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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Vergüenza y declive de Europa

Lo que son las cosas. En otro tiempo la prensa fue para mí un icónico adalid de la libertad de expresión. El cuarto poder. Esta efervescencia del minuto y resultado cada segundo, masticando información constantemente y de forma compulsiva, sin cocer, dando por hecho que todos estamos obligados a ser crudiveganos de la información, da como resultado muy malas digestiones y una falta de perspectiva real de las cosas acojonante, algo así como una carencia acusada de vitamina b12. Yo, más que información, lo llamo complacencia (con quien les paga, o con quién gobierna, según su ideario económico o político). Y es que uno echa de menos ese periodismo de pluma y papel, el periodismo del currarse la información y dudar de todo y de todos, el de cuestionarse todos los porqués disponibles y que escribe sin el yunque sobre la cabeza de una palabra mal dicha o escrita que cercene el cabo que lo sujeta, para terminar con los ideales esparcidos sobre la mesa de trabajo hasta perder la dignidad. El periodismo de cortar cabezas, caiga quien caiga. De no ser así, no hubiese sido considerado el cuarto poder. Es más que evidente que hoy ya no lo es.

Les pido disculpas de antemano porque esto va para largo...

Verán. No sé si conocen el prólogo que escribió George Orwel  en su libro Rebelión en la granja. Se me antoja de obligada lectura. Tituló 'Libertad de prensa' al manifiesto con el que arremetió contra aquellos que defendían una postura comunista y proteccionista. El quiz de la cuestión estaba en que aceptar la mentira afectaba, no solo a las novelas o ensayos que hablaban de política directa o indirectamente (porque querámoslo o no la política está presente en cada idea expresada) sino también a quienes cargan las plumas de reflexión y opinión independiente. La genuflexión reverencial hacia un determinado poder, anulando cualquier posibilidad de la razón, significa congraciarse con aquellos que solicitan ese sacrificio a cambio del ensalzamiento de una verdad enmascarada que nada tiene que ver con la realidad. Eso, queridos amigos, se llama totalitarismo. Y los que no se sumaron a los tentáculos del totalitarismo acabada la segunda guerra mundial, en esa bipolaridad archiconocida por todos, acababan mal mirados o sentenciados. Y esto, queridos amigos, es historia reciente. Tan reciente, que la volvemos a revivir en estos tiempos modernos, casi en papel de calco celestial. Palabrita del niño Jesús.

Llevo algo así como una semana leyendo y viendo titulares de la prensa de todo el mundo escandalizados por el muro que pretende construir el ínclito, despótico y (por qué no decirlo) subversivo Donald Trump. No solo por ese muro, sino por otras órdenes ejecutivas como la última rubricada. Un ejemplo de su ideario preñado de fascismo rancio. No solo suspende el Programa de Admisión de Refugiados durante 120 días, sino que suspende por tres meses la entrada de ciudadanos de Irak, Siria y los países del llamado “área de preocupación” (Sudán, Irán, Libia, Somalia y Yemen), apostillando que tendrán prioridad aquellos que profesen la religión cristiana. Estas y otras tantas órdenes ejecutivas que han escandalizado y escandalizan a la vieja Europa, en especial, obligando a sus dirigentes a tomar posiciones al respecto. Algunos, con el presidente del reino de España a la cabeza, esperaba algo así: "todavía no ha hecho nada contra nuestro país, así que hay que dejarle trabajar". Los más hipócritas, como el ejemplificador Hollande como cabecilla de la troupe, comenta que ‘Europa debe responder. Europa no es proteccionista, Europa no es cerrada, tiene valores y principios’. E incluso el alcalde de Berlín, en un ejercicio de cinismo, declara que ‘no podemos permitir que el señor Trump construya muros que separen. Nosotros los Berlineses sabemos de muros y lo que supone para los ciudadanos’. Y con esto y un bizcocho, a mí me dan ganas de vomitar e irme a dormir.

La ‘Europa no proteccionista, no cerrada, con sus valores y principios’, permitió (y sigue permitiendo) el cierre de las fronteras por el llamado corredor de los Balcanes. No fue un decreto de tres meses ni de 120 días de bloqueo: el tema lleva ya demorándose alrededor de dos años. El instigador: Austria y la permisividad de Alemania y del resto de países dominantes de la vetusta Europa, que incluso amenazaron a Grecia con suspender el espacio Schengen que, por otro lado, se pasan por el forro todos los países con el beneplácito de Merkel, Hollande, y la madre que los parió. Sumamos las devoluciones y bloqueos por parte de Macedonia, Serbia, Croacia, Eslovenia, Hungría, Bulgaria, Austria,... Y la guinda de las declaraciones del ministro de inmigración griego: “no vamos a permitir que nos conviertan en el Líbano europeo”. Así que en tierra de nadie (que es como decir Grecia) permanecen a día de hoy más de doscientas mil personas (la mayoría de ellos mujeres y niños) en campos de concentración modernos (los mal denominados campos de refugiados), muriendo de frío, hambre, sed, enfermedades... Seres humanos capaces de desafiar a la muerte porque huyen de ella en sus respectivos países de origen. Ambos muros, el de EEUU y el de Europa, también el de Berlín, también el que separa Israel de Palestina, también el que separa Ceuta y Melilla de Marruecos, son ilegales según La Corte Internacional de Justicia (CIJ), según los derechos humanos, según el sentido común. Ya quisiera yo que los dignísimos ciudadanos europeos, jaleados por la prensa, saliesen a la calle a protestar y a manifestarse como lo hacen los ciudadanos estadounidenses, apoyados y mimados por el periodismo de allí.

Europa parece haber olvidado este escándalo que rememora otros tantos del pasado. Mira hacia EEUU con beligerancia ante una muy deplorable actitud de su mandamás. Europa vuelve a traer al presente el espacio ideológico y moral que dividió Alemania en dos y que se indigna ante las barras y estrellas como de un muro que ni siquiera es comparable al muro de la vergüenza que ha separado el este de Europa del Oriente próximo. Europa, aquella que “no es proteccionista, que no es cerrada, con sus valores y principios”, la que sostiene una prensa inmediata que se acomoda al dictamen de las grandes corporaciones y casi inconscientemente da pábulo a todos esos totalitarismos  modernos que se abren paso, del mismo modo que se ha abierto camino nuestro amantísimo de las féminas del mundo Donald Trump. La misma prensa que olvida fácilmente cual debe ser su labor fundamental: informar sobre la verdad al desnudo, sin máscaras. Una verdad bien dicha. Informar sobre la realidad. Denunciarla. Una prensa que desvía la atención con complacencia hacia donde no debe y deja en el haber un déficit de refugiados de miles de millares. ¿Habrá peor muro que evitar decirle a la gente aquello que no quiere oír o leer y desviar la atención sin una miserable reflexión hacia lo que verdaderamente nos afecta?

Aprovechar el despotismo de un cani vestido a medida con sedas y flequillo blondo de diseño hortera, no es un parabién que represente a la vieja Europa. Por una vez Rajoy, el ínclito gobernante del reino de España, con su rígido cuello y problemas de logopedia, habla con sentido aunque nunca se le entienda bien del todo: “todavía no ha hecho nada contra nuestro país, así que dejémosle trabajar”. Con el sentido que debe hablar un cobarde y mirar para otro lado, como bien tiene aprendida la lección que imparte la vieja Europa sobre los refugiados a todos sus dignatarios, con los muros construidos con alambre de acero, con los muros de Israel aislando Palestina del resto del mundo. Una Europa que no aprendió cuando acabó teñida de sangre y sufrió la vejación de un demente que llegó al poder amparado bajo un discurso similar al del flequillo blondo, y que ni es capaz de enfrentar el nuevo despotismo iletrado de un bocazas sin fronteras, que despotrica contra el club de socios económicos que es la Unión Europea conjuntamente a su homóloga (también en lo despótico iletrado), la domadora del circo Brexit, fustigando a los hijos de la Gran Bretaña. Todos se esconden tras los titulares de la prensa, de una prensa que ondea al viento las breves palabras que más venden y más adeptos sean capaces de conseguir. Hablan a través de aquélla, de su escudo protector. Y todo quedará, como siempre, en agua de borrajas, porque la prensa se ha acomodado bajo el paraguas de la noticia exprés, el titular que vende, el escándalo que le pueda reportar más y mayores visitas a su página, red social o medio electrónico. Cuando la prensa se percate de que los trajes de seda y la verborrea falaz de Trump no den réditos, a otra cosa mariposa. Entonces los de la vieja Europa terminarán ciscándose encima, mojándose los pantalones de pipí y miraran para otro lado o escondiendo las cabezas bajo el suelo a la menor declaración altisonante que puedan turbarle en sus acomodados sillones de piel que presiden sus maravillosos escritorios de caoba, creyendo que nadie les ve y que no vieron nada. Porque en el fondo saben que no pueden enfrentarse a alguien que hablan del mismo modo aunque lo hagan en un idioma distinto.

Pero todo esto, y aquí meto a todos en el mismo saco (prensa, dignatarios, falderos, incautos, besamanos, abrazafarolas con aspiraciones borreguiles y buenísimos sin igual, si, todos) acabarán pidiendo clemencia por el panorama desolador que está por venir. Porque esto de mirar para otro lado nunca le sale gratis a nadie. Hay dos motivos fundamentales por las que unas civilizaciones invadieron a las de su entorno: el fanatismo de lo divino (la religión) y la escasez de recursos (el hambre). Tarde o temprano, esos países masacrados por las escaseces de recursos fundamentales como son el agua y el pan, acaben por organizarse e invadan todo aquello que les han negado o privado. Y lo peor es que son ejércitos de uno, individuales, sin miedo a perder nada porque ya lo han perdido todo. Y cuando a ese 'uno' se le priva de dignidad y hasta su miedo muere de hambre, ése no conoce fronteras que puedan separarle de lo que le corresponde ni espesos y altos muros capaces de pararle. Así ha sucedido en todas las épocas de la historia y así sucede en estos tiempos modernos, cuyo inicio de la debacle comenzó con el pistolero de Connecticut y su empeño por erigirse en una especie de nuevo Cristóbal Colón, llevando la democracia a base de bombas y metralletas camufladas bajo las cruces del buenismo cristiano como si descubriese tras el muro islámico un nuevo mundo para Occidente. Aunque el auténtico fin de la invasión fuese reponer con barriles de petróleo todo lo que perdió manejando las empresas de papá. El fin más que probable lo está construyendo el cani de la nueva política, ese que se proclama a bombo y platillo como el adalid de un nuevo tiempo para la política, llamado por Dios para crear más puestos de trabajo que nadie sobre la tierra... probablemente para cavar tumbas y construir cementerios (y no hablo sólo de manera metafórica), va a hacer falta mucha mano de obra para limpiar el polvorín que va a levantar el abanderado de otros muchos borregos que van de la mano junto a él hacia la autodestrucción y que ese maniqueísmo que profesan no les va a amparar ante la debacle, porque hablan el mismo idioma.

Podría decir, a modo de conclusión, que ‘quien se ríe del mal del vecino, el suyo viene de camino’. El refranero español es el más sabio de los refraneros universales. La prensa, por su parte, también ha de sentirse obligada a denunciar, a presionar sobre lo que no se hace bien y mucho menos dejarse amedrentar por el totalitarismo de pacotilla, casposo como las películas de Torrente. Hacerlo alejado de presiones empresariales. Han de hacerlo por respeto a la profesión, por puro amor a la verdad, para contar las cosas como son y no con el único y claro objetivo de vender titulares por segundo para captar adeptos. Nunca ha sido tan peligroso para el periodismo la autocensura como en los tiempos en que vivimos.


La cobardía y la hipocresía de Europa (‘todavía no ha hecho nada contra nuestro país, así que hay que dejarle trabajar’, ‘Europa debe responder. Europa no es proteccionista, Europa no es cerrada, tiene valores y principios’) pasarán factura antes o después. Y ni que decir tiene que aquello que inició el pistolero de Connecticut y acabará el cani de flequillo blondo de diseño hortera lo lamentará toda la civilización acomodada que ahora le critica y condena con sus buenas intenciones, con su insultante desmemoria histórica y su despotismo iletrado, con la incompetencia de la prensa y el buenismo de las ONGs disfrazadas de camuflaje... La libertad de prensa es la libertad de expresión. Pero ya lo dije antes. Esta efervescencia del minuto y resultado cada segundo, masticando información constantemente y de forma compulsiva, sin cocer, dando por hecho que todos estamos obligados a ser crudiveganos de la información, da como resultado muy malas digestiones y una falta de perspectiva real de las cosas acojonante. “Y si la libertad significa algo será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír.”, sentencia con razón Orwell. Esto es, principalmente, lo que echo en falta... Y también que el mundo comience a mirar hacia el humanismo, y la única bandera que nos represente sea la solidaridad.
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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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