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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Las mascotas del siglo XXI

Cuando era pequeño todos los niños del barrio, imagino que como cualquier niño de cualquier barrio, soñábamos y suspirábamos por disponer, disfrutar, cuidar y abrazar la compañía de una mascota, un animalito simpático y cariñoso que compartiese nuestro tiempo y espacio. Convivíamos dos bandos claramente diferenciados: los que preferían los perros y los que anhelábamos los gatos. Era una cuestión de principios que se rompía tan sólo con animales en cierto modo impopulares y no por ello menos importantes, aunque sí en las preferencias: canarios, tortugas, cobayas, hámsteres… Pero, al fin y al cabo, absolutamente todos opinábamos y soñábamos con perros o gatos, entre otras razones de menos enjundia porque eran relativamente accesibles. Los más afortunados podían adquirir alguno, los menos tendríamos que esperar un “desafortunado” apareamiento que nos ofreciera la oportunidad de codiciar un ejemplar.

Era una cuestión de principios que subyacía supeditada a las posibilidades reales a mediados de los ochenta y el entorno económico de cada familia. Un animalito suponía una boca más que alimentar, a pesar de que se atiborrara de las sobras, y el horno no estaba precisamente para bollos sobrantes. Poseer una mascota era casi un estatus social (del mismo modo que lo es ahora disponer de un smartphone). Y así andábamos, "como el perro y el gato", discutiendo cuál de ellos era el mejor animal de compañía, debatiendo las ventajas e inconvenientes que ofrecían. Llegábamos a maquinar incluso el modo de obtener una, por callejera que fuese; importaba un rábano el pedigrí, su raza. Lo importante era obtener un reflejo de nosotros mismos, una insignia para nuestro hogar, una señal que nos identificara,… una mejora de nuestro estatus.

Con el paso del tiempo estos inicios carecieron de relevancia y fue lo habitual poseer una mascota en casa: mal que bien cuidada y en gran medida acababan callejeando más de lo que debieran, las mascotas pasaban a ocupar un segundo plano, tal vez debido a la responsabilidad que supone cuidar del animalito, tener que cambiar la arena o sacarle a que hiciese sus necesidades, alimentarle, el veterinario (los que podían permitírselo...). La diversidad y la accesibilidad dio pie a la multitud, así que lo que en un principio carecía de importancia, léase el origen de la criatura, pasó a ser prioridad, esto es, ya no era aceptable poseer un animalito sin pedigrí; eso quedaba para los menos afortunados o los económicamente menos estables o desfavorecidos (tal como sucede hoy con la tecnología). Entonces llegó el boom de las “marcas”: que si yo tengo doberman, que si yo un gato de angora, y yo un yorkshire, y yo un persa, y yo un cocker spaniel… y así hasta el infinito. Lo curioso fue que continuó siendo un símbolo de estatus social, aunque éste fuese sólo en apariencia. Y al poco tiempo, el ansia de alcanzar dicho estatus dio paso a que surgiese la ambición por reflejar nuestra propia personalidad en la mascota y apostillar así nuestro yo.

No obstante, se inició un triste y lamentable espectáculo que copaba las primeras portadas de los periódicos del país, del mismo modo que calificaba el caracter malicioso y cruel del ser humano en general. Aquellos fantásticos “monstruos de plumaje multicolor” se veían abandonados en la calle sin motivo aparente: ¿Porque era demasiado grande para ocupar un espacio en casa? ¿Porque el pobre animal necesitaba de unos cuidados especiales debido a cualquier enfermedad congénita y con el gasto que supone para la economía familiar? Son razones factibles, pero lo que describe a pies juntillas la clase de calaña del ser humano era otra mucho más habitual y reconocible... Los regímenes económicos andaban serenos y nadando sobre la piscina del bienestar y la posibilidad de salir de vacaciones en familia quedaba reducida a los miembros de la misma: el animalito no entraba en los planes endogámicos de satisfacción y esparcimiento estival… así que puerta. Destino: próxima gasolinera.

Con el paso del tiempo surgió el exotismo descerebrado e irracional de los humanoides replicantes, no solo de este país, también del resto del plantea, por contagio febril (entiendo más bien que resultó ser un acto reflejo del modelo exportado del estereotipo que predican sociedades más pudientes y/o estúpidas). El poder adquisitivo permitió, no ya tener un perro, un gato, un canario, un loro, una tortuga o un hámster, sino a la posesión ávara de cualquier criatura exótica, extraña o inverosímil que tratase de reflejar con aspectos más metódicos la personalidad del amo y señor de la criatura, que resultase ser el azogue de nuestra preferencia vital en esta vida tan superflua: con idéntico final que en tiempos pasados aquellas mascotas. Sin embargo, las inocentes y exóticas criaturas generaba (¡genera!) cambios en el ecosistema natural de cada región, modificando el comportamiento y poniendo en serio riesgo especies autóctonas que convivían en paz. En pocos años los hechos insólitos de abandono de mascotas en nuestra variopinta flora y fauna que comenzaron a acoger animalillos que solían vivir en los trópicos, en los ríos aparecen peces que sólo nadan en los moribundos meandros de los grandes ríos cálidos del planeta,… la voz de alarma se cierne, no ya tan sólo con la constante aparición de vagabundos caninos y felinos, sino de saurios, reptiles, aves, anfibios y demás criaturas salvajes que retornan a la naturaleza, mas no a sus comunidades medioambientales. Actos de auténtico vandalismo que carecía de castigo penal y disfrutaba de total impunidad... hasta pasada la primera década del siglo XXI, siendo tan laxa como inútil.

A pesar de continuar siendo tema candente, la ambición por la compañía de una mascota sigue acaparando tintes mediáticos y copando límites insospechados, en la gran mayoría de los casos infringiendo la ley y haciendo peligrar continuamente, e increscendo sin que apaentemente suceda apenas nada para los grandes medios o consorcios de comunicaión, los ecosistemas de todo el mundo. En cambio, desde hace apenas unos pocos años, ha surgido la explosión demográfica de una nueva especie mucho más destructiva y demoledora que cualquier otra especie fuera de su habitat y que mucho me temo se asemeja a la nuestra más que cualquier otra. Ésta es quien mejor define nuestros gustos, nuestras apatías y alegrías, nuestras tristezas y menesteres. Poco a poco ha ido inmiscuyéndose en los hogares de todo el mundo, hasta el punto de que hasta en lugares remotos e insospechados, allá donde resultaría impensable su presencia, encontramos esta especie. Hoy en día es extraño ya no ver un ordenador personal en casa, una tablet, un portátil y no digamos ya un smartphone en el bolsillo. Sí, en efecto, un microprocesador en cualquiera de sus facetas, sea cual fuere la misión de éste, pues carece de importancia si se trata tecnológicamente de un móvil 3G o 4G, un ordenador portátil, un PDA, un navegador GPS… Lo importante es que un "bicho" de estos abrace nuestra vida y, he aquí lo importante, hacemos de él una extensión de nosotros mismos, copia fiel e inherente de lo que somos en realidad, donde registramos y compartimos nuestra privacidad a ojos extraños, donde depositamos nuestra confianza y los datos privados más comprometidos. Por extensión, sea cual fuere el tipo de "bicho" que cada replicante posee (entre los que me incluyo) cada uno de éstos tiene un rasgo diferencial que los hace ser únicos, una extensión de nosotros mismos, como digo. Los hay que son tranquilos y serenos, característica del que no le importa esperar por lento que procese los datos; ruidosos, respecto al que hace uso de él y posee un equipo de 300w RMS o más que usa absolutamente para toda funcionalidad desde música hasta para chatear; desquiciado e indolente, aquel que es manejado por todos sin apenas paladear la diferencia, dícese también del PC de cibercafé o locutorio; organizado, todo anda guardado en carpetas y subcarpetas por orden escrupuloso, nada queda al azar, todo está sujeto a un riguroso archivado; preciso e indolente, exclusividad de organismos oficiales o públicos; efectivos, aquel que está configurado para ser utilizado a golpe de ratón y hace prescindible el teclado; versátil, el que es utilizado metódicamente para todo lo que se antoja y responde con propiedad al efecto, tal vez los smartphone sean los que mejores identifican a éstos; capaces, con potencia suficiente para solventar cualquier inconveniente sin esfuerzo alguno, por problemático que sea el asunto; y así podríamos estar hasta el infinito: imaginativos, analíticos, artísticos, creativos, sofisticados, intelectuales, originales, estables, prácticos, eficientes… Infinitas características que identifican a una sola especie.

En cambio, como era de esperar, surge un nuevo abandono que se antoja inevitable debido a su caducidad programada, tal como un replicante, no antes de las vacaciones, sino después, al regreso de las mismas: cada año, nuevos modelos, nuevas capacidades, nuevos aires, nuevas tecnologías. Veremos cómo en Septiembre-Octubre se llenarán los televisores, folletos comerciales, flyers, de propaganda para que acudamos, en las fechas fatídicas de navidad, a los "pet-shops" de los centros comerciales o grandes superficies o grandes consorcios de avaros consumidores al acecho de la mejor mascota o de la que mejor se adapta a las necesidades, como acto reflejo de su estatus social, puesto que sus anteriores compañeros se quedaron obsoletos o bien perecieron por la falta de substancia alimentaria. Esos desechados ocuparán un lugar en el ecosistema que no les corresponden. Y volveremos a caer en la trampa. Y volveremos a clamar como corderos al degüello “hasta cuándo sucederán estas prácticas de abandono a las ansiadas mascotas”.

En efecto, es un acto que se repite cíclicamente y el tornado no parará, del mismo modo que no paran otros tornados de semejante calibre aunque de distinto matiz, hasta que sus ojos no tengan nada más que engullir y lamentablemente no podamos estar aquí para remediarlo y mucho menos para verlo…

Toda esta sarta de sandeces viene a colación por un hecho que me doblegó hace ya unos años. Los ojos de una criatura. Una de entre millares de descarriados abandonados que me miró un día y movió el rabo al amparo de una de mis caricias. Abandonada la perrita a su suerte, su apariencia era de mascota bien avenida, de buenos cuidados, de uñas impolutas, de pelo brillante, cariñosa a más no poder, dócil, gentil y… desamparada al fin y al cabo. Una perrita semejante a las cientos de criaturas descarriadas que aparecen por las plataformas de protección animal de Facebook. Sí, volverán las vacaciones y los abandonos, acabarán las vacaciones y las vidas de sus abandonados; también las de aquellos que murieron en casa de inanición eléctrica. Yo también volví a recordar mi infancia y mis ambiciones de niño por tener un minino y a rehusar ese sueño una vez más, porque tristeza me producían por entonces los animalillos, y no los bien avenidos, sino aquellos que son despreciados por un destino turístico, por momentos de placer, por instantes de esparcimiento que al fin y al cabo son efímeros.

Mi rabia para todos aquellos que apartan a un lado la vida animal para disfrutar momentos de cuestionable placer, para todos aquellos que anteponen el dinero ahorrado de unas vacaciones a los cuidados en un lugar apropiado para sus reflejos a cambio de unos días menos de festividad, para todos aquellos que obvian su responsabilidad con el ecosistema y voluntariamente lo contaminan de un modo u otro. Cuando estemos en el ojo del huracán, será ya demasiado tarde… tanto como para aquella perrita: secuestrada por la perrera municipal, esperó con paciencia el día de su ejecución; al igual que nosotros, no lo olviden. Solo nosotros podemos rescatar mascotas como aquella perrita, solo nosotros podremos rescatarnos a nosotros mismos de las garras de las mascotas del siglo XXI.







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© Daniel Moscugat, revisión febrero 2017.
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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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