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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Somos como el ciervo

Traigo aquí algunos detalles del discurso del Jefe Indio Joseph ante toda la plebe de estirados usurpadores de territorio que gobernaban los incipientes EEUU en Washington. Corría el año 1789. A lo largo de su exposición, con su vocabulario sencillo, honesto y directo, el jefe Joseph, alias al que responde el gran jefe indio Inmatuyalatket (Trueno que retumba en las montañas), de la banda Wallamwatkin de los Chutepalu (más conocidos entre los blancos como ‘Nez Perces’), expuso el desvarío sanguinario y embustero que aplicaron a su pueblo para expulsarlos de su territorio, a base de mentiras y palabrería banal edulcorada por el vocabulario legislativo inventado a su conveniencia por el hombre blanco y la necedad que les ciega a quienes ponen de su parte la razón y martirizan todo aquello que les incomoda. Tal que así, el gran jefe Joseph concluía en una de sus muchas elucubraciones entorno a su discurso: “Nosotros éramos como el ciervo; ellos eran como osos pardos. Nosotros teníamos un territorio pequeño. Su territorio era grande. Nosotros estábamos contentos dejando que las cosas permanecieran como el Gran Espíritu las creó. Ellos no, y cambiaban los ríos y las montañas cuando no les gustaban..." (Editorial José J. de Olañeta, 2006. Recomiendo encarecidamente esta lectura). 

La verdad, no tenía intención de escribir sobre este tema porque me produce urticaria y suele sacar lo peor de cada casa, muy especialmente de quienes son partidistas (que no partidarios de cualquier ideología política, cada cual se vuelve sectario en cuanto limita su capacidad de raciocinio a los preceptos de una determinada ideología), ni siquiera me voy a molestar en profundizar en la materia con disquisiciones que tengan tendencia al funambulismo. Por lo que voy a ir más o menos al grano, ya que todo cuanto tenga vocación camaleónica de asemejarse a paraíso siendo arenas movedizas me produce algo así como náuseas, habida cuenta la cerrazón de quienes tienen las riendas de este nuestro país, de los innumerables lacayos que alimentan la democracia de leguleyos sin fronteras y de su séquito borreguil que aplaude hasta el modo en que han de tomar el papel higiénico para asearse por donde ya sabe qué materia evacua con frecuencia diaria como si de un ejercicio artístico de equilibrismo se tratase.

No, tampoco estoy ni a favor de unos ni de los otros. Ni de izquierdas ni de derechas ni de centros. Ni de quienes sujetan por el cuello la libertad de expresarse para patear la dignidad de la ética, la moral y el respeto por el entorno (aunque éste le sea de total reprobación, o repulsiva, o desdeñable o condenable por el sentido común), ni de quienes pretenden amordazar aquélla con las armas de la ambigüedad legal para decidir qué es lo que conviene y qué es lo que no conviene ser permitido decir, escribir u opinar a través de los muchos medios de los que dispone el españolito de a pie para expresarse, ya sea a favor o en contra de todo lo que se mueve.

Para mí basta tener la referencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos para posicionarme al respecto. Artículo 19: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión". Pero no resulta tan fácil. Porque la constitución también recoge de un modo generalizado este axioma en su artículo 20. Aunque también recoge algo fundamental que es el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen (artículo 18.1). Desde aquí se inicia la controversia.

En los últimos tiempos hemos podido observar, no solo que el cantante de un grupo musical es condenado a un año de prisión por unos “tuits” por apología del terrorismo, un concejal procesado por otros tantos “tuits” de hace ya la tira de años por una serie de chistes de humor negro que denigraban, según decía la fiscalía, a las víctimas del terrorismo, así como también varios procesados por “tuits” ofensivos contra el rey, Carrero Blanco, o diversos personajes públicos; tal vez el paradigma de toda suerte de estupidez la encontramos en unos profesores que protestan contra una serie de recortes en la comunidad de Castilla La Mancha y a los que les piden cuatro años de prisión. Pero también hemos visto otra serie de personas (cientos) que ni siquiera han sido investigadas por las autoridades al desear literalmente la muerte con maravillosas bombas a miles de personas que estaban congregadas en una manifestación en “Sol” (Madrid), ni tampoco una miserable investigación a esos que insultan permanentemente por los mismos medios (twitter y facebook) a un líder político acusándole de drogodependiente y camello. Como ven, evito en la medida de lo posible utilizar nombres y referencias para focalizar la estupidez más rancia en toda su esencia.

Esta controversia se acaba, desde la perspectiva alejada del prisma del desapasionamiento, en el punto en el que cada ser humano ha de mantener esa postura de civismo, ética y moral de respetar a aquellas personas que la rodean, tanto si les son agradables como si no. Pero como no es el caso, cada españolito cree tener la razón en todo cuanto emprende y el adn español y mucho español se cree valedor y velador de la verdad. Así que habría que decir que no se puede poner la voz en grito en nombre del estado de derecho ni de la ley universal del derecho a expresarse libremente, aunque eso conlleve en un agravio hacia el honor y la propia imagen de otra persona, la propia constitución avala y protege a estos últimos (artículo 18.1). No obstante, como la cuestión es mucho más compleja, apelo al momento histórico en el que vivimos, que resulta ser el siglo XXI: Internet, tecnología, redes sociales, whatsapp, smartphones... Vivimos de otra manera a como vivíamos en el siglo XX. El derecho a expresarse NUNCA debe ser excusa para vituperar de ningún modo (ni a persona ni a entidad alguna) por poco agradable que nos parezca, por mucho que nos aborrezca. Aunque tampoco se puede cercenar el derecho a expresar una opinión por contraria que pueda parecer al estado, a persona, a entidad alguna, a cosa o a animal incluso. El limite lo marca el respeto, sobre todo la educación.

Un estado de derecho no puede permitir que una serie de personas sean condenadas por unos chistes de mal gusto o unas opiniones contrarias a los estamentos nacionales porque incurriría en una falta grave de censura, recordando muy mucho a todo aquello que dejamos atrás hace unos pocos años. Pero tampoco puede permitir que cada cual vitupere al vecino como le venga en gana, porque en tiempos pretéritos se hablaba mal de alguien y quedaba en el vecindario, pero ahora pones un “tuit” y puede que te lean los vecinos de Ushuaia, o tal vez los paisanos de Camberra o la colonia de españoles de Suiza, o todos a la vez, además de cualquier hispanohablante de cualquier punto del planeta. El peligro radica en el altavoz, en el vacío legislativo del que dispone internet y todas sus plataformas.

Si las gilipolleces de tantos y mascuantos (sí, gilipolleces, porque hay que ser muy torpe para caer en el lenguaje fácil y barriobajero para protestar en forma de chiste malo, por ejemplo), narrando chistes de mal gusto u opinando de manera agresiva, ácida o tiznando de negro ese humor idiota y sin sentido contra los mecanismos del estado, son objeto de sentencia penal con privación de libertad es que algo no funciona bien. El sentido común de las víctimas del terrorismo, por ejemplo (Eduardo Madina, Irene Villa...), habla conforme a la verdadera actitud de quién tiene sentido común y de camino dejan en evidencia a todos aquellos que vituperaron de algún modo su imagen, su honestidad, su discreción y su honor. Pero del mismo modo que se han condenado aquellas actitudes, debería el estado replantearse, a través de los cuerpos y fuerzas de seguridad y de todos los mecanismos fiscales y jurídicos disponibles, perseguir a todos aquellos que delinquen en faltas o delitos (mal llamados) de odio (artículo 510 del código penal), como aquellos incautos y estrechos de miras de animar a colocar bombas en una concentración de personas con vocación de manifestantes. Todo se ha desvirtuado de tal manera que nadie sabe realmente cuál es el límite legal, el de la desvergüenza y el de la gilipollez.

Resumo así la cosa: tomo para ello las palabras de Voltaire para dibujar lo que debiera ser la democracia y el derecho a la libertad de expresión. “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a poder decirlo.” El matiz de la mesura de respetar el honor y la dignidad de cuanto quiera uno opinar y expresar basta para poder hacer con total libertad todo cuanto uno quiera decir. No podemos permitir como ciudadanos que la maquinaria de la censura actúe como un oso pardo y que su territorio se haga cada vez más grande, y que la tribu, la plebe, seamos como el ciervo y tengamos que vernos abocados al fin y al cabo a silenciar nuestras bocas y apagar la luz de nuestros pensamientos y vivir con el miedo a poder estar en desacuerdo con lo que nos dé la real gana. Nosotros éramos como el ciervo; ellos eran como osos pardos. Nosotros teníamos un territorio pequeño. Su territorio era grande. Nosotros estábamos contentos dejando que las cosas permanecieran como el Gran Espíritu las creó. Ellos no, y cambiaban los ríos y las montañas cuando no les gustaban..." y esta es la línea que el estado debe evitar cruzar, ese límite de censurar y penalizar todo cuanto le disguste y a su antojo. Es el estado el que debe evitar ser como el oso pardo, es el estado el que debe permitirnos ser como el ciervo y campar libremente por el pequeño territorio de la libertad de expresión. Clama al cielo el sentido común como un 'Trueno que retumba en las montañas'. 




© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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