Twitter Facebook Delicious Digg Stumbleupon Favorites More
Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Crónicas Marcianas


Cada poco tiempo, más bien cada año por estas fechas de asueto preveraniego, vuelvo a los clásicos de la literatura universal, según lo que haya deparado la temporada. Aprovecho para dedicarles tiempo y rescatarlos del tan temido olvido. Y en ello me hallo ya en estas fechas, adelantándome a la costumbre que acabo de inaugurar con las Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Poco tengo que comentar de una obra que me produce, como el primer día que la leí, una especie de efecto espejo que me deja siempre en un estado de melancolía embargado por ciertos tintes de tristeza. Me reconforta nada de lo que hallo de confort en las reflexiones maestras del poeta de la ciencia ficción.

Ray Bradbury declama, en esta compilación de relatos, a cual más hilarante y mordaz, una fotografía que se me antoja más de actualidad que nunca. Sin necesidad de mirar al imperio globalizador de esta sociedad que hemos construido para autodestruirnos, voy a desgranar una sarta de absurdeces que, sin necesidad de salir de nuestras fronteras (y fuera no digamos), ya predijo el escritor estadounidense. Sírvanse ustedes mismos, según sus partidistas y sectarias orografías políticas y vitales, cómo encajar las piezas con lo que hacemos contra nosotros mismos con el fin único de imponer nuestro criterio a los demás, someterles para que obedezcan nuestra voluntad, o simplemente aniquilarles para allanar nuestro camino (es tan difícil en el fondo ser demócrata y practicante...).

Crónicas marcianas presenta a una raza humana desesperada por explorar otros mundos con el fin de salvarse de la decadencia y la problemática vital de continuar habitando el planeta con mínimas garantías. Llegados al planeta rojo, a grandes rasgos, hay ciertos escollos que ven difíciles de aceptar del ciudadano autóctono: el color de la piel y de los ojos, el enrarecido aire polvoriento y seco, una cultura y mentalidad diferentes, una filosofía de vida difícil de asimilar («Los hombres de Marte comprendieron que si querían sobrevivir tenían que dejar de preguntarse de una vez por todas: «¿Para qué vivir?» La respuesta era la vida misma»). Por lo que el único medio posible de poder habitar (y no cohabitar) en el planeta rojo era someter o aniquilar a sus habitantes. Sin embargo, los marcianos consiguen, en primera instancia, a través del engaño o la violencia, rechazar los primeros envites de los terrícolas. Hasta que las propias bacterias y virus varios comunes entre los humanos acaban con ellos en poco tiempo.

El tsunami imparable de la raza humana empuja a despreciar tanto la cultura como el modo de vida marciano, aunque al igual que en cualquier expolio habido y por haber en nuestra Historia, un integrante de las muchas expediciones (Spender), queda tan impresionado ante tanta belleza, que siente la necesidad de defender el bastión rojo aunque costase la vida de sus correligionarios, algo así como un teniente John Dumbar en defensa de los sioux. Pero nada parará al ser humano y la colonización acaba siendo un hecho y se deja notar en todo el planeta rojo, cuyo parecido con la ancestral y natural civilización es puro cuento chino, convirtiéndose en una réplica de la vida en la Tierra.

Los afroamericanos, por su parte (si escribo negro puede que me tachéis de racista), pretenden desplazarse por millares a la tierra roja prometida, pero un supremacista blanco, cuya existencia ha sido un dechado de sufrimiento infernal para los descendientes del hombre de Grimaldi, ve que corre el riesgo de quedar sin sentido su existencia y luchará por evitar ese éxodo para así poder seguir infligiendo su decálogo supremacista contra los negroides.

El ser humano, asentado ya en Marte, ha prohibido cualquier manifestación fantástica, terrorífica o que incite o manipule el psique del prójimo, como hacían los predecesores del planeta colonizado, convirtiendo en gilipollez las relaciones humanas, cuidándose siempre de lo que decir, de cómo decirlo y de qué manera decirlo. Hasta unos misioneros llegados a Marte se cuestionaban si encontrarían nuevos pecados jamás antes conocidos en la Tierra. Lo que encuentran son marcianos que les invitarán a conocer un nuevo estado de gracia.

El punto de inflexión en todos los relatos se dirime en la exploración de las dos facetas que conviven simultáneamente en el corazón de nuestra especie, nuestros logros y fracasos, nuestras glorias y tragedias, virtudes y defectos; si bien es cierto que éstos últimos reciben más atenciones («¿Puedes reconocer lo humano en lo inhumano?» ─y el otro responde─ «Preferiría reconocer lo inhumano en lo humano»). Porque la principal diferencia de los marcianos con los terrícolas está en lo que han llegado a ser: todo aquello a lo que deberíamos aspirar («Renunciaron a empeñarse en destruirlo todo, humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en verdad la ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro»).

Todos estos cuentos tienen un trasfondo humanista, cincelado por un desarrollo poético narrativo, más preocupado por lo emocional que por la realidad marciana: su aire irrespirable, el entorno árido y extremo, la civilización ancestral... Ray Bradbury presenta a la raza humana como colonizadores orgullosos, arrogantes, maleducados, egocéntricos e irrespetuosos con la cultura nativa, con la cultura «diferente». Insatisfechos por la conquista, sometimiento y en ultima instancia aniquilación, se sirven de las huellas de su civilización para practicar puntería y hasta usan canales de agua como vertederos. Encontraremos, además, un espectro pesimista que nunca logra redimirse y cierra cualquier puerta a la esperanza. La tendencia autodestructiva del ser humano se filtra por las rendijas de cada línea («Nosotros los terrestres tenemos un talento para estropear las cosas grandes y bonitas»).

Podría seguir desgranando lo que significa el ser humano según las siempre, y sin embargo nada proféticas palabras de Bradbury. Pero sería una redundancia tan aburrida y cíclica como la realidad que nos toca vivir de Casados y Abascales, de Arrimadas y Sánchez, de indultos y violencias machistas, de Orbans y Merkels, de palestinos e israelíes, de blancos y negros, de orientales y occidentales, de Trumps y Putins, de guerrilleros y oenegés... Porque esta historia que hoy escribe el ser humano ya la escribieron hace muchos siglos, sin tecnología punta de por medio, los primeros ancestros que habitaron el planeta. Y a fuerza de autodestruirnos una y otra vez hemos llegado hasta aquí, a este siglo XXI, imponiendo autoridad y sometiéndonos unos a otros hasta llegar a un límite que no está muy lejos de desbordarse por el abismo de la nada y autoeliminarnos, en última instancia, de la ecuación de la vida en el planeta tierra y no tenemos atisbos de poder habitar Marte ni ningún Marte que valga.







Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2021.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

Saldremos mejores

Esto del coronavirus, por mucho que insista en no permitirlo, siempre vuelve. Así es el pasado, así es el karma y así es el universo. Por cierto, hay una teoría física que explica los pormenores tras la gran explosión que dio lugar a éste, del que apenas conocemos una infinitésima parte. Tras el Big Bang, la densidad con la que se expande sobre la nada, como cualquier explosión, se frenará poco a poco hasta detenerse. Los elementos que lo componen comenzarán a comprimir la materia hasta colapsarse en un mismo punto, volviendo todo a su lugar. Quedan aún unos pocos milenios por delante hasta que el Big Crunch, que es como se conoce esta teoría, se produzca. 

Ha decaído el estado de alarma y, tas ver la lamentable e irresponsable actitud social de una parte de la población de todo el país, me viene a la memoria aquellas semanas previas a la vuelta al cole en septiembre, hace apenas unos meses. Nos llevábamos las manos a la cabeza y creíamos que aquello iba a suponer una ciclogénesis explosiva de contagios, brotes y fallecidos por doquier. Que la irresponsabilidad del gobierno se iba a cebar contra todas las familias de este país de un modo u otro (como casi todo movimiento institucional a lo largo y ancho de este trance del que todavía sabemos apenas un huevo de pato). El tiempo ha dictaminado sentencia. Los niños han demostrado ser infinitamente más responsables que sus mayores, han aprobado su via crucis con matrícula, sin abordajes virales de ningún tipo y con apenas unos pocos brotes residuales que se han atajado de manera más o menos ejemplar por parte de toda la comunidad docente, a quien hay que otorgar medallas del tamaño y valor que los que merecen los sanitarios de este país. 

Los niños han dado una lección de concienciación y de saber estar sin ser conscientes en realidad de la magnitud de todo lo ocurrido, más allá de lo que captaban en televisión o a través de lo que sus mayores les iban desgranando y a pesar, en gran medida, del mal ejemplo de éstos. Han visto el temor y el pánico transmitidos por los adultos y han reaccionado con extraordinaria disciplina a tenor de los hechos. Ellos responden siempre al ahora, porque, como lo dijo Gabriela Mistral, «no pueden esperar, porque (para ellos) ahora es el momento, (...) a él nosotros no podemos contestarle mañana, su nombre es hoy». Con ellos se puede reducir a la mínima expresión la complejidad de los matices de un porqué y son disciplinados sin rechistar. 

En paralelo a esas circunstancias, existe un vaho maloliente y fétido que mana de la ciudadanía en general, y la prensa en particular, en forma de protesta contra las displicencias de los mandatarios. Un sentimiento generalizado porque les tratan, dicen, como a niños pequeños. Visto lo visto, acuden con ese espíritu, unos a las urnas y otros a escribir sus crónicas, titulares y noticias, como quien acude a las plazas de los pueblos y ciudades de España gritando libertad ante la caída del estado de alarma. Bomberos que se lanzan a la calle a quemar en la hoguera todo cuanto se ha escrito a 451º Fahrenheit. Todo cuanto ha sucedido. Nada importa. Así es la sociedad del «no pueden esperar, porque ahora es el momento».

Que vivimos en una sociedad infantilizada, creo que a quien tiene dos dedos de luces no le cabe la menor duda. Se ha extendido como un mantra consignas como «joven a los setenta» o «siempre niños». Que las estaciones vitales han de vivirse como un juego... vive el momento... tempus fugit... carpe diem. Le pedimos al sol que permanezca continuamente en el cenit para disfrutar de la misma hora de luz las veinticuatro horas del día, en un ejercicio terraplanista sin precedentes en nuestra breve historia. Llega unas elecciones y si hay algo que los niños tienen claro es la conciencia de lo que no les gusta. La línea difusa de lo que quieren se diluye porque su momento es el ahora, y el mañana... el mañana será otro momento, otro ahora (así de sencillo se explica el auge fascista en todo el planeta). Votan como lo que son en realidad, sabiendo lo que no quieren sin conciencia de lo que quieren para su futuro, porque su futuro es el ahora: les han vendido que tomarán el cielo en la terraza de cualquier bar, lejos del comunismo que desapareció ya hace décadas. La diversión es gracias a los buenos y las consecuencias perniciosas a los malos. Vaqueros contra indios. Policías contra ladrones. Azules contra rojos... Reducir a la mínima expresión la complejidad de matices de la democracia para que «los niños» lo entiendan, lo asuman y sean disciplinados sin rechistar.

El año pasado por estas fechas esos locos bajitos fueron los primeros que salieron como posesos a disfrutar de la libertad tras el confinamiento, con conciencia y respeto hacia lo que les había confinado. Y ahora que ya casi acaba el curso escolar han demostrado una madurez y un saber estar impropios, inherentes diría yo. Hoy los adultos han salido como posesos a disfrutar de la libertad, azuzados quizá por el grito moda de estos últimos tiempos que algunos esquizofrénicos han querido asemejar incluso a la caída del muro de Berlín: los idiotas solo pueden decir idioteces. Ya desearía yo que estos energúmenos irresponsables (tanto los que hablan como los que actúan) tomasen ejemplo de los niños. Porque no hay grado de evolución que explique el retroceso que experimenta la raza humana. Queda claro que este universo tan particular ha comenzado ya a comprimirse y no anda muy lejos el momento de colapsarse en el único final posible que le queda, un agónico Big Crunch. «Saldremos mejores», decían. Saldremos mejores...







Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2021.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

Sin margen para la duda



No tenía intención de escribir nada por estos lares, por lo menos hasta que llegaran días de asueto veraniego, y el relax y la rehabilitación a tanta crispación social, inútil, despejaran el cielo de la templanza. Si en algo me ha afectado este período de pandemia es que he perdido las ganas de hablar con la gente, porque, entre otras cosas que ocuparían decenas de páginas, he comprobado que si no le dirijo la palabra a nadie, nadie hace nada por comprobar siquiera si estoy vivo. Me había autoimpuesto este confinamiento intelectual, más bien prolongado, dado el desánimo que me provoca la creciente deshumanización del personal por cualquier rincón del planeta. Lo hemos podido comprobar este ultimo año, con una desastrosa pandemia como panorama desolador y revelador que sólo ha servido para abrir más la brecha entre ricos y pobres. Además, he de apostillar, para quienes piensan y critican sotovoce, que en este espacio me extiendo todo lo que considero necesario, sin la limitación de palabras que impone el escaso espacio de la prensa escrita, y donde me siento absolutamente libre.

Me ha dado por hacer memoria y qué lejos quedan ya los aplausos a los abnegados sanitarios, la labor de los trabajadores esenciales, los sacrificios económicos, y nuestros obligados confinamientos, al margen de un ciento de razones que podrían hacernos pensar que después y a pesar de todo había esperanza en el ser humano; máxime cuando la ciencia ha logrado un hito histórico sin precedentes: desarrollar una vacuna para un virus desconocido y letal en menos de un año y en pleno apogeo de su actividad. Una proeza de la que no se hace todo el hincapié que se debería. En fin, no voy a retomar el tema más allá de lo que ya he declarado por aquí hasta la fecha sobre la pandemia y los efectos colaterales. Dicho esto, lo que me produce zozobra de verdad es haber sido testigo de lo depredador que es el ser humano para el ser humano. Y de ahí que quería plasmar, en este mi territorio, el circunloquio que tecleo en este momento, mal que me pese.

Que vivimos tiempos convulsos, creo que a nadie le cabe la menor duda. Tal vez sea precisamente eso, que existan demasiadas personas que albergan demasiadas certezas sobre sobre todo lo divino y humano. No veo a nadie dudar de nada, ni siquiera de sí mismo, ni un ápice. Cosa que también me produce desasosiego, incluso ansiedad, dado que la duda es el principio de la sabiduría y vivimos entre tanto individuo con tal clase de seguridad y certeza que da hasta cierto temor abrir la boca (razón de más para llevar año y medio alejado de las redes sociales). Entonces, si aparece por el horizonte alguien que pretende sembrar dudas, como un resorte se conjura, desde todos los frentes posibles que dispongan de megafonía, una caterva de opinadores profesionales lapidando sin piedad lo que en su gran mayoría desconoce. Se convalida así, en público y sin pudor, lo que se conoce como «el chivo expiatorio». Comento brevemente cómo funciona algo aparentemente sencillo y que se estudia en antropología.

Surte siempre el efecto esperado en la mayoría de las ocasiones. Es decir, marginar al señalado y perseguirle hasta la extenuación, para expulsarle del grupo o destruirle en última instancia. El origen data en esa época en la que el pueblo de Israel elegía al azar un chivo que debía sacrificarse a Jehová, a manos del sumo sacerdote, y otro que cargaba con las culpas del pueblo y acababa entregado a Azazel, abandonado en el desierto, no sin antes propinarle una buena tunda de pedradas sazonadas de una cascada de insultos recurrentes.

Tomando esto como referencia, la víctima, el chivo expiatorio, suele tener siempre el mismo perfil: alguien diferente o que piense diferente del resto del grupo o mayoría, un extranjero, alguien nuevo en la comunidad, una mujer, un discapacitado..., independientemente de si posee un cociente intelectual alto o no. Para que el resto del rebaño se pronuncie en su contra, siempre hay un instigador inicial que, o bien envidia, o bien desprecia o repele lo que representa o es esa persona. Que la novedad acapare atención supone perder el protagonismo ante el grupo porque todas las miradas se focalizan en ella. A continuación se desarrolla el proceso de contaminación, es decir, esa novedad sobre la que se arrojen todos «los pecados» del grupo y a quien se pueda lapidar con la connivencia y aprobación de todos. Por último, se desencadena la catarsis colectiva, que es cuando se sacrifica a la víctima en pos del orden «democrático», de la paz y la prosperidad inicial.

Suele pasar en esta sociedad preñada de redes sociales y grupos de WhatsApp que todo trata de apilarse en grupúsculos interconectados de un modo u otro, donde se congregan todos los conceptos sociales uniformados y sin fisuras: igual da el cultivo del pomelo o el punto de cruz, que ideologías fascistas o personajes públicos. A mi juicio, y lamento tener que decir esto, el periodismo actual se ha erigido como la herramienta instigadora fundamental en el ejercicio extremo de dividir y azuzar, de bipolarizar y sentenciar qué es bueno y qué no; se suma la política, como parte contratante de un binomio difícil de separar y que interpela a ese cuarto poder para que la mesa pueda ser estable. Parece que el estadio de los matices en el que debe desarrollarse una democracia es inviable y reprobable; todo debe ser blanco o negro, o rojo o azul. Ese binomio, a día de hoy indisoluble, ha permeado en la sociedad y empujado a un abismo sin control en una espiral hipnótica en la que no se duda nunca en señalar con pelos y señales a quienes el populacho debe sacrificar en la pira de las vanidades, no sin la conveniente cascada de improperios e insultos recurrentes. Cualquier sospechoso de ser contrario a las ideas que los medios y sus consortes políticos, económicos, y acólitos en general defiendan o amparen será objeto directo de una disección meticulosa e hiriente. La turbamulta del populacho lapida sin piedad, al mas viejo estilo del Israel de Jehová, sin que medie el margen de la duda, o dicho de otro modo, la presunción de inocencia contemplada y protegida por ley. Si alguien te señala con el dedo y lo promulga desde el altavoz adecuado, estás vendido.

En estos tiempos modernos nos encontramos sobresaturados de información, en su mayoría difícil de digerir y sobre todo de creer, que los cientos de miles de usuarios de las redes sociales no dudan en festejar, propagar, opinar y nunca les falta un argumento (las opiniones, como el culo: todo el mundo tiene uno); usando el teclado del teléfono móvil o del ordenador de sobremesa para lapidar al incauto de turno. El problema suele venir derivado de la poca comprensión y lo difícil de entender que suelen ser las noticias, porque los mensajes acostumbran a ser breves, los titulares atropellados y confusos (y habitualmente mal redactados) y la falta de objetividad un mantra cuyo fin único es hacer caja con cada clic del usuario en el enlace. Si te alimentas todos los días de McDonald's, no lamentes acabar perdiendo la salud, si no la vida...

Podría estar hablando hasta la saciedad sobre esto, sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad, y lo peor de todo es que en gran medida estos síntomas de chivo expiatorio se dan en numerosos entornos disfrazados de «democracia», infligido hasta por los grupos pseudoculturales que, dada su posición de privilegio (y en algunos casos desde las propias instituciones) emulando prácticas de la mafia calabresa o siciliana, se ceban con cualquiera que despunte o tenga perspectiva de despuntar, sea crítico con el grupo, tenga ideas diferentes o vaya por su cuenta y riesgo... Actúan al amparo del mimetismo y del silencio, la discreción y la falsa educación, aprovechando un buen nombre construido a base de lápidas que dejaron atrás en el tiempo y olvidadas.

Me apena el grado superlativo de desprecio del ser humano para el ser humano de este siglo XXI. Creí que ya sería hora de aprender una gran lección que ha quedado obsoleta cono tantas otras a lo largo de la historia. Es sobre todo la falta de humanidad y de concienciación lo que me entristece: la salud es vida y no dudamos en desprotegerla a la menor oportunidad que se nos presenta, a cambio de un plato de lentejas o un festín al becerro de oro. Con todo lo que hemos visto a lo largo y ancho de esta pandemia que aún no ha acabado, hemos logrado olvidar en tiempo récord lo solidarios y sacrificados que fuimos hace unos meses, y nos empeñamos en reflotar una y otra vez lo miserables que podemos llegar a ser. Nos hemos situado en un punto de violencia (en el más amplio sentido de la palabra) difícil de subsanar, en un estado de intransigencia del que no somos capaces de desprendernos. Hay un ansia permanente de permanecer o pertenecer a un extremo de la soga de ese patíbulo en el que acabaremos todos de continuar por este camino, el extremo de la sinrazón que nubla directamente la posibilidad de contraer una duda que nos empuje a reflexionar y mejorar las cosas. Se vive con miedo a las minorías que nos abordan desde sus endebles navíos, porque tememos nos quiten el pan, el mismo que permitimos a nuestros gobernantes devaluar. En vez de construir puentes, andamos afanados en construir muros; en vez de apostar por cosas que nos unan, lo hacemos todo al rojo o al negro (en España es al rojo o al azul) con tal de ganar y expulsar de la mesa al diferente, al distinto, a las mujeres, al discapacitado, al extranjero, y sobre todo salvaguardar la pureza de la raza y la inercia de nuestras costumbres. Se sueña, en definitiva, con ansias de libertad refugiados en un búnker amurallado desde el que nos han inculcado que es inseguro salir y sobre todo muy peligroso para nosotros que cualquiera pueda entrar.

Créanme si les digo que debemos estar preparados para lo peor, porque esto que nos ha ocurrido es sólo el principio y vienen de camino pandemias mucho más devastadoras que esta; la peor: la de la ignorancia. Allá donde no hay ninguna sombra de duda, ningún matiz para la sospecha, ningún hálito de inquietud, sólo hay autarquía, aislamiento, totalitarismo. La duda es el principio de la sabiduría, y de ahí beben las democracias más saludables. Mientras existan chivos expiatorios donde exculpar nuestros pecados, seguiremos atrincherados en nuestros búnkeres, nuestro aislamiento, nuestros muros... nuestros prejuicios. Y en cuanto a la democracia, bueno, que Dios nos pille confesados, porque parece que ya no es necesario apelar al summum: el beneficio de la duda. Se ha convertido en otro prejuicio más que perseguir.







Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2021.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

Cueste lo que cueste


En estos últimos tiempos hemos visto  a la ciudadanía española mostrar una sensibilidad especial por la tan manida y desconocida libertad de expresión. Suena hasta extraño. Suele pasar en este país. Un punto focal hacia lo políticamente correcto y las RRSS se llenan de insultos y las calles de contenedores quemados... los saqueos indiscriminados ya si eso tal. Es el sino de estos últimos años (más bien desde que las RRSS influyen en el comportamiento borreguil de la sociedad). Esa sensibilidad especial ahora se ha puesto en el punto de mira, como siempre suele suceder, con el componente esencial  de ignorancia que cabe esperar en toda reacción vandálica y violenta. Y digo ignorancia porque a tanta gente ilustre, con adoquines en mano y contenedores en llamas, se le llena la boca de libertad de expresión, pero parece desconocer de dónde sale ésta, por qué tenemos derecho a ella, y lo mas importante, dónde está el límite y nuestras obligaciones.

Qué tal recordar el artículo 20 de la Constitución (titulo 1: De los derechos y deberes fundamentales), 1: Se reconocen y protegen los derechos:  a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. (...) Y en su párrafo 4: Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.

Entre estas bondades que nos otorga la Carta Magna queda por el camino lo que podría considerarse un sesgo de confirmación, es decir: lo que para unos podrá representar libertad de expresión para otros podrá suponer una flagrante incursión de acción punible: todo siempre según con qué ideología coincida lo expresado. El problema radica en que las delimitaciones ofrecidas por estos simples apartados de la Constitución ya ofrecen y arrojan luz suficiente como para saber y comprender que todo tiene un límite. Pero quizá, viendo lo que uno ve, y quedando patente que una mayoría de ciudadanos está flagrantemente anclada en la absoluta ignorancia, sería bueno delimitar con precisión dónde están los límites. Dicho de un modo más gráfico: no soportamos que los mandatarios de este pais nos traten como a niños, pero nos comportamos como tal porque no sabemos diferenciar el bien del mal.

Vaya por delante que me resultan repugnantes las letras y los tejemanejes del rapero por el que se ha desatado tanta animadversión hacia la Carta Magna y las instituciones del estado. Un individuo al que se le conoce mejor por sus tuits y el contenido delictivo de sus canciones que por su actividad artística (y que tiene ya a sus espaldas un largo historial delictivo por asuntos que quedan lejos de la libertad de expresión). Igual de repugnante que las declaraciones de una niña (con menos luces que un coche de caballos) que proclamaba el pasado 13 de febrero en el cementerio de la Almudena loas y proclamas fascistas y antisemitas, rodeada de simbología nazi, con misa incluida, en favor de la división azul. Declaraciones, dicho sea de paso, igualmente punibles y constiutivas de delito, diga la fiscalía mlo que diga (al final se irá de rositas porque, por desgracia, nunca se miden los delitos de odio con el mismo rasero). Ambos personajes me parecen que incumplen flagrantemente la legalidad vigente; obsoleta y deforme a mi modesto entender, todo hay que decirlo; y que debería ser revisada cuanto antes, porque es un castigo excesivo encerrar en la cárcel a personajes de esta calaña por declarar o expresarse libremente, mancillando con nitidez algo tan básico y fundamental como el "derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia". Reconozco, pues, que me parece desfasado el castigo de cárcel por semejantes acciones, que no significa que queden impunes.

Si echamos un vistazo a las redes sociales, la sociedad se ha instalado (y cuando digo la sociedad incluyo la política) en una suerte de populismo rancio y barato, nunca antes visto en nuestra democracia, donde todo redunda en la caza y captura del zasca más antológico, la búsqueda del tuit fácil y de titular pegadizo o rimbombante, sin opción a los matices; la búsqueda del titular cuya finalidad tiene como destino la humillación del contrarío, sin la búsqueda de una reivindicación de la democracia en ningún momento, y la activación constante del ventilador que esparce la basura al de enfrente: y tú más...

Lo que determina una democracia es precisamente la cantidad de matices por los cuales debemos regirnos y nos ofrece la libertad suficiente para delimitar la frontera; sobre todo el margen de mejora que alberga, dada la incesante evolución de las sociedades y la convivencia. En nuestra responsabilidad, como partes integrantes del grupo social al que pertenezcamos, está rechazar y condenar lo que no está dentro de esos límites. Si no nos gustan, es nuestra responsabilidad también, dentro de los cauces legales y pacíficos que nos otorga un estado de derecho, protestar mediante el derecho a huelga y votar opciones políticas para promover cambios en dichos límites o fronteras. En ningún caso, EN NINGUNO, repito: EN NINGUNO, cabe en una democracia que se precie el vandalismo, la promoción de la violencia, la lucha callejera de guerrillas o el saqueo. En pleno siglo XXI no estamos en disposición de tolerar democráticamente ninguna manifestación violenta, por mucho que supuestamente defiendan valores básicos democráticos. Es una contradicción flagrante. Apelar a las manifestaciones violentas es volver s reeditar viejos fracasos del siglo XX.

Dicho todo esto déjenme que haga una reflexión política que se haya en el fondo del asunto y que parece que nadie haya echado mano a ello. Porque en el fondo del asunto, como digo, hay intereses partidistas, como todo lo que se cuece dentro de los estallidos sociales en este siglo XXI, y sobre todo en la política de este país, y no de valores fundamentalmente democráticos.

Para el independentismo catalán, cuyos comicios se acaban de celebrar y que ha otorgado una mayoría en su parlamento, si bien apenas supone un tercio del total del electorado, aprovecha esta sensación de statu quo en las ciudades, en especial en Cataluña, para fomentar una imagen de inseguridad que provocan, según palabras textuales de algunos de sus dirigentes, las faltas de libertades y la flagrante represión del estado español. Hay un interés palpable en promover y proyectar internacionalmente estas sensaciones. Lo inquietante del asunto es que los responsables políticos que ahora defienden y amparan las revueltas incendiarias contra el encarcelamiento del rapero, estaban de acuerdo, hace ahora poco más de dos años, con el encarcelamiento contra aquel que opinaba en Twitter sobre el accidente del avión de la compalia Germanwings mofándose de las víctimas catalanas. Y hubo también quien se congratuló de que metieran en prisión al que amenazó de muerte a Puigdemont en Facebook. Claro está que la libertad de expresión siempre viene bien si la crítica va contra los demás y no contra los suyos...

Por otro bando está quienes luchan contra su propia incongruencia, la del querer y no poder. Quienes representan a las instituciones del estado no pueden estar defendiéndolas y legislando para el pueblo y a su vez azuzar y amparar en forma de apoyo a los que defienden la libertad de expresión incendiando contenedores, atentando contra las fuerzas de seguridad del estado, y asaltando la propiedad privada con el fin de saquear todo cuanto puedan (el colmo de la incongruencia del anticapitalismo: robar en las tiendas de marca para vestir los últimos modelos de las franquicias de moda). Nunca un demócrata que presuma que lo es defenderá, apoyará y reivindicará de ningún modo semejantes actuaciones. Si hay algo que cambiar, especialmente quienes están dentro de las instituciones, deben poner medios legales, amparados en la seguridad jurídica, para que alguien que diga memeces repugnantes en letras de canciones sea sancionado de manera ejemplar sin necesidad de entrar en prisión (a menos que sea reincidente, claro está, que es el caso del ínclito rapero). Teta y sopa no cabe en la boca...

El problema de fondo en todo esto es que el vicepresidente del gobierno ha venido perdiendo protagonismo desde que se aprobaron los presupuestos generales del estado, unido a una creciente pérdida de poder de macho alfa dentro del consejo de ministros. De ahí se derivan todas y cada una de sus salidas de tono en este último mes para acaparar protagonismo y ser el centro de atención: ante la creciente sangría de votos en los últimos comicios regionales y locales ha tomado como estrategia de campaña electoral (que durará toda la legislatura) acaparar titulares y polarizar aún más la política populista de este país. Y lo que se me antoja de grave atentado contra la libertad de expresión es que todo aquel que hace análisis crítico de sus actuaciones dentro o fuera del gobierno son señalados desde las redes sociales como el enemigo, servidores del poder económico que quieren derribarlos y a los que hay que boicotear. Un hábito más propio de alumnos de Goebles que de Marx.

Como resultado de todo esto se confunde en realidad el problema de fondo. Ni más ni menos que abordar los matices que entraña una libertad de expresión dentro de los limites de la convivencia pacifica entre todos los conciudadanos (todo sea por captar adeptos de un tuit). Una cosa es debatir sobre la conveniencia o no de delimitar ciertas manifestaciones amparadas en la libertad de expresión y otra muy distinta es el elogio a un bocachanclas reincidente y asocial, cuya carrera musical era conocida por sus padres a la hora de comer y, lo más peligroso, que personalidades políticas dentro de las instituciones lo vanaglorien, justifiquen la violencia e incluso se escondan tras el silencio al no condenar el vandalismo. Lo único cierto de todo este asunto es que comenzamos a pisar el terreno en el que mejor se desenvuelve la blanqueada ultraderecha fascista y sus arenas movedizas. Unos porque juguetean a serlo sin serlo y otros porque lo son y engañan al populacho vistiéndose de corderos. Y lo de que las «libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos» en la carta Magna, ya si eso tal... Les viene bien a todos que cada cual se agreda como mejor pueda. Total, qué más dan las víctimas del terrorismo que las víctimas del nacismo, los que valen son los likes de los tuits, sus discursos o sus letras de canciones... cueste lo que cueste, con tal de acaparar un puñado de votos más todo vale.

Y ojito si creemos que no hay nada que temer. Creíamos que era una obviedad defender el estado de derecho, la libertad de expresión y la democracia en general. Sin embargo, vemos que desde algunas fuerzas políticas, muy en especial la ultraderecha, amparan y protegen en sus discursos el desequilibrio institucional, las ideas inconstitucionales o las calumnias y mendacidades en general contra el ejecutivo, nos obligan a posicionarnos y defender cosas básicas y fundamentales en un estado de bienestar y de derecho, cosas como «democracia», «justicia» o «libertad». Los peligros están ahí. Y si alguna lección podemos aprender de el grotesco asalto al capitolio de los iuesei hace ahora un mes, es que ninguna democracia está exenta del peligro de ser abolida por un gobierno totalitario o incluso por un populacho alentado por la caspa militar de otros tiempos. Podemos perderlo todo, bien sea por un bigotudo con tricornio y pistola en mano, bien por un brote violento contra la libertad de expresión. Nunca se sabe cuándo se enciende la mecha, pero una vez encendida sí sabemos cómo acaba todo... La democracia hay que defenderla y mimarla SIEMPRE, día tras día, con respeto y consenso, cueste lo que cueste. Y créanme si les digo que señalar constantemente los defectos y olvidarnos de todas las virtudes que alberga una democracia invita a que venga un rancio a demolerlo todo.








Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2021.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

Chismes

Hace apenas un par de semanas se hizo público el contrato del astro del balompié, Lionel Messi. Este hecho ha dado lugar a una cascada de «filtraciones» (es el modo elegante de calificar los chismes) sobre los sueldos de famosos y personajes de la vida pública en general; la cascada no cesa de crecer. Un ejercicio que se me antoja lleno de impudicia, falta de decoro, y lo que me parece más grave, una intrusión a la intimidad. Esto me hace cuestionar, en primer lugar, la gestión que se hace en España del cumplimiento de la ley de protección de datos, y en segundo lugar, la europeización de este país, que sigue echando en falta un buen tratamiento anticaspa, que gasta muy mala leche y que la envidia es la bandera común que ondeamos sin pudor, sustentada desde el asta del egoísmo. Y es que estas filtraciones huelen a leña en la lumbre de la indecencia; quiero decir, que de lo que se trata es de prender la hoguera de las vanidades y meter en el foco de la quema a todo aquel que su sueldo supere con creces el mínimo por el que uno se ve obligado a declarar sus emolumentos a hacienda. Pongamos el foco en esos indecentes que ganan un pastizal y quemémosle. Eso sí, del montante que estos personajes pagan a hacienda, ya si eso tal...

Vivimos por desgracia en un fallido sistema económico que valora lo que genera dinero y no lo que genera valores —permítaseme el juego de palabros— o protección sanitaria, y así nos va. No hay más que echar cuentas de todo lo que hemos perdido en esta pandemia y lo que nos queda por perder. Lo que no perderemos será la costumbre de olvidar pronto lo ocurrido para volver a repetirlo a la vuelta de la esquina. Visto lo visto, si hay algún ingenuo que crea todavía que la pandemia nos ha cambiado, es que no ha leído suficiente Historia y desconoce cómo se las gasta el ser humano. Además, hemos declarado abiertamente como grupo social que preferimos el populismo de los gritos y el insulto, que de eso andamos sobrados por estos lares, a las razones y los datos objetivos (dese una vueltecita por los años treinta del siglo veinte y hacia donde fuimos apenas una década después). En fin, a lo que iba, que si estos individuos perciben esas cantidades indecentes de dinero es porque generan aún más para sus empresas, mucho más que muchísimo y muchísimo más que más de lo que perciben. De otro modo, aquéllas no permitirían desembolsar líquido más allá de lo que permitieran sus márgenes de beneficios.

El éxito inusitado de la prensa y la televisión del corazón en este país, que se prolonga en el tiempo como una interminable calzada que desaparece en el horizonte sin destino posible, se debe a que aquí nos gusta zambullirnos en la vida de los demás, independientemente de si éstas pertenecen a conocidos, amigos, enemigos o simplemente famosos. Queremos saber qué hacen, qué visten, qué dicen, qué comen, con quién se meten en la cama y últimamente qué ganan. Queremos conocer los chismes para poder socializar y confraternizar con nuestros vecinos o amigos y criticar aquello que hacen, visten, dicen, comen, fornican o ganan, con el objeto (secreto a voces) de soñar con tener esas vidas y el deseo de suplantar o emular sus identidades. 

Es una realidad que existe desde el principio de los tiempos. La historia de España se nutre de infinidades de ejemplos ilustrativos. Si alguien molesta, incomodamos el camino, le zancadilleamos o simplemente lo eliminamos para apartarle del mismo. Una realidad que nos atropella y que ni siquiera con la ley en la mano se merma la capacidad de airear los trapos sucios del vecino, amigo, compañero o famoso de turno, con tal de salir beneficiados de ello. Los clásicos griegos están llenos de traiciones y engaños que ponen la dovela de este marco incomparable de los chismes y felones.
 
No obstante, siempre que suceden estos desmanes, me hago la misma pregunta: ¿quién sale beneficiado de la tormenta que se desata? En este caso, ¿quién(es) es(son) la(s) persona(s) o entidad(es) que acaba(n) disfrutando de una posición ventajosa para negociar, resarcirse o liquidar la reputación de alguien? Véase Jasón y Madea, Agamenon y Clitemnestra, o Adriana y el rey Minos; o desde el principio de los tiempos Caín y Abel. Es una costumbre muy antigua eso de poner en mal lugar a alguien o directamente liquidarlo para suplantarle por una posición ventajosa. Es muy cañí eso de «quítate tú que mejor me pongo yo». Es un hecho que suele llegar a buen puerto porque nos gusta la morbosidad que produce el chisme de un tercero. Prestamos atención y lo propagamos como un virus, sin tener en consideración ni las consecuencias ni las vidas de quienes se atribuyen esos malabarismos de la realidad, sin considerar siquiera la verosimilitud de la narración que asumimos como certera, y, lo más grave, sin contar con la inestimable versión de los hechos de quien es objeto de ostracismo. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

La cuestión debería estar en por qué este fallido sistema capitalista permite que un futbolista gane más dinero, en proporción, en cinco años que lo que se invierte en investigación contra el cáncer, que se sostiene gracias a la filantropía y a las ayudas de la tan denostada Europa. Porque tan sólo en este aspecto, el cáncer le cuesta a las arcas del estado 19.300 millones de euros, de los que el 55% los asume el sistema sanitario*. Y sólo hablamos de los costos del Cáncer, no de su investigación que no es ni una décima parte. No digamos ya las enfermedades denominadas raras, que lo que gana un futbolista de élite en un año da para investigar durante un lustro cualquiera de ellas.

Y ahora que está de moda la estampida de youtubers (y famosos, deportistas, empresarios, etc.) a paraísos fiscales, esgrimiendo la excusa de que les cuecen a impuestos y pagan un pastizal (que según dicen sólo sirven para pagar la vidorra que se dan los diputados y políticos de este país), yo, la verdad, les insto a que saquen a pasear su patriotismo español y piensen en positivo, en lo verdaderamente práctico: a dónde van a parar la mayoría de los impuestos. Porque la realidad (no el pooulismo casposo, fascistoide y barato al que se agarran para justificar lo injustificable) es que la inmensa mayoría de sus impuestos se derivan a sanidad, educación, infraestructuras, carreteras, etc. Para que cuando enfermen (ellos o sus padres) tengan un hospital al que acudir, para que sus futuros hijos vayan al colegio con las mejores garantías posibles, para que las subvenciones que reciben las empresas de telecomunicaciones inviertan en que las conexiones de sus wifis sean cada día mejores, o para que cuando cojan un coche puedan acercarse a esquiar a la sierra o para que puedan coger un avión y disfrutar de sus vacaciones en el paraíso de la conchinchina; que todo eso y muchísimo más (el futuro de sus pensiones, por ejemplo) es gracias a sus impuestos. Pero claro, vivimos en un país de envidiosos y chismosos que ondean sus banderas (no la rojigualda, ésa mejor para protestar por las calles y demostrar lo españoles que son) ensartadas en las astas del egoísmo. Peferimos quedarnos con el chisme de barrio, la leyenda urbana, y actuar en consecuencia, que argumentar con datos objetivos y razones simplemente porque queremos sacar algún provecho. Nada nuevo bajo el sol.

 
*según el informe «Impacto económico y social del cáncer en España», elaborado por la consultora Oliver Wyman para la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).








Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2021.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

Sobre la nueva pandemia

Si creyó que me dispongo a hablar de la covid-19, lo lamento. No es mi intención hablar de los 45 millones de expertos en pandemias aunque lo parezca. Ya me despaché a gusto hace meses y todos los vaticinios se cumplieron, de la a a la z. Hasta intuí las intenciones de populistas y emuladores de Trump en España, como doña Isabel Ayuso, que creyéndose grande de España ostenta el dudoso honor de construir un cutre barracón con camas apiladas y llamarle hospital de pandemias; con la osadía extra de ofrecerlo, sin quirófanos por más señas, a los probables accidentes aéreos del cercano aeropuerto de Barajas. En fin, que el concepto «hospital de pandemias» solo existe en la imaginación de crédulos, acólitos y borregos sin escrúpulos. Una cutrez de más de cien millones de euros que nos han metido con calzador y sin vaselina como la panacea de los hospitales de pandemias. Lo cual, en cierto modo, tiene algo de razón al afirmar que es el único en el mundo: ese tipo de hospitales ni existen ni han existido nunca. Por lo que no sólo es el único, además es el primero en toda la historia de la humanidad. Ni a Trump le hubiera salido mejor la jugada. En fin, que después de negarse a endurecer medidas e ir por libre cual verso suelto, como lo que cree que es y en realidad no llega a punto suspensivos, se dedica ahora a acusar a quienes le instaban a hacerlo de eludir responsabiliades, ahora que se le ha disparado los registros de fallecidos y contagiados y los hospitales vuelven a resistir la presión de los ingresos. El hormigón es pura gomaespuma comparado con su rostro. En fin, que así es como funciona la pandemia del buenismo bien...

Pero a lo que iba, que me voy por las ramas y me pongo a hablar de la idiosincrasia del ser humano al creer que estamos a un tris de vencer a un organismo del que sólo conocemos cómo no contagiarnos y poco más, a pesar de que en pocos meses la población de los países ricos dispondrá de vacuna... los países pobres ya si eso tal. A ver quién es el guapo que da una explicación razonable de lo bien que Alemania hacía frente al coronavirus y ahora casi triplica los fallecidos de cualquier país de Europa. Y por eso mismo, la filoterrorista, bolivariana y socialcomunista Angela Merkel ha decidido cercenar la libertad de los ciudadanos alemanes confinándolos en Navidad.

Que no, que no va por ahí la pandemia de la que quiero hablar, aunque todo siempre está relacionado. Que mira que cojo carrerilla y me lío... Aprovecho para advertirle que ni es en defensa de nada ni contra nadie. Tan sólo es una de las muchas reflexiones que uno se hace a diario y a veces me da por escribirlas. Por eso suelo seguir el consejo de Azaña: "Si cada español hablara solo de lo que sabe, se haría un gran silencio nacional que podríamos aprovechar para estudiar". Y es lo que hago, estudiar, sobre todo el comportamiento humano, que me interesa bastante, y cada vez se me hace más previsible y absurdo.

En este mundo distópico y orweliano que vivimos tenemos el dudoso honor de ansiar una vida transparente donde queremos ver hasta por dónde evacuamos los excrementos y qué hacen nuestros vecinos en todo momento, como esa parábola cuasi kafkiana de Loriga donde retrata a la perfección nuestra sociedad actual, expuesta en todo momento a la mirada de todos y al juicio de la mayoría. Nos hemos zambullido en una flama de gilipollez tan grande, que el exceso de agua y limpieza en las duchas nos está dejando sin matices, sin olor; ni siquiera la mierda nos huele ya (lo sé, sin haber leído la novela no entenderá del todo bien este símil).

Creo a pie juntillas que hemos disfrutado en España los mejores cuarenta y pico años de su historia. Unos años que ha tenido luces y sombras (como todas las democracias del mundo). Y una de las sombras más lóbregas, góticas y siniestras ha resultado ser (presuntamente) la pieza principal del puzle constitucional de la transición, la figura del monarca Juan Carlos I; noticia de primera plana a fecha de hoy por sus continuos desajustes fiscales y líos de faldas. Dicho así, poca diferencia pudiera haber entre sus predecesores en el trono y él.

Según la Constitución la familia real la componen los ascendentes y descendientes de primer grado. Lo que significa que don Juan Carlos I, probablemente muy a pesar de su hijo, sigue perteneciendo a la Casa Real. Con todo lo que ello implica. Esto pudiera significar que deben pagar justos por pecadores, según entiendo por el modo y escarnio con el que una parte de la ciudadanía y la política se rasga las vestiduras habiendo juzgado y sentenciado al exrey de España. Y ya conocemos lo que pasa con los ex, que cuando todo era luna de miel hasta los pedos resultaban música para los oídos; pero cuando se desinfló la luna y salió el sol para darle vida con luz y nitidez todo lo que la magia nocturna oculta, hasta el murmullo de masticar con la boca cerrada resulta insoportable. No obstante, el problema no radica precisamente ahí, sino en uno de los pecados capitales de este país, complementario e indivisible al de la picaresca: mirar para otro lado.

A lo largo de las décadas, desde las altas instituciones hasta los grandes medios informativos, pasando por los grandes grupos políticos que se han repartido el poder a lo largo de nuestra aún joven democracia, TODOS, sabían de los tejemanejes del ahora Rey emérito. Y todos, absolutamente todos, miraron para otro lado, evitaron hablar del tema e incluso dieron carpetazo a cada una de las sospechas contra el por entonces monarca. Como añadidura, el oprobio causado a quienes procuraron airear lo que ahora parece que es vox pópuli. Se presuponía que en eso consistía (erróneamente) «proteger» la corona. Y resulta indignante, sangrante y todos los 'antes' del mundo que suenen a doloroso, ver cómo esos grandes medios que antes encubrían todas esas acciones sospechosamente reprobables, ahora lo presentan ante la opinión pública como un apestado, y sus máximos encubridores anden metiendo la cabeza bajo tierra como las avestruces; o peor aún, sacan pecho defendiendo sus truculentos desvaríos fiscales. Medios y dignatarios políticos que me parecen el súmmum de la hipocresía, dignos herederos del buenismo bien de la ciudad transparente de Loriga. Me recuerda ahora todo esto aquello del capitán Renault de la gendarmeria de Casablanca: "¡Qué escándalo! ¡Qué escándalo! Aquí se juega".

Y claro está, ha quedado patente. La respuesta del hombre masa no se ha hecho esperar, tanto de partidarios como de contrarios. El hombre masa, es decir, ese que es incapaz de desarrollar una visión para diferenciar los matices, el que no soporta los argumentos que entretejen la urdimbre de la sutileza o los detalles, al que no le interesan las reflexiones porque su deriva consiste en hacer bastión de las consignas y de los tuits y cree que el mundo entero cabe en un eslogan, el hombre masa, como digo, quiere derribar muros y derruir instituciones porque sí, porque hay un presunto forajido que ha dilapidado la confianza que varias generaciones depositaron en él, o peor aún: justifican sus acciones y desvaríos fiscales porque simplemente no es un ciudadano más, fue el Rey, al que se le ha de permitir todo (hasta el derecho de pernada).

Dicho lo cual, me surge una pregunta de pura lógica clásica: si la monarquía debe caer por los negocios turbios por quien representa la institución, imagino yo que análogamente debemos pedir la supresión del estado de derecho por la dejadez y pasividad (eso de mirar a otro lado) del Consejo General del Poder Judicial, por aquello de que llevan algo más de dos años de legislación anticonstitucional y ni siquiera son capaces de mover un dedo para presionar a los que tienen en su mano renovar el mandato, o peor aún, por las reiteradas negativas de querer investigar al presunto corrupto real; o también la de la propia democracia, por la corrupción institucional y reiterada del Partido Popular o del terrorismo de estado socialista cuando ostentaron el poder. Nos parece absurdo, ¿verdad? Significa esto, pues, que las personas hacen las instituciones pero no son las instituciones, por mucho que algunos vociferen lo contrario. Hay una corriente, diría beligerante e intolerante, que quiere eliminar de la ecuación esta jefatura del estado por otra análoga (y mucho más cara). Miedo me da dejarla en manos de los representantes de los hombres masa visto lo visto...

No voy a poner en duda la honestidad o la falta de ella sobre la persona del mal llamado Rey emérito, lo que no comprendo es por qué un hijo tiene que ir al paredón por los pecados de un padre. Aunque aquí, al parecer, si a alguien se le pilla con las manos en la masa, ya está juzgado y sentenciado antes de sentarse en el banquillo. No sólo él, también toda su prole, familiares y amigos..., todos culpables y al paredón. Mirusté, primero presionemos para juzgar y probar hechos delictivos, y después hablaremos. Bien es cierto que esos más de cuarenta años de bienestar social histórica de este país queda ahora más empañada que nunca. Pero de ahí a crucificar al resto de la familia porque alguien ha traicionado su confianza es como eliminar de la ecuación la fórmula matemática por haberla interpretado mal en un examen. 

La pandemia del buenismo bien es la enfermedad contagiosa que sufre el hombre masa del que hablamos antes: el que es capaz de resumirlo todo en un eslogan o es capaz de juzgar todos los hechos históricos de la humanidad con el código ético y moral del estúpido y retrógrado siglo XXI. Y en eso consiste el éxito de los líderes de los hombres masa, en contagiar a todos los de alrededor con su eslogan: si no estás con ellos, estás contra ellos (y si no, convertimos en la panacea de la sanidad un barracón moderno del siglo XV). En modo alguno exculpo de nada al que hace una fechoría. Si algo hace mal, que obre la justicia que para eso está, y no para encubrir ni para mirar a otro lado. Pero si durante muchos años los que pudieron poner las cosas en su sitio estuvieron malcriando al niño y dando por bueno todo aquello que era malo, ahora me resulta indignante que esos mismos le señalen con el dedo o, por contra, que tengan complejo de avestruz. Tanta culpa tiene el padre que le ríe las gracias al niño que comete las fechorías, como el niño que las perpetra.

Si hay algo que achacarle al ex monarca es que ha traicionado la memoria y la confianza de todos los que confiamos el timón en la persona que lideró este país durante cuatro décadas. Eso es lo más doloroso, más que todo el dinero del mundo y sus novietas de pega. Que alguien traicione tu confianza es un golpe que deja a la deriva a toda una institución y que a poco que aparezca un papel, una declaración al mejor postor (en eso hay medios expertos que han encumbrado a mamarrachos como líderes políticos), o un documento que ponga en duda la honorabilidad del actual Jefe del Estado por la mala cabeza genética de los Borbones, este país va implosionar desde la propia jefatura. Bien podría resumirlo todo una pregunta y una respuesta, ubicada en el marco de la última entrevista concedida como monarca el actual rey emérito, aquella que protagonizó junto al desaparecido Jesús Hermida:
— ¿De qué se siente más orgulloso? —preguntó el malogrado periodista. 
— De haber cumplido con mi deber — respondió el monarca.

Sí, eso lo mas doloroso. Que nos haya mentido a todos, que nos haya traicionado (presuntamente). No sólo a nosotros, la ciudadanía: también a su mujer, a su hijo, a sus nietos... Por eso no estaría de más que desde Casa Real se posicionara de una vez y tomase cartas en el asunto, sin desdeñar, desde luego, el papel fundamental de unas explicaciones bien clarificadoras del predecesor. Porque todos somos iguales ante la ley y según la Constitución, por más que la lideresa del falso hospital de pandemias pretenda meternos con calzador y sin vaselina lo contrario y su cohorte de borregos le hagan la ola. Mirusté, no se me ocurriría siquiera pensar en derrocar la democracia porque una panda de mafiosos llamados políticos aprovechen su posición de privilegio para llenar sus bolsillos y los de sus amiguetes. 

Queremos un país transparente para ver hasta el color de la mierda que cagan especialmente los que cobran las nóminas que pagamos con nuestros impuestos. Yo lo veo bien, la verdad, es lo justo. Y si con ello conseguimos que también se nos vea la nuestra cuando procuramos en la medida de lo posible evitar impuestos, pagar y cobrar en "b", o quedarnos con lo que no es nuestro a poco que el vecino descuide lo suyo.  Suena a disculpa, pero en modo alguno. Lo que me da miedo de todo esto en realidad es dejar en manos de los representantes de los hombres masa y líderes del buenismo bien de este país la Jefatura del Estado, y por una sencilla razón: el hombre-masa, en la justificación de su incapacidad para el matiz y meter la complejidad del universo en un eslogan, es un bárbaro que lleva a los tiranos al poder. Tenemos un ejemplo cercano hace cuatro años en E.E.U.U. Visto lo visto hasta el día de hoy, si hemos vivido los mejores años de nuestra historia, tampoco es menos cierto que estamos a las puertas de los peores años de nuestra existencia. Se empieza haciendo un hospital de pandemias y acabamos pidiendo el voto de la tiranía, y a lo peor nos lo meten con calzador y sin vaselina... en eso tenemos experiencia y un historial muy largo.








Licencia Creative Commons
© Daniel Moscugat, 2020.
® Texto protegido por la propiedad intelectual. 
Share:

Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

Popular Posts

Portfolio: naturaleza

Archivo

© Daniel Moscugat, todos los derechos reservados.. Con la tecnología de Blogger.

Al alcance de tu mano

Al alcance de tu mano
Puedes recibirlo en tu propia casa, firmado y dedicado. Usa el formulario de contacto que ves junto a esta imagen.

Contacta desde aquí

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Páginas vistas en total

Copyright © Daniel Moscugat | Design by SimpleWpThemes | Adaptado y modificado por Daniel Moscugat