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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Ángel caido









Nacer del vientre más puro,
de la luz más brillante,
sueño de la sombra de un sueño
entre tinieblas malheridas soñadas.
Una despedida escondida en el corazón
esparce un ancho camino
hacia la luz roja e infinita
de las llamas de fuego vivo
que acarician las entrañas
del agua envenenada:
no hay salidas de emergencia.

Emboscado siempre en la sombra,
mirando de reojo a la esperanza,
se disfraza de mentira
para alimentarse de la vida:
su atuendo tiniebla de un sueño
y la luz de sus ojos la que más brilla.








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© Daniel Moscugat, 2016.
© Jazmines para una Biznaga, 2016.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
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Las mascotas del siglo XXI

Cuando era pequeño todos los niños del barrio, imagino que como cualquier niño de cualquier barrio, soñábamos y suspirábamos por disponer, disfrutar, cuidar y abrazar la compañía de una mascota, un animalito simpático y cariñoso que compartiese nuestro tiempo y espacio. Convivíamos dos bandos claramente diferenciados: los que preferían los perros y los que anhelábamos los gatos. Era una cuestión de principios que se rompía tan sólo con animales en cierto modo impopulares y no por ello menos importantes, aunque sí en las preferencias: canarios, tortugas, cobayas, hámsteres… Pero, al fin y al cabo, absolutamente todos opinábamos y soñábamos con perros o gatos, entre otras razones de menos enjundia porque eran relativamente accesibles. Los más afortunados podían adquirir alguno, los menos tendríamos que esperar un “desafortunado” apareamiento que nos ofreciera la oportunidad de codiciar un ejemplar.

Era una cuestión de principios que subyacía supeditada a las posibilidades reales a mediados de los ochenta y el entorno económico de cada familia. Un animalito suponía una boca más que alimentar, a pesar de que se atiborrara de las sobras, y el horno no estaba precisamente para bollos sobrantes. Poseer una mascota era casi un estatus social (del mismo modo que lo es ahora disponer de un smartphone). Y así andábamos, "como el perro y el gato", discutiendo cuál de ellos era el mejor animal de compañía, debatiendo las ventajas e inconvenientes que ofrecían. Llegábamos a maquinar incluso el modo de obtener una, por callejera que fuese; importaba un rábano el pedigrí, su raza. Lo importante era obtener un reflejo de nosotros mismos, una insignia para nuestro hogar, una señal que nos identificara,… una mejora de nuestro estatus.

Con el paso del tiempo estos inicios carecieron de relevancia y fue lo habitual poseer una mascota en casa: mal que bien cuidada y en gran medida acababan callejeando más de lo que debieran, las mascotas pasaban a ocupar un segundo plano, tal vez debido a la responsabilidad que supone cuidar del animalito, tener que cambiar la arena o sacarle a que hiciese sus necesidades, alimentarle, el veterinario (los que podían permitírselo...). La diversidad y la accesibilidad dio pie a la multitud, así que lo que en un principio carecía de importancia, léase el origen de la criatura, pasó a ser prioridad, esto es, ya no era aceptable poseer un animalito sin pedigrí; eso quedaba para los menos afortunados o los económicamente menos estables o desfavorecidos (tal como sucede hoy con la tecnología). Entonces llegó el boom de las “marcas”: que si yo tengo doberman, que si yo un gato de angora, y yo un yorkshire, y yo un persa, y yo un cocker spaniel… y así hasta el infinito. Lo curioso fue que continuó siendo un símbolo de estatus social, aunque éste fuese sólo en apariencia. Y al poco tiempo, el ansia de alcanzar dicho estatus dio paso a que surgiese la ambición por reflejar nuestra propia personalidad en la mascota y apostillar así nuestro yo.

No obstante, se inició un triste y lamentable espectáculo que copaba las primeras portadas de los periódicos del país, del mismo modo que calificaba el caracter malicioso y cruel del ser humano en general. Aquellos fantásticos “monstruos de plumaje multicolor” se veían abandonados en la calle sin motivo aparente: ¿Porque era demasiado grande para ocupar un espacio en casa? ¿Porque el pobre animal necesitaba de unos cuidados especiales debido a cualquier enfermedad congénita y con el gasto que supone para la economía familiar? Son razones factibles, pero lo que describe a pies juntillas la clase de calaña del ser humano era otra mucho más habitual y reconocible... Los regímenes económicos andaban serenos y nadando sobre la piscina del bienestar y la posibilidad de salir de vacaciones en familia quedaba reducida a los miembros de la misma: el animalito no entraba en los planes endogámicos de satisfacción y esparcimiento estival… así que puerta. Destino: próxima gasolinera.

Con el paso del tiempo surgió el exotismo descerebrado e irracional de los humanoides replicantes, no solo de este país, también del resto del plantea, por contagio febril (entiendo más bien que resultó ser un acto reflejo del modelo exportado del estereotipo que predican sociedades más pudientes y/o estúpidas). El poder adquisitivo permitió, no ya tener un perro, un gato, un canario, un loro, una tortuga o un hámster, sino a la posesión ávara de cualquier criatura exótica, extraña o inverosímil que tratase de reflejar con aspectos más metódicos la personalidad del amo y señor de la criatura, que resultase ser el azogue de nuestra preferencia vital en esta vida tan superflua: con idéntico final que en tiempos pasados aquellas mascotas. Sin embargo, las inocentes y exóticas criaturas generaba (¡genera!) cambios en el ecosistema natural de cada región, modificando el comportamiento y poniendo en serio riesgo especies autóctonas que convivían en paz. En pocos años los hechos insólitos de abandono de mascotas en nuestra variopinta flora y fauna que comenzaron a acoger animalillos que solían vivir en los trópicos, en los ríos aparecen peces que sólo nadan en los moribundos meandros de los grandes ríos cálidos del planeta,… la voz de alarma se cierne, no ya tan sólo con la constante aparición de vagabundos caninos y felinos, sino de saurios, reptiles, aves, anfibios y demás criaturas salvajes que retornan a la naturaleza, mas no a sus comunidades medioambientales. Actos de auténtico vandalismo que carecía de castigo penal y disfrutaba de total impunidad... hasta pasada la primera década del siglo XXI, siendo tan laxa como inútil.

A pesar de continuar siendo tema candente, la ambición por la compañía de una mascota sigue acaparando tintes mediáticos y copando límites insospechados, en la gran mayoría de los casos infringiendo la ley y haciendo peligrar continuamente, e increscendo sin que apaentemente suceda apenas nada para los grandes medios o consorcios de comunicaión, los ecosistemas de todo el mundo. En cambio, desde hace apenas unos pocos años, ha surgido la explosión demográfica de una nueva especie mucho más destructiva y demoledora que cualquier otra especie fuera de su habitat y que mucho me temo se asemeja a la nuestra más que cualquier otra. Ésta es quien mejor define nuestros gustos, nuestras apatías y alegrías, nuestras tristezas y menesteres. Poco a poco ha ido inmiscuyéndose en los hogares de todo el mundo, hasta el punto de que hasta en lugares remotos e insospechados, allá donde resultaría impensable su presencia, encontramos esta especie. Hoy en día es extraño ya no ver un ordenador personal en casa, una tablet, un portátil y no digamos ya un smartphone en el bolsillo. Sí, en efecto, un microprocesador en cualquiera de sus facetas, sea cual fuere la misión de éste, pues carece de importancia si se trata tecnológicamente de un móvil 3G o 4G, un ordenador portátil, un PDA, un navegador GPS… Lo importante es que un "bicho" de estos abrace nuestra vida y, he aquí lo importante, hacemos de él una extensión de nosotros mismos, copia fiel e inherente de lo que somos en realidad, donde registramos y compartimos nuestra privacidad a ojos extraños, donde depositamos nuestra confianza y los datos privados más comprometidos. Por extensión, sea cual fuere el tipo de "bicho" que cada replicante posee (entre los que me incluyo) cada uno de éstos tiene un rasgo diferencial que los hace ser únicos, una extensión de nosotros mismos, como digo. Los hay que son tranquilos y serenos, característica del que no le importa esperar por lento que procese los datos; ruidosos, respecto al que hace uso de él y posee un equipo de 300w RMS o más que usa absolutamente para toda funcionalidad desde música hasta para chatear; desquiciado e indolente, aquel que es manejado por todos sin apenas paladear la diferencia, dícese también del PC de cibercafé o locutorio; organizado, todo anda guardado en carpetas y subcarpetas por orden escrupuloso, nada queda al azar, todo está sujeto a un riguroso archivado; preciso e indolente, exclusividad de organismos oficiales o públicos; efectivos, aquel que está configurado para ser utilizado a golpe de ratón y hace prescindible el teclado; versátil, el que es utilizado metódicamente para todo lo que se antoja y responde con propiedad al efecto, tal vez los smartphone sean los que mejores identifican a éstos; capaces, con potencia suficiente para solventar cualquier inconveniente sin esfuerzo alguno, por problemático que sea el asunto; y así podríamos estar hasta el infinito: imaginativos, analíticos, artísticos, creativos, sofisticados, intelectuales, originales, estables, prácticos, eficientes… Infinitas características que identifican a una sola especie.

En cambio, como era de esperar, surge un nuevo abandono que se antoja inevitable debido a su caducidad programada, tal como un replicante, no antes de las vacaciones, sino después, al regreso de las mismas: cada año, nuevos modelos, nuevas capacidades, nuevos aires, nuevas tecnologías. Veremos cómo en Septiembre-Octubre se llenarán los televisores, folletos comerciales, flyers, de propaganda para que acudamos, en las fechas fatídicas de navidad, a los "pet-shops" de los centros comerciales o grandes superficies o grandes consorcios de avaros consumidores al acecho de la mejor mascota o de la que mejor se adapta a las necesidades, como acto reflejo de su estatus social, puesto que sus anteriores compañeros se quedaron obsoletos o bien perecieron por la falta de substancia alimentaria. Esos desechados ocuparán un lugar en el ecosistema que no les corresponden. Y volveremos a caer en la trampa. Y volveremos a clamar como corderos al degüello “hasta cuándo sucederán estas prácticas de abandono a las ansiadas mascotas”.

En efecto, es un acto que se repite cíclicamente y el tornado no parará, del mismo modo que no paran otros tornados de semejante calibre aunque de distinto matiz, hasta que sus ojos no tengan nada más que engullir y lamentablemente no podamos estar aquí para remediarlo y mucho menos para verlo…

Toda esta sarta de sandeces viene a colación por un hecho que me doblegó hace ya unos años. Los ojos de una criatura. Una de entre millares de descarriados abandonados que me miró un día y movió el rabo al amparo de una de mis caricias. Abandonada la perrita a su suerte, su apariencia era de mascota bien avenida, de buenos cuidados, de uñas impolutas, de pelo brillante, cariñosa a más no poder, dócil, gentil y… desamparada al fin y al cabo. Una perrita semejante a las cientos de criaturas descarriadas que aparecen por las plataformas de protección animal de Facebook. Sí, volverán las vacaciones y los abandonos, acabarán las vacaciones y las vidas de sus abandonados; también las de aquellos que murieron en casa de inanición eléctrica. Yo también volví a recordar mi infancia y mis ambiciones de niño por tener un minino y a rehusar ese sueño una vez más, porque tristeza me producían por entonces los animalillos, y no los bien avenidos, sino aquellos que son despreciados por un destino turístico, por momentos de placer, por instantes de esparcimiento que al fin y al cabo son efímeros.

Mi rabia para todos aquellos que apartan a un lado la vida animal para disfrutar momentos de cuestionable placer, para todos aquellos que anteponen el dinero ahorrado de unas vacaciones a los cuidados en un lugar apropiado para sus reflejos a cambio de unos días menos de festividad, para todos aquellos que obvian su responsabilidad con el ecosistema y voluntariamente lo contaminan de un modo u otro. Cuando estemos en el ojo del huracán, será ya demasiado tarde… tanto como para aquella perrita: secuestrada por la perrera municipal, esperó con paciencia el día de su ejecución; al igual que nosotros, no lo olviden. Solo nosotros podemos rescatar mascotas como aquella perrita, solo nosotros podremos rescatarnos a nosotros mismos de las garras de las mascotas del siglo XXI.







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©Daniel Moscugat. 2006.
© Daniel Moscugat, revisión febrero 2017.
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Déjame salir


Toda la crítica parece que se deshace en elogios por esta ópera prima del cómico afroamericano Jordan Peele, que, entre otras lindezas, califica el film como 'una obra de categoría mayor, en la que rezuma talento', 'lo realmente brillante es la perfección de su artefacto narrativo', 'ingeniosa, socialmente polémica, fresca como "thriller" o fantasía', 'extraordinaria ópera prima...' Y no le falta razón a la crítica. Aunque se me antoja en exceso tanto elogio, lo cierto es que a mi parecer, que probablemente sea equívoco, se trata de una puesta de largo por primera vez como director bastante certero aunque inverosímil.

Probablemente, el principio haya recordado a algunos espectadores aquella de 'Adivina quién viene esta noche' (1967). Nada que ver con su argumento, una joven que lleva a presentar a su novio médico, afroamericano, con quien se quiere casar. El padre, encarnado por Spencer Tracy, quien con más inquietud se muestra porque cree que esa relación puede acarrearles más problemas que satisfacciones. 'Déjame salir', en cambio, se queda a mitad de camino por falta de credibilidad en su desarrollo final. Peele cuenta la historia de Chris (Daniel Kaluuya) un joven afroameriano que va a pasar un fin de semana con la familia acomodada de su novia blanca Rose (Allison Williams). Missy (Catherine Keener) y Dean (Bradley Whitford) desean conocerle personalmente y ese comportamiento tan complaciente de los progenitores de Rose parece ser que es por la incómoda relación interracial, aunque en especial su padre muestre abiertamente que no es así. En cuanto a Missy, psiquiatra con la habilidad de utilizar la hipnosis en las terapias con sus pacientes, parece tal vez la más reticente. Poco a poco Chris va descubriendo ciertos hechos cada vez más inquietantes hasta que se topa con la realidad que nunca hubiera podido sospechar.

El ritmo narrativo del guionista y director, resulta más que impecable hasta que se produce un hecho significativo, que sale a relucir en una extraña fiesta donde todos los que acuden a ella son blancos, a excepción de uno de los acompañantes. Un acto involuntario que tiene que ver directamente con él cambia radicalmente las cosas, también en el guión. Y es que se producen varios hechos que difieren totalmente de esa primera parte impecable y que hace acrecentar el interés a medida que transcurre la intriga sobre lo que pasará a continuación.

Cierto es que lo más fácil para hablar de racismo es la 'America first' del ínclito Trump, pero Peele toma como referencia esos liberales que defienden la igualdad y lo políticamente correcto para poner en el punto de mira que aun existen heridas sangrantes al respecto y que todos los eufemismos necesitan una revisión urgente que tenga como premisa la sinceridad. Acierto del novel realizador que atina en esa metáfora. Porque, aun hoy, la integración racial es un talón de Aquiles que no sólo proviene de la derecha más conservadora, eso es lo obvio, también sucumben a ella las clases más acomodadas y demócratas de entre los sustratos sociales, y es ahí donde echa sal en las heridas el director sin que apenas el espectador se aperciba de ello.

Aunque se ha lanzado a decir de la película que es de género de terror o terrorífico drama familiar, intriga, thriller,... incluso comedia terrorífica, creo que esta disparidad o mezcolanza de criterios se debe a que Peele mezcla una serie de géneros con el sazonador de la comedia (que sabe manejar bien por deformación profesional), y lo hace con suficiente habilidad como para jugar al despiste. No obstante, nos encontramos ante una película de suspense que podría tener su inspiración en el mismísimo Hitchkock (salvando las distancias) por el entorno apartado que utiliza, la casa como escondite de secretos inconfesables y aterradores, personajes que inquietan con sus simples gestos y miradas, por lo que dicen, por como actúan. Si tenemos en cuenta como terror esto precisamente, es decir, lo que está ocurriendo o lo que se prevé va a ocurrir en la casa, Jordan Peele consigue ponernos la piel de gallina.

Destacar que la película reúne un elenco interpretativo notable con especial atención a la secundaria y siempre efetiva Catherine Keener (La intérprete (2005), Capitán Phillips (2013) y la pareja interracial Daniel Kaluuya y Alison Williams, que, a pesar de destilar más bien escasa química (se me escapa si es buscado a conciencia o simplemente es la ausencia de la misma) nos muestran una dotes bastante notables para adaptarse a las situaciones límite de la cinta.

Existen factores de forma que sugieren cierta inverosimilitud, ciertos hechos que pasan desapercibidos pero que no quedan suficientemente claros como para hacerse a la idea de la complejidad y a la vez sencillez de la trama. Probablemente sean éstas circunstancias y el exceso de exhibición de otros tantos aspectos los que producen algunas incongruencias y preguntas no resueltas, ni tan siquiera sugeridas. Algunas de estas son las que ofrecen prever qué es lo que ocurrirá a continuación, llegados a un punto de la película. Sorprenderá, entretendrá, el espectador se refrescará con un buen vaso de Coca-cola viendo en la pantalla esta propuesta, pero es muy posible que sienta que le ha faltado prolongación a un final previsible, poco verosímil y demasiado fácil para una trama tan compleja e interesante.






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Alien: Covenant


Cuando H.R. Giger plasmó con sus aerógrafos la 'criatura' creo que no soñó jamás la dimensión que podría llegar a tener su 'Alien'. Después de que Ridley Scott rodara 'Alien, el octavo pasajero' (1979), dudo mucho que fuese consciente del mundo que estaba a punto de parir en la pantalla. Lo que ya conocemos como saga, ha dado para secuelas, precuelas e incluso 'spin off' (Alien vs Predator -2004, 2007-, bastante irregulares y artificiosas). Eso plantea un problema. Si bien su primer título, Alien, el octavo pasajero, puede verse como un título independiente y es de donde salen todas las demás secuelas, las consiguientes secuelas y precuelas dependen tanto de esta como de las consiguientes para ser entendidas a plenitud.

Directamente, antes de sentarse uno a ver 'Alien: Covenant', hay que prestar más atención a su antecesora, Prometeus, que habló de una civilización y unos "arquitectos" de los que se trató poco y en esta continuación se habla menos, sólo se sugiere. En el lenguaje cinematográfico, no hay nada más elocuente y fotográfico que la sugerencia. Aquí en esta película hay un instante de sugerencia y es precisamente cuando se hace un pequeño guiño a esa civilización adoradora de esos "arquitectos" y en el resto es todo un fuego de artificio, efectista, entretenido y donde se desarrolla una historia que no cuenta nada nuevo, salvo la excepción del guiño que a buen seguro desentrañará sobre esa saga de "arquitectos" en una última entrega que enlace cuasi directamente con 'el octavo pasajero'.

La película comienza con un ritmo que recuerda mucho a Prometeus (2012). Una tripulación, una misión hacia un planeta, unos inconvenientes que hacen cambiar de planes, el nudo y el desenlace. Previsible, son muchos títulos ya. Salvo que esta vez cuenta con Michael Fassbender en el papel de un androide que juega a ser Dios y decide sobre el exterminio de las civilizaciones que no le resultan modelos de perfección. Quiere emular, perfeccionar y superar a su creador. En su lucha por llevar a cabo sus planes, se desarrolla el grueso de lo interesante que hay en esta película. Quizá, oficialmente, esta sería la crónica más relevante. Y quizá esto sea así porque pesan demasiado en la carrera del realizador obras maestras como Blade Runner (1982) o Thelma & Louise (1991), por poner sólo un par de ejemplos, o la propia 'Alien, el octavo pasajero'. Es difícil que se den las condiciones idóneas para hacer obras maestras por doquier, de los errores es de donde se aprenden las mejores lecciones, y de eso precisamente puede dar fe la larga trayectoria de luces y sombras de Ridley.

Viendo esta película como una producción ajena a las demás de la saga, habría que decir en su favor la apuesta renovada, hábil, efectista y entretenida del realizador británico. La historia parece que carece de matices en un principio y, de hecho, sacrifica lo racional por una apuesta más lúdica. También se vale de esa realización más febril de los primeros tiempos y mantiene un tono de tensión que está a la altura de los demás títulos alienígenas. Aunque carece de reflexión, excepto en esos instantes en los que, como sugerí al principio, apunta a esa estirpe de poderosos creadores llamados "arquitectos" y el modo cómo afronta el androide que posee ese don del libre albedrío para desear mejorar a su creador y construir a la criatura perfecta, hace  apunte de libre interpretación respecto al conjunto de toda la saga. En su conjunto el espectador no va a ver nada nuevo, pero poco de nuevo puede mostrarse en una precuela donde los títulos que preceden ya han contado lo sustancial. Ni que decir tiene que el 80% del peso de esta película recae sobre los hombros de Michael Fassbender: impecable. Se come los planos cada vez que entra en escena, bien sea como el androide Walter, bien como el androide David. Un portento que eclipsa a todo el elenco en cada plano que aparece.

Resumiendo, aunque en ocasiones el trayecto de la película atraviese fases de película de serie "B" de ciencia ficción, lo cierto es que el efectismo del presupuesto con la que se viste solventa la papeleta gracias al buen hacer de la realización del director y el portento de Michael Fassbender sobre el que se sostiene la película. Y aunque no hay nada novedoso que  descubrir, a título personal, esta secuela y Prometeus, caerán en un ostracismo dimensional si en una siguiente entrega se omiten los flecos que vienen arrastrando y que necesita ya una eclosión para que nos inocule ese huésped en nuestro organismo y podamos saber con exactitud cuál es el origen de todo. Catastrófico si se evita la producción. Hasta entonces, disfrute de este título que está precisamente pensado para lo que realmente es: retomar el pulso de sus 'ancestros' y mediar en el más que probable final.





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La dama de la pamela roja

Hasta el día de hoy me fascinaron siempre las mujeres orientales. Sofisticación, elegancia, honestidad, vapor de delicadeza. Incluso me produce cierto morbo mi compañera de trabajo, oriunda de Corea del Sur, a pesar de que la detesto y me resulta odiosa como compañera de trabajo; no así como mujer, que me parece un encanto, una delicada flor de cerezo. Hacer hice todo lo que pude para que la dueña del negocio apareciese y la mandase al paro, zancadillas a diestro y siniestro que no sirvieron para nada. De haber prosperado ese acoso, me hubiera quedado como capataz único del feudo. Pero no hubo forma de que apareciese la divina providencia, ni circunstancias que denostasen su trabajo como para que le diesen la patada a la enchufada...

Desde hace poco más de una semana llevaba encandilado perdidamente de una auténtica dama oriental, desconozco si japonesa, china, coreana, vietnamita o vaya usted a saber; me fascinaba ese halo de discreción, sobriedad y serenidad con la que se adornaba sin pretenderlo. Lo cierto es que me la encontraba a diario sentada con su vestido rojo corto, adornando su bella presencia con una pamela del mismo color, de la que se valía para solapar cierta timidez y su virginal tez blanca de los rayos del sol. Elegancia y pura honestidad, no exenta de cierta sofisticación. Siempre sosteniendo una carta en las manos, sentada en un banco de piedra de la avenida principal, la misma que me conducía hasta mi lugar de trabajo.

El caso es que ayer, después de una semana viendo a esa mujer misteriosa, frágil y encantadora, dirige su atención hacia mí justo cuando la miraba con descaro mientras caminaba hacia ella, con un gesto ciertamente sensual me invita a sentarme a su lado, en el banco. Llegaba tarde a trabajar, pero por mí que esperara sentada la creída de mi compi; o mejor, que esperase de pie. Me frotaba las manos casi literalmente y babeaba ya como un caracol. Sin mediar palabra preguntó si me llamaba Fernando. Y le dije que si. Si tenía 36 años. Y le dije que si. Si trabajaba en el centro de modas La Oriental. Y le dije que también. Todo en un correcto e impecable español. "¿Cómo sabe tanto sobre mí?, pregunté entre sorprendido y receloso. Simplemente me entregó la carta que sostenía en las manos, al parecer la misma que repasaba una y otra vez durante toda esa semana. Era mi carta de despido, y ese mismo día debía pasarme por mi cheque que esperaba en la gestora. La madre de mi compañera de trabajo... ¡cómo no me percaté de ello antes! Con una sonrisa, tildando así su discreción, sobriedad y serenidad, con ese punto de sofisticación y elegancia, me susurra que para futuras ocasiones dejase de hacerle la puñeta a los compañeros de trabajo, especialmente si son familiares de los propietarios.

Pues sí, me siguen fascinando las mujeres orientales... especialmente si son sofisticadas, elegantes, honestas, delicadas, discretas, sobrias, serenas, tímidas. Pero les confieso que he aprendido a no fiarme de ellas, especialmente si huyen del sol bajo una pamela y leen cartas en público a media mañana. Todas tienen un parecido razonable se vistan como se vistan...




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Vivir es aprender

La primera vez que viví lo que era una verbena, apenas era un infante, sentí una emoción hipnótica que me succionaba hacia el ojo de aquel rito grotesco, cuyo vórtice giraba al ritmo de 33 RPM, y consistía en multiplicar el sonido del tocadiscos a todo lo que daba el amplificador, ingerir todo el líquido disponible y masticar y deglutir todo aquello que te ofrecieran, incluido el olor a requemado y a aceite inflamado por la fritanga variada. Un momento en que todo el pupulacho barrial se congregaba en torno a las mesas de la peña, fueran socios o no, que daba vida y lustre a todo cuanto de bueno pasaba en aquel reducto dejado de la mano de dios, que es como decir del consistorio.

Eran tiempos difíciles y de cambios constantes. La peseta andaba muy devaluada, el paro se propagaba como una plaga, los altos hornos perdieron altura y desaparecían cuesta abajo sin remisión, ETA bombardeaba igual en grandes almacenes como en casas cuarteles de la guardia civil, en la frontera los camiones de frutas, verduras o leche, eran asaltados y derribados por los celosos y vandálicos vecinos de ‘alosanfanlandia’. Y allí, en un punto determinado del planeta, insignificante, un grupo de personas se ausentaban por unos momentos de sus quehaceres cotidianos para sepultar todas las carencias, frustraciones, tristezas, desavenencias, pobreza..., bajo una sonrisa, un par de bailes al ritmo de Boney M o de ABBA (también de algún que otro Verdial, que ni entendía ni pretendía entender, pero algunos bailaban como sólo se pueden bailar los Verdiales en Málaga), un espeto de sardina, un tomate picado con sal y aceite de oliva y una cerveza Victoria o una Mirinda, Kas de limón, Revoltosa o Coca-cola. Pero la música predominante era la sonrisa. Bastaban unos banderines de colores y farolillos de papel, unas mesas alargadas sin manteles, a tabula rasa, platos, vasos y cubiertos de plástico, con el correspondiente tocadiscos y altavoces para amplificar el sonido que se quebraba por las acometidas vibratorias sobre las membranas de esos loros cascados y ajados por el uso. 

Yo me encontraba en medio de toda esa vorágine, bailando (o haciendo como el que bailaba) con todos los camaradas de juegos y aventuras del barrio esos ritmos discotequeros de aquellas negritas de la galaxia, acompañadas por un epiléptico bailarín que parecía perder y recuperar al mismo tiempo el equilibrio en cada paso de baile, o esos acordes pegadizos de aquella familia numerosa de lo que creí era el lejano oriente, aunque el oriente estuviese más cerca del polo norte que de la muralla china. Cada poco me paraba a beber Mirinda, a comerme una sardina espetada en un buen cacho de pan cateto de miga dura y unos tajos de tomate cuyo olor mezclado con el aceite de oliva embriagaba el paladar y salivaba hasta casi el ahogo. El entorno se refugiaba flanqueado de naranjos en flor, cubriéndonos de un manto sibilino de azahar. Sin embargo, si había algo predominante, como la banda sonora de una película, eran las sonrisas, tildadas con alguna que otra carcajada.

Entre el calor de primero de mayo; los bailes acelerados y descompasados; las carcajadas que fluctuaban hacia las nubes y cosquilleaba la luna llena que parecía a punto de reventar; los chistes de ‘el Fali’, que cada vez que tomaba el micrófono firmaba sin saberlo esos preludios que fueron a llevar a la fama al gran Chiquito de la Calzada; las carreras de acá para allá; los imitadores de Tony Manero moviendo la cintura hasta casi quebrarse la cadera,... todo ese vértigo en mi estómago dio como resultado una mala digestión que me obligó a huir del fragor de esa batalla para dejar escapar la vida por el esófago, y como último destino la taza del retrete. Fue la primera vez que comprendí la leccion: la vida se come cucharada a cucharada, con calma.

Pero el ser humano es un ser inconsciente, dicen que el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra; yo diría que unas pocas de miles de veces, pero pudiera parecer exagerado; valga pues la etopeya, con dos es suficiente. Así que, después de ciertos desvaríos que pudieron costarme algo más que la integridad física, recibí una lección práctica que desde entonces no he olvidado hasta el día de hoy.

Trabajaba por las noches en un pub. Era un tiempo en el que me retiré del mundillo literario o artístico (habrá tiempo para poner las cosas en su sitio) y decidí que debía darle un rumbo al barco que capitaneaba y que iba a la deriva, sin timón, atravesando una tormentosa borrasca sin sentido para mí. Salí decepcionado y menospreciado de un mundo en el que creí que había honestidad, ecuanimidad, solidaridad, humanismo... Todo eso que se presupone a personas que optan por el conocimiento y la cultura pero que a la práctica predominan talantes intolerantes. Encontré un mundo salvaje, elitista, separatista, y veladamente fascista, a pesar de estar encabezados por adalides de la suprema izquierda. Porque demasiado al este es el oeste, y por entonces había demasiados caudillos que dictaminaban quienes sí y quienes no, a capricho, según el estruendo de las palmas y las sonrisas que les regalaran (a fecha de hoy siguen estando ahí, aunque con otros rostros y otros nombres, creyendo que todo lo que sujeta su cinturón es lo auténticamente verdadero y lo que queda fuera resulta poco menos que despreciable e inmundo, y no hay nada más fascista que precisamente eso, la inmundicia de creerse en posesión de la verdad absoluta y cercenar el cuello de todo el que no comulga con sus intereses u opiniones, algo así como 'caudillos' de las letras y las artes, a quienes se les deben lealtad si existe un deseo de medrar por parte de los palmeros). A pesar de todo, de mantenerme al margen y de navegar en soledad, continuaba escribiendo, pero con espaciada tranquilidad y en dedicación a amigos y conocidos. Regalaba poemas o pequeños relatos por una cerveza o algún aliciente extra para mantener en alza la noche hasta que el amanecer la devorara, o quizá también por un café.

Cierto día que logré unas 50.000 pesetas por ser finalista de un certamen de relatos, de cuyo nombre quiero acordarme, pero mi afición por encestar en la canasta del archivo municipal de residuos me impide saber siquiera cuál (puede que el destino a donde fui a recoger el cheque fue Toledo o Extremadura), decidí celebrarlo con unos compañeros habituales de jarana. Anduve perdido por la costa del sol como dos dias, sin dormir. Todo lo que recuerdo fue que visité discotecas, barcos en Puerto Banús, casas desharrapadas de individuos sospechosos de cualquier cosa menos de ayudar a la vecina anciana a sacar la basura, una chabola donde Dios no consiguió llegar con su diluvio, una jornada completa en La Luna de España (mítico local de Torremolinos cuya hora de apertura era las 6 de la mañana y el cierre a las 6 de la tarde)... Y sin ingerir nada de alimento, solo líquido espirituoso y algún que otro aliciente para que los párpados se mantuviesen bien abiertos.

Se me ocurrió zamparme, antes de acudir a trabajar al antro de porrones y demás bebidas espirituosas habituales donde trabajaba, un ‘campero’ con una Coca-cola y una ración de patatas fritas. Apenas comenzó la noche, me subió la temperatura corporal y la fiebre se acomodó hasta en el tuétano, sentí una emoción hipnótica que me succionó hacia el ojo de aquel rito grotesco, que consistía en amplificar el sonido de la mesa de mezcla a todo lo que diera el limitador del amplificador, ingerir todo el líquido disponible e incluso fracturar la consciencia inhibida con las cuchillas de las luces de colores que zigzagueaban de oriente a occidente en apenas un parpadeo. Aquella hipnosis, incubada en fiebre de un sábado noche, provocó en mí ese vértigo que se apoderó de mi estómago 25 años atrás, dando como resultado una fuerte indigestión que me obligó a huir del fragor de esa batalla para, por enésima vez, dejar escapar la vida por el esófago, y como último destino la taza del retrete. Fue la última vez que comprendí la lección y la primera que aprendí en realidad en qué consistía: la vida se come cucharada a cucharada. Tras aquello tuve una crisis gástrica que me empujó, me obligó, a cambiar por completo de vida. Me otorgó un timón, una profunda reflexión y una deriva que afortunadamente tuvo final feliz. 

Cada vez que pretendí deglutir la vida a dentelladas famélicas, acabé atragantándome hasta casi el desmayo. Entonces, un día, no supe cómo ni por qué, cae como un manto de azahar sobre mi tristeza un libro de Thomas S. Eliot y leo:

“Llevando el compás, marcando el ritmo en su danzar,
como en su vivir en las estaciones vivas,
el tiempo de las estaciones y las constelaciones,
el tiempo de ordeñar y el tiempo de segar,
el tiempo de aparearse hombre y mujer y el de los animales,
pies subiendo y bajando, comiendo y bebiendo, estiércol y muerte.
La aurora apunta, y otro día se prepara para el calor y el silencio.
Mar adentro el viento de la aurora se arruga y resbala.
Estoy aquí, o allí, o en otro lugar, en mi comienzo.”

Y comprendí que en cualquier lugar, en cualquier momento, aquí o allí, sin siquiera buscarlo, sería mi comienzo. Que todo el secreto radica en vivir, en su justa medida, en saber paladearlo todo y hacer buenas digestiones, que todo tiene un tiempo y que cada tiempo es su tiempo. Porque antes o después vomitaremos todo por el retrete hasta perder la consciencia y lo que quedará será aquello que supimos y pudimos paladear en su justa medida. Vivir es aprender y siempre hay tiempo, aquí o allí o en algún otro lugar, para un comienzo, una segunda oportunidad. Tan solo es cuestión de saciar el apetito en su justa medida. Y lo más importante: si algo ha de predominar siempre, como si la banda sonora de una película se tratase, son las sonrisas, a ser posible a 33 RPM.





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Z, la ciudad perdida


Hay tanto cuento chino en torno a la eterna búsqueda de El Dorado, se han gastado tantos miles de kilómetros de celuloide, que no bastaría un solo post para hablar de ellos. Quizá por ello, algunos incautos que han pretendido ver una película de aventuras al uso se han encontrado con una profunda reflexión sobre las metas inalcanzables, aún cuando estás no son siquiera materializables. El director, James Gray (El sueño de Ellis (2013), Two Lovers (2008)) logra una puesta en escena que va resultando hipnótica a medida que nos adentramos en una historia que, dependiendo de los ojos de quien contemple la obra de arte fotográfica de esta macro producción, pudiera resultar lenta o narcotizante, o por contra, quizá descafeinada. No obstante, 'Z, la cuidad perdida' recupera el espíritu épico de las grandes producciones del cine clásico que parecía olvidado y que andaba alejado de los exacerbados efectos visuales de hoy. Ahí encontramos realizadores como John Huston, David Lean o Werner Herzog. Brad Pitt, productor ejecutivo, ha visto filón y talento en James Gray y el binomio prepara ya un título de ciencia ficción.

'Z' Es, en sí misma, un portento de cualidades inasibles que va descubriéndose a medida que la película avanza, como avanza el deseo de alcanzar aquello que a priori solo existen en las bocas de los que propagaban habladurías sobre ciudades inexistentes. Basada en la novela del escritor neoyorquino David Grann, donde biografía la odisea del británico Percy Fawcett, la película discurre por los avatares de las expediciones que le llevan a la frontera entre Brasil y Bolivia, convencido de poder encontrar la legendaria y utópica ciudad donde han puerto otros muchos intentando encontrarla. Tras intentarlo por última vez, en lo que podría ser su viaje más ambicioso, Fawcett e hijo se adentran en lo más profundo de la selva. Un viaje que, además de recrear todos los sueños anteriores por alcanzar la misteriosa ciudad de Z, también servirá para reencontrarse emocionalmente con su hijo.

Tal vez podría decirse intrínsecamente que esta película sea un canto al fracaso, al no cejar en el empeño a pesar de lo fallido de nuestros intentos. Qué tras esos numerosos fracasos está en éxito o quizá en el fracaso se halla el mismo éxito de la vida. Replantearse esta reflexión de manera sincera puede dar al traste con muchas ideas preconcebidas respecto a la idealización que hace la sociedad de lo que debe ser el éxito. Y quizá, de esta manera tan elegante y discreta, James Gray apunta al fracaso como ejercicio interpretativo donde se halla el secreto del éxito. 

Desde el inicio de la película, con una gran escena de cacería por la campiña inglesa, hasta la última expedición por el Amazonas, debido al interés progresivo por la naturaleza y el entorno indescifrable, Percy Fawcett va entrando poco a poco en trance como un recorrido donde le espera la medida topográfica de la progresión de su obsesión y su pasión, del mismo modo como crece su devoción familiar, a pesar de los rencores que crecen en su hijo mayor a medida que sus ausencias son mayores. A cada lado del paraíso espera una vida, y en esa frontera un camino que se recorre río arriba con algunos incondicionales compañeros de aventuras que irán quedándose por el camino, tal y como sucede en la vida común de los mortales. La historia se va haciendo progresivamente universal: "estamos hechos todos de la misma arcilla", diría Fawcett, en claro apunte hacia la igualdad del ser humano, de la vida, frente a la naturaleza. Somos la misma materia.

Quizá la materialización de un sueño suponga la crónica de un fracaso, de algún modo uno va perdiendo o sacrificando cosas a medida que la obsesión o la pasión ocupa un lugar que personas o cosas han de abandonar. La hipnosis de lo desconocido, del abismo de la muerte, juega un papel más que importante en toda esta historia. La búsqueda de esa ciudad, ese sueño para poder mostrarlo al mundo, merece el riesgo de la muerte.

Para mi sorpresa, Robert Pattinson, actor de reparto sobresaliente, se ha quitado de un plumazo ese aura de chico melancólico y vampírico que enamora a las adolescentes y no era más que un rostro comercial y bonito para vender productos empaquetados para público con acné. De una soberbia bofetada ha dado toda una lección de saber estar y en esa línea le auguro un futuro prometedor en esto del cine. Sin desdeñar, por supuesto, el binomio familiar que componen Charlie Hunnam y Sienna Miller, convincentes y arrolladores en los pocos momentos de dramatismo.

Sin duda, una peli de la que se puede extraer muchísimo jugo y que probablemente me dejo algo en el tintero. Y si el espectador está esperando una película de aventuras tipo Indiana Jones, donde se ven malos contra buenos en una lucha fratricida donde siempre acaba ganando el protagonista, el espectador se equivoca de película. Esta es una cinta profunda, llena de matices, inconfundible y poco comparable a cualquier otra, quizá retoma el regusto del cine aventuresco de otro tiempo ya perdido. Hay que ir a verla predispuesto a hacer un ejercicio de reflexión y tomárselo con calma, ya que supera con creces las dos horas de duración (141 minutos) y el director ha tomado pausa en contar una historia profunda y llena de matices.




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Las dos caras de una moneda.

Lo conocí por una moneda. Un euro que se le cayó al suelo cuando trataba de insertarlo en la máquina expendedora de tabaco. Una moneda que recogí a tiempo antes de que la gitanilla pedigüeña del pueblo la succionara. "Aaaaay, que mal fario, payo. Vete a freír colillas, si no pudéis fumar, que sois renacuajos toavía", me dijo. Una moneda que devolví a su legítimo dueño, en su mano. Bastó un roce con la mía para intercambiar sonrisas, miradas, palabras... Éramos adolescentes, y como tales nos comportamos. Terminamos viéndonos a diario en un discreto banco del parque y dejamos a rienda suelta las revoltosas hormonas mientras fumábamos y nos besábamos a escondidas. Quisimos sellar nuestro incipiente, incomprendido y prohibido amor tatuando, con ese euro que nos unió, un corazón que alimentamos con nuestras iniciales, sobre la madera de aquel rinconcito apartado del mundo;  un refugio que se dejaba abrazar por la sombra de un árbol centenario. No éramos los únicos que encontraban cobijo por entre la frondosidad de aquel parque. Otras parejas venían a refugiarse por los bancos más discretos, como nosotros. Todos íbamos a fumar y 'freír colillas' al parque.

En cierta ocasión apareció por allí a pedirnos algunos céntimos la gitana pedigüeña, sonriente, la pobre andaba mal de carburador, de tal manera que contagiaba con sus palabras ese vírico mal de azotea. Negamos tener un sólo euro encima aunque en realidad sí que llevábamos dinero. La gitanita se molestó porque intuí que vio en la mano de mi media naranja el euro talismán que nos unió y solía llevar en la mano. Nos echó una maldición: "mal rayo os parta, payo. Así acabes arrastrándote por el zuelo friendo colillas", le espetó a mi compañero de emociones. Y ahí quedó la cosa.

A los pocos días una tormenta seccionó y abrasó el árbol centenario que nos cobijaba, cayendo sobre nuestro lecho emocional. Una de sus ramas lo partió en dos, también el tatuado corazón. Dos días después de aquello no supe más de ese amor de adolescencia. Hasta el día de ayer, que me contaron que aquél andaba sin descanso por el patio del frenopático donde busca colillas incansablemente con la intención de freírlas para el almuerzo o la cena. Como si la rama de aquel árbol hubiera caído sobre su lado del corazón horadado en aquel banco con el euro y lo hubiera trastornado de por vida. Qué capacidad de contagio llevaba en la saliva aquella cabra loca. Y asombroso el poder que tiene el dinero para cambiarte la vida, tan solo una moneda... A cara o cruz. Quizá nada de aquello hubiera sucedido si la gitanilla se hubiera quedado con el euro que serpenteaba por el suelo hasta llegar a mis pies. Pero así son las dos caras de la moneda. La suerte estuvo de mi parte y gracias a aquello supe de qué lado debía caer rodando por mis emociones.





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Anabólicos becarios

Para opinar me gusta tomarme siempre un cierto tiempo de distancia; tiempo para informarme, para procurar tener buenas referencias y, sobre todo, desapasionarme; solo así puede uno intentar comprender las cosas. Y aquí me hallo después de indignarme tras leer en la prensa escrita una carta al director cuya intención es reventar cualquier polémica, aunque lo único que consigue es poner de manifiesto cuán grande es la mezquindad con la que algunos se empeñan en menoscabar siempre la dignidad de los demás. Reproduzco literalmente: "Que una empresa te reconozca como becario es un reconocimiento al potencial como estudiante, no a la calidad como profesional. Llevo ocho becas a mis espaldas, la mitad sin remunerar, y de todas aprendí algo. Un becario no debe estar remunerado, porque solo le motivaría el dinero cuando su motivación debe ser aprender. Debe ser estudiante en primer lugar y luego aprendiz. Solo cuando uno no es estudiante y solo aprendiz es cuando su trabajo debe remunerarse. Véase la mediocridad en quienes no buscan destacar y triunfar sino ahorrar."

Que el individuo en cuestión confunda la moralidad con la idiotez, ejemplo de tantos otros que defienden del mismo modo su cualidad de esclavo amansado y aborregado, es señal inequívoca de que cada vez con más frecuencia los pueblos del mundo estén gobernados por idiotas sin fronteras: suelen ser mayoría, suelen ser los que les eligen. Tan sólo queda pedir perdón por confesar abiertamente que es un esclavo del sistema orgulloso de serlo. Y digo yo, que de saber discernir entre aprendiz, becario y trabajador, no sólo éste, sino tantos otros que vociferan por doquier (especialmente quienes becan, y no digamos ya el representante de todos los empresarios, el presidente de la patronal, quien ha de dar ejemplo, pero promueve sin embargo situarse contra las reiteradas sentencias emitidas por el tribunal supremo al respecto, poco más adelante leemos), al menos podríamos asegurarnos una mejor comprensión de dónde está ubicado uno en el mundo. No se trata de menospreciar el prestigio que supone aprender a lomos de los grandes profesionales, sino de saber o comprender cuál es la labor del becario y de un trabajador. Si tenemos en cuenta que el aprendiz recibe una formación laboral (que no un trabajo, aunque la percepción en todos los frentes, especialmente en hostelería sí lo es) donde se le instruye para realizar una tarea que desconoce porque no recibió previamente una formación al respecto, nos quedaría discernir la finísima línea que separa el becado con el trabajador. Desde estos enlaces unos pequeños ejemplos donde orientarse: enlace1 enlace2 enlace3.

Vamos al grano de esa polémica creada semanas atrás respecto a los llamados "stagiers", término anglosajón que sirve, como otros muchos, para enmascarar con burbujeantes sonrisas de glamour todo cuanto haya en torno a lo que de verdad se esconde tras la pajarita del smoking: trabajar gratis con la excusa de una beca. Y así, se ha de estar agradecido, como el ínclito susodicho, o como sugiere el patrón de patrones, hay que estarlo por tener la oportunidad de desarrollar una labor en esas empresas. Habría que apostillar, antes de empezar a desgranar este secreto a voces de la gastronomía española, que el entramado de becarios que trabajan a destajo por nada o siquiera por los gastos de transporte y manutención, es un mal endémico desde hace muchos más años de los que recuerdo y que se extiende a casi todos los servicios que se ofrecen a la sociedad: medios de comunicación, producción audiovisual, judicatura, medicina, clínicas dentales, electricidad, automoción. banca.. la lista sería interminable: si no te interesa, en la puerta tengo a mil más como tú. Esas prácticas de contratación tomando atajos fiscales se denominaría en terminología deportiva ir 'dopado' a competir. España es el quinto país en la lista de países con más estrellas Michelín, por debajo de Italia, Alemania, Francia y la todopoderosa Japón. Tal y como lo entiende un servidor de ustedes, esto significa algo así como ir al tour de Francia a competir dopado para ser el vencedor y conformarse con ganar alguna carrera suelta.

El origen de la polémica podría haber estallado hace ya muchos muchos años, y es ahora cuando ha deflagrado la cosa por el descuido de 'sentir lo que se dice' y a posteriori 'decir lo que se siente' de manera inconsciente (o no), al final lo uno no tapó lo otro y la velocidad parece que no tiene mucho que ver con el tocino aunque nos lo hayan querido colar con calzador. El pobre niño rico de Jordi Cruz abre la veda con declaraciones que abrieron la caja de Pandora tras el esclarecedor artículo de El Confidencial, sumándose otros compañeros de explotación, a cuál más osado, comentando idioteces que pueden resumirse en una única idea, que es la que en realidad supera cualquier reflexión: "Un restaurante Michelin es un negocio que, si toda la gente de cocina fuera de plantilla, sería inviable". Y no le falta razón. Doy fe de ello. A pesar de ser así, hay numerosísimos casos donde la ingente deuda acumulada han hecho cerrar los restaurantes o reinventarse. Y conozco a más de uno que ha ido dejando pufos por donde ha pasado del millón de euros hacia arriba en menos de un año. Sin embargo, todo esto solo me indica algo preocupante: la sensación de que las altas esferas de la cocina española están por encima del bien y del mal, a sensación de que son y parecen intocables, dioses entre mortales.

El caso es que voy a obviar cualquier tipo de banalidad al respecto y apelo a lo grave de todo este asunto, que no es otra cosa sino confundir lo que es un becario o "stagier" y lo que es un trabajador (en cuanto al cada vez más recurrido contrato de aprendizaje me lo voy a reservar para mejor ocasión, incluso si se me tercia la cosa haré un pequeño sondeo por la ciudad para dejarles un artículo de investigación al respecto, porque la cosa con estos pobres infelices aún tiene mucha más miga). Aunque lo realmente grave es usar estas figuras para la viabilidad del negocio, para el enriquecimiento personal como finalidad primordial por mucho que lo quieran enmascarar con otros cantos poéticos o romanticismos idealizados. No hay nada de glamour tras las puertas de la cocina y tampoco tanta excelencia como se quiere vender. Así que me voy a limitar a la legalidad y dejar la palabrería vacua a un lado, porque esto tiene más que ver con fiscalidad que con viabilidad. Por mucho que Jordi Cruz, a la cabeza de todos sus colegas Michelin, vaya llorando por las esquinas que no hay otro modo de hacer viable un restaurante.

Una sentencia del Tribunal Supremo del 13 de Junio de 1988, donde dice con bastante claridad que "tanto en la beca como en el contrato se da una actividad que es objeto de una remuneración, de ahí la zona fronteriza entre ambas instituciones (PDF)". Que quizá el aprovechamiento de esta línea tan fina de cómo resultado un sin fin de 'stagiers' que, por un poco de prestigio y engrosamiento de curriculum, caminen por el finísimo alambre de la ingratitud laboral y no becaria. No obstante, de nuevo el Tribunal Supremo resuelve, con fecha del 7 de julio de 1998, que "el rasgo diferencial de la beca como percepción en su finalidad primaria de facilitar el estudio y la formación del becario y no la de apropiarse de los resultados o frutos de su esfuerzo o estudio, obteniendo de ellos una utilidad en su beneficio (PDF)". O sea, que el becario, 'el stagier', se debe limitar a estudiar y formarse y la empresa a facilitar el acceso a éstos, porque de lo contrario se consideraría como otro tipo de relación, es decir, una relación laboral, tal y como hace referencia el mismo tribunal con otra sentencia del 22 de noviembre de 2005: "el problema reside en la valoración del becario en el marco de la propia actividad de la entidad que concede la beca, (...) la finalidad fundamental del vínculo no es la de contribuir a la formación del becario, sino obtener un trabajo necesario para el funcionamiento de la actividad de gestión del concedente, la conclusión de que la relación será laboral... (PDF)".

Pues tras las flagrantes declaraciones como las que el propio pobre niño rico se jacta de proclamar a los cuatro vientos sin remilgo alguno, ya susodichas, o las que secundaba su compañero de fatigas en la televisión pública, Pepe Rodríguez: "si nos quitan a todos los stagiers, cuidado porque muchos restaurantes Michelin lo pasarían muy mal", quedan en la evidencia de lo que ya se conocía a grito pelao pero de algún modo se hacía (y se sigue haciendo) oídos sordos. Que exista esta figura del becario o 'stagier' para que crezca en su formación me parece loable, necesario. Pero que se utilice el trabajo de estos jóvenes (¡y no tan jóvenes!) para beneficio de un modelo empresarial que es deficitario per se, me parece denigrante, salvaje, propio de repúblicas bananeras donde la figura del negrero es un modelo de negocio próspero, tanto como para poder permitirse un palacete, por ejemplo, de tres millones de euros. El problema es que ya prácticamente ha desaparecido este engañabobos del panorama informativo, y es lo alarmante para mí. Tras un poco de polvareda, tú pasas el Pronto y yo el paño, y aquí paz y en el cielo gloria. Como dije antes, hay que tomar conciencia de todo lo que nos concierne cuando se miran las cosas con cierta distancia. Tan solo han bastado un par de semanas para que haya desaparecido del panorama informativo esta forma de esclavitud moderna: '550 euros al mes por un piso sin reformar, con un gasto por becario de 34 euros. Un alquiler que equivale al precio de un menú y medio' en el restaurante A Poniente'.

Se leen por doquier comentarios y declaraciones de numerosos chef con estrellas Michelin como si aquéllos tuvieran que estar agradecidos por aprender de sus ídolos y que ellos también a su vez pasaron por ese proceso de 'escolarización'. Es la tradición. Hay que mantener ese estatus. Se saben poseedores de un cierto halo de superioridad donde se reconocen en el cielo del Olimpo culinario mundial y se creen con el derecho de poder tiranizar a todo el que quiera trabajar en sus instalaciones. Porque si rechazas la oferta del sacrificio de esclavismo moderno para acopiar experiencia y engrosar tu currículum, hay detrás mil más que aceptarían con los ojos cerrados. Puedo asegurarles que el trato laboral con algunos de estos chefs no es el más idóneo y tiene más que ver con tiempos de posguerra (qué digo de posguerra: vasallaje del feudalismo) que con el siglo XXI. Ahí podría hablar con apasionamiento desde mi experiencia personal. Pero, como ya he reiterado, me reservo el derecho de opinar con la lejanía que confiere el dejar una opinión objetiva y desapasionada. Entre otras cosas, porque he vivido y trabajado, como digo, todos los ambientes que ofrece la restauración y soy muy consciente de lo que hablo. Me dejo mucho más en el tintero, pero se darán muchas más ocasiones para hablar al respecto, sin duda.

Me resulta pavoroso el hecho de que se haya silenciado toda esta vorágine en las últimas semanas hasta casi desaparecer, intuyo que principalmente se debe a que la industria gastronómica atrae un turismo enriquecedor, con cierta calidad y que deja unos pingües beneficios para las arcas del estado (si no tenemos en cuenta lo que ahorran en seguridad social todos esos restaurantes Michelin), y por supuesto hay que cuidar la marca España. Qué más da que unos pobres diablos tengan que pagar con sangre y sudor y lágrimas por un poco de comida y alojamiento con el único fin de cumplir un sueño que en gran parte de los casos no se cumplirá o lo hará a medias, pero lo bien que queda en un currículum 'yo trabajé para el restaurante del chef Fulanito y también con Menganito'. Lo fácil que se lo han dejado a Inspección de Trabajo y ya les garantizo desde aquí, a modo de profecía iluminada, que no habrá ningún restaurante Michelin que cierre por irregularidades de este tipo, ni siquiera saldrán escaldados por alguna sanción económica. Stagier suena moderno, sofisticado, probablemente haya que aceptarlo en poco tiempo como sinónimo de esclavitud moderna y aceptada como algo habitual y normal, como se acepta todo en este país. Por estas y otras muchas razones, la figura del becario es la ÚNICA que carece de una regulación, de unos derechos laborales o siquiera académicos, incluso carecen de mínimas estadísticas de ninguna clase para poder compararse a cualquier otro segmento de la población. Es más que evidente que es utilizado como sustancia dopante de todo el tejido empresarial para poder sacar músculo y aliviar la carga económica de los centros de negocios. Esto no es más que un botón de muestra, porque si acercamos la lupa vamos a ver muchas más sustancias dopantes de las que aparecen en los análisis rutinarios.


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Wolframio

Cuando apenas daba los primeros pasos en la lectura de la ingente e inabarcable literatura universal, hace ya más tiempo del que quisiera, me impactó un relato de quien, con el permiso de Willian Hope Hodgson, considero es el maestro del terror por antonomasia. Me estoy refiriendo obviamente a Edgar Allan Poe. William Wilson, el relato que traigo a la palestra aquí, narra la historia de cierto individuo al que le acompañaba su yo más profundo materializado en carne y hueso; competitivo, concienzudo y tenaz, contra quien le resultaba imposible competir, y menos aún rehuir su presencia. Aquella indolente superioridad minaba la paciencia y la calma del atormentado alter ego del propio Allan Poe (nacido en la misma fecha que W.W. en el relato, aunque en distintos años). Degeneraba aquella obsesión en una conversación interior que terminó por empujarle a cometer una tropelía contra sí mismo, sin saber siquiera que era a él a quien en realidad mancillaba.

Esa lucha que predomina inherente en el ser humano desde el principio de los tiempos, ha permanecido latente como la más despiadada de cuantas puede producirse, la pelea contra el otro yo, la conciencia que se vale de nuestra experiencia para atacarnos donde más nos duele y aleccionarnos hasta que perdemos la calma y acaba con nuestra paciencia. Es la lucha que siempre conlleva efectos colaterales en quienes nos tienen cerca, aunque creamos que sólo nos afecta a nosotros. Esa dualidad, con quien uno discute, a quien habla y con quien lucha, a quien contradice y con quien pelea, en un combate a puño desnudo, sintiendo los nudillos en el mentón, nos persigue hasta el último aliento de nuestra vida.

Wolframio, ya metidos en el tajo del fino hilado que teje Juan Gaitán con su novela, es un puñetazo en el rostro. Así, tal cual. Como encender la luz en la oscuridad y la incandescencia de la corriente eléctrica soportada por ese filamento metálico nos cegara. La sacudida descoloca la quijada como para detenernos un momento y volver a reordenar las piezas que se desmoronaron en el puzzle neuronal de nuestro cerebro. Uno no puede evitar estar siempre a la sombra de lo que escribe, porque la sombra de lo que escribimos somos nosotros mismos, voluntaria o involuntariamente, ya lo dijo Umbral. Más aún cuando la profesión que lleva dentro trata de concatenar una palabra tras otra como oficio cotidiano. Por eso rizar el rizo es intentar al menos desentrañar la sombra que proyectan las palabras de un escritor que escribe sobre un escritor que escribe sobre un escritor. Dicho así, ese dédalo puede proporcionar algún dolor de cabeza, pero cuando se hilvana con la sencillez de una prosa directa y honesta, uno comprende que el universo es mucho más simple de lo que creemos pero mucho más complejo de lo que nos han llegado a explicar.

El intercambio de golpes continuos entre los contendientes de Wolframio, Moe y E.E. (recuerden, William Wilson -W.W.-), entre creador y creación, se sucede al principio con una toma de contacto entre dos dignos púgiles para conocerse hasta que descubren que se conocen demasiado como para andar con remilgos. A posteriori, ambos se enzarzan en un cuerpo a cuerpo, casi con desgana, pero al mismo tiempo con la saña de quien quiere depositar en los golpes todo cuanto de frustración y de rencor se tiene hacia el maltrato que haya padecido en la vida; e igualmente se venga E.E. de aquel que lo trae al mundo para padecer las fechorías de su creador. La lucha fratricida, en apariencia imposible, acaba por verter en el otro esa imposibilidad de la razón que otorgan los infiernos personales. Preferiría no hacer incursión en un pensamiento en voz alta, aunque a veces veo conversaciones de una divinidad universal con su creación y la respuesta de ésta ante las vicisitudes... casi como el creador ante el repliante que se niega a aceptar la fecha de caducidad: aparcado queda esto último que como apunte dejo en suspenso (quizá como catalizador).

A medida que uno avanza en la lectura, va lloviendo sobre las neuronas, cuál torrente de manantial, cascadas ingentes de prosa que recuerdan muy mucho a otros monstruos que dejan su impronta entre líneas. Entre la honestidad y franqueza de Paul Auster y la universalidad y magnitud de William Faulkner, luchando por un lugar en el Olimpo de la cúspide narrativa de Moe, donde se intercambian golpes y patronímicos, quedándose en combate nulo ese amaño entre púgiles para no diluirse entre líneas, repartiéndose el terreno abonado ya por Gaitán. Suenan en ocasiones los ritmos en los intercambios de pareceres de Benjy en 'El ruido y la furia', la fragilidad de la Trilogía de Nueva York de Auster, y ciertas intensidades de las odiseas intrínsecas de Joyce en Ulises. Son voces todas interiores que se fusionan y aparecen en el pensamiento de Moe para verter en forma de inquina sobre E.E., quien a su vez procura devolverle del mismo modo con golpes honrosos y no menos atinados.

Wolframio es un premio para el lector que desee dejarse seducir por algo más allá que una buena e inteligente historia, interesante y entretenida. Hay algo más. Nos abre los ojos al recuerdo y esos chispazos que recuerdan a infinidad de autores, maestros todos en lo prosaico e ingrato que es esta cosa de escribir en más ocasiones de las que quisiéramos, hace que la novela se incruste en la conciencia una vez pasada la última página. Se convierte casi en ese alter ego de William Wilson, esa conciencia que toma forma material y se conmina en lucha contra el olvido, tal como E.E frente a Moe. Es un premio a título personal, porque consigue escarbar entre los recuerdos napados de polvo, desde la franqueza, viejos y no tan viejos relatos que toman nuevas formas y recuerdos, y que resulta imprescindible disponer de un relato así para dar un poco de lustre al cada vez más aburrido panorama literario, soterrado bajo tanta mediocridad enmohecida de egos y vanidades que a buen seguro el bueno de Moe dilapidaría con un par de plumazos de buena prosa.





WOLFRAMIO  -  EL TORO CELESTE
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Paisajes perdidos

Cuando uno abre los ojos después del fragor melódico del tránsito onírico de los sueños, a veces quedan imágenes residuales que, sin comprender muy bien por qué, nos evocan momentos de un tiempo nunca vivido, o parajes donde caminamos sin haber transitado por sus singladuras, quizá mares de otro tiempo que espuman el recuerdo de donde nunca estuvimos. Los anhelos y recuerdos que perduran en nuestro mundo subconsciente se proyectan siempre en la memoria colectiva, haciendo que el tránsito de vivir conecte con todos esos otros mundos que también proyectan su memoria, y así la vida cobra el breve sentido de unas pinceladas de amistad; de lo prosaico y lo poético, en definitiva, entrelazados como un sueño hecho de realidad, como si Friedrich hubiera regresado a la vida con los aparejos de Turner.

Cerrar los ojos y contemplar un paisaje donde quien convive dentro de cada individuo anhela estar aunque sea sólo unos instantes es, más que un deseo, un lienzo impregnado de tinturas de antojo y fantasía. Tal y como dijera Edgar Allan Poe, “quienes sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche”. La dificultad estriba en poder materializar esos sueños, esos mundos oníricos que tal vez no se corresponden con la realidad, que no afloran de noche, aunque sí van unidos al subconsciente colectivo. Como un enjambre de laboriosas abejas, que parecen volar en desorden caótico pero mantienen armonía y respeto entre sí, las pinceladas de Antonia María Samper se deslizan sobre el lienzo a su antojo, dibujando suaves líneas. Máculas de bondad que devoran otras agresivas matrimoniando así un compás de equilibrios, delineando en la nada un hipnótico espejo en el que reflejarse. Y así, conforme uno va leyendo ese códice en apariencia indescifrable, se percata de su afinidad con otro mundo, otro ser humano, con quien empatizar, a quien amar.

La evocación que se derrama sobre el lienzo se multiplica en la memoria colectiva del espectador. A veces es Roma, a veces Grecia, en otras ocasiones la Málaga morisca, o quizá la fragancia de un pasado Andalusí, puede que hasta un anhelo hermano del otro lado del Mediterráneo. Todo se impregna de un ayer que pervive en el recuerdo, en la memoria proyectada, en el subconsciente colectivo que cierra los ojos y sueña con paraísos imposibles, con colores abigarrados en cielos elefantiásticos que invitan a volar con alas de sueños diuturnos, ciudades imposibles que disuelven la murria que agolpa la sangre abandonada a la monotonía, lagos fantásticos que dinamitan los lastres de la realidad. Y entonces parece que uno huele la infancia, aquellos sabores y nutritivas fragancias que permanecían escondidos en la memoria imperfecta, tal y como nos lo mostró Marcel Proust.

Caminamos a diario en busca del tiempo perdido, ese que permanece incrustado en algún recoveco de la memoria y que la oscuridad de la monotonía y la cotidianidad oculta en el desván de los juguetes imposibles con los que jugábamos en la infancia, en una infancia de cientos, muchos cientos de años. Allí encontramos esos colores olvidados, los momentos imposibles que nos empujaron a ser adultos y olvidamos su existencia, los juguetes de nuestra imaginación. Todo ello despertará en la retina como la fragilidad del amor materializado en cada trazo que sonríe tras el cristal del sueño evocador de cada lienzo. Y, como colofón al vuelo incierto de una abeja, deja su aguijón soterrado en la piel de la memoria e inocula el dulce veneno de la sonrisa. Porque son las sonrisas de Antonia María Samper las que se disfrazan de color y juegan al compás del antojo de unos pinceles que saben a las magdalenas de Proust, y ensueñan de día todo aquello que escapa a los que sueñan sólo de noche en la retina de quien se detiene ante sus lienzos.








Texto de apoyo que acompaña al catálogo de la artista plástica Antonia María Samper para la exposición "Paisajes Perdidos" (del 5-18 de Mayo) que tuvo lugar en la sala Manuel Barbadillo, sede de APLAMA (Asociación de Artistas Plásticos de Málaga, C/ Comandante Benítez, 7. 29001-Málaga). 
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Plan de fuga


Es una pena que esta película no haya seguido los pasos de títulos que se han digerido por aquí como Tarde para la ira o Que Dios nos perdone (por poner sólo un par de ejemplos), esto es, que es una cinta que podría haber valido más por lo que hay de trasfondo que por lo que realmente enseña. Había muchas expectativas creadas en torno a esta producción capitaneada por el realizador vitoriano Iñaki Dorronsoro, pero una inexplicable y farragosa trama, con excesivos saltos en el tiempo, y con honrosos apuntes de cine negro, envuelve como papel de celofán una película de un género que no se sabe bien donde ubicar y además deja muchos flecos sueltos que afean el resultado final.

La trama: un perfecto desconocido, Víctor (Alain Hernández), que realiza trabajos de butronero, un tanto peculiar y especial, es tentado para ser contratado por una banda de ex-militares de los balcanes. Le ponen a prueba para comprobar que tanto sus conocimientos como su fiabilidad están a la altura de la lealtad exigida en situación límite. Por otro lado, Luís Tosar, inspector responsable de la investigación que sigue de cerca a la susodicha banda. Irremediablemente, antes que después se encuentran y entra en escena Rápido (Javier Gutiérrez), un antiguo amigo de Víctor a quien conoce desde la juventud y que complica las cosas cuando colabora con la banda como conductor de camión... Y nada más puede decirse sin hacer un mínimo spoiler.

Dicho así, como digo, de haber seguido la senda que con éxito capitanearon Raúl Arévalo y Alberto Rodríguez en sus respetivas películas, que no sólo funcionaron bien en lo comercial sino también en lo puramente sustancial, en aquello que ocultaba el envoltorio, probablemente hubiera llegado a ser un film memorable. Del mismo modo, gracias a Javier Gutierrez, superlativo en su interpretación, así como de una producción técnica fantástica, se salva de la quema y en apariencia resulta una cinta entretenida. Le queda grande el protagonismo a Alain Hernández, y Luís Tosar, aunque correctísimo, parece como si la cosa no fuese con él.

A veces, por mucho que uno quiere acercarse a un determinado autor o cine de género, no basta con estar atento a lo que se plasma en la película, sino en asimilarlo e imponer un  estilo propio. A lo largo del metraje suenan numerosos tics de películas como Heat (Michael Mann, 1995) e incluso de Sidney Lumet (La noche cae sobre Manhattan (1996), Antes que el diablo sepa que hayas muerto (2007). No se trata de imitar, sino de asimilar. Este creo que es el catalizador de esta crónica. Durante muchas fases uno acaba por desesperarse ante tantisimos saltos de escenas y de tiempo, resulta farragoso. No hay precedentes de por qué se suceden algunas escenas y quedan flecos al respecto sin que queden bien parejados. Coexisten dos películas dentro de la misma película, como si hubiera tratado de meter todo en una coctelera y de ahí se desgranase como resultado final en numerosas secuencias que actúan a modo de piezas de un puzle al que se le han perdido algunos trazos y otros que resultan en cierta manera inconexos. Al final uno sale de la sala con un sabor extraño, sin saber definir si en el paladar tiene un thriller, una peli de acción, un drama, un melodrama pseudoerótico... Con una particularidad: puede que sea quisquilloso en ese sentido pero he podido oler lo cocinado a lo largo de la cinta y no entiendo el papel tan relegado de las féminas, que parecen aparcadas o desplazadas, no ya a un segundo plano, sino a un tercero o más allá, casi testimonial. Alba Galocha, pepito grillo del pasado de Víctor, quizá sea una de las pruebas más flagrantes (por no decir la única y reseñable), así como Itziar Atienza, que se diluye como un azucarillo debido a tanto giro inútil de guión.

En definitiva, una película que comienza con mucha fuerza, entretenida, pero que en lo sustancial se va diluyendo a medida que avanza en sus disquisiciones. La acción salta, sin previo aviso, de una ciudad a otra o de un espacio a otro totalmente opuesto. La diferencia la marcan siempre los pequeños detalles, la solvencia con la que se solucionan los nudos, además de procurar no dejar nunca 'flecos sueltos'. Hay numerosos problemas no resueltos en el guión y demasiados giros saltarines, en ocasiones intrascendentes, que de haber disfrutado de un espacio tiempo un poco más lineal hubiera ganado en empaque. Resulta una película en cierta manera entretenida pero carece de un trasfondo que podría haberse explotado mucho mejor de haberle otorgado un trasfondo dramático que el espectador hubiera aceptado incluso como una crítica hacia lo social.





© Daniel Moscugat, 2017.
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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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