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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Deuda de sangre

El pasado lunes 6 de marzo resulta que el consejero de estado para la UE, otrora asesor del presidente del Gobierno Español para la Unión Europea, un tal Jorge Toledo, se refiere a los que huyen como consecuencia de las guerras y las pésimas gestiones de los estados fallidos de donde proceden como “los que se tiran al mar”, haciendo un ejercicio de fusión entre deporte y cultura. Y aquí paz y en el cielo gloria. Se quedó tan pancho, oiga. Fue absolutamente coherente, y no plausible, la reacción de los representantes políticos, así como la lluvia de críticas y peticiones de dimisión por parte de todas las ONG habidas y por haber. Sin embargo, como ya dije por aquí no hace mucho, las declaraciones de los ínclitos que nos gobiernan o pretenden gobernarnos suelen ser gratuitas, en todos los sentidos. Aquí parece tener además de coste cero, premios y bonificaciones. Pero la vida paga antes o después. Y en esta ocasión nosotros los ciudadanos europeos tenemos una deuda de sangre para con estos seres humanos. Además, no puedo decir que fuesen reacciones políticas plausibles porque todo ha quedado ya en un limbo difícil de avistar. Hay un hecho claro en todo este embrollo y todavía ni lo he sugerido. Para mondarse de la risa, ¿no?

Los migrantes del otro lado del Mediterráneo, ese mar que la vieja Europa usa como frontera profunda y abisal, deciden arriesgar sus vidas (que es lo único que tienen y por ende lo más valioso) huyendo de los conflictos, exterminios, asesinatos..., huyendo de sus guerras que son un mucho nuestras, de sus golpes de estado que también son un mucho nuestros, de sus hambrunas que son derivadas de nuestra avaricia y del exacerbado consumismo casi compulsivo, de sus exterminios étnicos que fueron provocados por la idiosincrasia de unos pocos de los nuestros trazando a lápiz fronteras y reparto territorial a capricho de tal o cual terrateniente…y un largo etcétera de circunstancias que hacen a esos hijos de la tierra, que también es nuestra, migrar a otro continente para intentar ponerse a buen recaudo, aún arriesgando la vida. Es manifiesto el hecho de que no “se tiran al mar a hacer deporte, ni para competir”, como bien respondió Eduardo Madina al consejero de estado para la Unión Europea, quien dejó entrever a las claras, aún pidiendo perdón a destiempo, cuál es la postura de este gobierno y de toda la caterva de irresponsables que pasean sus mejores galas por el parlamento europeo, como si la cosa no fuera con ellos, y delineando con muros, concertinas y burocracia (no sé cuál es peor), fronteras de sangre.

Si hago un poco de historia, los países punteros de la actual Unión Europea, antaño nadaban en la abundancia de la revolución industrial, ardían en deseos de expandir su política económica y explotar nuevos territorios. Y así pusieron el ojo en África. La ambición del capitalismo, el crecimiento económico por definición de estado. Bélgica, Francia, Inglaterra, Alemania, Portugal y (por poco, pero también) España. La ocupación y reparto del territorio africano es un capítulo histórico que habría que echarle una ojeada con atención para darnos cuenta de porqué aquellos que cruzan 'el mar de todos' vienen a reclamar en cierto modo todo cuanto Europa se apropió del continente negro. Todo cuanto los abuelos de los abuelos perdieron, todo cuanto les sustrajeron. Es la historia la que habla en los rostros de esos náufragos. Vienen a reclamar la vida que les negamos, privamos, robamos, vilipendiamos o sesgamos. Da igual que vengan de cualquiera de los 25 países donde existen conflictos candentes y que dejan asolados poblados, etnias, familias, vida,… O del resto de decenas de conflictos por Oriente Medio. Tal vez no nos informan como es debido, pero están ahí. Tal vez la pretensión de no informarnos como es debido sea precisamente la de procurar que miremos hacia otro lado y que pongamos nuestro punto de mira al 'invasor' como un enemigo. Esas personas que arriesgan sus vidas por cruzar la frontera del Mediterráneo huyen de guerras civiles y hambrunas (Somalia, Chad, Nigeria, Sudán del Sur, Libia), de secuestros y genocidios propiciados por las condiciones de desestabilización (Boko Haram, Darfur), todos ellos y otros muchos más recientes, como el foco volcánico sirio, con ciudades enteras arrasadas y reducidas a ruinas y exterminios por doquier. Creo que sobran las palabras si hablamos ya del Sahara, cosa que te da de lleno al gobierno de este país que sea del color que sea siempre ha mirado para otro lado... 

Desde Europa se fomenta el derecho a construir muros en las fronteras (físicos, legales e intelectuales) y un infierno en el mar por miedo, un certero miedo justificado. Un abismo de más de 5.000 muertes en 2016. Los tecnócratas del neoliberalismo europeo en pleno auge, coronado de alambradas en sus fronteras, se apresuran a vociferar despectivamente que igualdad significa la búsqueda de conseguir lo mismo para todos, la aberración de ser iguales y que compartamos toda riqueza, aludiendo así a ese concepto pasado de rosca del comunismo norcoreano, rancio y retrógrado. En realidad, igualdad no es la búsqueda de posesiones y vida común, es el concepto de acceder a la posibilidad de aspirar a tener las mismas oportunidades. Y ese ideario exportado desde el corazón de la Unión Europea hacia los países miembros y gracias a secretarios de estado como el que tenemos en España, se transforma en realidad impostada y aplaudida por millones de borregos. Uno se da cuenta de repente de todo. La buena voluntad de la Unión Europea es tan falsa como la compostura de su palabrería.

El gran problema que ha de afrontar la vieja Europa no son los los refugiados. Lo cierto es que seguirán llegando, porque reclaman ni más ni menos que lo que les pertenece, lo que la vieja Europa les quitó. El único modo que puede solventar este problema es y será reponer todo cuanto se hizo mal en el continente africano. Reparar el daño de tantos regímenes nefastos. No podía salir gratis devorar la semilla de la vida, y donde brotó la riqueza del florecimiento de la revolución industrial de la Europa que quiere cercar sus dominios a todos esos nietos de los nietos que llegan ahora en cáscaras de nueces. Nada de lo que devastaron en las colonias alemanas, francesas, belgas, portuguesas, inglesas y, por qué no decirlo, españolas podía pasar de largo, pasará de largo. El reclamo de la parte del pastel en forma de futuro, bienestar, o simplemente comida caliente y techo donde dormir seguirá goteando en el mar a través de esas mafias que aprendieron bien la lección de la vieja Europa sobre cómo tratar a sus congéneres y de dónde sacar provecho de ellos. El gran problema real de Europa es la pérdida de identidad, la pérdida de memoria, que significan en este caso la misma cosa. Es el miedo a no saber responder ‘quién soy’ lo que provoca que ciertas alimañas con vocación de medrar a base de dentelladas en la conciencia de la falsa unión de Europa salgan a la palestra con complejos de inferioridad y síntomas claros de Alzheimer, con la intención meridiana de devorar la poca dignidad que les quedan.

Aquí en España se ha aprendido bien esa lección, apenas los “los pico mil, no sé, los dos o cinco pico mil”, como recuerda bien poco y mal (ni conoce las cifras para poder rebatir otros puntos de vista en un debate; lamentable es un epíteto escueto y corto) ese ínclito del gobierno para la Unión Europea. Se apela a la desmemoria, al olvido. A aprovechar los tumultos de otros conflictos para desviar la atención. Aquí se forma tumulto y se fomenta la discordia donde no la hay para que personajes como este o como otras muchas pasen desapercibidas. Para que los más de cinco mil ahogados en 2016 queden en el olvido. Para que los gestos y las acciones queden silenciadas. Para aprovechar el estatus de poder legislativo y decretar a dedo con el objetivo claro de cerrar aún más las fronteras y penalizar a quienes pretendan hacerlo por su cuenta y riesgo. Nada queda impune y tarde o temprano los herederos de aquellos que perdieron su estatus e identidad como pueblo terminarán por conquistar un bienestar que les pertenece por derecho. Es una deuda de sangre que antes o después tendremos que pagar y del único modo de recuperar la dignidad humana, la memoria, es enmendando esos abusos del pasado, restañando el daño causado y producir allí para que nadie tenga necesidad de migrar a vida o muerte. 






© Daniel Moscugat, 2017.
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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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