseph concluía en una de sus muchas elucubraciones entorno a su discurso: “Nosotros éramos como el ciervo; ellos eran como osos pardos. Nosotros teníamos un territorio pequeño. Su territorio era grande. Nosotros estábamos contentos dejando que las cosas permanecieran como el Gran Espíritu las creó. Ellos no, y cambiaban los ríos y las montañas cuando no les gustaban..." (Editorial José J. de Olañeta, 2006. Recomiendo encarecidamente esta lectura). 

La verdad, no tenía intención de escribir sobre este tema porque me produce urticaria y suele sacar lo peor de cada casa, muy especialmente de quienes son partidistas (que no partidarios de cualquier ideología política, cada cual se vuelve sectario en cuanto limita su capacidad de raciocinio a los preceptos de una determinada ideología), ni siquiera me voy a molestar en profundizar en la materia con disquisiciones que tengan tendencia al funambulismo. Por lo que voy a ir más o menos al grano, ya que todo cuanto tenga vocación camaleónica de asemejarse a paraíso siendo arenas movedizas me produce algo así como náuseas, habida cuenta la cerrazón de quienes tienen las riendas de este nuestro país, de los innumerables lacayos que alimentan la democracia de leguleyos sin fronteras y de su séquito borreguil que aplaude hasta el modo en que han de tomar el papel higiénico para asearse por donde ya sabe qué materia evacua con frecuencia diaria como si de un ejercicio artístico de equilibrismo se tratase.

No, tampoco estoy ni a favor de unos ni de los otros. Ni de izquierdas ni de derechas ni de centros. Ni de quienes sujetan por el cuello la libertad de expresarse para patear la dignidad de la ética, la moral y el respeto por el entorno (aunque éste le sea de total reprobación, o repulsiva, o desdeñable o condenable por el sentido común), ni de quienes pretenden amordazar aquélla con las armas de la ambigüedad legal para decidir qué es lo que conviene y qué es lo que no conviene ser permitido decir, escribir u opinar a través de los muchos medios de los que dispone el españolito de a pie para expresarse, ya sea a favor o en contra de todo lo que se mueve.

Para mí basta tener la referencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para posicionarme al respecto. Artículo 19: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión". Pero no resulta tan fácil. Porque la constitución también recoge de un modo generalizado este axioma en su artículo 20. Aunque también recoge algo fundamental que es el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen (artículo 18.1). Desde aquí se inicia la controversia.

En los últimos tiempos hemos podido observar, no solo que el cantante de un grupo musical es condenado a un año de prisión por unos “tuits” por apología del terrorismo, un concejal procesado por otros tantos “tuits” de hace ya la tira de años por una serie de chistes de humor negro que denigraban, según decía la fiscalía, a las víctimas del terrorismo, así como también varios procesados por “tuits” ofensivos contra el rey, Carrero Blanco, o diversos personajes públicos; tal vez el paradigma de toda suerte de estupidez la encontramos en unos profesores que protestan contra una serie de recortes en la comunidad de Castilla La Mancha y a los que les piden cuatro años de prisión. Pero también hemos visto otra serie de personas (cientos) que ni siquiera han sido investigadas por las autoridades al desear literalmente la muerte con maravillosas bombas a miles de personas que estaban congregadas en una manifestación en “Sol” (Madrid), ni tampoco una miserable investigación a esos que insultan permanentemente por los mismos medios (twitter y facebook) a un líder político acusándole de drogodependiente y camello. Como ven, evito en la medida de lo posible utilizar nombres y referencias para focalizar la estupidez más rancia en toda su esencia.

Esta controversia se acaba, desde la perspectiva alejada del prisma del desapasionamiento, en el punto en el que cada ser humano ha de mantener esa postura de civismo, ética y moral de respetar a aquellas personas que la rodean, tanto si les son agradables como si no. Pero como no es el caso, cada españolito cree tener la razón en todo cuanto emprende y el adn español y mucho español se cree valedor y velador de la verdad. Así que habría que decir que no se puede poner la voz en grito en nombre del estado de derecho ni de la ley universal del derecho a expresarse libremente, aunque eso conlleve en un agravio hacia el honor y la propia imagen de otra persona, la propia constitución avala y protege a estos últimos (artículo 18.1). No obstante, como la cuestión es mucho más compleja, apelo al momento histórico en el que vivimos, que resulta ser el siglo XXI: Internet, tecnología, redes sociales, whatsapp, smartphones... Vivimos de otra manera a como vivíamos en el siglo XX. El derecho a expresarse NUNCA debe ser excusa para vituperar de ningún modo (ni a persona ni a entidad alguna) por poco agradable que nos parezca, por mucho que nos aborrezca. Aunque tampoco se puede cercenar el derecho a expresar una opinión por contraria que pueda parecer al estado, a persona, a entidad alguna, a cosa o a animal incluso. El limite lo marca el respeto, sobre todo la educación.

Un estado de derecho no puede permitir que una serie de personas sean condenadas por unos chistes de mal gusto o unas opiniones contrarias a los estamentos nacionales porque incurriría en una falta grave de censura, recordando muy mucho a todo aquello que dejamos atrás hace unos pocos años. Pero tampoco puede permitir que cada cual vitupere al vecino como le venga en gana, porque en tiempos pretéritos se hablaba mal de alguien y quedaba en el vecindario, pero ahora pones un “tuit” y puede que te lean los vecinos de Ushuaia, o tal vez los paisanos de Camberra o la colonia de españoles de Suiza, o todos a la vez, además de cualquier hispanohablante de cualquier punto del planeta. El peligro radica en el altavoz, en el vacío legislativo del que dispone internet y todas sus plataformas.

Si las gilipolleces de tantos y mascuantos (sí, gilipolleces, porque hay que ser muy torpe para caer en el lenguaje fácil y barriobajero para protestar en forma de chiste malo, por ejemplo), narrando chistes de mal gusto u opinando de manera agresiva, ácida o tiznando de negro ese humor idiota y sin sentido contra los mecanismos del estado, son objeto de sentencia penal con privación de libertad es que algo no funciona bien. El sentido común de las víctimas del terrorismo, por ejemplo (Eduardo Madina, Irene Villa...), habla conforme a la verdadera actitud de quién tiene sentido común y de camino dejan en evidencia a todos aquellos que vituperaron de algún modo su imagen, su honestidad, su discreción y su honor. Pero del mismo modo que se han condenado aquellas actitudes, debería el estado replantearse, a través de los cuerpos y fuerzas de seguridad y de todos los mecanismos fiscales y jurídicos disponibles, perseguir a todos aquellos que delinquen en faltas o delitos (mal llamados) de odio (artículo 510 del código penal), como aquellos incautos y estrechos de miras de animar a colocar bombas en una concentración de personas con vocación de manifestantes. Todo se ha desvirtuado de tal manera que nadie sabe realmente cuál es el límite legal, el de la desvergüenza y el de la gilipollez.

Resumo así la cosa: tomo para ello las palabras de Voltaire para dibujar lo que debiera ser la democracia y el derecho a la libertad de expresión. “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a poder decirlo.” El matiz de la mesura de respetar el honor y la dignidad de cuanto quiera uno opinar y expresar basta para poder hacer con total libertad todo cuanto uno quiera decir. No podemos permitir como ciudadanos que la maquinaria de la censura actúe como un oso pardo y que su territorio se haga cada vez más grande, y que la tribu, la plebe, seamos como el ciervo y tengamos que vernos abocados al fin y al cabo a silenciar nuestras bocas y apagar la luz de nuestros pensamientos y vivir con el miedo a poder estar en desacuerdo con lo que nos dé la real gana. Nosotros éramos como el ciervo; ellos eran como osos pardos. Nosotros teníamos un territorio pequeño. Su territorio era grande. Nosotros estábamos contentos dejando que las cosas permanecieran como el Gran Espíritu las creó. Ellos no, y cambiaban los ríos y las montañas cuando no les gustaban..." y esta es la línea que el estado debe evitar cruzar, ese límite de censurar y penalizar todo cuanto le disguste y a su antojo. Es el estado el que debe evitar ser como el oso pardo, es el estado el que debe permitirnos ser como el ciervo y campar libremente por el pequeño territorio de la libertad de expresión. Clama al cielo el sentido común como un 'Trueno que retumba en las montañas'. 




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La La Land (Ciudad de las estrellas)


Cuando finalizó la película, me invadió un enorme sentimiento de tristeza. Hubiera deseado que no acabase nunca o no me hubiera importado pagar lo que fuese por ver un par de horas de más. A simple vista, uno lee el argumento y da la sensación de acercarse a un drama de teleserie de madrugada, de esos que reponen para el relleno de las intempestivas horas en las que compite con las emisiones de teletienda de cualquiera de los canales de TDT. Y nada más lejos de ello. Narra la historia de Mia (Emma Stone), una joven que aspira a ser actriz pese a sus innumerables rechazos y de Sebastian (Ryan Gosling), un pianista de jazz al que despiden de su trabajo como "animador" ambiental de un restaurante y se halla en las últimas económicamente. Juntos emprenden el camino hacia la consecución de los sueños, y juntos aprenden a tener que sacrificar algunas cosas para alcanzar otras.

Desde el inicio la película derrocha una vitalidad y un optimismo fuera de toda órbita. En seguida se sumerge el espectador en un mar de ensoñación del que es difícil despertar hasta que te topas con el "The End" al finalizar la cinta. Estará flotando por entre una explosión de champán burbujeante de sonrisas a lo largo del plano secuencia que recuerda muy mucho a películas de la era dorada de los musicales de Hollywood, cuando se retroalimentaba una y otra vez en sus disquisiciones y su solapada autopromoción. Baste decir que se le viene a uno a la cabeza, por ejemplo, el chispeante y encantador inicio de Las señoritas de Rochefort (Jacques Demy, 1967), con el gran Gene Kelly a la cabeza del reparto.

Toda la cinta se desarrolla bajo el prisma de la yuxtaposición entre la magia de los sueños y la cruda realidad. No obstante, el mensaje que deja esta encantadora y emocionante película es que nada puede con la posibilidad de convertir los sueños en realidad, si no se ceja en el empeño por conseguirlos y, sobre todo, que siempre se necesita una mano amiga cerca para poder ayudar a tirar del cabo. Para contar todo esto, Damien Chazelle (Whiplash, 2015) basa su narración en el espíritu que transmite el primer plano-secuencia con la que abre el film. Aprovecha además la canción original que da título a la película en español para hacer de ello un himno a la esperanza (City of Stars) y todo ambientado bajo el espíritu ensoñador de una burbuja fantástica donde hasta un simple casting se convierte en todo un momentazo mágico, en el que uno sólo se apercibe que está en el siglo XXI cuando aparecen los teléfonos móviles como arma arrojadiza de la realidad. Cuando no es así, creerá vivir sumergido en los años dorados del Hollywood de los musicales, donde se encuentran referencias innegables a películas como Top Hat (Sombrero de copa, 1935), SwingTime (En alas de la danza, 1936), The Band Wagon (Melodías de Broadway, 1953), Las señoritas de Rochefort (1967) Fellini 8½ (1963) o innegablemente Singin' in the rain (Cantando bajo la lluvia, 1965) dejan su huella y su perfume en esta película.

Bajo la premisa del calor de las notas musicales del jazz y sus derivados, detalles como la escena de baile cayendo el sol en Mulholland Drive, de algo más de seis minutos de metraje, en un solo plano secuencia sin cortes, dan buena cuenta del riesgo y la complejidad del rodaje de esta gran película. Como colofón (podría estar hablando de detalles hasta la saciedad) La la land desprende una extraordinaria armonía y belleza en todo su conjunto al mismo tiempo que parece todo desordenado como si Bill Evans fuese el que estuviera al piano en uno de sus míticos himnos, y avalado por dos estrellas que destilan química a raudales, dentro y fuera de la pantalla, como son Ryan Gosling y Emma Stone; es su tercer metraje juntos (Crazy, stupid love, 2011 y Gangster Squad-Brigadas de élite-, 2013).

La historia de La la land es una banda sonora, armoniosa y sin complejidades, en sí misma, con un trasfondo de realidad que nunca desaparece, puesto que la ilusión de la pareja por encontrar a la persona que la acompañe por su periplo va desintegrándose conforme los peldaños que conducen a sus respectivos sueños se van separando, conformando un bello círculo, que se quiebra por la continua lucha contra las decepciones, complementados con esa guinda de la ensoñación de un final de película con lo que pudo haber sido y no fue. Ya ha hecho historia esta cinta con los 7 Globos de Oro obtenidos, acicalándose con la proximidad de los Oscar. Jamás antes consiguió otra película semejante botín (antes de esta, 6 había conseguido "Alguienvoló sobre el nido del cuco"): Mejor película de comedia o musical, Mejor actriz (Emma Stone), Mejor actor (Ryan Gosling), Mejor director (Damien Chazelle), Mejor guion (Damien Chazelle), Mejor banda sonora original (Justin Hurwitz),  Mejor canción original ('City of Stars').

Y todo lo que podría resumir este encantador musical  lo dice Emma Stone tras recibir su estatuilla: «La esperanza y la creatividad son dos de las cosas más importantes del mundo. Creativos a los que alguna vez le hayan cerrado la puerta, aquellos que alguna vez haya sido tentado con abandonar... Esta película es para vosotros, los soñadores». Vaya, pues, mi brindis para todos los soñadores...






© Daniel Moscugat, 2017.
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15 de enero

Guardaba en mi corazón
un cenicero sobrado de malos recuerdos.
Dormitaban esperando digna sepultura
las cenizas que fumé durante océanos de invierno
abotagados de indiferencia,
incombustibles en la chimenea de un olvido;
abrasadoras caladas de veranos sin lunas
al recaudo de sombrillas rencorosas
en una playa de melancolías maleducadas;
encendidas primaveras de un paraíso espinoso
que me aislaba tras un cristal de silencios;
brasas abandonadas en el ahogo de otoños
que dormitaban bajo árboles desnudos,
huérfanos de abrazos olvidados por el sol.

Por eso, cuando te vi, amor,
en ese paraíso de sueños imposibles
con el cigarrillo que besaste para mí
dejé de fumar malos recuerdos
para apropiarme del que rozaste con los labios,
así que fui a darle sepultura a las viejas cenizas
en el embarcadero del olvido.

Ese cenicero que conservo
abraza ahora tus inviernos,
tus primaveras y tus otoños y tus veranos,
hasta que las cenizas que ahora encarno
vivan siempre abrazadas a la memoria
de los besos que sellas en cada calada.



© Daniel Moscugat, 2017
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 






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Metáfora de invierno


Escribir sobre la obra de un poeta siempre es harto difícil, porque creo que el poeta se habla a sí mismo, concluye y se convence antes de hablar a los demás, y esas disertaciones de tipo filosófico suelen tener tanta profundidad como la ubicuidad del universo: cada individuo es un mundo inescrutable. El poeta que habla a los demás antes que hablarse a sí mismo en realidad tiene poco de poeta y mucho de metonimia emocional. Es necesaria la conversación sincera consigo mismo para calibrar y sobre todo para reflexionar sobre lo que les mueve, lo que no comprenden, aquello que les afecta, les emociona, les duele...  Tal que así, se comprende que Fernando Pessoa en su poema 'Autopsicografía' llegara a la conclusión de que "...el poeta es un fingidor", un fingidor de su propio dolor, porque a pesar de que uno elucubra y transfigure la realidad para imaginar la que quiere o desearía, en realidad el poeta acaba sincerándose consigo mismo y reflexionando sobre la realidad en la que vive. Así, entendiendo la poesía como un arduo trabajo de construcción, me acerco a Mayakovski como conclusión: "Pero nosotros / qué somos sino ebanistas / que trabajan el leño de la cabeza humana."

Acudo a la lectura de un maestro para poder resumir las sensaciones que me produjeron al finalizar la lectura del poemario de Isabel Romero: "Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño: / entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris; / voy a besar su rostro, rosado y halagüeño / como una rosa roja que fuera flor de lis. / Abre los ojos; mírame con su mirar risueño, / y en tanto cae la nieve del cielo de París." Con semejante apoteosis, Rubén Darío finalizaba su soneto 'De Invierno'. Y así uno se siente falto de aliento tras cada verso al finalizar la lectura de Metáfora de Invierno. La descripción de estos versos de Rubén Darío la tomo prestada para significar los cuatro estados que presenta la poeta en esta reflexión íntima y vertebral. Cuatro puntos cardinales a modo de rosa de los vientos que fuera flor de lis. El bagaje que aglutina Isabel Romero en este viaje lo lleva consigo a diario y con la madurez de quien se habla y se comprende y se perdona, plasma todo un universo en una metáfora de la propia vida.

En Francia inicia el recuerdo de una caligrafía, el inicio de la mocedad atada a ese acto de escribir, la memoria en la palabra, a los recuerdos donde comienza la vida: "¿Dónde quedará / albergado el tibio / fulgor de esta fidelidad, / de esta adolescente caligrafía?". La reflexión como método de expiación de la culpa, de los pequeños 'pecados' de los que uno nunca puede dejar atrás mientras la memoria los traiga al presente, pero a donde nunca hay que volver de regreso: "Difícil buscar el punto intermedio / aun más difícil huir, / alejarse de los hábitos, / de los límites / hasta el propio ritmo interior". Y con estos sutiles filtros a uno le invade un dulce sueño, que abandona sin hacer ruido, dejando el abrigo y el invierno galo en la puerta...

Y abrir la de Italia para adentrarse en las calles de abrigo, de gabán, de sombreros de fieltro y gorros de lana, de espejos en el piso, de clarividencia en las calles. Calles que reflejan el halo de la subrepticia alegría de la poeta transitando por las vetustas mamposterías italianas, atravesando el puente de Rialto, con ese olor de otras civilizaciones que dejaron una huella y quedaron a expensas del recuerdo como "una abertura hacia la encrucijada" donde deja atrás "la prórroga de una historia / débilmente caducada". Con este salto de gigante, Isabel deja atrás una poesía de contrición y se libera en Italia con unos versos mediterráneos, invernalmente mediterráneos, que se adhieren a la piel erizándote los vellos y haciendo que el abrazo del abrigo en un paseo por la calle sea confortable y enriquecedor, el abrigo de unos versos maduros, experimentados y de peso más que específicos. Un rostro rosado y halagüeño como una rosa roja copada de nieve que resbala por sus pétalos, como "lágrimas de exilio / ritual gótico de Verona".

Y a la luz mediterránea se abre en flor de lis para abrir los ojos... Y contemplar, como suscriben las grandes firmas del prólogo, Rosa Romojaro y Enrique Baena, 'donde comienza Oriente en Occidente' un accidente geográfico cuyos dédalos caben en el laberinto de una baldosa y donde la complejidad oculta un viaje hacia su propia conciencia, su coexistencia ineludible con "el otro", con aquellos que una vez fueron hermanos de sangre pero que alguien inventó una diferencia, la divergencia entre este y aquel lado del estrecho: "Extranjeros en la propia conciencia, / líneas divergentes / junto al estrecho, / promesas robadas en cada esquina, / esperanzas inexistentes...". La luz gastada de un té, el silencio incólume de la gastronomía, la voluptuosidad arquitectónica de las miradas bajo el frío cálido de un balcón vecinal que es marruecos, quedan sobre el diván como una chilaba.

Abre los ojos y mira con su mirar risueño hacia el final del trayecto: Portugal. Allí, Isabel Romero abre todas las puertas del silencio y en seis poemas absolutos resume toda una oda intimista. Sujeta con alfileres de luz un mundo de optimismo, de superación, de un presente que cae como una llovizna de noviembre, como unos copos de nieve en enero, los recuerdos quedan impregnados como agua en la piel, en una piel de recuerdo adolescente que aún siente en la memoria, en el instante vital: "allí impregnó los espacios cotidianos, las sombras y los olvidos, detrás de la puerta el reloj de su adolescencia conserva aún los días y los años."

Metáfora de Invierno es uno de esos libros que uno ha de tener como referencia sobre cómo escribir poesía con sentido, con reposo, tallando la madera con la paciencia de un ebanista, trabajando, como lo diría Mayakovski, el leño de la cabeza humana. Es ese libro que uno ha de tener cerca para echarle un vistazo, para comprender que escribir un poema no es hacer un churro y ponerlo a freír, que es algo más complejo que el mecanismo de un chupete, que un poema se escribe con la reflexión atemporal de un arquitecto renacentista. Tras la lectura de este monumento, uno comprende que en realidad Metáfora de Invierno no es un poemario, es un sólo poema transfigurado en una sola estampa que diviso desde la ventana de sus páginas, una estampa que se encarga de prestarme el maestro Darío para ilustrar: "y en tanto cae la nieve del cielo de París".

METÁFORA DE INVIERNO  -  ED. TORREMOZAS





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Silencio


No vamos a descubrir ahora las cualidades como realizador de Martin Scorsese, ni tan siquiera vamos a ver en esta película ensalada de tiros o cine gamberro (aunque cuando las edita, lo hace hasta con elegancia supina); y tampoco va la cosa de mafias. Lo cierto es que hoy por hoy para ver y entender una película del gran Martin hay primero que hacer un recorrido por alguna de sus obras maestras, porque como todo buen maestro en su materia, gana con los años; y cuantos más años tiene el vino, mejor hay que decantarlo y más cuerpo toma al contacto con la propiedad del oxígeno... y eso, señoras y señores, solo se consigue en Silencio. De este modo uno entiende la importancia del sentido de la culpa que la humanidad ha heredado directamente del cristianismo a través de las enseñanzas de la Biblia, porque con esta película Martin Scorsese hace una enciclopedia de su ideario cinematográfico o, como poco, aglutina todo ello en los 160 minutos que dura la cinta. Como él mismo reconoce "El cristianismo se basa en la fe, pero al estudiar la historia de la religión queda patente que ha tenido que adaptarse una y otra vez, con grandes dificultades, para que esa fe pueda florecer. Ahí surge la paradoja, una paradoja que puede ser muy dolorosa, puesto que en principio, creer y dudar sendos conceptos antitéticos. Sin embargo, creo que uno no puede existir sin el otro. Ambos conceptos se retroalimentan."  Y el lugar donde se retroalimentan es el silencio.

Ahora ya podemos entender el porqué de esta película. Reconozco el cine de Scorsese en la toma de muchos planos y en la fotografía el buen gusto por el equilibrio y el riesgo que supone realizar encuadres que en otros realizadores son poco frecuentes o inéditos; es propio de él, es su sello, su inspiración. La película como tal es una gran producción, no demasiado compleja en su ejecución pero si en cuanto a localizaciones, Taiwán en su gran mayoría. Técnicamente me ha parecido impecable, salvo que una excesiva e innecesaria recreación en numerosas secuencias hacen de la cinta algo excesiva o larga para un guión que firma el mismísimo Scorsese junto con Jay Cocks (Gangs of New York, La edad e la inocencia), basado en la novela del japonés Shushaku Endo. (Editado en españa por Ed. Edhasa, 2009 - 256 pág. y que obtuvo el prestigioso premio Tanizaki en 1966).

Pero para ponernos en situación primero hemos de situarnos en el contexto histórico para comprender esta historia, porque de otro modo andaríamos (como de seguro andarán muchos de los espectadores que ya la han visto) perdidos. Esta película se enclava en la segunda mitad del siglo XVII. En el comienzo del declive de la cristianización por los pueblos del mundo. Y se desarrolla en Japón, donde los primeros misioneros llegaron a mediados del XVI. El primer misionero en llegar a Japón fue Francisco Javier, uno de los fundadores de la orden de los Jesuitas, y al que se menciona como referencia en varias ocasiones en el transcurso del film. El trabajo de los misioneros estaba ligado a la llegada del comercio occidental, cosa que dio como resultado una serie de conflictos entre los misioneros de diferentes órdenes y naciones; es la propiedad que tiene lo relacionado con lo económico. En principio, los misioneros fueron bien acogidos y unos 300.000 japoneses de todas las clases sociales se convirtieron al cristianismo entorno al año 1600. Tras la llegada del régimen Tokugawa, se redactó la primera de una serie de órdenes que concluía en expulsar a los cristianos, gran parte de culpa radicaba en esos enfrentamientos entre órdenes y países (España, Portugal, Inglaterra y Holanda). En 1614 se redactó el Edicto de Expulsión. Entre los misioneros obligados a ejercer su labor en la clandestinidad se encontraba Christovão Ferreira, director de la orden jesuita en Japón y una de las figuras históricas protagonistas de Silencio. La mayoría de los misioneros se negaron a abandonar y continuaron su ministerio "en silencio", en la clandestinidad.

Y en 1633 los jesuitas supieron que Christovão Ferreira había apostatado, se había convertido al budismo y colaboraba con el gobierno de Tokugawa. Así arranca la historia de esta película, donde Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garrpe (Adam Driver) son dos sacerdotes jesuitas portugueses que se ven obligados a emprender un viaje hasta Japón para encontrar a su mentor, Cristóvão Ferreira (Liam Neeson). Vivirán de primera mano el suplicio y la violencia con que los japoneses tratan a los que son cristianos, a pesar de haber sido advertidos de ello. Serán, pues, testigos de excepción de la violenta persecución a la que son sometidos los cristianos japoneses, cuya "inquisición" busca eliminar cualquier influencia occidental en el país, por pequeña que sea, con especial hincapié si son cristiana.

Martin Scorsese ha hecho de esta epopeya un evangelio propio de lo antitético entre la fe y la duda. Esto que rubrica en otras películas está presente de manera tangencial, en esta es la esencia, el summun. Confieso que a mí me gusta más el realizador "macarra" o terrenal que el metafísico que se muestra en todo su esplendor en Silencio. He de reconocer que la película es de una belleza supradimensional, sabe manejar los tiempos y te hace incomodar en el asiento por alguna que otra escena por la crudeza (real según la historia, pero crudeza al fin y al cabo). Sigo sin ver a Andrew Garfield, a pesar de estar convincente, en un papel que lo catapulte o se destape definitivamente, me sigue pareciendo un actor con sangre de horchata, a veces sus movimientos son previsibles y mecánicos y en cuanto aparece en pantalla su compañero en parte del periplo, Adam Driver (Paterson, StarWars: el despertar de la fuerza), lo anula.

Como he dicho, hay muchos planos reconocibles en el cine de Scorsese, pero también se ha inspirado en esos planos de “vista desde el tatami”, recreando muchos instantes reflejados en su cine por los maestros nipones, como Ozu Yashujiro (Primavera tardía, El sabor del sake) Kenji Mizoguchi (Los amantes crucificados) o Kurosawa (El mercenario, Trono de sangre) incluso la predilección por el sonido de fondo de la naturaleza en los grandes períodos de silencio tan característico en el cine de animación de Hayao Miyazaki (Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro, El viento se levanta)... influyen notablemente en las escenas de cautiverio, tortura, soledad y de reflexión.

No diría que es lo mejor de Martin Scorsese, ni tampoco puedo decir que me haya gustado en demasía porque en muy buenos tramos ha parecido más cine evangélico que histórico, que es por donde creo honestamente que debería haber transitado o apostado esta, por otra parte, casi obra maestra. A ratos se hace un poco lenta e imprecisa. Pero, como he dicho antes, he de reconocer que es de una belleza supradimensional porque Martin sabe manejar bien los tiempos y pasa de incomodar por parsimonia a hacerte incomodar en algún que otro momento en el asiento por la crudeza y tensión. Lo cierto es que el espectador saldrá del cine meditabundo, tal y como acaba: en silencio, en un silencio sepulcral solo inmolado por la sibilina melodía de la naturaleza.



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Medio lleno, medio vacío

Kiko Veneno, para un servidor de ustedes, es el puto amo, el jefe. Con todos mis respetos para los fans de Bruce Springsteen, Kiko es el ‘boss’, el de verdad, el auténtico. Y es que andaba escuchando una de sus canciones en Radio 3, Reír y llorar, mientras bicheaba por la red: “La Coca-cola / siempre es igual / pero yo no“. Una de esas frases lapidarias, verdades verdaderas desparramadas por la calle, aunque la verdad nunca podrá ser posesión de un solo mortal, porque dependiendo de la óptica, de quien la encuentra, puede parecer razonable o no aquello sobre lo que se reflexiona.

Uno de los mayores placeres con los que disfruto de la vida común es observar detalles cotidianos que antes o después cobran un sentido dentro del puzle de vivir. Cada día que amanece encierra numerosos matices escondidos en cada esquina, cada silencio, cada camino, cada cielo... Y así, me veo caminando por calle Marqués de Larios, siete de la tarde, el verano pasado. Un individuo vestido de ejecutivo, con maletín incorporado de serie, lucha contra el viento en lo que parece ser una auténtica estatua, y cayendo como caía de algún lugar del infierno el aliento abrasador del mismísimo demonio en forma de terral. Aquel tipo más parecía una metáfora de héroe sin complejos que simple mimo callejero. Daba la impresión de que alguien había pulsado el botón de pausa en el reproductor de vídeo: corbata y chaqueta ondeando al viento en un fotograma real de 3D.

Los transeúntes pasean por doquier asombrados a pesar de haber visto al ejecutivo de pseudo feldespato en otras ocasiones. Una joven familia se detiene a contemplarle en uno de los bancos que flanquean la calle. Mamá empujaba el carrito de bebé y le dice a papá que le retire la tetina de los labios del infante que sostiene y mece con suavidad en brazos. Pero si está medio lleno todavía, dice. No acertaría con exactitud la medida resultante del líquido que contenía el biberón, pero una señora mayor, sin toalla que valga en ristre, ni corta ni perezosa se tira a la piscina del vecino y sin que la hubieran invitado: ‘que zí iho, zi no quea na, que lo va a embushá’. Dudo mucho que hubiera visto siquiera el tamaño de la tetina. La pareja se sonríe y mamá emplaza a papá a retirársela de la boca, quien le retribuye con una sonrisa de resignación.

No hace muchas fechas, todo un ministro de exteriores se lanza a vociferar en el mismísimo parlamento que los jóvenes que tienen que escapar de la hoguera, sin esperanza ni posibilidades de construir un pequeño paraíso de futuro en su tierra natal, en modo alguno se enfrentan a una tragedia, porque todo son beneficios intelectuales, morales y educacionales para el emancipado 'emprendedor': "enriquece, abre la mente y fortalece las habilidades sociales".  No es baladí toda esta sarta de coherencia. En efecto, el resultado de 'emprender' el camino al exilio laboral tiene como resultado todas y cada una de las prebendas de las que se beneficia el emancipado. No obstante, unos pequeños matices hacen que el biberón lo veamos medio lleno o medio vacío.

Es excesivamente fácil vislumbrar todo cuanto sucede en la lejanía, tal y como dice 'haber visto' el ministro, tal y como imaginó ver la tetina la anciana dicharachera y espetó sin duda alguna. Por supuesto, cuando uno dispone de un sueldo como embajador de unos 21.500 euros mensuales (hasta 65.000 como embajador permanente del reino España ante la unión europea), sin las molestias que acarrean costearse la residencia en el país en cuestión, el servicio doméstico, la luz, el agua, el teléfono, el transporte o gastos de desplazamientos, y un largo etcétera, es más que lógico que un padre pueda "emancipar" a sus retoños (niño y niña) allá donde se les antoje (y no donde se sientan obligados sin otra elección), con todos los gastos pagados de los estudios que se les plazcan, que logren alcanzar la capacidad de hablar varios idiomas y que se nutran de las culturas extranjeras allá por donde vayan e incluso consigan un trabajo digno ganando un miserable sueldo al mes que alcanza el salario base interprofesional de cualquier hijo de vecino al año; sin olvidar, ojo, que el estado costea el 60% de los gastos de escolarización de los hijos de los embajadores. Creo que un biberón suficientemente lleno para una sola familia.

La verdad siempre se percibe desde según qué realidad de forma distinta. La tragedia no es emanciparse y abandonar el nido, que esa es la trampa de las desafortunadas declaraciones. Es ley de vida que antes o después suceda con mayor o menor fortuna. A pie de calle, es muy triste despedir a sus retoños después de completar una carrera, un doctorado e incluso un par de másteres, con toda la inversión que supone eso de tiempo, dinero, esfuerzo y lágrimas, para ver que acaban en un restaurante o un bar más allá de los Pirineos y que apenas les llegue el dinero para pagar un alquiler. Sobre todo sabiendo que deja atrás a una familia que mal que bien no dispone de los mecanismos del estado para que costee los viajes de ida y vuelta para navidad. No voy tampoco a hurgar en la herida de los que ni siquiera optaron a estudios universitarios y tienen que verse más que obligados a salir del país para alimentar a las bocas que deja aquí en tierra, a la espera de una mejor oportunidad o, a lo peor, arrastrar a la familia al lugar de destino porque las esperanzas acaban en este lado de los Pirineos y comienzan más allá. O tal vez, ese mimo que simula ser un trozo de feldespato que lucha por su subsistencia viniendo como venía de tierras etruscas llorará de emoción al sentirse identificado por lo refrescante que resulta depender de unas monedas de la solidaridad de los demás para poder comer. Pero, ¿y lo que enriquece, abre la mente y fortalece las habilidades sociales verte en tierra ajena sobreviviendo de manera precaria? Cada caso tan distinto como cada huella dactilar.

En efecto, no somos iguales, pero la coca-cola siempre. Ese es el peligro y, al mismo tiempo, esa es la contradicción. Desde el liberalismo se desprecia que tengamos que ser iguales y tener las mismas cosas y las mismas oportunidades porque somos seres distintos y luchamos por cosas distintas según nuestros esfuerzos y capacidades (quedan incluidos los cuñadismos, los amiguismos, y los compadrismos), eso significa poco menos que doblegarse al marxismo-leninismo. Pero ser introducidos por igual en el mismo saco y medido por el mismo rasero, ya sea que uno gane 21.000 euros o gane 320, como una única fórmula, como Coca-colas, eso es, aludiendo a otra militante de la luz de gas, "movilidad exterior". Lo peor es que otras ancianas desdentadas, sin haber visto bien la jugada ni calibrado con objetividad las palabras que contenían la tetina que sostenía en la boca el ministro, asentían con la cabeza y sobre sus cabezas flotaban los bocadillos donde podían leerse visualmente los pensamientos generalizados: que zi, iho, que zi. Y claro, siempre los hay complacientes que ceden ante la mayoría, porque es preferible tener la botella medio llena que medio vacía.

Existe siempre una única perspectiva de todo lo que nos rodea, aunque el prisma distorsiona la realidad según la óptica imperfecta de su perspectiva. Cada lado es único, distinto: eso es lo que hace de la vida algo maravilloso y diverso. Sólo existe una sola verdad: la vida misma (y también la Coca-cola, que siempre es igual, lo dice el ‘boss’). Pero quién sabe si esto que llamamos galaxia no es más que una micropartícula dentro del biberón de un recién nacido y de la decisión de retirarle la tetina de la boca del bebé depende que nuestra galaxia siga conviviendo en paz unos pocos millones de años más o no... Vivir es aprender. Y aprender, queridos amigos, es reír y llorar. Ya lo dice el "boss"... Todo depende siempre si la Coca-cola está medio vacía o medio llena. Pero lo que está claro es que somos nosotros los que bebemos Coca-cola, señor Dastis, no somos Coca-cola. 





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La hija del jardín

Cuando uno camina descalzo por el césped siente un cosquilleo especial en la planta de los pies y percibe una ligera sensación deliciosa y cautivadora que recorre los sentidos sin apenas percatarse de ello. Los pies desnudos sobre la suavidad de la hierba fresca reciben el cosquilleo universal de la madre tierra y uno se siente unido a esa maternidad que nos sostiene, nos alimenta, nos acoge y nos abraza. Esta poética de la vida recreada puede resumirse en una frase de esas lapidarias del maestro Borges, cuando confesaba que lo escrito "debe ser juzgado por el placer que da y por las emociones que produce". Emociones, placer. Uno ha de caminar descalzo sobre la prosa de una obra literaria para sentir y comprender qué lleva por las venas el escritor, qué le emociona y por qué siente placer. En la mayoría de las ocasiones no sucede así ni de lejos, pero hay otras concretas que casi puede palparse, transitar por la cercanía de la fluctuación literaria que corre por las venas, la sangre intelectual de la que se alimenta.

Los detractores de Borges le acusaban de escribir literatura fantástica, aunque lo cierto es que la realidad es bien distinta, puesto que el maestro argentino te obliga a mirar hacia una realidad transfigurada, haciéndote creer que es la realidad. Que tras ésta se esconde algo inédito que nos transporta a contemplar el mundo de manera distinta, regalándonos la capacidad de ver las cosas de un modo intrínseco y desde un empirismo que aún ni siquiera hemos experimentado. Cuando uno se sumerge en las primeras páginas de "La hija del Jardín", tiene la impresión de revivir las sensaciones que el propio escritor ha de haber experimentado al aspergiar cual rocío crepuscular la prosa poética de esta novela. Deja incrustado entre líneas la relación del mundo real que conocemos con esa otra realidad, te invita a contemplar el mundo como algo inédito que se esparce a lo largo y ancho de una alfombra natural de palabras, como si se tratase del césped de un jardin idílico y mimado, transmitiéndote un cosquilleo especial que sólo la poderosa poética de con la que trama esta novela Alejandro Mansilla logra fundamentar la realidad imitada de la realidad. Es poesía para el corazón, metafísica para el alma, una realidad transfigurada que te hace creer de manera distinta en la realidad que nos abraza.

Fundamentalmente, el escritor construye de aquello que conoce y experimenta con un conocimiento empírico de lo que circunda entorno al alimento y objeto de la historia narrativa, esto es, que un ser de luz y amor absoluto, con sus inquietudes y sus credos, es capaz de encaminarse hacia la eternidad como un "bien accesible a todos los seres humanos", como dice Giani Vattimo en la contraportada. No se hallan pretensiones de ninguna naturaleza ajena a lo que logra indicarnos el transcriptor de las historias que narra, halladas en unos manuscritos, la principal encarnadora de esta enciclopedia universal de la eternidad. En éstos deja constancia de los avatares de su vida tras sufrir un espantoso accidente que las llamas de un devorador fuego no logró destruir, pero sí deformar su aspecto, de ahí su posterior encierro para evitar ser vista por su esposo.

La fidelidad sobre los hechos que desarrolla el autor, abigarrada al color del carácter excepcional de esta historia, cambiará de algún modo la vida del lector. Te empujará a tomar una píldora de esperanza en la creencia de que uno puede escapar de los caprichos de la carne y abandonarse a la alquimia de la transformación del ser humano en pura conciencia universal. El lector se verá abocado a observar la vida de un modo distinto y a creer en que las segundas oportunidades son posibles en el caso de que así lo crea y trabaje para hacerlas realidad. Uno casi siente el desarrollo de la poética metamorfosis de la hija del jardín como un un cosquilleo especial en la planta de los pies, y acaba percibiendo una ligera y placentera sensación que recorre los sentidos sin que apenas se percate uno de ello. Y aun así, Alejandro Mansilla es realista y no deja de lado el opaco mundo construido por la mano del hombre, consciente de que la realidad transmutada solo puede ser construida desde la realidad próxima e imperfecta del ser humano. Lo escrito "debe ser juzgado por el placer que da y por las emociones que produce"... El maestro Borges ha de estar más que satisfecho por "La hija del Jardín".

"La hija del jardín", finalista del Premio Fernando Lara de narrativa, 2013.

LA HIJA DEL JARDÍN - ED. ANTIGUA




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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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