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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Saldremos mejores

Esto del coronavirus, por mucho que insista en no permitirlo, siempre vuelve. Así es el pasado, así es el karma y así es el universo. Por cierto, hay una teoría física que explica los pormenores tras la gran explosión que dio lugar a éste, del que apenas conocemos una infinitésima parte. Tras el Big Bang, la densidad con la que se expande sobre la nada, como cualquier explosión, se frenará poco a poco hasta detenerse. Los elementos que lo componen comenzarán a comprimir la materia hasta colapsarse en un mismo punto, volviendo todo a su lugar. Quedan aún unos pocos milenios por delante hasta que el Big Crunch, que es como se conoce esta teoría, se produzca. 

Ha decaído el estado de alarma y, tas ver la lamentable e irresponsable actitud social de una parte de la población de todo el país, me viene a la memoria aquellas semanas previas a la vuelta al cole en septiembre, hace apenas unos meses. Nos llevábamos las manos a la cabeza y creíamos que aquello iba a suponer una ciclogénesis explosiva de contagios, brotes y fallecidos por doquier. Que la irresponsabilidad del gobierno se iba a cebar contra todas las familias de este país de un modo u otro (como casi todo movimiento institucional a lo largo y ancho de este trance del que todavía sabemos apenas un huevo de pato). El tiempo ha dictaminado sentencia. Los niños han demostrado ser infinitamente más responsables que sus mayores, han aprobado su via crucis con matrícula, sin abordajes virales de ningún tipo y con apenas unos pocos brotes residuales que se han atajado de manera más o menos ejemplar por parte de toda la comunidad docente, a quien hay que otorgar medallas del tamaño y valor que los que merecen los sanitarios de este país. 

Los niños han dado una lección de concienciación y de saber estar sin ser conscientes en realidad de la magnitud de todo lo ocurrido, más allá de lo que captaban en televisión o a través de lo que sus mayores les iban desgranando y a pesar, en gran medida, del mal ejemplo de éstos. Han visto el temor y el pánico transmitidos por los adultos y han reaccionado con extraordinaria disciplina a tenor de los hechos. Ellos responden siempre al ahora, porque, como lo dijo Gabriela Mistral, «no pueden esperar, porque (para ellos) ahora es el momento, (...) a él nosotros no podemos contestarle mañana, su nombre es hoy». Con ellos se puede reducir a la mínima expresión la complejidad de los matices de un porqué y son disciplinados sin rechistar. 

En paralelo a esas circunstancias, existe un vaho maloliente y fétido que mana de la ciudadanía en general, y la prensa en particular, en forma de protesta contra las displicencias de los mandatarios. Un sentimiento generalizado porque les tratan, dicen, como a niños pequeños. Visto lo visto, acuden con ese espíritu, unos a las urnas y otros a escribir sus crónicas, titulares y noticias, como quien acude a las plazas de los pueblos y ciudades de España gritando libertad ante la caída del estado de alarma. Bomberos que se lanzan a la calle a quemar en la hoguera todo cuanto se ha escrito a 451º Fahrenheit. Todo cuanto ha sucedido. Nada importa. Así es la sociedad del «no pueden esperar, porque ahora es el momento».

Que vivimos en una sociedad infantilizada, creo que a quien tiene dos dedos de luces no le cabe la menor duda. Se ha extendido como un mantra consignas como «joven a los setenta» o «siempre niños». Que las estaciones vitales han de vivirse como un juego... vive el momento... tempus fugit... carpe diem. Le pedimos al sol que permanezca continuamente en el cenit para disfrutar de la misma hora de luz las veinticuatro horas del día, en un ejercicio terraplanista sin precedentes en nuestra breve historia. Llega unas elecciones y si hay algo que los niños tienen claro es la conciencia de lo que no les gusta. La línea difusa de lo que quieren se diluye porque su momento es el ahora, y el mañana... el mañana será otro momento, otro ahora (así de sencillo se explica el auge fascista en todo el planeta). Votan como lo que son en realidad, sabiendo lo que no quieren sin conciencia de lo que quieren para su futuro, porque su futuro es el ahora: les han vendido que tomarán el cielo en la terraza de cualquier bar, lejos del comunismo que desapareció ya hace décadas. La diversión es gracias a los buenos y las consecuencias perniciosas a los malos. Vaqueros contra indios. Policías contra ladrones. Azules contra rojos... Reducir a la mínima expresión la complejidad de matices de la democracia para que «los niños» lo entiendan, lo asuman y sean disciplinados sin rechistar.

El año pasado por estas fechas esos locos bajitos fueron los primeros que salieron como posesos a disfrutar de la libertad tras el confinamiento, con conciencia y respeto hacia lo que les había confinado. Y ahora que ya casi acaba el curso escolar han demostrado una madurez y un saber estar impropios, inherentes diría yo. Hoy los adultos han salido como posesos a disfrutar de la libertad, azuzados quizá por el grito moda de estos últimos tiempos que algunos esquizofrénicos han querido asemejar incluso a la caída del muro de Berlín: los idiotas solo pueden decir idioteces. Ya desearía yo que estos energúmenos irresponsables (tanto los que hablan como los que actúan) tomasen ejemplo de los niños. Porque no hay grado de evolución que explique el retroceso que experimenta la raza humana. Queda claro que este universo tan particular ha comenzado ya a comprimirse y no anda muy lejos el momento de colapsarse en el único final posible que le queda, un agónico Big Crunch. «Saldremos mejores», decían. Saldremos mejores...







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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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