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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Medio lleno, medio vacío

Kiko Veneno, para un servidor de ustedes, es el puto amo, el jefe. Con todos mis respetos para los fans de Bruce Springsteen, Kiko es el ‘boss’, el de verdad, el auténtico. Y es que andaba escuchando una de sus canciones en Radio 3, Reír y llorar, mientras bicheaba por la red: “La Coca-cola / siempre es igual / pero yo no“. Una de esas frases lapidarias, verdades verdaderas desparramadas por la calle, aunque la verdad nunca podrá ser posesión de un solo mortal, porque dependiendo de la óptica, de quien la encuentra, puede parecer razonable o no aquello sobre lo que se reflexiona.

Uno de los mayores placeres con los que disfruto de la vida común es observar detalles cotidianos que antes o después cobran un sentido dentro del puzle de vivir. Cada día que amanece encierra numerosos matices escondidos en cada esquina, cada silencio, cada camino, cada cielo... Y así, me veo caminando por calle Marqués de Larios, siete de la tarde, el verano pasado. Un individuo vestido de ejecutivo, con maletín incorporado de serie, lucha contra el viento en lo que parece ser una auténtica estatua, y cayendo como caía de algún lugar del infierno el aliento abrasador del mismísimo demonio en forma de terral. Aquel tipo más parecía una metáfora de héroe sin complejos que simple mimo callejero. Daba la impresión de que alguien había pulsado el botón de pausa en el reproductor de vídeo: corbata y chaqueta ondeando al viento en un fotograma real de 3D.

Los transeúntes pasean por doquier asombrados a pesar de haber visto al ejecutivo de pseudo feldespato en otras ocasiones. Una joven familia se detiene a contemplarle en uno de los bancos que flanquean la calle. Mamá empujaba el carrito de bebé y le dice a papá que le retire la tetina de los labios del infante que sostiene y mece con suavidad en brazos. Pero si está medio lleno todavía, dice. No acertaría con exactitud la medida resultante del líquido que contenía el biberón, pero una señora mayor, sin toalla que valga en ristre, ni corta ni perezosa se tira a la piscina del vecino y sin que la hubieran invitado: ‘que zí iho, zi no quea na, que lo va a embushá’. Dudo mucho que hubiera visto siquiera el tamaño de la tetina. La pareja se sonríe y mamá emplaza a papá a retirársela de la boca, quien le retribuye con una sonrisa de resignación.

No hace muchas fechas, todo un ministro de exteriores se lanza a vociferar en el mismísimo parlamento que los jóvenes que tienen que escapar de la hoguera, sin esperanza ni posibilidades de construir un pequeño paraíso de futuro en su tierra natal, en modo alguno se enfrentan a una tragedia, porque todo son beneficios intelectuales, morales y educacionales para el emancipado 'emprendedor': "enriquece, abre la mente y fortalece las habilidades sociales".  No es baladí toda esta sarta de coherencia. En efecto, el resultado de 'emprender' el camino al exilio laboral tiene como resultado todas y cada una de las prebendas de las que se beneficia el emancipado. No obstante, unos pequeños matices hacen que el biberón lo veamos medio lleno o medio vacío.

Es excesivamente fácil vislumbrar todo cuanto sucede en la lejanía, tal y como dice 'haber visto' el ministro, tal y como imaginó ver la tetina la anciana dicharachera y espetó sin duda alguna. Por supuesto, cuando uno dispone de un sueldo como embajador de unos 21.500 euros mensuales (hasta 65.000 como embajador permanente del reino España ante la unión europea), sin las molestias que acarrean costearse la residencia en el país en cuestión, el servicio doméstico, la luz, el agua, el teléfono, el transporte o gastos de desplazamientos, y un largo etcétera, es más que lógico que un padre pueda "emancipar" a sus retoños (niño y niña) allá donde se les antoje (y no donde se sientan obligados sin otra elección), con todos los gastos pagados de los estudios que se les plazcan, que logren alcanzar la capacidad de hablar varios idiomas y que se nutran de las culturas extranjeras allá por donde vayan e incluso consigan un trabajo digno ganando un miserable sueldo al mes que alcanza el salario base interprofesional de cualquier hijo de vecino al año; sin olvidar, ojo, que el estado costea el 60% de los gastos de escolarización de los hijos de los embajadores. Creo que un biberón suficientemente lleno para una sola familia.

La verdad siempre se percibe desde según qué realidad de forma distinta. La tragedia no es emanciparse y abandonar el nido, que esa es la trampa de las desafortunadas declaraciones. Es ley de vida que antes o después suceda con mayor o menor fortuna. A pie de calle, es muy triste despedir a sus retoños después de completar una carrera, un doctorado e incluso un par de másteres, con toda la inversión que supone eso de tiempo, dinero, esfuerzo y lágrimas, para ver que acaban en un restaurante o un bar más allá de los Pirineos y que apenas les llegue el dinero para pagar un alquiler. Sobre todo sabiendo que deja atrás a una familia que mal que bien no dispone de los mecanismos del estado para que costee los viajes de ida y vuelta para navidad. No voy tampoco a hurgar en la herida de los que ni siquiera optaron a estudios universitarios y tienen que verse más que obligados a salir del país para alimentar a las bocas que deja aquí en tierra, a la espera de una mejor oportunidad o, a lo peor, arrastrar a la familia al lugar de destino porque las esperanzas acaban en este lado de los Pirineos y comienzan más allá. O tal vez, ese mimo que simula ser un trozo de feldespato que lucha por su subsistencia viniendo como venía de tierras etruscas llorará de emoción al sentirse identificado por lo refrescante que resulta depender de unas monedas de la solidaridad de los demás para poder comer. Pero, ¿y lo que enriquece, abre la mente y fortalece las habilidades sociales verte en tierra ajena sobreviviendo de manera precaria? Cada caso tan distinto como cada huella dactilar.

En efecto, no somos iguales, pero la coca-cola siempre. Ese es el peligro y, al mismo tiempo, esa es la contradicción. Desde el liberalismo se desprecia que tengamos que ser iguales y tener las mismas cosas y las mismas oportunidades porque somos seres distintos y luchamos por cosas distintas según nuestros esfuerzos y capacidades (quedan incluidos los cuñadismos, los amiguismos, y los compadrismos), eso significa poco menos que doblegarse al marxismo-leninismo. Pero ser introducidos por igual en el mismo saco y medido por el mismo rasero, ya sea que uno gane 21.000 euros o gane 320, como una única fórmula, como Coca-colas, eso es, aludiendo a otra militante de la luz de gas, "movilidad exterior". Lo peor es que otras ancianas desdentadas, sin haber visto bien la jugada ni calibrado con objetividad las palabras que contenían la tetina que sostenía en la boca el ministro, asentían con la cabeza y sobre sus cabezas flotaban los bocadillos donde podían leerse visualmente los pensamientos generalizados: que zi, iho, que zi. Y claro, siempre los hay complacientes que ceden ante la mayoría, porque es preferible tener la botella medio llena que medio vacía.

Existe siempre una única perspectiva de todo lo que nos rodea, aunque el prisma distorsiona la realidad según la óptica imperfecta de su perspectiva. Cada lado es único, distinto: eso es lo que hace de la vida algo maravilloso y diverso. Sólo existe una sola verdad: la vida misma (y también la Coca-cola, que siempre es igual, lo dice el ‘boss’). Pero quién sabe si esto que llamamos galaxia no es más que una micropartícula dentro del biberón de un recién nacido y de la decisión de retirarle la tetina de la boca del bebé depende que nuestra galaxia siga conviviendo en paz unos pocos millones de años más o no... Vivir es aprender. Y aprender, queridos amigos, es reír y llorar. Ya lo dice el "boss"... Todo depende siempre si la Coca-cola está medio vacía o medio llena. Pero lo que está claro es que somos nosotros los que bebemos Coca-cola, señor Dastis, no somos Coca-cola. 





© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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