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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

El libro de las aguas

Cuando uno se enfrenta ante el reto de leer un poemario ha de ser consciente de que tras cada poema, tras cada verso, hay una reflexión. De otro modo no podría ni puedo entender la poesía. Como diría el maestro Machado, en la poesía ha de haber reflexión. Tal vez la reflexión más profunda que un ser humano debiera afrontar antes o después es entorno al agua: la materia que hace imprescindible la vida y que sin su flujo, influjo y reflujo sería impensable e imposible la vida en este planeta. El agua es, por tanto, el elemento primordial para el desarrollo de la vida. No en vano las civilizaciones que han dominado sus épocas en la historia de la humanidad han desarrollado su crecimiento, desarrollo y expansión cerca del agua: Mesopotamia, Nilo, Mare Nostrum, Sena, Danubio, Yangtsé,… Guadalquivir. Este último acogió la civilización más longeva de cuantas han habitado hasta la fecha nuestra península ibérica y que aún se insiste erróneamente (esta es una opinión personal, y por lo tanto subjetiva) en una reconquista, cuando, en realidad, nunca hubo ni existió eso que llamamos España hasta la invasión y posterior conquista católica de los aliados políticos y desposados Isabel y Fernando.

Toda esta introducción me sirve para recrear el complejo universo de José Sarria en el libro de las aguas y hacia adonde apunta. A título personal resulta cansino leer poesía sin un fundamento de reflexión, hay mucha y variopinta. Sin embargo, es toda una fiesta para los ojos y para la sangre encontrarse con un puñado de versos llenos de tanta carga reflexiva, que respete la tradición literaria que tantas ensoñaciones trae a la memoria y derrochando belleza estética por doquier. Todo en uno. Poesía completa. Este es un poemario que huele a memoria, a aceptación, a nostalgia, a hermanamiento, a humanismo, al renacer de la conciencia. Cada poema es una reflexión donde hay que detenerse y donde sacar conclusiones que aún se matizan y derivan a posteriori hacia otras profundidades abisales en una relectura de cada verso. Un canto a la vida, a la universalidad del ser humano, al humanismo... a la memoria.

Es vasto el listado de maestros de la poesía clásica y contemporánea que han dedicado sus reflexiones entorno al agua. Se me ocurren, así al bote pronto que me concede la desdicha de mi cada vez más maltrecha memoria, el inacabado Poema del Agua, de Manuel Altolaguirre; el extraño y no menos profundo Agua y Cauce, de Miguel Otero Silva; O incluso esa selección de Visor sobre el ácido y crudo Charles Bukowski, Arder en el Agua, Ahogarse en el Fuego; aunque a pesar de todo me quedo con lo último que se me viene a la cabeza: el poema La Balada del agua del mar, de Federico García Lorca... Pero no voy a hacer aquí un recuento de todo cuanto de escrito hay implícita y explícitamente sobre el agua. 

Hay un argumentario que divide el poemario en 4 "libros": Raíz del agua (Evocación de la memoria), Identidad (los mapas de la memoria), El tiempo sumergido (Los siglos de la memoria), Y el Sur. Cuatro paredes donde construye la habitación de la memoria. Con ello recuerda quienes somos y cuales son nuestros orígenes. José Sarria hace referencia constante a la tradición poética y literaria, deslizándose en ocasiones hacia una lírica en prosa que hila fino entre las moléculas de la piel del agua, que al fin y al cabo son las moléculas de la piel del ser humano, de la piel de la vida, apuntando desde el principio hacia el propósito de llegar al paladar intelectual del lector, haciendo valer que sin tener presente la memoria heredada de las aguas, el camino del hombre será (y es) incierto. La cita de Eugenio de Andrade con la que abre el poemario es toda una declaración de intenciones y una gota de esencia que se derrama sobre una colección de poemas merecidamente premiado. Un libro que alcanza cotas de poeta con mayúsculas al que hay que prestar atención en cada verso, en cada dibujo, en cada emoción, en cada pensamiento, en cada ensoñación.

El aspecto fundamental por donde teje el autor todo ese conglomerado de cantos a la propia vida pasa por el respeto, pleitesía, admiración y curiosidad por el mundo Andalusí, echando vistazos hacia aquellos que fueron y son hermanos, quizá como raíz de lo que somos y quienes somos: “¿Quién me habló desde el agua / y alcanzó mis raíces / con esa arquitectura / ligera de sus cauces? / Es el agua, que como levadura / erige sus montañas de palabras.” El hilo conductor del agua como testigo mudo de todo cuanto acontece, de quien habla con el silencioso murmullo de su discurrir apacible sobre la historia de una civilización, sobre sus habitantes, a quienes amamanta desde el principio de los tiempos y de quienes soporta la sangre de sus derrotas,… La identidad perdida que recupera en casi un ensayo plasmado en un solo poema en prosa: “Al-Andalus, patria y raíz del agua” (no se lo pierdan, recréense).

La memoria como referencia de sus raíces, como agua para la sed del recuerdo. La infancia como un valor simbólico que perdura en el tiempo y: “Cuando cae la tarde, al final de los años, los recuerdos se inclinan como las ramas de los árboles de un bosque abandonado. El perfume del aire convoca las primeras inocencias y me hace regresar hasta un lugar en donde aguardan las horas más hermosas, a un patio en el que aprendí el lenguaje del agua y los jazmines”. Siempre el agua presente, siempre los símbolos y los aromas. La memoria como el tiempo que se detiene y vuelve incorrupta toda vivencia, todo el espíritu que se congrega entorno al elemento y la vida que gracias a ella continúa. “El recuerdo es el tiempo detenido / en un lugar preciso / donde, jóvenes, / por un instante fuimos / eternos, invencibles, inmortales: / alfaguara donde acudían / las gacelas de los primeros años / a beber de sus aguas, / aún puras del fuego y las heridas.” 

No quisiera, dejar escapar la oportunidad de mencionar su devoción por Marruecos. Inevitable e ineludible. El recuerdo y de nuevo la memoria del agua.  Muestra un apasionamiento y una querencia por sus gentes, su entorno, su horizonte, sus olores, su esencia. Leemos en el poema ‘Medina de Fez El-Bali’: “Las empinadas cuestas de la infancia / se inundan de la voz del almuecín / con la llamada al rezo, / del olor a ternura de mi abuela, / de la luz del estío / o de la paz que habita en la madraza”. 

No cabe duda que, en resumen, podría decirse que este es un poemario que hay que leer, releer y repasar con reposo. Aceptar la invitación de acudir a tantos maestros a los que hace referencia constante, explicita o subjetivamente, y acercarse a las disertaciones y reflexiones que manifiesta en torno a la esencia de la vida: la memoria, las raíces, la infancia, la juventud, los recuerdos, la melancolía, el amor, la humanidad. El libro de las aguas es un canto a la vida, a la memoria como raíz de la existencia, también a sus claroscuros (“La vida que sin razón / va causando tantos daños…”). Cada poema tiene un peso específico, nada queda al azar. Sin dejar de lado la estética de una belleza que recuerda la tradición más sólida de la poética, el poeta escribe sin hacer mucho ruido, tiñiendo sus aromas de melancolía, sin aspavientos, a lomos del silencio: “A galope tendido / cabalga, enarbolando / sus dagas la suave eternidad / de los misterios, / cortando la espesura / de las horas desiertas. / Es el jinete del silencio: / en su montura tengo reservado / un trozo de mi vida”. 

"El libro de las aguas", Primer premio del XXII certamen de poesía 'Rosalía de Castro' de la Casa de Galicia en Córdoba, 2015.


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® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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