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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Ande yo caliente...


«La hormiga es un animal colectivamente inteligente e individualmente tonto; el hombre es lo contrario». La memoria me trajo esas palabras de Karl von Frisch mientras observaba por enésima vez la actitud del conglomerado humano que aparece por el supermercado español y mucho español donde acudo a comprar habitualmente. Entrar al recinto me produce siempre un deje de aprehensión, que suele ir empañada de indignación, al ver cómo la gente abandona los carritos en el fondo del aparcamiento. Un flagrante pecado capital de absoluta pereza por ahorrarse la barbaridad de caminata de apenas veinte pasos para devolverlos al lugar que le corresponde. La dirección del supermercado decidió habilitar, en ese espacio huérfano, un receptáculo donde ubicar los carritos con el fin de invitar a los usuarios al orden. Y he aquí mi sorpresa: primero, premio para la pereza; segundo, porque el problema, lejos de solucionarse, continúa reproduciéndose del mismo modo, esto es, los carritos se amontonan de mala manera fuera de esa nueva ubicación... y también de las de siempre.

Podría ser este uno de los miles ejemplos que hablan socialmente de la raza humana, que tiene como especie la excepcionalidad de ser inteligente como individuo, pero eminentemente torpe y falto de escrúpulos como colectivo. No es de extrañar que nuestro cerebro haya menguado desde el pleistoceno. Al comparar la evolución de nuestra sociedad con respecto a la de las hormigas, según un estudio reciente, al parecer la adaptabilidad del tamaño del cerebro humano es proporcional a la eficiencia de este, y por eso su evolución natural es disminuir de tamaño para aumentar la eficiencia personal. Nuestra masa gris tiene vida propia y, según la información recibida, reflexiona por su cuenta y piensa: ¿para que necesito toda esta información que no necesito si no voy a comprenderlo ni memorizarlo todo y en nada me beneficia? De ahí que la falta de uso y trabajo, esa pereza extraña de rehusar lo que no nos sirve para el día a día aun siendo útil pars el colectivo, va minando nuestra capacidad colectiva de hacernos fuertes evolutivamente. Es algo que dejamos como legado a las generaciones postreras.

Las hormigas comparten con nosotros muchísimos aspectos de la vida social y laboral, aunque como sociedad nos saca ventaja. Sirva como ejemplo que, a pesar de que algunos individuos, y a riesgo de ser excluidos por su entorno social, cumplen religiosamente con su parte del trabajo (colocar las cosas en su sitio, respetar las normas de circulación, salir a la calle con mascarilla durante los meses mas duros y aún sin vacunar...), como colectivo somos un desastre: si no fuese así, quizá no estuviera amenazada nuestra existencia por el cambio climático. Que sí, que individualmente procedemos a aportar con nuestro granito de arena siempre y cuando no nos cueste perder la chaqueta con la llegada del invierno, pero apenas vemos que alguno que otro se saltan la norma y no percibimos que no arriesga a pasar frío por sus vecinos, procedemos a abrigarnos y a los demás que los jodan. No queremos que nos tomen por tonto... Sería inimaginable este comportamiento entre las hormigas y verlas destruir su hábitat con tal de sacar rentabilidad individual. 

Así que nuestro cerebro ha menguado desde el pleistoceno porque nos adaptamos... a lo cómodo, que es como decir a limitar nuestro conocimiento con lo que nos es útil para desarrollarnos como individuo. Quizás aún deberíamos aprender como colectivo lo que significa trabajar en equipo confiando plenamente unos en otros; en actitud abierta, sean de mayor tamaño, distinto color, forma o actitud individual; abiertos a todo el mundo y a adaptarnos a cualquier circunstancia en grupo; diligentes; y con capacidad de reagruparse sin un ápice de dudas cuando las circunstancias lo requieren... tal y como hacer las hormigas. De trabajar así durante la pandemia habríamos mitigado su azote mucho antes... y los carritos de la compra seguro aguardarían siempre en su lugar sin que nadie tenga que perseguirlos por doquier para ubicarlos donde le corresponden. Pero, la pereza nos puede, y la estupidez del individuo prevalece siempre por encima del colectivo en aras de su propio beneficio. Ande yo caliente... 








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¿Os acordáis cuando las noticias eran aburridas? (y II)


Entretenimiento. La plebe quiere entretenimiento para escapar de la realidad cotidiana. Las noticias son hoy un entretenimiento más. Poco importa si son veraces o no. Si son de interés o no... Hasta las reproducciones de los vídeos virales de personajes mediáticos se convierten en primera plana de los medios de comunicación nacionales. Lo que importa es que dé juego, que se oriente hacia el interés frívolo de la expectación, que resulte espectacular, entretenido, y lo mismo sirva para conversaciones de taberna que para sazonar las reuniones familiares, que propugnen debates insustanciales. A menudo esto provoca que las mentiras se tapen con mentiras. Y para los mentores o creadores de expectativas y noticias su único bastión es el rendimiento económico: los «likes», los «retweets», los «clics», cualquier cosa que monetice el titular, por falso o torticero que sea. Vende más el dolor que la alegría, el escándalo que la honestidad, la mentira que la verdad. «No dejes que una buena noticia te estropee un titular».

Lo que menos podría imaginar es que, avanzado el siglo XXI, este período de asueto estival que ya nos dejó ha puesto de manifiesto que tengamos que estar defendiendo derechos logrados tras siglos de lucha, conquistas y democratización de la sociedad. 

La peor manifestación de la violencia machista, que tiene innumerables y macabros rostros, viene de la mano de la violencia vicaria: la de un monstruo que algunos nostálgicos (y sus hooligans acólitos) de otros tiempos, en los que se permitía y se premiaban actitudes de este calibre, siguen negando con una caspa y pasmosa locuacidad que produce hasta pavor. Ese discurso «intrafamiliar» de odio y desprecio hacia la mujer ha permeado en la finísima piel de quienes tienen por orgullo la bandera rojigualda, pero que con sus actitudes y su ignorancia vilipendian y demonizan la democracia, y por ende la Carta Magna. El ruido mediático de las niñas asesinadas quedó tristemente ensombrecido por el debate público de quienes siempre anduvieron de pella en pella faltando a clase de ética, moral y democracia. Insisten, con la venda rojigualda en los ojos, en negar la realidad e intentar imponer criterios ideológicos afortunadamente sepultados en Mingorrubio. Al  final, apenas rompió la ola sobre la orilla del verano y desapareció sobre la arena, las aguas del circo mediático pronto desterraron la macabra ejecución de un monstruo, indigno de llamarse humano, del panorama mediático y del espectro político: ni siquiera los del ático se molestaron en insistir para procurar el descanso de una madre que nunca lo hará mientras su pequeña continúe en el fondo del mar. Apenas el conjunto de la sociedad terminó por aburrirse de manosear el espectáculo dantesco, pasó a otro tema en lo que se tarda de cambiar de canal..., de muro, o de perfil.

Precisamente del fondo inescrutable del mar económico siguen saliendo cuentas y más cuentas del Rey emérito. Esa presunción solapada de acumular riquezas que nunca podrá gastar en vida, y que ni siquiera sus herederos quieren tocar por su origen dudoso, entristece sobremanera. De nada le ha servido el largo currículum de valiosísimos servicios ofrecidos a la patria, si al final de sus días el mar, en esa muestra honrosa de la que hace gala, saca a la luz desde las profundidades ese polémico afán por acumular riquezas de manera ilícita, en vez de hacer acopio del cariño de todos sus conciudadanos. Triste final para el jefe del estado de la transición, a quien se le reconocerá por sus incalculables trapicheos en vez de por sus impagables servicios al estado...  quizá malentendió que merecía rentabilizarlos y de ahí su meticulosidad para ocultarlo todo en la patria de bob esponja.

Triste final tendrá nuestro patio de vecinos cuando se es capaz de liquidar la vida de un muchacho que apenas comienza a vivir al grito de «puto maricón», «mereces morir, maricón» o «te voy a matar, maricón». Siempre son la misma calaña cobarde que se sienten «hombres» apalizando en manada a su víctima. Animales salvajes que se amparan en los resquicios de la ley para campar a sus anchas y destrozar todo lo que le moleste de la comunidad. Y el vecino del tercero derecha que siempre sale a interpelar a gritos para defender esas conductas y justificarlas con la biblia en la mano derecha y la patria con la siniestra. Así emulan a los enemigos integristas del otro lado del planeta que actúan con idéntico modus operandi, aunque con el escudo del Corán para justificar lo injustificable. En definitiva, el derecho a la libertad constitucional y democrática a ser como uno quiera, amar a quien quiera, vestir como quiera y pensar como quiera está cada vez más en tela de juicio. Y así, poco a poco, tacita a tacita, manifestación tras manifestación, jugosos titulares de prensa tras jugosos titulares de prensa, los índices de delitos de odio van en aumento mes tras mes, año tras año... y más pobres Samueles irán desfilando hacia el camposanto porque unos matones del tres al cuarto se reúnen valientemente en grupo para ajusticiar a los que no piensan como ellos, no visten como ellos, o no tienen sus mismos gustos, y además se sienten respaldados por el afán de los medios a publicar titulares grandilocuentes, alarmantes y provocadores que les reportan pingües beneficios... Todo un ejemplo de respeto, educación y democracia.

Una reflexión breve: que la sociedad islámica asuma los valores de occidente es algo que, por muchas insistencias invasoras que valgan, será inasumible siempre, pero que occidente asuma los valores islámicos radicales es, a todas luces, un hecho incontestable; los del tercero derecha, muy dados al matonismo chabacano y casposo de glorias enmohecidas de fascismo, ha asumido ese papel integrista radical que asume con un libro sagrado en la mano y con la otra saludando en alto al grito de «seig, heil». Dicho lo cual, creo que pocos análisis más pueden hacerse respecto de la «reconquista» islámica de Afganistán. Un drama humanitario y geopolítico del que aún no somos conscientes de sus consecuencias, pero que antes o después vamos a lamentar. 

Ese integrismo insurgente casero, que copia su proceder de los talibán, se inmiscuye y apropia de todo, o al menos lo intenta; hasta de los logros humanos de los Juegos Olímpicos. Señalan con el dedo a quienes critican su intolerancia y antidemocracia, o simplemente son críticos con sus discursos que no caben, por lo inflado que es siempre el helio populista, dentro del patio común de vecinos: el racismo, la homofobia, la xenofobia, el machismo y la intolerancia generalizada a todo aquello que sea contrario a sus versículos. Los Juegos Olímpicos nos dejan siempre éxitos y fracasos. Esta vez pareciese que sólo fueron éxitos a medias. Los decibelios y el ruido mediático de los titulares que buscan el morbo fácil, el escarnio y sobre todo la rentabilidad de los clics tapan la realidad y el sentido del deporte: la superación, el logro, el esfuerzo..., la confraternidad.

Sin habernos percatado, hemos sido testigos del peor verano de la historia, y a su vez el preludio de que todavía pueden llegar otros peores que este. Me gustaría ser optimista, pero cuando lo procuro la ciencia echa por tierra toda mi positividad: desde que se tienen registros, nunca antes el ser humano ha sido azotado por un verano tan singular y con tantísimos desastres naturales por fenómenos metereológicos. Hasta la corriente atlántica parece acercarse a un umbral crítico que provocará un desastre generalizado en la comunidad de vecinos, que nos abocará a cada uno a salir por piernas a ninguna parte, y todo ello desembocará en una ristra de consecuencias catastróficas que caerán una tras otra como fichas de dominó.

Me dejo para el final la aluminosis que padece el edificio de esta comunidad. Su estructura empieza a tener algunos visos serios de venirse abajo a poco que el integrismo vea oportunidad de meter cuñas en las areniscas de lo que fue en otro tiempo sólido hormigón. Van a hacerse una idea del histrionismo y esquizofrenia cuando vea cómo el máximo organismo que vela por los estatutos de la comunidad condena su propio estatuto de ilegal, e incluso los mecanismos de defensa creados por el propio estatuto los considera inconstitucional... El edificio se viene abajo en el tiempo de un parpadeo y no hay manera de encontrar un porqué: el vecino que pidió que se suspendieran los plenos de la comunidad de vecinos, por la llegada de los caminantes blancos, recurrió contra esa misma decisión al mismo tribunal, que a su vez suspendió los plazos de sus decisiones, que no se podía suspender los plenos, aunque en realidad ni se suspendieron, sino que se aplazaron, nunca se suspendieron (sólo los plazos de enmienda). O sea, que si la horda de caminantes blancos vienen a invadir la comunidad y se decreta un estado de alarma para evitar que entren en el edificio, aunque eso supusiese sacrificar derechos básicos, hay que ser muy Lannister para negar los hechos y sentenciar a favor de dispararse en el pie. Y la justicia, que mana del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, anda enfrascada en los tejemanejes que se tienen entre manos los del ático y el quinto derecha, y al resto de vecinos que nos den. Esta comunidad es la única en el planeta que ha decidido autoliquidar el estado de derecho por haber tomado las mismas medidas que otras comunidades contra los caminantes blancos, como la Guardia de la noche que liquidó a su lord comandante por salvar a sus enemigos de los caminantes blancos. Es que somos muy de la casa Lannister...

Pues sí, todo es consecuencia de que nos hemos hecho a la idea, y asumimos como algo habitual y cotidiano, premiar la irreverencia, la mezquindad, la pillería, la falta de decoro, el insulto fácil y los zascas, el déficit educacional, el «bulling» contra el débil... Todo sea siempre por premiar nuestro bando, y liquidar el contrario. En vez de observar las cosas desde todos los prismas posibles, calzarse los zapatos de los demás antes de alzar la voz, preferirnos dispararnos en el pie. A quién le importa las buenas noticias, las saludables, esas noticias que provocan sosiego y bienestar... esa basura no produce nada. Lo que provoca reacción visceral es que, sean falsas o malintencionadas, vayan cargadas de rédito económico potencial. Lo importante es que los titulares sean llamativos, que entretengan y saquen del sopor al populacho. ¿,Os acordáis cuando las noticias eran aburridas?... Las echo mucho de menos, porque al menos eran veraces. Aquello era saludable. 






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¿Os acordáis cuando las noticias eran aburridas? (I)


Vivimos en una aldea globalizada (que no global) donde  se premia con demasiada frecuencia la irreverencia, la mezquindad, la pillería, la falta de decoro, el insulto fácil y los zascas, el déficit educacional, el bulling al débil... Se premia la poca vergüenza y el sinvergonzerío, la falta de respeto y la humillación. El auge de partidos políticos homófobos, racistas, clasistas, machistas, e incluso negacionistas de la existencia de las obviedades más sublimes de la historia de la humanidad es patente gracias, en muy buena parte, a esa tendencia. Algo que parecía encaminado a un destierro definitivo ha encontrado su sitio en nuestra comunidad con aspecto de moda más que peligrosa. 

Todo un verano sin aparecer por este blog ha dado para mucho, sobre todo para poner el foco en todo lo que dije antes en forma de actualidad noticiera. Reflexionando de manera global, eso me trajo a la memoria una frase que en su momento me dejó estupefacto, por la cantidad de cosas que sugiere, y traigo aquí a colación de lo susodicho. El actor Russel Tovey, en la serie Years & Years, da vida a un funcionario de la vivienda en Manchester y frente a la demanda y progresión populista de noticias falsas que desparramaban las redes sociales, y en especial la televisión, hace una pregunta retórica al resto de su familia: «¿os acordáis cuando las noticias eran aburridas?».

La serie se centra en especial en desentrañar los mecanismos del populismo fascistoide, tan en auge ahora, bajo el paraguas de un humor ácido y muy británico. Es tan elocuente que deja en evidencia la originalidad y el ingenio político de quien logró convencer a los vecinos de la comunidad de la llegada del ogro comunista. Es, sin lugar a dudas, la evidencia que mejor demuestra que una sociedad mal informada es una sociedad manipulable. Puede que hasta usted visualice a un director de campaña electoral haciéndose valer como el MAR más original de la década, que a todas luces parece haber encontrado un filón en los guionistas de la serie, pues sigue a pies juntillas cada uno de los pasos y metodología discursiva de Vivienne Rock (que encarna una inconmensurable Enma Thompson emulando cualitativamente a Trump, con tintes coloridos del movimiento cinco estrellas de Berlusconi). No estaría mal enviar a los escritores de la serie una caja de bombones y una botellita de champán por el ingenio prestado.

En definitiva, su éxito se basa en lo grandilocuentes que sean los titulares, en inflar el globo del populismo de helio. Poco importa que las noticias sean falsas o malintencionadas. Lo importante es que los titulares sean llamativos, que aquéllas no sean aburridas, que den juego y apele al sentimentalismo gastrointestinal. Sirva como ejemplo elocuente que si hay capacidad de hacer creer y convencer a los vecinos de la comunidad que un barracón de mala muerte es un hospital de pandemias, la cosa hay que tomársela en serio. Es una especie de globo aerostático donde la falta de respeto, las mentiras y las medias verdades son un modelo de convivencia, capaz de intoxicar el debate público con chascarrillos de caverna y vino rancio, y acudir al insulto como bandera para echar a volar.

El prólogo de un verano sin igual comenzó con altas temperaturas. El poder de las noticias se encamina hoy al puro entretenimiento, a indagar en el ánimo de los lectores y azuzarlos, y en gran medida a obligar al personal a que piense con las tripas. Y, ¿por qué no? Crear competencia para el Instituto Cervantes con el fin de regalarle el chiringuito a quien no sabe qué hacer con su vida, porque los escenarios le quedan grandes y muy lejanos, pero le sienta como a los ángeles eso de poner mojitos con ñ y sombrillitas de colores para refrescar el cotarro vecinal. Son las ventajas de ser hooligan acólito, un refrigerio para un verano árido y soso.

Nada mejor para demostrar que no se ha aprendido nada durante el curso escolar es el período estival. Parece que a más de uno y de dos le regalaron los créditos en la universidad, el beneplácito de un título o incluso sacarse un máster desde casa. Es lo que pasa cuando uno se esfuerza en copar titulares de prensa que no se llegaría a vacunar al 70% de la población hasta dentro de cuatro años, que llega el final del verano y el sonado bofetón sanitario parece que se ha oído hasta en el parlamento europeo. O cuando uno quiere defender la libertad cubana para ser foco patriótico, pero eres el vehículo de creación de la legislación que encarcela en tu cortijo a cientos de animales por opiniones menos incendiarias que las que algunos terroristas que se hacen pasar por periodistas estrellas, que parece que ni necesiten protector solar bajo un lorenzo de 40⁰ a la sombra. Luego, esos que faltaban a clase de convivencia y respeto, los que se saltaron las clases sobre todo de democracia, se quejan por las esquinas cada vez que hay rebelión en la granja.

La luz, ese bien energético disfrazado ahora de elitismo, que quiere imponer una inflación a la plebe digna de nobles y reyes, también hace su guerra en verano, en lucha abierta, descarada y declarada contra el imperio socialcomunista. Y lo peor es que los alumnos que hacían sus pellas durante el curso, y ahora exhiben con orgullo sus títulos de CCC y los regalados por la uni Juan Carlos I, exigen medidas para paliar contra las energéticas que luego denigran y votan en contra. Peor aún: abrazan y defienden a sus amigos los de la luz para que les ilumine cuando el chiringuito de la comunidad se agote y se vean abocados al recaudo de las velas para vender mojitos por las esquinas. Sacan la cara y los dientes por esos que son capaces de desaguar en pleno verano las presas para rentabilizar al máximo sus cuitas energéticas, haciendo padecer a los entornos rurales la pérdida del recurso más preciado que poseen para sus rebaños y sus regadíos: el agua. Lo hilarante del asunto es que esos mismos alumnos desaventajados gritan a pleno pulmón en protesta por la subida del precio de la carne, los quesos, la leche y las hortalizas... que ir al mercado es un lujo y no hacen nada para impedirlo: todo culpa de las hordas socialcomunistas que viven en el ático. Además, oiga, el populacho no tiene ni para comprar el hielo que refresque los cubatas con estos recibos desorbitados... Y así creen los de las pellas que van a convencer a los votantes de que van a defender los intereses de la comunidad de vecinos. Es muy probable que a sus hooligas acólitos sí, pero difícilmente al resto del vecindario.

Todo esto viene a ser como aquello de las etiquetas Nutri-Score, una especie de semáforo sobre lo que sí o lo que no deben comer los vecinos que van a comprar al súper. Cuando los del quinto derecha, los de las pellas en el cole, vivían en el ático lo promovieron. Y ahora los nuevos inquilinos, que van a dar luz verde a la implantación del semáforo nutricional, son traidores a la patria del patio de vecinos, de los cohabitantes del ascensor y de los que aguardan en el rellano a que escampe el temporal: odas y más odas a la incongruencia, que es el sino habitual de los del quinto derecha, el quiero y no quiero porque puedo y no puedo.

Lo más consecuente que esos alumnos rezagados debieran preguntarse es qué quieren ser de mayor, porque esa determinación constante de contrariedad y crítica por el esfuerzo sólo transmite incertidumbre. Y lo que es peor es que la negación de la realidad les empuja, como dije al principio, a llamar la atención a base de pataletas altisonantes y grandilocuentes para que los titulares sean llamativos y que las noticias no sean aburridas, que den juego y apele al sentimentalismo gastrointestinal. Ese tono con ínfulas de intoxicación del debate público, limpio y respetuoso hace que los titulares den pingües beneficios a sus benefactores, y a ellos en forma de fama y gloria.

La política debería ser un motor generador de soluciones a los problemas de la comunidad, pero se ha convertido en un espacio generador de éstos, donde el respeto debería formar parte fundamental de un proyecto constitucional de convivencia, de un proyecto de país, que es en sí mismo el paladín de la democracia, su esencia. Sin embargo, nos encontramos un lenguaje cavernario y tabernario, donde el insulto y la descalificación está a la orden del día, y donde la única motivación de los señores diputados de participar de la democracia es soltar su speech electoral con el fin de acaparar likes en las redes sociales y aglutinar acólitos para la causa común: hay que intoxicar el agua del debate público con el fin expulsar al enemigo del ático... «¿Os acordáis cuando las noticias eran aburridas?».

CONTINÚA LA PRÓXIMA SEMANA...







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Crónicas Marcianas


Cada poco tiempo, más bien cada año por estas fechas de asueto preveraniego, vuelvo a los clásicos de la literatura universal, según lo que haya deparado la temporada. Aprovecho para dedicarles tiempo y rescatarlos del tan temido olvido. Y en ello me hallo ya en estas fechas, adelantándome a la costumbre que acabo de inaugurar con las Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Poco tengo que comentar de una obra que me produce, como el primer día que la leí, una especie de efecto espejo que me deja siempre en un estado de melancolía embargado por ciertos tintes de tristeza. Me reconforta nada de lo que hallo de confort en las reflexiones maestras del poeta de la ciencia ficción.

Ray Bradbury declama, en esta compilación de relatos, a cual más hilarante y mordaz, una fotografía que se me antoja más de actualidad que nunca. Sin necesidad de mirar al imperio globalizador de esta sociedad que hemos construido para autodestruirnos, voy a desgranar una sarta de absurdeces que, sin necesidad de salir de nuestras fronteras (y fuera no digamos), ya predijo el escritor estadounidense. Sírvanse ustedes mismos, según sus partidistas y sectarias orografías políticas y vitales, cómo encajar las piezas con lo que hacemos contra nosotros mismos con el fin único de imponer nuestro criterio a los demás, someterles para que obedezcan nuestra voluntad, o simplemente aniquilarles para allanar nuestro camino (es tan difícil en el fondo ser demócrata y practicante...).

Crónicas marcianas presenta a una raza humana desesperada por explorar otros mundos con el fin de salvarse de la decadencia y la problemática vital de continuar habitando el planeta con mínimas garantías. Llegados al planeta rojo, a grandes rasgos, hay ciertos escollos que ven difíciles de aceptar del ciudadano autóctono: el color de la piel y de los ojos, el enrarecido aire polvoriento y seco, una cultura y mentalidad diferentes, una filosofía de vida difícil de asimilar («Los hombres de Marte comprendieron que si querían sobrevivir tenían que dejar de preguntarse de una vez por todas: «¿Para qué vivir?» La respuesta era la vida misma»). Por lo que el único medio posible de poder habitar (y no cohabitar) en el planeta rojo era someter o aniquilar a sus habitantes. Sin embargo, los marcianos consiguen, en primera instancia, a través del engaño o la violencia, rechazar los primeros envites de los terrícolas. Hasta que las propias bacterias y virus varios comunes entre los humanos acaban con ellos en poco tiempo.

El tsunami imparable de la raza humana empuja a despreciar tanto la cultura como el modo de vida marciano, aunque al igual que en cualquier expolio habido y por haber en nuestra Historia, un integrante de las muchas expediciones (Spender), queda tan impresionado ante tanta belleza, que siente la necesidad de defender el bastión rojo aunque costase la vida de sus correligionarios, algo así como un teniente John Dumbar en defensa de los sioux. Pero nada parará al ser humano y la colonización acaba siendo un hecho y se deja notar en todo el planeta rojo, cuyo parecido con la ancestral y natural civilización es puro cuento chino, convirtiéndose en una réplica de la vida en la Tierra.

Los afroamericanos, por su parte (si escribo negro puede que me tachéis de racista), pretenden desplazarse por millares a la tierra roja prometida, pero un supremacista blanco, cuya existencia ha sido un dechado de sufrimiento infernal para los descendientes del hombre de Grimaldi, ve que corre el riesgo de quedar sin sentido su existencia y luchará por evitar ese éxodo para así poder seguir infligiendo su decálogo supremacista contra los negroides.

El ser humano, asentado ya en Marte, ha prohibido cualquier manifestación fantástica, terrorífica o que incite o manipule el psique del prójimo, como hacían los predecesores del planeta colonizado, convirtiendo en gilipollez las relaciones humanas, cuidándose siempre de lo que decir, de cómo decirlo y de qué manera decirlo. Hasta unos misioneros llegados a Marte se cuestionaban si encontrarían nuevos pecados jamás antes conocidos en la Tierra. Lo que encuentran son marcianos que les invitarán a conocer un nuevo estado de gracia.

El punto de inflexión en todos los relatos se dirime en la exploración de las dos facetas que conviven simultáneamente en el corazón de nuestra especie, nuestros logros y fracasos, nuestras glorias y tragedias, virtudes y defectos; si bien es cierto que éstos últimos reciben más atenciones («¿Puedes reconocer lo humano en lo inhumano?» ─y el otro responde─ «Preferiría reconocer lo inhumano en lo humano»). Porque la principal diferencia de los marcianos con los terrícolas está en lo que han llegado a ser: todo aquello a lo que deberíamos aspirar («Renunciaron a empeñarse en destruirlo todo, humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en verdad la ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro»).

Todos estos cuentos tienen un trasfondo humanista, cincelado por un desarrollo poético narrativo, más preocupado por lo emocional que por la realidad marciana: su aire irrespirable, el entorno árido y extremo, la civilización ancestral... Ray Bradbury presenta a la raza humana como colonizadores orgullosos, arrogantes, maleducados, egocéntricos e irrespetuosos con la cultura nativa, con la cultura «diferente». Insatisfechos por la conquista, sometimiento y en ultima instancia aniquilación, se sirven de las huellas de su civilización para practicar puntería y hasta usan canales de agua como vertederos. Encontraremos, además, un espectro pesimista que nunca logra redimirse y cierra cualquier puerta a la esperanza. La tendencia autodestructiva del ser humano se filtra por las rendijas de cada línea («Nosotros los terrestres tenemos un talento para estropear las cosas grandes y bonitas»).

Podría seguir desgranando lo que significa el ser humano según las siempre, y sin embargo nada proféticas palabras de Bradbury. Pero sería una redundancia tan aburrida y cíclica como la realidad que nos toca vivir de Casados y Abascales, de Arrimadas y Sánchez, de indultos y violencias machistas, de Orbans y Merkels, de palestinos e israelíes, de blancos y negros, de orientales y occidentales, de Trumps y Putins, de guerrilleros y oenegés... Porque esta historia que hoy escribe el ser humano ya la escribieron hace muchos siglos, sin tecnología punta de por medio, los primeros ancestros que habitaron el planeta. Y a fuerza de autodestruirnos una y otra vez hemos llegado hasta aquí, a este siglo XXI, imponiendo autoridad y sometiéndonos unos a otros hasta llegar a un límite que no está muy lejos de desbordarse por el abismo de la nada y autoeliminarnos, en última instancia, de la ecuación de la vida en el planeta tierra y no tenemos atisbos de poder habitar Marte ni ningún Marte que valga.







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Saldremos mejores

Esto del coronavirus, por mucho que insista en no permitirlo, siempre vuelve. Así es el pasado, así es el karma y así es el universo. Por cierto, hay una teoría física que explica los pormenores tras la gran explosión que dio lugar a éste, del que apenas conocemos una infinitésima parte. Tras el Big Bang, la densidad con la que se expande sobre la nada, como cualquier explosión, se frenará poco a poco hasta detenerse. Los elementos que lo componen comenzarán a comprimir la materia hasta colapsarse en un mismo punto, volviendo todo a su lugar. Quedan aún unos pocos milenios por delante hasta que el Big Crunch, que es como se conoce esta teoría, se produzca. 

Ha decaído el estado de alarma y, tas ver la lamentable e irresponsable actitud social de una parte de la población de todo el país, me viene a la memoria aquellas semanas previas a la vuelta al cole en septiembre, hace apenas unos meses. Nos llevábamos las manos a la cabeza y creíamos que aquello iba a suponer una ciclogénesis explosiva de contagios, brotes y fallecidos por doquier. Que la irresponsabilidad del gobierno se iba a cebar contra todas las familias de este país de un modo u otro (como casi todo movimiento institucional a lo largo y ancho de este trance del que todavía sabemos apenas un huevo de pato). El tiempo ha dictaminado sentencia. Los niños han demostrado ser infinitamente más responsables que sus mayores, han aprobado su via crucis con matrícula, sin abordajes virales de ningún tipo y con apenas unos pocos brotes residuales que se han atajado de manera más o menos ejemplar por parte de toda la comunidad docente, a quien hay que otorgar medallas del tamaño y valor que los que merecen los sanitarios de este país. 

Los niños han dado una lección de concienciación y de saber estar sin ser conscientes en realidad de la magnitud de todo lo ocurrido, más allá de lo que captaban en televisión o a través de lo que sus mayores les iban desgranando y a pesar, en gran medida, del mal ejemplo de éstos. Han visto el temor y el pánico transmitidos por los adultos y han reaccionado con extraordinaria disciplina a tenor de los hechos. Ellos responden siempre al ahora, porque, como lo dijo Gabriela Mistral, «no pueden esperar, porque (para ellos) ahora es el momento, (...) a él nosotros no podemos contestarle mañana, su nombre es hoy». Con ellos se puede reducir a la mínima expresión la complejidad de los matices de un porqué y son disciplinados sin rechistar. 

En paralelo a esas circunstancias, existe un vaho maloliente y fétido que mana de la ciudadanía en general, y la prensa en particular, en forma de protesta contra las displicencias de los mandatarios. Un sentimiento generalizado porque les tratan, dicen, como a niños pequeños. Visto lo visto, acuden con ese espíritu, unos a las urnas y otros a escribir sus crónicas, titulares y noticias, como quien acude a las plazas de los pueblos y ciudades de España gritando libertad ante la caída del estado de alarma. Bomberos que se lanzan a la calle a quemar en la hoguera todo cuanto se ha escrito a 451º Fahrenheit. Todo cuanto ha sucedido. Nada importa. Así es la sociedad del «no pueden esperar, porque ahora es el momento».

Que vivimos en una sociedad infantilizada, creo que a quien tiene dos dedos de luces no le cabe la menor duda. Se ha extendido como un mantra consignas como «joven a los setenta» o «siempre niños». Que las estaciones vitales han de vivirse como un juego... vive el momento... tempus fugit... carpe diem. Le pedimos al sol que permanezca continuamente en el cenit para disfrutar de la misma hora de luz las veinticuatro horas del día, en un ejercicio terraplanista sin precedentes en nuestra breve historia. Llega unas elecciones y si hay algo que los niños tienen claro es la conciencia de lo que no les gusta. La línea difusa de lo que quieren se diluye porque su momento es el ahora, y el mañana... el mañana será otro momento, otro ahora (así de sencillo se explica el auge fascista en todo el planeta). Votan como lo que son en realidad, sabiendo lo que no quieren sin conciencia de lo que quieren para su futuro, porque su futuro es el ahora: les han vendido que tomarán el cielo en la terraza de cualquier bar, lejos del comunismo que desapareció ya hace décadas. La diversión es gracias a los buenos y las consecuencias perniciosas a los malos. Vaqueros contra indios. Policías contra ladrones. Azules contra rojos... Reducir a la mínima expresión la complejidad de matices de la democracia para que «los niños» lo entiendan, lo asuman y sean disciplinados sin rechistar.

El año pasado por estas fechas esos locos bajitos fueron los primeros que salieron como posesos a disfrutar de la libertad tras el confinamiento, con conciencia y respeto hacia lo que les había confinado. Y ahora que ya casi acaba el curso escolar han demostrado una madurez y un saber estar impropios, inherentes diría yo. Hoy los adultos han salido como posesos a disfrutar de la libertad, azuzados quizá por el grito moda de estos últimos tiempos que algunos esquizofrénicos han querido asemejar incluso a la caída del muro de Berlín: los idiotas solo pueden decir idioteces. Ya desearía yo que estos energúmenos irresponsables (tanto los que hablan como los que actúan) tomasen ejemplo de los niños. Porque no hay grado de evolución que explique el retroceso que experimenta la raza humana. Queda claro que este universo tan particular ha comenzado ya a comprimirse y no anda muy lejos el momento de colapsarse en el único final posible que le queda, un agónico Big Crunch. «Saldremos mejores», decían. Saldremos mejores...







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Sin margen para la duda



No tenía intención de escribir nada por estos lares, por lo menos hasta que llegaran días de asueto veraniego, y el relax y la rehabilitación a tanta crispación social, inútil, despejaran el cielo de la templanza. Si en algo me ha afectado este período de pandemia es que he perdido las ganas de hablar con la gente, porque, entre otras cosas que ocuparían decenas de páginas, he comprobado que si no le dirijo la palabra a nadie, nadie hace nada por comprobar siquiera si estoy vivo. Me había autoimpuesto este confinamiento intelectual, más bien prolongado, dado el desánimo que me provoca la creciente deshumanización del personal por cualquier rincón del planeta. Lo hemos podido comprobar este ultimo año, con una desastrosa pandemia como panorama desolador y revelador que sólo ha servido para abrir más la brecha entre ricos y pobres. Además, he de apostillar, para quienes piensan y critican sotovoce, que en este espacio me extiendo todo lo que considero necesario, sin la limitación de palabras que impone el escaso espacio de la prensa escrita, y donde me siento absolutamente libre.

Me ha dado por hacer memoria y qué lejos quedan ya los aplausos a los abnegados sanitarios, la labor de los trabajadores esenciales, los sacrificios económicos, y nuestros obligados confinamientos, al margen de un ciento de razones que podrían hacernos pensar que después y a pesar de todo había esperanza en el ser humano; máxime cuando la ciencia ha logrado un hito histórico sin precedentes: desarrollar una vacuna para un virus desconocido y letal en menos de un año y en pleno apogeo de su actividad. Una proeza de la que no se hace todo el hincapié que se debería. En fin, no voy a retomar el tema más allá de lo que ya he declarado por aquí hasta la fecha sobre la pandemia y los efectos colaterales. Dicho esto, lo que me produce zozobra de verdad es haber sido testigo de lo depredador que es el ser humano para el ser humano. Y de ahí que quería plasmar, en este mi territorio, el circunloquio que tecleo en este momento, mal que me pese.

Que vivimos tiempos convulsos, creo que a nadie le cabe la menor duda. Tal vez sea precisamente eso, que existan demasiadas personas que albergan demasiadas certezas sobre sobre todo lo divino y humano. No veo a nadie dudar de nada, ni siquiera de sí mismo, ni un ápice. Cosa que también me produce desasosiego, incluso ansiedad, dado que la duda es el principio de la sabiduría y vivimos entre tanto individuo con tal clase de seguridad y certeza que da hasta cierto temor abrir la boca (razón de más para llevar año y medio alejado de las redes sociales). Entonces, si aparece por el horizonte alguien que pretende sembrar dudas, como un resorte se conjura, desde todos los frentes posibles que dispongan de megafonía, una caterva de opinadores profesionales lapidando sin piedad lo que en su gran mayoría desconoce. Se convalida así, en público y sin pudor, lo que se conoce como «el chivo expiatorio». Comento brevemente cómo funciona algo aparentemente sencillo y que se estudia en antropología.

Surte siempre el efecto esperado en la mayoría de las ocasiones. Es decir, marginar al señalado y perseguirle hasta la extenuación, para expulsarle del grupo o destruirle en última instancia. El origen data en esa época en la que el pueblo de Israel elegía al azar un chivo que debía sacrificarse a Jehová, a manos del sumo sacerdote, y otro que cargaba con las culpas del pueblo y acababa entregado a Azazel, abandonado en el desierto, no sin antes propinarle una buena tunda de pedradas sazonadas de una cascada de insultos recurrentes.

Tomando esto como referencia, la víctima, el chivo expiatorio, suele tener siempre el mismo perfil: alguien diferente o que piense diferente del resto del grupo o mayoría, un extranjero, alguien nuevo en la comunidad, una mujer, un discapacitado..., independientemente de si posee un cociente intelectual alto o no. Para que el resto del rebaño se pronuncie en su contra, siempre hay un instigador inicial que, o bien envidia, o bien desprecia o repele lo que representa o es esa persona. Que la novedad acapare atención supone perder el protagonismo ante el grupo porque todas las miradas se focalizan en ella. A continuación se desarrolla el proceso de contaminación, es decir, esa novedad sobre la que se arrojen todos «los pecados» del grupo y a quien se pueda lapidar con la connivencia y aprobación de todos. Por último, se desencadena la catarsis colectiva, que es cuando se sacrifica a la víctima en pos del orden «democrático», de la paz y la prosperidad inicial.

Suele pasar en esta sociedad preñada de redes sociales y grupos de WhatsApp que todo trata de apilarse en grupúsculos interconectados de un modo u otro, donde se congregan todos los conceptos sociales uniformados y sin fisuras: igual da el cultivo del pomelo o el punto de cruz, que ideologías fascistas o personajes públicos. A mi juicio, y lamento tener que decir esto, el periodismo actual se ha erigido como la herramienta instigadora fundamental en el ejercicio extremo de dividir y azuzar, de bipolarizar y sentenciar qué es bueno y qué no; se suma la política, como parte contratante de un binomio difícil de separar y que interpela a ese cuarto poder para que la mesa pueda ser estable. Parece que el estadio de los matices en el que debe desarrollarse una democracia es inviable y reprobable; todo debe ser blanco o negro, o rojo o azul. Ese binomio, a día de hoy indisoluble, ha permeado en la sociedad y empujado a un abismo sin control en una espiral hipnótica en la que no se duda nunca en señalar con pelos y señales a quienes el populacho debe sacrificar en la pira de las vanidades, no sin la conveniente cascada de improperios e insultos recurrentes. Cualquier sospechoso de ser contrario a las ideas que los medios y sus consortes políticos, económicos, y acólitos en general defiendan o amparen será objeto directo de una disección meticulosa e hiriente. La turbamulta del populacho lapida sin piedad, al mas viejo estilo del Israel de Jehová, sin que medie el margen de la duda, o dicho de otro modo, la presunción de inocencia contemplada y protegida por ley. Si alguien te señala con el dedo y lo promulga desde el altavoz adecuado, estás vendido.

En estos tiempos modernos nos encontramos sobresaturados de información, en su mayoría difícil de digerir y sobre todo de creer, que los cientos de miles de usuarios de las redes sociales no dudan en festejar, propagar, opinar y nunca les falta un argumento (las opiniones, como el culo: todo el mundo tiene uno); usando el teclado del teléfono móvil o del ordenador de sobremesa para lapidar al incauto de turno. El problema suele venir derivado de la poca comprensión y lo difícil de entender que suelen ser las noticias, porque los mensajes acostumbran a ser breves, los titulares atropellados y confusos (y habitualmente mal redactados) y la falta de objetividad un mantra cuyo fin único es hacer caja con cada clic del usuario en el enlace. Si te alimentas todos los días de McDonald's, no lamentes acabar perdiendo la salud, si no la vida...

Podría estar hablando hasta la saciedad sobre esto, sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad, y lo peor de todo es que en gran medida estos síntomas de chivo expiatorio se dan en numerosos entornos disfrazados de «democracia», infligido hasta por los grupos pseudoculturales que, dada su posición de privilegio (y en algunos casos desde las propias instituciones) emulando prácticas de la mafia calabresa o siciliana, se ceban con cualquiera que despunte o tenga perspectiva de despuntar, sea crítico con el grupo, tenga ideas diferentes o vaya por su cuenta y riesgo... Actúan al amparo del mimetismo y del silencio, la discreción y la falsa educación, aprovechando un buen nombre construido a base de lápidas que dejaron atrás en el tiempo y olvidadas.

Me apena el grado superlativo de desprecio del ser humano para el ser humano de este siglo XXI. Creí que ya sería hora de aprender una gran lección que ha quedado obsoleta cono tantas otras a lo largo de la historia. Es sobre todo la falta de humanidad y de concienciación lo que me entristece: la salud es vida y no dudamos en desprotegerla a la menor oportunidad que se nos presenta, a cambio de un plato de lentejas o un festín al becerro de oro. Con todo lo que hemos visto a lo largo y ancho de esta pandemia que aún no ha acabado, hemos logrado olvidar en tiempo récord lo solidarios y sacrificados que fuimos hace unos meses, y nos empeñamos en reflotar una y otra vez lo miserables que podemos llegar a ser. Nos hemos situado en un punto de violencia (en el más amplio sentido de la palabra) difícil de subsanar, en un estado de intransigencia del que no somos capaces de desprendernos. Hay un ansia permanente de permanecer o pertenecer a un extremo de la soga de ese patíbulo en el que acabaremos todos de continuar por este camino, el extremo de la sinrazón que nubla directamente la posibilidad de contraer una duda que nos empuje a reflexionar y mejorar las cosas. Se vive con miedo a las minorías que nos abordan desde sus endebles navíos, porque tememos nos quiten el pan, el mismo que permitimos a nuestros gobernantes devaluar. En vez de construir puentes, andamos afanados en construir muros; en vez de apostar por cosas que nos unan, lo hacemos todo al rojo o al negro (en España es al rojo o al azul) con tal de ganar y expulsar de la mesa al diferente, al distinto, a las mujeres, al discapacitado, al extranjero, y sobre todo salvaguardar la pureza de la raza y la inercia de nuestras costumbres. Se sueña, en definitiva, con ansias de libertad refugiados en un búnker amurallado desde el que nos han inculcado que es inseguro salir y sobre todo muy peligroso para nosotros que cualquiera pueda entrar.

Créanme si les digo que debemos estar preparados para lo peor, porque esto que nos ha ocurrido es sólo el principio y vienen de camino pandemias mucho más devastadoras que esta; la peor: la de la ignorancia. Allá donde no hay ninguna sombra de duda, ningún matiz para la sospecha, ningún hálito de inquietud, sólo hay autarquía, aislamiento, totalitarismo. La duda es el principio de la sabiduría, y de ahí beben las democracias más saludables. Mientras existan chivos expiatorios donde exculpar nuestros pecados, seguiremos atrincherados en nuestros búnkeres, nuestro aislamiento, nuestros muros... nuestros prejuicios. Y en cuanto a la democracia, bueno, que Dios nos pille confesados, porque parece que ya no es necesario apelar al summum: el beneficio de la duda. Se ha convertido en otro prejuicio más que perseguir.







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Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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