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Historias cotidianas, otras almas, otros libros, cine...

Reivindicación del panettone

En los últimos tiempos una serie de protestas perpetradas por activistas reivindicaban una mayor acción sobre el cambio climático. El objetivo, al parecer, era llamar la atención de los mandatarios del mundo (los del primer mundo) para que pongan remedio a lo que ya difícilmente lo tiene. Todo muy loable, porque la causa lo merece y la historia del ser humano está escrita con protestas, huelgas y revoluciones; y las ha habido ingeniosas y extravagantes, también sangrientas y deplorables, pero luchar por preservar la vida del planeta destruyendo de las pocas cosas capaces de transformar la forma de pensar del ser humano, esto es, el arte, da claras muestras del escaso nivel de reflexion intelectual en el que nos ubicamos en el siglo XXI; mucho ruido, pocas nueces y menos sesera. Lo peligroso es que estas formas extrañas e incongruentes de reivindicarse corren el riesgo de convertirse en tradiciones, esa faceta tan eroticofestiva del ser humano que tan fácil asumimos y adaptamos a nuestras costumbres culturales. Y lo hacemos con tanta soltura y desparpajo que ya podríamos decir que nos hemos encontrado con una nueva tradición, ahora que ya acaba de terminar la Navidad, con sus espumillones, belenes y turrones. 

No hay centro comercial, panaderia, pasteleria, mercadillo o tienda de barrio que no tenga entre sus ofertas un buen panettone. Y desde luego, no ha habido mesa y mantel en estas fiestas pasadas que no haya contado con uno de esos riquísimos bizcochos de la gastronomía italiana. Ya los hay de chocolate, con miltifrutas escarchadas, y con toda suerte de rellenos y coberturas; como el roscón de Reyes, que a poco que continúe esa escalada lo veremos relleno de morcilla o crema se sobrasada (me consta que ya lo hacen de Lacasitos). En fin, lo dicho, que el panettone se asienta ya como parte de la tradición navideña española, e incluso europea. 

Las tradiciones suelen llegar siempre del mismo modo: se halla un elemento social, gastronómico, literario o religioso o de cualquier índole humana que funciona como resorte y ayuda a percibir el concepto del mundo de manera cohesionada; en ultima instancia se crea en sí mismo momentos particulares y significativos en la vida social y ese elemento acaba funcionando como pegamento. Es así como se construyen sociedades y se crean identidades colectivas, que a su vez dan forma a las individuales, desde Mesopotamia hasta nuestros dias... y seguirá siendo así porque somos animales sociales y nos va la marcha.

Valorar si nos gustan más o menos, no tiene incidencia alguna, porque aquí lo que prima es el colectivo social, moral y espiritual del grupo. Y del mismo modo como llegan y nos cohesionan se van, porque su función de adherencia, de pegamento, desaparece o es prescindible. De ahí que las tradiciones que tienen como epicentro festejar la crueldad animal estén en vías de desparecer (entre otras cosas, porque la educación en transmitir valores a las generaciones venideras que se basan en el respeto a nuestro entorno es una premisa que une nuestra conciencia social colectiva), o quién recuerda ya el famoso aguinaldo del que apenas ni se habla siquiera en los medios de comunicación como algo anecdótico...

Todo cuanto hacemos tiene intrínsecamente un componente ritual que se basa en una costumbre. Y, del mismo modo en que nosotros tenemos costumbres que exportamos a otros países (la siesta, tapear, nuestros dulces navideños, la tortilla de patatas...), así de absorbentes somos a la hora de acoger y aceptar tradiciones de fuera: los belenes en navidad (de origen italiano), Halloween (de origen irlandés), San Juan (que antes de ser tradicion religiosa era festividad pagana e incluía sacrificios humanos en la hoguera), el árbol de navidad (de origen escandinavo), los carnavales (relacionados con las Saturnales en el Imperio Romano, y a posteriori en la carnem levar, festividad originaria de Venecia)...

La RAE define tradición como «Transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación». Y por ello reivindico el pantone como dulce tradicional navideño. Porque cumple con su función: es un «pegamento» social y ayuda a percibir el concepto del mundo de manera cohesionada en el grupo; la universalidad mediterránea en un trozo de bizcocho esponjoso. Da pie, como excusa, a crear momentos particulares y significativos en la vida social y familiar. Y, ¡qué demonios!, porque está increíblemente riquísimo y, ademas, es una autentica obra de arte culinaria. Una belleza emocional de la que espero no existan reivindicaciones grotescas capaces de devorar el significado intrínseco que ya posee como toda tradición que se precie: celebrar la vida de generación en generación.






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Antes que ganar hay que saber perder


Está de moda el negacionismo. Hasta lo que tenga que pasar por un consenso y se base en acuerdos o esté sometido a unas reglas es motivo de discordia. Nadie es capaz de aceptar una demostración empírica o científica, ni siquiera un resultado, sea cual sea este, por más elocuente que resulte. Es una moda a la que sucumbe hasta ciertos premios Nobel: «Lo importante en una democracia no es la libertad, sino votar bien». Huelga decir tanto con tan pocas palabras. «En España de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa». Machado no concretaba, solo auguraba lo que somos y seremos siempre, «porque si cada español hablase de lo que sabe, se produciría un silencio que bien podríamos aprovechar para el estudio*»...

Desde hace una década, poco más o menos, el abajo firmante siente hastío de ver y escuchar cómo se lanzan sombras de sospecha sobre todo lo que tenga que tenga que ver con elecciones, consensos, decisiones, o fallos de jurado. Un ejercicio pseudointelectual con cimientos de humo que se propaga, cada vez con más asiduidad, por la red de redes; esa misma de la que Umberto Eco vaticinara otorgarle más poder al tonto del pueblo que a un premio nobel: en aras de proclamarse liberal o independiente, resultaría difícil discernir quién es quién; me refiero a quién es el tonto y quién el premio Nobel.

Nos aplasta una pandemia y expertos virológos brotan como champiñones desde las catacumbas más sombrías del planeta, proponiendo todo tipo de conjuros y diagnosticando hipnosis colectiva con millones de nanobots que inocularán con las vacunas (si Ray Bradbury levantase la cabeza...). Se avecinan elecciones y millones de analistas y politólogos salen de todos rincones insospechados como hienas defendiendo su opción al más puro estilo de hooligans zelotes inventando historias que otras hienas propagan sin contrastar. Nos jugamos algo importante en un partido de fútbol y brota, cual fructífero césped por todo terrizo fértil, kilómetros de alfombra verde en forma de expertos técnicos del balompié que lo más cerca que han visto un campo de fútbol es el mando a distancia con el que cambian de canal desde el sofá. 

Y ya habrán visto lo que ocurre cuando hay que elegir para que nos representen en Eurovisión, ese festival que a la mayoría del populacho le ha importado siempre un pimiento frito hasta la llegada del día D. ¿Que llevamos candidatos que salen de otro concurso?: tongo; ¿llevamos cómicos que interpretan un papel parodiando a un músico reguetonero y son elegidos por el público?: cacicada; ¿llevamos candidatos elegidos por la cadena de televisión pública?: pucherazo; ¿y si elegimos a quien resulte ganadora en un festival de música?: lo convertimos en cuestión de estado... literalmente. Partidos presuntamente democráticos, bajando al barro de las fake news y los tongos, se rebozan con el espíritu de Trump a voz en grito. Todos ellos, en resumidas cuentas, expertos musicólogos incapaces de diferenciar en un pentagrama una clave de sol de una fa... Nada peor que no saber perder.

Cualquier cosa que esté contra nuestro modo de pensar y sentir es falso o es tongo. Queremos que todo sea democrático, elecciones por votación popular, que nos lleven a las urnas hasta para decidir si se puede o no defecar después de la medianoche; no vayamos a molestar al vecino que duerme tras tirar de la cadena. Exigimos votar, pero refrendamos el resultado si coincide con nuestro voto. Nadie se conforma con los resultados de lo que se tercie... Es lo que suele esgrimir siempre el mal perdedor, el envidioso y maleducado, que reclama el premio como suyo vistiéndose con las mismas palabras: tongo, fake, robo, pucherazo, cacicada, etc. Se nota bastante en estas actitudes la siembra de la oposición política en la opinión pública con esa cantinela de no cansarse en catalogar al gobierno actual «socialcomunista filoterrorista» de «ocupa», «ilegal» y «dictatorial», cuyo único argumento de peso es que no le gusta lo que han votado sus conciudadanos. Es un tongo y hay que revertir el voto porque no gusta. Es el nuevo negacionismo, el institucional. ¡Cuanto daño ha hecho en el subconsciente colectivo aquel mítico exabrupto del precursor!: «La calle es mía».

Acabamos de vivir un episodio que ejemplifica y resume todo: votación a la propuesta de reforma laboral sobre la reforma laboral. El error de un voto ha dado vía libre a aprobarla y, de camino, ha destrozado la intentona de un nuevo tamayazo. Cuando no gusta el resultado el mal perdedor se parapeta siempre en los mismos mantras: tongo, pucherazo, robo, cacicada... Nunca antes unas palabras tan sectarias habían supuesto para una sociedad una auténtica profecía kármica: «Lo importante en una democracia no es la libertad, sino votar bien». Desde luego que sí; y más importante que ganar es saber perder.

*Cita atribuida a Manuel Azaña.








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Dos no se pelean si uno no quiere


Estimados amigos... otra vez por aquí. Llevaba desde el año pasado sin escribir una sola letra y me he animado, dadas las circunstancias. Dicen que, al parecer, tenemos guerra a la vista. Y dicen que dos no se pelean si uno no quiere. Sin embargo, en este conflicto ucraniano-ruso hay muchos actores condicionantes y, aunque uno de los actores no quiera, el resto parece que entran o quieren entrar al trapo.

Como siempre, la memoria cortoplacista de la política, sumada a la amnesia permanente del ser humano, está animando a todo el mundo a tirarse de los pelos (el que los tenga, claro), y a gritar por las esquinas el famoso NO A LA GUERRA que vino dada de raíz por la semilla de una fake new propulsada por varios incautos, con la prosopopeya de un bigote añadido. Al parecer, en estos momentos, Europa y EE. UU. se rasgan las vestiduras por la amenaza de Rusia de invadir el este de Ucrania. El nuevo Soviet fascista no quiere que se su vecino se adhiera a la OTAN, incluso exige que otros países del este, ya inscritos, se desvinculen. Dicho sea de paso, a los iuesei le importa un huevo de pato y otro de codorniz si Ucrania se adhiere a la OTAN o no, es pura estrategia de contención. De ahí que Putin se le suba a las barbas a toda una potencia económica como Europa y que los vaqueros se suban a los caballos para acudir en ayuda del amigo vaquero de la vieja guardia; quien, poe cierto, miró para otro lado y sin pestañear cuando el hijo de la gran Rusia se anexionó la península de Crimea: ni siquiera una reprimenda al matón de la clase, oiga.

También es verdad que la realidad de Europa es distinta a la percepción generalista y cortoplacista del populismo militante de este viejo continente tan proclive a adorar las fake news, que en buena medida provienen de los herederos militares, tecnológicos y cibernéticos del viejo Soviet, y en lanzar las campanas al vuelo cada vez que le entra una chinita en el zapato: siempre amenaza, pero nunca actúa. En fin, si no me creen por lo de las fake news, visiten esta página https://euvsdisinfo.eu/es/ y abran bien los ojos.

La incidencia de Rusia en los conflictos políticos y debates públicos del mundo es abrumador, llegando incluso a influir en unas elecciones de EE. UU. que aupó al demente Donald a alzarse con la presidencia; hasta tuvo sus más que notables escarceos en el proces independentista catalán, así como también los tuvo en el brexit, y sobre todo la apabullante connivencia con la ilógica ultraconservadora de los partidos neofascistas que pueblan europa. Entender esto y asumirlo como una dolorosa realidad es primordial y para ello creo necesario hacer mas pedagogía de política internacional en los medios para poder entender conflictos como el de Ucrania. Pero claro, aquí más que pedagogía se hace apología del acoso y derribo al contrario porque piensa distinto... y así nos va. Si no se ayuda a la ciudadanía con pedagogía de la realidad, nunca podrá entender lo que ocurre fuera de nuestras fronteras.

Putin no responde ni responderá nunca a ningún criterio democrático, porque es un oligarca con ínfulas dictatoriales. En su afán de emular a la gran Rusia de la Segunda Guerra Mundial, pretende resucitar el viejo Soviet del telón de acero y la guerra fría a base de perseguir periodistas críticos, encarcelar y asesinar opositores, anexionarse territorios, y utilizar la mejor herramienta de todas para producir conflictos, aprovecharse de ellos y salir airoso: las fake news que propaga por las redes sociales. La única diferencia entre la CCCP y este Soviet es el business, el resto es todo lo mismo con distinto collar.

Si entre los países de europa encontramos unidad de acción, por estos lares encontramos, a la chita callando, la nota discordante en forma de grito a cielo abierto, un acto de bajeza moral reprochable. El líder de la oposición, que debería arrimar el hombro sin condiciones ante un clima prebélico como el que nos ocupa —y alardear así de ese patriotismo del que sólo hace gala con banderitas y fanfarrias en campaña electoral—, se atreve a decir que España no tiene un papel relevante a nivel internacional por culpa de este gobierno socialcomunista. Voy a desempolvar la memoria más reciente en forma de mínimos ejemplos a modo de zascas infames: en el desalojo de Afganistán, hace unos meses, Ursula von der Layen dijo de España que 'era el alma de europa'; se celebró aquí, en plena pandemia, la cumbre del clima; organizaremos el próximo congreso de la OTAN, en junio, donde se deliberará las nuevas líneas políticas a seguir por los miembros del tratado; junto a francia; España LIDERÓ (suena raro, pero es la verdad) el impulso de los fondos europeos para la recuperación económica de Europa (en las antípodas de la bajada de pantalones de un tal eme punto Rajoy y su elenco de mirlos con el vientre suelto durante la crisis económica, que aún hoy seguimos pagando); a niveles diplomáticos, se ha conseguido restañar un tanto, con paciencia y soportando una torrencial lluvia de insultos infames, la imposición de un relato mitigador del independentismo, cosa que ni siquiera a niveles políticos el anterior gobierno fue capaz de liderar o imponer un relato político de soberanía nacional sobre el conflicto independentista; más bien, como no podría ser de otro modo, su metodología consistió en empujar por la fuerza y atropellar a sus impulsores y a la ciudadanía, como un Putin cualquiera con Krimea; y voy a aparcar el ridículo persistente de Casado y sus acólitos espantajos sin personalidad de utilizar fake news en Europa para desestabilizar la llegada de los fondos de recuperación a su propio país. Una cerilla mal prendida puede hacer saltar por los aires todo el arsenal que se está acumulando en la zona de conflicto ucraniano-ruso, y aquí cada cual a lo suyo, intentwndo sacar rédito electoral.

Conclusión: a pesar de todo, por muy turbia que parezca la cosa, no habrá guerra. Porque la inflación en Rusia está disparada en estos momentos, el rublo vale la mitad que hace ocho años, su economia se ve debilitada por las sanciones, es el PIB once en el mundo y el sesenta y cinco per capita (lo que habla de las profundas desigualdades que vive su ciudadanía), con la amenaza en la sombra sobre sus cabezas de que su mejor cliente (Europa) vaya a comprarle a Arabia el gas natural, y el cálculo, groso modo, del gasto militar por un conflicto de semejantes características haría desplomar sus indicadores económicos e incrementaría su deuda entorno al 10%... todo esto es una muestra de lo que en realidad hay detrás: una oportunidad para EE. UU de endosar unas decenas de miles de millones en armamento, a cobrar a medio plazo y con intereses.

Y Europa tampoco irá a la guerra porque Francia y Portugal tienen elecciones a la vuelta de la esquina; Italia continúa en el bucle convulso de su política doméstica; Alemania, Holanda y Bélgica andan temblando por el  probable cierre del grifo del gas y hasta la llegada de los Reyes Magos de oriente pasarían el invierno por hielo; Reino Unido aún se debate entre las fiestas de su jefe del estado en plena pandemia y la enconada inoperancia para hacer frente al brexit; y en España vamos a lo nuestro: arrojando piedras contra nuestro tejado y poniendo palos en las ruedas con los enésimos actos cainitas con fines partidistas: que te quites tú para ponerme yo; que cuanto peor, mejor, «ya levantaremos nosotros España a nuestra manera». Dicen que dos no se pelean si uno no quiere, el problema es que aquí a pesar de que una parte ni busca ni quiere pelea, sus contrincantes apuestan por la confrontación, porque es su obligación mostrar el arsenal de campaña electoral permanentemente: ni Putin, con toda su artillería mediática y militar, es tan persistente y metódico. Sin embargo, hay una incógnita en la ecuación que sobrevuela sobre nuestras cabezas como la hoja de una guillotina. Una incógnita que hace siempre estallar en mil pedazos cualquier previsión lógica: la locura. Sólo un loco se dispararía en el pie para tratar de hacer daño a terceros... y en eso la Historia nos ha dado maestros.







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Estética sin ética


«Yo soy una mentira que dice la verdad», llegó a confesar Jean Cocteau. Y no lo dijo en sentido literal. En esa línea escribió Pessoa: «El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente». Traducido en cristiano: el razonamiento tiene un límite que no trasciende como sí lo hace el devenir de un pensamiento que está hecho de artefactos tan dispersos como las emociones, el intelecto, la lógica, la reflexión... Esa argamasa de la que está hecha los poemas tiene la peculiaridad de trascender más allá de lo que puede hacerlo una idea racional, que quizá nos representa como ser vivo, pero no siempre sucede esto con un poema.

Félix Ovejero escribió el ensayo «El compromiso del creador. Ética de la estética» (Galaxia Gutemberg, 2014), que ayuda a comprender, y a dónde situar, el verdadero arte contemporáneo. Reflexiona sobre tomar, como punto de partida, la seriedad del creador a la hora de afrontar su trabajo, su relación con el medio y su contemporaneidad, la razón de ser del arte. Bien es cierto que no todo lo que se escribe es arte lírico, por lo que seria sensato acostumbrarse a hacer autocrítica. Pongamos un ejemplo para comprender que no todo lenguaje escrito es poesía, y aún menos todo poema premiado por la buenaventura es lírica. Supongamos que hemos quedado con unos amigos para jugar un partido de fútbol, o hemos adquirido un kit para sembrar tomates en un rinconcito de nuestro lavadero. Practicar un deporte con nuestros amigos vistiendo la indumentaria oficial de nuestro equipo favorito, o conseguir los primeros tallos de una tomatera, no hacen de nosotros deportistas profesionales o agricultores. La autocrítica, afrontar ese trabajo lírico ‘en relación con el medio y su contemporaneidad' es la razón de ser de todo autor que se precie.  

Quizá sea ese fundamento, desconocido para la gran mayoría de «profesionales» del verso, es el que acongoja a toda esa mafia cultural que denosta a todo el que no está protegido bajo las alas de su mediocridad; que acostumbra a despreciar «ese tsunami lírico que ha aflorado, aquí y allá, con lecturas, presentaciones y disímiles logias del verso, y del ripio intrascendente». Palabras como estas no es más que miedo a lo criticado, porque desconocen, no pueden controlar o no entran en sus cánones estetico-técnicos. Y, como buenos adalides del pensamiento único, condenan a vagar cuarenta años por el desierto todo lo que contradiga sus mandamientos.

Gombrovicz veía que la lírica se deslizaba hacia un abismo sin fin, por defectos de forma: ripios intrascendentemente recamados y porque andaba sometida al control de individuos de semejante calaña. Y es que, aunque el espejismo de esa floración anormalmente prolija y medrada en inviernos cálidos; desaparecida la tradición y sus reglas; casi en barbecho las reflexiones éticas y estéticas; la lírica necesita con urgencia una brújula, porque la obviedad que queda al alcance de cualquiera es flagrante, y la vanidad que se respira entre bambalinas más que concluyente. La poesía anda sometida a un régimen endogámico (cuyos preceptos bien podrían datar del oscurantismo), que acoge premisas como lealtad y traición que son determinantes fatídicos usados con frecuencia como armas éticas para cercenar las cabezas de cualquiera que pretenda siquiera militar en sus logias y disienta de sus preceptos.

Si hay algo que no pueden controlar esos claustros del verso bastardo son los lectores. Y, como dije al principio, la argamasa de la que está hecha la poesía también la perciben del mismo modo los lectores, que son quienes llevan lo que leen a lugares de sí mismos que ni conocen ni reconocen. Eso es tan pavoroso para los obispos ecuménicos del lirismo, que en ocasiones hasta envidian los ripios superventas de esos incautos que denostaron en su momento y ahora han de aceptar a regañadientes en sus conciliábulos infames. La esencia poética, según Aristóteles (Poética), se origina porque el hombre imita la realidad y, también, por la existencia del ritmo y de la armonía de la naturaleza. Algo tan inasible que los caudillos de esas logias no pueden, ni podrán, controlar jamás, aunque destierren al ostracismo a quienes no acepten sus preceptos.

(Artículo aparecido en la revista digital El victorino, N.⁰ 2).






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Ande yo caliente...


«La hormiga es un animal colectivamente inteligente e individualmente tonto; el hombre es lo contrario». La memoria me trajo esas palabras de Karl von Frisch mientras observaba por enésima vez la actitud del conglomerado humano que aparece por el supermercado español y mucho español donde acudo a comprar habitualmente. Entrar al recinto me produce siempre un deje de aprehensión, que suele ir empañada de indignación, al ver cómo la gente abandona los carritos en el fondo del aparcamiento. Un flagrante pecado capital de absoluta pereza por ahorrarse la barbaridad de caminata de apenas veinte pasos para devolverlos al lugar que le corresponde. La dirección del supermercado decidió habilitar, en ese espacio huérfano, un receptáculo donde ubicar los carritos con el fin de invitar a los usuarios al orden. Y he aquí mi sorpresa: primero, premio para la pereza; segundo, porque el problema, lejos de solucionarse, continúa reproduciéndose del mismo modo, esto es, los carritos se amontonan de mala manera fuera de esa nueva ubicación... y también de las de siempre.

Podría ser este uno de los miles ejemplos que hablan socialmente de la raza humana, que tiene como especie la excepcionalidad de ser inteligente como individuo, pero eminentemente torpe y falto de escrúpulos como colectivo. No es de extrañar que nuestro cerebro haya menguado desde el pleistoceno. Al comparar la evolución de nuestra sociedad con respecto a la de las hormigas, según un estudio reciente, al parecer la adaptabilidad del tamaño del cerebro humano es proporcional a la eficiencia de este, y por eso su evolución natural es disminuir de tamaño para aumentar la eficiencia personal. Nuestra masa gris tiene vida propia y, según la información recibida, reflexiona por su cuenta y piensa: ¿para que necesito toda esta información que no necesito si no voy a comprenderlo ni memorizarlo todo y en nada me beneficia? De ahí que la falta de uso y trabajo, esa pereza extraña de rehusar lo que no nos sirve para el día a día aun siendo útil pars el colectivo, va minando nuestra capacidad colectiva de hacernos fuertes evolutivamente. Es algo que dejamos como legado a las generaciones postreras.

Las hormigas comparten con nosotros muchísimos aspectos de la vida social y laboral, aunque como sociedad nos saca ventaja. Sirva como ejemplo que, a pesar de que algunos individuos, y a riesgo de ser excluidos por su entorno social, cumplen religiosamente con su parte del trabajo (colocar las cosas en su sitio, respetar las normas de circulación, salir a la calle con mascarilla durante los meses mas duros y aún sin vacunar...), como colectivo somos un desastre: si no fuese así, quizá no estuviera amenazada nuestra existencia por el cambio climático. Que sí, que individualmente procedemos a aportar con nuestro granito de arena siempre y cuando no nos cueste perder la chaqueta con la llegada del invierno, pero apenas vemos que alguno que otro se saltan la norma y no percibimos que no arriesga a pasar frío por sus vecinos, procedemos a abrigarnos y a los demás que los jodan. No queremos que nos tomen por tonto... Sería inimaginable este comportamiento entre las hormigas y verlas destruir su hábitat con tal de sacar rentabilidad individual. 

Así que nuestro cerebro ha menguado desde el pleistoceno porque nos adaptamos... a lo cómodo, que es como decir a limitar nuestro conocimiento con lo que nos es útil para desarrollarnos como individuo. Quizás aún deberíamos aprender como colectivo lo que significa trabajar en equipo confiando plenamente unos en otros; en actitud abierta, sean de mayor tamaño, distinto color, forma o actitud individual; abiertos a todo el mundo y a adaptarnos a cualquier circunstancia en grupo; diligentes; y con capacidad de reagruparse sin un ápice de dudas cuando las circunstancias lo requieren... tal y como hacer las hormigas. De trabajar así durante la pandemia habríamos mitigado su azote mucho antes... y los carritos de la compra seguro aguardarían siempre en su lugar sin que nadie tenga que perseguirlos por doquier para ubicarlos donde le corresponden. Pero, la pereza nos puede, y la estupidez del individuo prevalece siempre por encima del colectivo en aras de su propio beneficio. Ande yo caliente... 








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¿Os acordáis cuando las noticias eran aburridas? (y II)


Entretenimiento. La plebe quiere entretenimiento para escapar de la realidad cotidiana. Las noticias son hoy un entretenimiento más. Poco importa si son veraces o no. Si son de interés o no... Hasta las reproducciones de los vídeos virales de personajes mediáticos se convierten en primera plana de los medios de comunicación nacionales. Lo que importa es que dé juego, que se oriente hacia el interés frívolo de la expectación, que resulte espectacular, entretenido, y lo mismo sirva para conversaciones de taberna que para sazonar las reuniones familiares, que propugnen debates insustanciales. A menudo esto provoca que las mentiras se tapen con mentiras. Y para los mentores o creadores de expectativas y noticias su único bastión es el rendimiento económico: los «likes», los «retweets», los «clics», cualquier cosa que monetice el titular, por falso o torticero que sea. Vende más el dolor que la alegría, el escándalo que la honestidad, la mentira que la verdad. «No dejes que una buena noticia te estropee un titular».

Lo que menos podría imaginar es que, avanzado el siglo XXI, este período de asueto estival que ya nos dejó ha puesto de manifiesto que tengamos que estar defendiendo derechos logrados tras siglos de lucha, conquistas y democratización de la sociedad. 

La peor manifestación de la violencia machista, que tiene innumerables y macabros rostros, viene de la mano de la violencia vicaria: la de un monstruo que algunos nostálgicos (y sus hooligans acólitos) de otros tiempos, en los que se permitía y se premiaban actitudes de este calibre, siguen negando con una caspa y pasmosa locuacidad que produce hasta pavor. Ese discurso «intrafamiliar» de odio y desprecio hacia la mujer ha permeado en la finísima piel de quienes tienen por orgullo la bandera rojigualda, pero que con sus actitudes y su ignorancia vilipendian y demonizan la democracia, y por ende la Carta Magna. El ruido mediático de las niñas asesinadas quedó tristemente ensombrecido por el debate público de quienes siempre anduvieron de pella en pella faltando a clase de ética, moral y democracia. Insisten, con la venda rojigualda en los ojos, en negar la realidad e intentar imponer criterios ideológicos afortunadamente sepultados en Mingorrubio. Al  final, apenas rompió la ola sobre la orilla del verano y desapareció sobre la arena, las aguas del circo mediático pronto desterraron la macabra ejecución de un monstruo, indigno de llamarse humano, del panorama mediático y del espectro político: ni siquiera los del ático se molestaron en insistir para procurar el descanso de una madre que nunca lo hará mientras su pequeña continúe en el fondo del mar. Apenas el conjunto de la sociedad terminó por aburrirse de manosear el espectáculo dantesco, pasó a otro tema en lo que se tarda de cambiar de canal..., de muro, o de perfil.

Precisamente del fondo inescrutable del mar económico siguen saliendo cuentas y más cuentas del Rey emérito. Esa presunción solapada de acumular riquezas que nunca podrá gastar en vida, y que ni siquiera sus herederos quieren tocar por su origen dudoso, entristece sobremanera. De nada le ha servido el largo currículum de valiosísimos servicios ofrecidos a la patria, si al final de sus días el mar, en esa muestra honrosa de la que hace gala, saca a la luz desde las profundidades ese polémico afán por acumular riquezas de manera ilícita, en vez de hacer acopio del cariño de todos sus conciudadanos. Triste final para el jefe del estado de la transición, a quien se le reconocerá por sus incalculables trapicheos en vez de por sus impagables servicios al estado...  quizá malentendió que merecía rentabilizarlos y de ahí su meticulosidad para ocultarlo todo en la patria de bob esponja.

Triste final tendrá nuestro patio de vecinos cuando se es capaz de liquidar la vida de un muchacho que apenas comienza a vivir al grito de «puto maricón», «mereces morir, maricón» o «te voy a matar, maricón». Siempre son la misma calaña cobarde que se sienten «hombres» apalizando en manada a su víctima. Animales salvajes que se amparan en los resquicios de la ley para campar a sus anchas y destrozar todo lo que le moleste de la comunidad. Y el vecino del tercero derecha que siempre sale a interpelar a gritos para defender esas conductas y justificarlas con la biblia en la mano derecha y la patria con la siniestra. Así emulan a los enemigos integristas del otro lado del planeta que actúan con idéntico modus operandi, aunque con el escudo del Corán para justificar lo injustificable. En definitiva, el derecho a la libertad constitucional y democrática a ser como uno quiera, amar a quien quiera, vestir como quiera y pensar como quiera está cada vez más en tela de juicio. Y así, poco a poco, tacita a tacita, manifestación tras manifestación, jugosos titulares de prensa tras jugosos titulares de prensa, los índices de delitos de odio van en aumento mes tras mes, año tras año... y más pobres Samueles irán desfilando hacia el camposanto porque unos matones del tres al cuarto se reúnen valientemente en grupo para ajusticiar a los que no piensan como ellos, no visten como ellos, o no tienen sus mismos gustos, y además se sienten respaldados por el afán de los medios a publicar titulares grandilocuentes, alarmantes y provocadores que les reportan pingües beneficios... Todo un ejemplo de respeto, educación y democracia.

Una reflexión breve: que la sociedad islámica asuma los valores de occidente es algo que, por muchas insistencias invasoras que valgan, será inasumible siempre, pero que occidente asuma los valores islámicos radicales es, a todas luces, un hecho incontestable; los del tercero derecha, muy dados al matonismo chabacano y casposo de glorias enmohecidas de fascismo, ha asumido ese papel integrista radical que asume con un libro sagrado en la mano y con la otra saludando en alto al grito de «seig, heil». Dicho lo cual, creo que pocos análisis más pueden hacerse respecto de la «reconquista» islámica de Afganistán. Un drama humanitario y geopolítico del que aún no somos conscientes de sus consecuencias, pero que antes o después vamos a lamentar. 

Ese integrismo insurgente casero, que copia su proceder de los talibán, se inmiscuye y apropia de todo, o al menos lo intenta; hasta de los logros humanos de los Juegos Olímpicos. Señalan con el dedo a quienes critican su intolerancia y antidemocracia, o simplemente son críticos con sus discursos que no caben, por lo inflado que es siempre el helio populista, dentro del patio común de vecinos: el racismo, la homofobia, la xenofobia, el machismo y la intolerancia generalizada a todo aquello que sea contrario a sus versículos. Los Juegos Olímpicos nos dejan siempre éxitos y fracasos. Esta vez pareciese que sólo fueron éxitos a medias. Los decibelios y el ruido mediático de los titulares que buscan el morbo fácil, el escarnio y sobre todo la rentabilidad de los clics tapan la realidad y el sentido del deporte: la superación, el logro, el esfuerzo..., la confraternidad.

Sin habernos percatado, hemos sido testigos del peor verano de la historia, y a su vez el preludio de que todavía pueden llegar otros peores que este. Me gustaría ser optimista, pero cuando lo procuro la ciencia echa por tierra toda mi positividad: desde que se tienen registros, nunca antes el ser humano ha sido azotado por un verano tan singular y con tantísimos desastres naturales por fenómenos metereológicos. Hasta la corriente atlántica parece acercarse a un umbral crítico que provocará un desastre generalizado en la comunidad de vecinos, que nos abocará a cada uno a salir por piernas a ninguna parte, y todo ello desembocará en una ristra de consecuencias catastróficas que caerán una tras otra como fichas de dominó.

Me dejo para el final la aluminosis que padece el edificio de esta comunidad. Su estructura empieza a tener algunos visos serios de venirse abajo a poco que el integrismo vea oportunidad de meter cuñas en las areniscas de lo que fue en otro tiempo sólido hormigón. Van a hacerse una idea del histrionismo y esquizofrenia cuando vea cómo el máximo organismo que vela por los estatutos de la comunidad condena su propio estatuto de ilegal, e incluso los mecanismos de defensa creados por el propio estatuto los considera inconstitucional... El edificio se viene abajo en el tiempo de un parpadeo y no hay manera de encontrar un porqué: el vecino que pidió que se suspendieran los plenos de la comunidad de vecinos, por la llegada de los caminantes blancos, recurrió contra esa misma decisión al mismo tribunal, que a su vez suspendió los plazos de sus decisiones, que no se podía suspender los plenos, aunque en realidad ni se suspendieron, sino que se aplazaron, nunca se suspendieron (sólo los plazos de enmienda). O sea, que si la horda de caminantes blancos vienen a invadir la comunidad y se decreta un estado de alarma para evitar que entren en el edificio, aunque eso supusiese sacrificar derechos básicos, hay que ser muy Lannister para negar los hechos y sentenciar a favor de dispararse en el pie. Y la justicia, que mana del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, anda enfrascada en los tejemanejes que se tienen entre manos los del ático y el quinto derecha, y al resto de vecinos que nos den. Esta comunidad es la única en el planeta que ha decidido autoliquidar el estado de derecho por haber tomado las mismas medidas que otras comunidades contra los caminantes blancos, como la Guardia de la noche que liquidó a su lord comandante por salvar a sus enemigos de los caminantes blancos. Es que somos muy de la casa Lannister...

Pues sí, todo es consecuencia de que nos hemos hecho a la idea, y asumimos como algo habitual y cotidiano, premiar la irreverencia, la mezquindad, la pillería, la falta de decoro, el insulto fácil y los zascas, el déficit educacional, el «bulling» contra el débil... Todo sea siempre por premiar nuestro bando, y liquidar el contrario. En vez de observar las cosas desde todos los prismas posibles, calzarse los zapatos de los demás antes de alzar la voz, preferirnos dispararnos en el pie. A quién le importa las buenas noticias, las saludables, esas noticias que provocan sosiego y bienestar... esa basura no produce nada. Lo que provoca reacción visceral es que, sean falsas o malintencionadas, vayan cargadas de rédito económico potencial. Lo importante es que los titulares sean llamativos, que entretengan y saquen del sopor al populacho. ¿,Os acordáis cuando las noticias eran aburridas?... Las echo mucho de menos, porque al menos eran veraces. Aquello era saludable. 






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Sobre este blog

Este espacio es un lugar donde se desnudan las pequeñas y grandes historias que a veces pasan desapercibidas, quizá necesitan denuncia, o las que la vida cotidiana deja desamparadas y casi en el olvido. También habla de poesía y literatura, de cine, de la vida... Sin ninguna pretensión, con honestidad y sinceridad. Y respecto a las otras almas..., todos tenemos otras muchas que están en la nuestra.

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