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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Tarde para la ira


Aprovecho estas primeras palabras para considerarme un idealista para esta cosa del cine. Nunca he reflexionado sobre una película de mala manera porque reconozco el enorme esfuerzo y trabajo que hay detrás. En ese sentido sólo apunto pequeños desajustes, desaciertos y falta de previsión. Dicho sea de paso, me encanta ver cómo películas pequeñas, con presupuestos pequeños, aprovechando el buen hacer de grandes actores comiéndose la cámara y la habilidad del director encimando el carácter de los personajes, acaben por conformar grandes filmes. Sucede cada cierto tiempo y de manera habitual en el cine independiente o en los directores noveles. El listado sería largo pero basten dos o tres ejemplos: Tesis, de Alejandro Amenabar (1996 - 7 Goyas), Ciudadano Kane, de Orson Welles (1941 - 9 nominaciones a los Oscar, 1 Oscar), El orfanato, Juan A. Bayona (2007, 7 Goyas)... El listado es amplio.

El inicio trepidante y de cierta violencia irracional de esta película te sumerge de lleno en el cauce de sus interrogantes, que te abofetean sin haberte percatado de ello. Y, claro, la curiosidad mató al gato. Raúl Arévalo casi nos ofrece un decálogo sobre los largos tentáculos de la ira. Probablemente ni él mismo es consciente aún de que ha puesto en escena a un Antonio de la Torre inconmensurable interpretado a un ángel vengador. “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejar lugar a la ira de Dios; porque escrito está: mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19). Y ante la pasividad de la divina providencia, aquel que lo perdió todo en ese atraco con el que abre la película, se erige en juez, jurado y ejecutor. Maquina una fría y calculada vendeta que pergeña con esmero y tiento, sabiendo qué teclas pulsar. Desde la introspección se aviva el fuego de la venganza alimentado por los minutos de espera. Es posible que los niveles más altos de ira estén relacionados con los niveles más bajos de aceptación social, pero también con los niveles más bajos de respeto hacia la vida, especialmente hacia la propia vida de uno; porque la ira está en esa lata de cerveza que uno no para de agitar y por muy sólido que sea su envase termina reventando por algún lugar, es ese gas que se multiplica y necesita liberarse con estrépito hacia lares insospechados.

Antonio de la Torre es José, un aparentemente triste, solitario y apocado individuo que vive de las rentas de alquileres y propiedades varias. Curro, Luis Callejo, un convicto que sale de la cárcel tras ocho años de prisión por participar en un atraco con víctima mortal incluida. Ana, novia de Curro, encarnada por Ruth Díaz, espera la salida del talego del irascible Curro para emprender una nueva vida juntos. José empujará irremediablemente a Curro a una aventura ineludible donde se verá obligado a reencontrarse con su pasado. Solo hay un único objetivo: la venganza.

Es casi perpetua la sensación de que uno oye la respiración bien cerca de los personajes, sudorosos, rodeados de grasientas paredes de gotelé, máquinas tragaperras, cafeterías de barrio y canis de gimnasio; el decorado de un objetivo que casi penetra por la piel. Y el silencio corta a veces una tensión que se mastica, dándole sentido a todo y narrando con dureza en unos segundos aquello que las palabras necesitarían muchos minutos. La cámara anda constantemente en la mano del operador para mostrarnos la crudeza y la realidad de una historia pergeñada en la intimidad, con intención clara de que el espectador se sienta incómodo en el asiento, que viva en la piel de los personajes. El ojo en el corazón del poeta se adhiere a cada uno de los gestos, al sudor de los personajes, continuamente se dirige de lado a lado como un espectador más, mostrándonos la sordidez de un primer plano grasiento de cuanto acompaña de mediocridad a cada individuo.

Raúl Arévalo conoce bien el oficio de actor, se le nota tras la cámara que sabe llegar al corazón de un puñado de actores para exprimirles el jugo de una buena interpretación: El Triana (Manolo Solo), disoluto y aprovechado de los demás, capaz de vender a su madre con tal de sonsacarte un favor que le permita vivir a cuerpo de rey, resulta ser un personaje de reparto inconmensurable. Ruth Díaz (Ana), una mujer psicológicamente dependiente, arrastrada por un amor de toda la vida, cuya interpretación bien merecía algo más de consideración en los premios de la academia. Luis Callejo (Curro), un perdedor con olfato para los problemas y malas compañías que se vio arrastrado por un mal golpe a una joyería, parece haber nacido para ese papel. Antonio de la Torre (José), introvertido, metódico, apocado, pero también calculador, frío, violento. Vive obcecado con el único objetivo de la venganza, e impresiona en su papel, convincente como suele ser habitual. Podría haberse llevado sin duda ‘el cabezón’, por esta o por su secundario en ‘Que Dios nos perdone’, lástima que en esta ocasión se lo ha arrebatado su hermano Roberto Álamo que toca con los dedos el cenit de la interpretación en esa gran peli de Rodrigo Sorogoyen. En definitiva, un elenco al servicio del olfato de otro actor erigido en alma páter tras la cámara, que ha sabido elegir minuciosamente a su reparto y que no ha decepcionado.

No obstante, me dejo para el final unas pequeñas máculas como contrapunto. A lo largo del metraje se aprecian ciertos tramos que se me antojan excesivamente lentos y otros que se resuelven excesivamente rápidos y que hubieran necesitado de una pose más demorada. Siendo como es su primera película, es fácil ser condescendiente con algunos desajustes que se resuelven con el chasquido de los dedos y otros que parecen eternizarse, acaparando a mi juicio más minutos de los que en realidad hubiera necesitado. Y es que la cinta da la sensación de prolongarse más allá de la escasa hora y media que en realidad tiene. Tal vez sea de los pocos peros que puedan sacársele al film, y que competía con películas mejores que merecieron de igual modo el galardón del Goya a mejor película. Para mí fuero interno, demasiado premio, que no significa inmerecido, pero a juzgar por los títulos con los que disputaba el galardón sí parece excesivo. Gran debut, pues, de Raúl Arévalo en la dirección. que se suma a la gran cartera de realizadores españoles que, antes o después, al igual que otros que ya lo hacen, acabarán saliendo del país para que las  grandes cintas que dirigen ahora con poco las pongan en órbita con mucho más respaldo.


10.02.17   -   Por fin es viernes   COPE Málaga 93.4 FM



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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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