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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Poderoso caballero

Corrían aquellos años ochenta en los que alguien con un billete de cien pesetas en el bolsillo era cuasi rico. Los autobuses ruidosos como destartaladas cafeteras, interminables partidas de dominó o de parchís en cada esquina de cada barrio, música electro-popera flotando en el aire contrastando con los últimos éxitos de Los Chichos o El Tijeritas, el cincel de los futbolines,... la magia del cine de verano. Hablamos del cretácico, poco más o menos. Pues uno de esos días insospechados en que la ociosidad se hacía cargo de ocupar un tiempo merecido en otro menester que no fuese vagabundear, la diosa fortuna me bendijo por ello y obligó a inclinar mi cabeza para que me fijara en el maravilloso marrón de cien pesetas que dormitaba en el suelo, veinte duros como quien dice y quien lo conoció. La primera vez en mi vida que encontré dinero en la calle, y más aún la primera vez que poseí una cantidad tan grande en manos tan pequeas... salí corriendo con una sensación entre emotiva y pavorosa.

Cada vez que oigo esa frase en ocasiones vuelve a traerme a la cabeza aquella sensación privilegiada de emoción única: “Joder, tío. Tú estás majara, colega”. Vaya estupidez, ¿no? Pudiera parecer que así es. Nunca me lo he negado, la verdad. Confieso que soy de esa rara avis que cree en la diversidad del ser humano como algo tan impredecible como imprescindible; cuanta mayor es la diversidad, mayores los fundamentos de tolerancia. Llegados hasta aquí paree que hemos mezclado muchas cosas en un batiburrillo que apenas se sostiene en pie, pero prosigo en mis disquisiciones para llegar a una conclusión, quizá desacertada pero no cejaré nunca en mi empeño de interconectar todo cuanto sucede, porque ningún cabo queda suelto en un navío y mucho menos si ese navío navega por el mar de la vida. Como decía, aquel timbre despectivo llama a la puerta del recuerdo con asiduidad y me trae el aroma añejo del pasado. Y es que verán. En una absurda conversación en torno a la figura de Terrence Mallick y su ‘Árbol de la vida’, la cosa redirecciona hacia la serie ‘Perdidos’: extraordinaria, una magnífica puesta en escena en sus primeras tres temporadas, pero un fiasco absoluto de despropósito existencial en las tres siguientes. Defendiendo esto entre quienes abogaban por que es una serie fuera de órbita, un orgiástico maremagnum de preceptos con axiomas de corte pseudoreligiosos, me encasillaban como un `walking dead’ cualquiera. Y si tuvieras que verte obligado a estar en una isla desierta, ¿qué te llevarías? Maldita pregunta, si se me admite alguna licencia... Tú mismo. Pues las obras completas de Sheakespeare, Cervantes y Allan Poe, la filmografía de todo el cine mudo y la discografía de los Beatles… y por supuesto un soporte donde reproducirlos con su consecuente alimentación eléctrica. Pues no pides tú nada, majete... Joder, tío. Tú estás majara, colega, me sentenciaron a bote pronto. Vamos a tomarnos un par de birras que yo invito, dijo el portador de la llave a los recuerdos. Nos metimos en ‘La Tranka’ donde ahogamos las controversias en un par de cervezas y unas risas.

A veces hasta me sorprendo a mí mismo por llegar involuntariamente a conclusiones tan impredecibles. La controversia, la disparidad de criterios, las diferencias de objetividad según cada cultura y el lugar en el que se desarrollan… nos empujan sin querer al debate, que suele acabar en conclusiones personales que antes ni se imaginaban; y ya se sabe: si puede imaginarse, puede hacerse. Le conté lo sucedido a mi amigo Tomás, con quien me topé justo después de encontrar los veinte duros, lo sucedido: Qué potra, tío. Invitarás a algo, ¿no? ¿Qué vas a hacer con los veinte pavos? Pues ir al cine y comprarme un libro (Los hijos del Capitán Grant, en el rastrillo de los domingos y de segunda mano; todavía lo conservo). Tú estás majara, tío, me responde. Venga, hombre, que hay para dos entradas y para el libro, le repliqué… Sentencia que acató de buen grado y sin rechistar

Siempre he pensado que el debate, por breve que sea, trae consigo conclusiones inimaginables. Para situaciones excepcionales, medidas excepcionales. Uno aprende desde pequeño que nada tiene mayor poder de convencimiento que el dinero o lo que puede conseguirse con él. Tomás me respondió: “Joder, tío. Eres un mostro, je, je, je…”. Pues sí, habiendo poderío económico de por medio, se acaban todas las disputas. Quizá por eso, después de dos cervezas ‘free’, ya no me parecieron tan desastrosas las últimas temporadas de ‘Perdidos’, tan solo pésimas. Uno se da cuenta entonces de lo poco que valen en ocasiones los criterios y hasta nuestras pequeñas verdades efímeras. Un par de cervezas bastan para suavizar o matizar opiniones... y si así lo hicieran en ocasiones los mandamases del mundo, las posiciones encontradas estarían menos encontradas. Sólo es cuestión de quien invita primero...







© Daniel Moscugat, 2017.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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2 comentarios:

  1. No veaaabe... que perita !!! Que buena historia. Quien más y quien menos tuvo 20 duros en el bolsillo alguna vez. Un abrazo compi

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    1. Las historias reales son las mejores historias posibles... Otro abrazo para ti, bro.

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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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