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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Metáfora de invierno


Escribir sobre la obra de un poeta siempre es harto difícil, porque creo que el poeta se habla a sí mismo, concluye y se convence antes de hablar a los demás, y esas disertaciones de tipo filosófico suelen tener tanta profundidad como la ubicuidad del universo: cada individuo es un mundo inescrutable. El poeta que habla a los demás antes que hablarse a sí mismo en realidad tiene poco de poeta y mucho de metonimia emocional. Es necesaria la conversación sincera consigo mismo para calibrar y sobre todo para reflexionar sobre lo que les mueve, lo que no comprenden, aquello que les afecta, les emociona, les duele...  Tal que así, se comprende que Fernando Pessoa en su poema 'Autopsicografía' llegara a la conclusión de que "...el poeta es un fingidor", un fingidor de su propio dolor, porque a pesar de que uno elucubra y transfigure la realidad para imaginar la que quiere o desearía, en realidad el poeta acaba sincerándose consigo mismo y reflexionando sobre la realidad en la que vive. Así, entendiendo la poesía como un arduo trabajo de construcción, me acerco a Mayakovski como conclusión: "Pero nosotros / qué somos sino ebanistas / que trabajan el leño de la cabeza humana."

Acudo a la lectura de un maestro para poder resumir las sensaciones que me produjeron al finalizar la lectura del poemario de Isabel Romero: "Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño: / entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris; / voy a besar su rostro, rosado y halagüeño / como una rosa roja que fuera flor de lis. / Abre los ojos; mírame con su mirar risueño, / y en tanto cae la nieve del cielo de París." Con semejante apoteosis, Rubén Darío finalizaba su soneto 'De Invierno'. Y así uno se siente falto de aliento tras cada verso al finalizar la lectura de Metáfora de Invierno. La descripción de estos versos de Rubén Darío la tomo prestada para significar los cuatro estados que presenta la poeta en esta reflexión íntima y vertebral. Cuatro puntos cardinales a modo de rosa de los vientos que fuera flor de lis. El bagaje que aglutina Isabel Romero en este viaje lo lleva consigo a diario y con la madurez de quien se habla y se comprende y se perdona, plasma todo un universo en una metáfora de la propia vida.

En Francia inicia el recuerdo de una caligrafía, el inicio de la mocedad atada a ese acto de escribir, la memoria en la palabra, a los recuerdos donde comienza la vida: "¿Dónde quedará / albergado el tibio / fulgor de esta fidelidad, / de esta adolescente caligrafía?". La reflexión como método de expiación de la culpa, de los pequeños 'pecados' de los que uno nunca puede dejar atrás mientras la memoria los traiga al presente, pero a donde nunca hay que volver de regreso: "Difícil buscar el punto intermedio / aun más difícil huir, / alejarse de los hábitos, / de los límites / hasta el propio ritmo interior". Y con estos sutiles filtros a uno le invade un dulce sueño, que abandona sin hacer ruido, dejando el abrigo y el invierno galo en la puerta...

Y abrir la de Italia para adentrarse en las calles de abrigo, de gabán, de sombreros de fieltro y gorros de lana, de espejos en el piso, de clarividencia en las calles. Calles que reflejan el halo de la subrepticia alegría de la poeta transitando por las vetustas mamposterías italianas, atravesando el puente de Rialto, con ese olor de otras civilizaciones que dejaron una huella y quedaron a expensas del recuerdo como "una abertura hacia la encrucijada" donde deja atrás "la prórroga de una historia / débilmente caducada". Con este salto de gigante, Isabel deja atrás una poesía de contrición y se libera en Italia con unos versos mediterráneos, invernalmente mediterráneos, que se adhieren a la piel erizándote los vellos y haciendo que el abrazo del abrigo en un paseo por la calle sea confortable y enriquecedor, el abrigo de unos versos maduros, experimentados y de peso más que específicos. Un rostro rosado y halagüeño como una rosa roja copada de nieve que resbala por sus pétalos, como "lágrimas de exilio / ritual gótico de Verona".

Y a la luz mediterránea se abre en flor de lis para abrir los ojos... Y contemplar, como suscriben las grandes firmas del prólogo, Rosa Romojaro y Enrique Baena, 'donde comienza Oriente en Occidente' un accidente geográfico cuyos dédalos caben en el laberinto de una baldosa y donde la complejidad oculta un viaje hacia su propia conciencia, su coexistencia ineludible con "el otro", con aquellos que una vez fueron hermanos de sangre pero que alguien inventó una diferencia, la divergencia entre este y aquel lado del estrecho: "Extranjeros en la propia conciencia, / líneas divergentes / junto al estrecho, / promesas robadas en cada esquina, / esperanzas inexistentes...". La luz gastada de un té, el silencio incólume de la gastronomía, la voluptuosidad arquitectónica de las miradas bajo el frío cálido de un balcón vecinal que es marruecos, quedan sobre el diván como una chilaba.

Abre los ojos y mira con su mirar risueño hacia el final del trayecto: Portugal. Allí, Isabel Romero abre todas las puertas del silencio y en seis poemas absolutos resume toda una oda intimista. Sujeta con alfileres de luz un mundo de optimismo, de superación, de un presente que cae como una llovizna de noviembre, como unos copos de nieve en enero, los recuerdos quedan impregnados como agua en la piel, en una piel de recuerdo adolescente que aún siente en la memoria, en el instante vital: "allí impregnó los espacios cotidianos, las sombras y los olvidos, detrás de la puerta el reloj de su adolescencia conserva aún los días y los años."

Metáfora de Invierno es uno de esos libros que uno ha de tener como referencia sobre cómo escribir poesía con sentido, con reposo, tallando la madera con la paciencia de un ebanista, trabajando, como lo diría Mayakovski, el leño de la cabeza humana. Es ese libro que uno ha de tener cerca para echarle un vistazo, para comprender que escribir un poema no es hacer un churro y ponerlo a freír, que es algo más complejo que el mecanismo de un chupete, que un poema se escribe con la reflexión atemporal de un arquitecto renacentista. Tras la lectura de este monumento, uno comprende que en realidad Metáfora de Invierno no es un poemario, es un sólo poema transfigurado en una sola estampa que diviso desde la ventana de sus páginas, una estampa que se encarga de prestarme el maestro Darío para ilustrar: "y en tanto cae la nieve del cielo de París".

METÁFORA DE INVIERNO  -  ED. TORREMOZAS





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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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