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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Rings



Desde finales de la década de los 90, el cine oriental, muy especialmente el cine japonés, presenció un estallido de terror que encandiló a los espectadores de medio mundo. Títulos como Ringu (1998), Audition (1999), Ju On: la maldición (2000), Dark Water (2002), Llamada perdida (2003) The Grudge (2004)... y no es casualidad que la mayoría de estas y otras muchas cintas del género hayan sido firmadas por Takashi Shimizu e Hideo Nakata. Gurús de esto del terror psicológico, que penetra por la retina y acaba reconcomiéndote el tuétano. Quizá un tanto infravalorado s por el público occidental, mejor considerado por donde sale el sol. En el caso de Hideo, que firmó tantas otras como su coetáneo y con mayor éxito si cabe es, más versátil que Takashi y capaz de firmar titulos honrosos como el susodicho Dark Water o rubricar un documental entorno al sadismo y al masoquismo (Sadistic and Masochistic), y además es el autor de la historia original en la que se basa el título que nos trae aquí: Ringu, película que tuvo suficiente eco como para que la industria norteamericana se fijara en ella y produjera un remake firmado por Gore Verbinski y protagonizado por Naomi Watts, también titulado The Ring y mucho más conocido por la mayoría.

Esta secuela dirigida por el cordobés Francisco Javier Gutiérrez, desaprovecha toda la esencia del terror psicológico original, ni siquiera aspira a lidiar con su remake ni sus secuelas. A pesar de una gran ambientación y estilismo que deja fuera cualquier atisbo de dudas que en el realizador hay talento, pero tal vez también precipitación. Construir un historia consabida bajo una vuelta de tuerca que deja en mal lugar todo el valioso capital del cine japonés y queda derramado por el láudano efímero del olor juvenil. Está más que alejada de su origen, de cualquier película que recuerde al cine de terror psicológico japonés. Ni siquiera aprovecha la verborrea creativa de Hideo Nakata para explotarla, tan solo utiliza los recursos visuales y narrativos para contar una historia banal y que se dispersa en tramas de guión desiguales y poco creíbles.

La película se hace previsible desde el minuto uno y al menos se esperaban elementos novedosos que aportaran algo de imaginería a ese terrible juego psicológico del originario, pero se queda todo en agua de borrajas. Se aprecia un corta y pega en todos los elementos originales, una falta de intencionalidad y personajes principales con acné. Tal vez anima un poco la cosa ver al guaperas del grupo en Big Bang Theory, Johnny Galecki (alias Leonard). Y poco más, la verdad. Esa imagen de Samara (Sadako en su historia original) saliendo del pozo con su pelo enmarañado ocultando su rostro es ya un icono en la historia del cine de terror, que gracias a esta película poco va a revitalizarse. Ni el final de la película con Vincent D'Onofrio, cual villano invidente, dando palos de ciego de aquí para allá en el nombre del Señor sube algún peldaño en intensidad una historia que ni los mismos intérpretes parecen creer en ella. 

Todo el terror desaprovechado en los poco más de 100 minutos de cinta se resume en un par de sobresaltos ayudados por estrambóticos golpes sonoros y altisonantes subidas de volumen. La primera incursión de Francisco Javier Gutierrez en territorio yanqui ha sido desaprovechada, tal vez por desgana o por falta de acierto, incluso quizá me atrevería a decir que por imposición de la producción, cuya intención parece ser la de revitalizar un saga que debiera haberse quedado en su remake firmado por Verbinski.





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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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